Bernardo Iván Higuera Inzunza LP 3

Higuera Inzunza, Bernardo Iván

Ingeniero, poeta y escritor mexicano radicado en Estados Unidos que ostenta un grado profesional en Ingeniería Mecánica y un postgrado de maestría en Ciencias de Ingeniería y Administración por la Universidad del Estado de Arizona. Su primera obra fue registrada en el año de 2011 bajo el título de “Rimas: Estaciones del Alma” la cual contiene más de doscientos poemas. Sin embargo no fue sino hasta finales de 2013 que pudo finalmente completar su primera obra literaria en la cual selecciona sólo una parte de sus poemas, relatos cortos y pensamientos filosóficos: Entre letras de poesía y días de un poeta (2013).

Rima LXIII. Septenario: ojos de otoño

Domingo
Tropezando con propia voz despierto,
cuando el afán de ser feliz lloró;
atacado por el reloj viajero,
vendrá con el septenario, un amor.

Lunes
Dios en mí, dime: ¿es que acaso hay un ahí?,
que mi duda ha atinado a dar su fe;
la noche hállase quieta, parece abril…
Se siente el polvo enamorado de ayer.

Martes
Ha sido solamente el albor autumnal,
la inmarcesible ilusión que hace ver a un ciego;
mímesis primaveral, infierno sin fuego,
¡a tres días de venir del fin estás ya!

Miércoles
Dios conoce todo aquello que en sus brazos duerme;
es sujeto tácito en el que el verbo converge;
hállaselo en la vida, en la alegría y la muerte,
en la mayor tristeza y en la letra presente.

Jueves
El espíritu habiéndose anclado a mis miembros
ha arropado mi alma y donado vida al cuerpo.
¿Por qué la tristeza al morir y miedo al tiempo?
Soy bueno, malo, nuevo, viejo, blanco y negro.

Viernes
Llegarás por sendero de mejor cuna,
mientras con suerte deforme llegué yo.
Tendrás mañana alteridad absoluta
y desde tu llanto nacerá el amor.

Sábado
Cortesana de octubre, ojos de otoño,
cinco lunas más joven que mi sol,
pergeñas la voluntad de la pluma,
que acrisola el inicio de los dos.

Rima LXV. Poemas perdidos

A
Eres el punto álgido de mi existir,
sobre la zarza la armonía desnuda;
eres el relámpago calmo en la cima,
esencia que arropa mis heladas dudas.

Párvula amada mía, néctar de Apolo,
meliflua, con tu gran polisón de alondras;
que el ubicuo pintor se adentre en mi mente
y deje virgen los colores de esta hora.

B
Al desvencijado son del péndulo
saboreaba mi oído el silencio,
que tañía, que moría despacio,
que se escurría y latía trémulo.
No malgasto el tiempo de mi anhelo
deseándole muerte a ningún ser;
que la moheda no inunde el sendero
de lo que el universo ha de querer.

C
Noches enjambradas de pesadillas
y las azoteas y lunas de gatos,
la campiña neblinosa de silencio
y los desiertos de Altar de veranos.

Cielos enjoyados de estrellas
y mil mausoleos de pájaros;
un electrón que baja de éstas
eclipsando al ojo y al párpado.

D
Los buenos se van al cielo,
los perversos al infierno,
pero, ¿nuestros besos huérfanos
a cuál espalda irán?
¿Al limbo de los labios?;
¿al edén gris del átomo?;
a donde la madera y el clavo
sentenciaron nuestra eternidad.

E
En el cansancio más letal,
en el bostezo de la noche,
bajo la telaraña de astros
ella está a mi lado; me ama.

En el silencio del bosque,
en la máquina hecha de hierro,
en la mina que abraza el cobre,
yo te amo; siempre en secreto.

F
Eres el musgo en la piedra,
óxido en la puertilla del caz,
moho que ataca la lima,
pesadilla que nunca se va.

Eres isótopo de eterna media vida,
eres esas ganas inmensas de rimar,
esa era que devora la ruina y dicha,
eres la ola que siempre viene del mar.

G
De la flauta del viento una pausa sale:
¡la luna en el pozo!, ¡la musa en lo hondo!,
¡hay que salvarle!, ¿dónde hay un balde?,
para del fondo rescatarla pronto.
Así del pretérito gozo emergía el sollozo;
con pavor me asomé y vi su reflejo de plata
mientras encerrada subía en los brazos del balde;
trémula entre las miasmas de las aguas del pozo,
debilitada y exangüe fue llevada a una cama.
Cerca del final temblando por el agua fría,
de los éteres de la noche me sonreía y veía,
tal como lo hace el que se va de la vida en paz cuando sabe que bien le aman.

H
Veintiocho otoños en el ecuador de mi alma.
Veintiocho otoños en la cima de mi vida,
cuando mis días ya habrían de dar retoños,
cuando al ocaso se dirige el sol del mediodía.
Buriladas caricias ha dejado en mi rostro,
ese sol que las miradas de la sombra atiza.
Veintiocho otoños en esta fecha capicúa,
tres lágrimas, veinticinco sonrisas en la rima ocho.

I
Reino de los enamorados
con castillos de aire y arena,
dime, ¿nuestros amados sueños
de primavera dónde dormirán?

Y, poeta, ¿cuál alma ciega
será el gran mesón de tus letras?
Si con esa mirada, esa saliva,
a donde tus pasos, allá las rimas.

Que sepan que tan sólo es libre
aquel que va en busca de Dios.

J
¿Qué te puedo contar
entre letras y el papel?
¿Qué te puedo decir ya
que tu alma no ha de saber?
Que eres donde descansa
mi verdadero anhelo,
que paso la vida contando
las lunas antes de que vuelvas a mí.

K
Océano de encrespadas mareas,
con tus ojos de faro,
con tus pecas de estrellas,
tu cabello con bucles de olas,
mosaicos de un rostro tan bello
donde las sinfonías siempre celebran,
donde descreo que la muerte es eterna,
insumiéndome en la holgura de la pasión,
de este amor por ese cabello en la palmera.

L
No puede ningún ser
vivir jamás en mí;
lo sé como haber nacer
y como haber morir.

Pero a pesar de saberlo,
no sé bien quién soy;
quizá un beso guarda el secreto
donde se esconde el amor.

Siéndole fiel al universo,
a mi albedrío y corazón,
sé que te quiero, no lo niego,
pero más quiero a mi yo.

M
¡Tanto Cervantes!
¡Tanto Quevedo!
Literatura y arte,
que perdura en el tiempo.

Y tú, eres sólo todo eso:
el botón de la rima,
la belleza de un beso,
y las estrellas altivas.

Dime que puedes sentirme
mientras te estoy escribiendo;
la luna cásea menguante
y la vela casi muriendo.

N
Mujer, si de hoy eres el principio
de mañana serás el final;
y si es que eres la roja manzana,
a ti condenaré mi vida mortal.

Sentimiento que tan lejos se ha ido,
te ruego, de tu refugio ya sal;
que si eres la luz de mi latido,
seguro serás mi felicidad.

Ñ
Lleva esa mañana
la virtud de contemporizar,
que siempre amanece
por un gran amor a su familia.
Sece fueron y no son más;
Sicilia, mediterránea ola,
viajera raposa y soberana,
nombres de pila en igualdad.

O
Le he escrito tanto a tu espalda,
luna mía, de la noche siempre verbo,
que eres carne, ósculo perverso,
lividez de mi pena diurna,
que yo como el sol, soy tu siervo.

Bienvenida obscuridad a mis días,
encanto interminable de mi feudo;
a la que he escrito tantas misivas,
desde el incólume cuerpo que concita,
a sumergirse en la sombra de tu cuerpo.

P
Lo acepto, mi calor era frío,
mi abrazo iba vacío y desnudo,
mi beso descarnado, sin brío,
buscaban por tu amor ser abrigados.
Con el vértigo en los huesos,
con arrugas en las yemas,
con los dedos largos tiesos
y en ayunas de lágrimas mis penas.

Q
Huésped de la retina del alma,
eres tan sólo una retentiva,
una isla que pausa mi sonrisa,
cada que sobrevienes a la mente.

Eres, ya no sé si eres…,
ya que muy lejos te has ido;
mas no estás en el olvido,
pues cuando enfermo, fiebre eres.

Es evidente que aún te siento.
Quizá por eso en mí no mueres;
pero no sé si tú me quieres,
o si a mí mismo me miento…

R
Moriré calmo entre ciclos de violín.
Puedo ver en cada piel toda vejez,
y restante juventud en la mirada;
atrapada telaraña del querer.

No veo algún futuro, sin ti.

Con ella veo destino y fin,
es una estrella en mi porvenir;
en el olvido que será nada.

Interrogante arrogante en mi latir.

Pomposo sentir de esta sórdida sábana,
que dormita en sueños, no por ver el alba,
sino porque de entre ellos te alumbra a ti.

S
No te culpes, no te jactes, no seas terco,
hombre cuya risa es del destino pólvora;
no te impacientes que de sobra habrá tiempo,
para que tu ira enrune el juicio de tu prórroga.

T
Él escombraba de vicio al racimo de ovejas,
que en su piel de lana retumbaban las rocas;
sentábase en acero el cuidador sin quejas,
ya que en la verja de al lado la desgracia es otra.

U
Se podían ver los surcos que hacían las letras
sobre el cuadernillo aquel de blanca lana;
la pluma iba arando con su mirada puesta
en la tierra morena de aquella flor mexicana.

Comenzaré bautizándole con apellido,
es flor tersa que nace al final del rosal
y es aroma que acompañará mi último latido.

Terminaré pintando su centro con mística,
flor que sonríe al otoño que jamás se contradice,
que su amor perenne conmigo concilia.

V
Amor de mi vida,
¿Qué he sido yo?
¿He sido agua del pozo
o he sido agua bendita?

Corazón de mi tiempo
véndeme tu silencio,
ahógalo en mi oído,
que escurra hasta el pecho.

Regálame las flores de tu vestido
como símbolo de tu intención,
y esos paisajes sobre tus sábanas
como fuente de pasión.

Envuélveme en tus lazos,
espira y vuélveme incierto,
rompe mis labios eternamente,
y regálame tu amor.

W
Como brisa fresca en la diafanidad,
como rosal sin espina o detrimento,
de cuitas y añoranzas no me lamento,
pues he conocido ya la felicidad.

Vivir alegre cantando como ave en barandal,
como estrella boreal que el camino promete;
soy ruiseñor y cardenal, soy niño con juguete,
cuando se desborda la presa de mi felicidad.

X
Inoculaba de regocijo a la madre
el vástago venido de Dios;
los arcángeles a su costado,
y junto a la cuna una manta de amor.

Y
Mientras estés tú hay vida,
con tus ojos oliváceos,
con tus cabellos mimados,
y con tu irascible sonrisa.

Z
Último cuarteto escrito a mansalva,
estas últimas cuatro líneas de madurez,
llevas la sangre de la espiritualidad que salva,
de la mujer que puede entender mi ajedrez.

Rima LXVI. Cartas al viento y al fuego

Un nudo de luz duerme en mi ojo
coagulado en sus vertebras,
como piedra tragado por lodo,
mientras yo te escribo cartas
que sólo la soledad lee;
te escribo cartas sin odio.

Son leyendas que comen sólo letras.
Soldados que al mando de mi delirio,
al sonido del silencio, se enfilan y cantan.

La vela trémula danza tímida;
existe un latido imperceptible;
no puedo oírle, mas puedo sentirle.

Le digo al oído que no todo es igual que antes;
que a pesar que el cielo se empeña por vestirse de azul a diario,
la tristeza en mi alma grisácea me hace verlo.

Veo los árboles y las flores morir conmigo lentamente;
siento que el viento que ambos mece, en un mismo abrazo nos une a veces;
en períodos la quietud de un momento me convence que estás a mi lado.

La esperanza me sorprende siempre;
su voluntad es férrea, pues aún con cáncer y destinada a la muerte,
me manifiesta que un corazón jamás se rinde al amor en el tiempo.

Pero a veces llego a pensar que ha enloquecido;
me cuenta que pronto llegarás a verme,
como eclipse anunciado o equinoccio inamovible, antes de que el cuerpo enferme.

Luego reflexiono frente al futuro secuestrado en mi libertad;
escucho que del pasado viene río abajo besando cada año.
Y escucho el silencio atado a este cuarto sin techo, sin ventanas.

Escucho el silencio atado a este cuarto de agrietadas paredes,
escurridas de blanco, con olor a café, y de sábanas frías;
la paciencia se ha amorriñado bajo mis uñas y secado bajo mis párpados.

¿Acaso la unciosa esperanza y aquellas ignotas cartas
sobre la mesa serán eternamente mi escondrijo?
Enrudecido por el marasmo espeto a ratos indecencias.

Raudamente retomó la pluma que intercambia miradas tristes con la vela;
con la parsimonia del silbar de un reloj de arena,
la esperanza encarecidamente me abraza y con su calor me llena de fuerza.

Como quisiera estar junto a ti y besar tus pies desnudos;
caminar y sentir la arena mojada en la playa de tus sueños;
convertir en llamas tu alma y la mía y a un fuego fundirlas, ¡cómo quisiera!

¡Cómo quisiera! para que brillen y se consuelen,
para que se alimenten la una a la otra al sortear osadías,
borrascas y vicisitudes que te manda cíclicamente la vida;
pero sobre todo para gozar del mismo tiempo en vida,
y que ese mismo tiempo nos ate en una carta sin fecha,
sin noche, sin día, con el listón de un libre y simple amor.

Así escribo al silencio de la noche pensándote,
extirpando del ser las nimiedades del mundo,
sereno y apacible continúo ante lo banal,
ante las voracidades de los instintos
y ante aquello que hace que la sonrisa trastabille en su pureza.

Entre un cúmulo de cartas, te contaré de qué escribo.

Escribo letras tan secas de carne que lágrimas le causan a mi pluma;
letras que están vivas y aunque sombras sean a la luz de estas velas,
están vivas y al tú leerlas, sabrás de un historia más allá del perdón.

Dibujo un cementerio de esqueletos envueltos en papel
entre un horizonte que cada día que muere te aleja más;
escribo letras que te dirán tanto de lo que pasó entre los dos.

Escribo que ya no sé dónde estás, pero sé cómo encontrarte.

Aunque sean incontables los días, con los ojos del alma,
entre inenarrables noches, aunque la distancia sea larga, te puedo hallar.
Te escribo letras que están solteras y que al entrelazarse te han de amar;
te han de amar en la certeza y certidumbre de la ingenuidad de mi ingenio,
en los pesares de mi pensar, las miserias en mi memoria y en el punto final de las rimas aquí ahora:

“Eres de mi noche el gran océano de estrellas,
la laguna plateada en mi techo,
la insinuación profunda y el silencio
que arrulla mis más deseados y bellos sueños.
Eres de mi día la nube que tanto admiro,
el sol de frente que late encendido,
el campo verde, las flores desnudas,
y el aire siempre despierto que atiende mis ruegos.
Eres ese color no descubierto
que pinta la luz del alma en mis ojos,
los labios con un sabor indeleble,
la piel de un inacabable calor.
Eres en mi corazón una huella indisoluble
y en mi alma el peor de los sentimientos
cuando junto a mí no estás;
¡eres todo y todo eres,
y eres más!”

Cartas al viento que algún momento éste se las habrá de llevar.

Le escribo a un ser sin tiempo, a lo que la cobardía no quiere admitir;
le escribo a un ser que besó estos labios desérticos
y que fue el oasis del que mi esperanza la felicidad probó.

Le escribo a un ser que humedeció la copa de mi existir,
que disidió la bestia del yugo que lo convirtió así,
guiándolo entre caminos de piel morena desunciendo un destino esclavo en su latir.

Le escribo letras enjutas que aún viven
y que liadas de mil maneras, sin importar cómo y quién las lea,
siempre loan a una sonrisa bella ahora ajena en mi escribir.

“Puedes emanciparte ya de tus miedos amor;
que envejezca tu océano de sal y de arena
en una obscuridad que ya no habita en tu noche.
Quiero estar junto a tus miedos, ser el sol en ellos;
licor de tiempo de bienaventuranza y amor,
derroche de dulzura, de letras y pasión.”

Cartas al fuego que algún momento éste las habrá de abrasar.

Finalmente esta carta al viento y al fuego dejo,
ante el amor y la tristeza engarzada en los versos,
que amar es verse sumergido en otro universo,
en la verdad.

Un ser humano que ha de verse a sí mismo, en claros, su futuro plasmar,
muy a pesar que su lucha en vida es interminable,
entre sus instintos y arrebatos, sus caídas y el arte de pensar amar.

Rima XCIX. Cartas Y

Día uno…
Eres el anhelo más negado,
más lejano y siempre eterno,
que con tus dedos creas el rayo
que revienta en trueno en mi cuerpo.

Día dos…
Eres ese anhelo que entre la bruma
se piensa siempre imposible;
eres ese amor negro incontenible
que eclipsa el sol y la luna.

Día tres…
Te acabo de ver vestida de noche,
con tus labios rojos, tu pelo obscuro,
con tanta belleza que es un derroche;
en un mar de sensaciones yo me hundo.

Día cuatro…
Incoercible destino, arista del universo,
que cuando crees que el amor murió,
cuando seguro estás que se ha ido aquel beso,
es cuando este se ha metido en lo más profundo.

Día cinco…
Hoy todos mis sueños yacen desnudos,
puedo ver directamente su esencia,
se han despojado de la vestimenta,
esa esperanza que vestían a menudo.

Día seis…
Noche de veintiséis, eres mi bandera.
Déjame llorarte mi tristeza magra,
que el silencio mudo en la palabra,
te escriba poemas a su manera.

Día siete,
¿Quién va a llorar conmigo
estas penas del alma?
Rocío que veja el camino
de mi mejilla villana.

Día ocho…
Cándido vórtice que me gana,
que me exaspera raudamente,
salido de lo que más se ama,
idílica carta a tus veinte.

Día nueve…
Libro lisonjero, anuario sin ficción,
con tu prólogo lóbrego y surreal conclusión,
con el preludio eludido anda la dada ocasión,
con un principio paciente y desosado guión.

Libro, cada página un día, cada línea un instante…,
cuéntales quién fui yo.

Rima CIII. La idea de la muerte

La idea de la muerte me abruma la mente,
me atosiga sobremanera la espera por ella;
en los hilos de ideas, me detengo, pienso y siento
que prefiero hallarle en el futuro que jamás llega.

La idea de la muerte ha burilado el viento
que me asfixia, pues sé que ha de llegar en mi presente;
viviré en ese presente hasta que en primera fila,
el aliento ella me ahogué al regresarme a su vientre.

La idea de la muerte ha perseguido mi vida…

Rima CV. Te pido

Velas incoloras que con el sol se deshacen
al tiempo que declaman poesía que quema;
cada latir parece hacer un hoyo en la piel,
cada parpadeo que vive se ahoga en mis penas.

Las hojas secas crujen y chillan bajo mis pies,
el pañuelo del viento no recoge mi sudor,
súbitamente la sangre sube al vagón de la sien
en la intranquilidad de mi gran desesperación.

Muerte, ¿qué haces ahí parada?,
¿es que acaso vienes sin motivo?
Has entrado tarde a mi morada,
ven, llévate mi sufrir te pido.

Rima CXXXII. Poemas al adiós

I
El tiempo no perdona
a quien produce más en el mes,
ni a quien poco se equivoca,
ni quien convierte en pan el pez,
ni al que cultiva sólo rosas.

El tiempo no perdona
al que le sobra sabiduría y es juez,
ni al que roba del mar la ola,
ni al que sediento en boca
desliza sus labios en ajena piel.

El tiempo no perdona;
simplemente no lo hace.
No importa que tan dura sea la roca,
ni cuanto oxigeno exhale
aquel humano que es feliz a toda hora.

II
Madera impregnada de pasado
que en tu haber albergaste licor,
respiro hondo tu fragancia,
ese vino que en tu piel existió.

Barrica de bella madera,
cárcel del elixir de Dios,
de la campiña de los viñedos,
más allá de la puesta del sol.

Igual que tú, yo guardo el amor;
cada fragancia que viste la piel,
cada aroma que el destino nos dio.

Amores únicos pero tan parecidos,
entre lo añejo y lo que alberga el pasado,
la piel de uva decanta al verano,
lo que en invierno en el existió.

III
Por mayo vagando ando,
flotando entre suspiros,
de noche soñando,
que duermes conmigo.

¿Hasta cuándo te voy a querer?
Dime mujer, ¿hasta cuándo?
Si un verde amanecer
se seca pronto y pierde su encanto.

¿Cuánto te he de querer?
Que alguien me diga, ¿Cuánto?
Si yo te quiero querer
hasta que mi cuerpo vaya al camposanto.

¿Hasta cuándo soñaré
que soy caballero de tu llanto?
Quizá lo dejaré de hacer
cuando te deje de amar tanto.

IV
Político que gana promete a los peores,
engalana a los ricos y engaña a los pobres,
pronto olvida discursos y se enviste de honores,
mas deberá con creces los incontables favores.

Político cabal y ecuánime es extraño en los hombres,
sembrará honradez para cosechar luchadores;
si no atiende a las cúpulas y, de los pobres sí sus clamores,
pronto verá su tumba plagada de flores.

V
Te amaría entre los cerezos y olivas.
Te amaré a pesar de los por qué.
Te amo ángel y mujer hasta donde sea mi ser.

VI
Intento seriamente descifrar tu sonrisa,
esa luz enamorada que brota de tu retina,
esa agua contenida en las barrancas de tu alma;
ese perfume de tu piel,
ese toque inigualable de tu mano,
esa voz de ángel cuando me llamas.
Sólo puedo intentarlo ridículamente;
pero no me importa el ridículo
que baja de las laderas del romance,
pues el buen enamorado se vuelve inmune a la burla cotidiana.

VII
Que la cadencia de estas mis rimas
sean como el vaivén de las olas,
que te mezan por siempre celosas,
por todas las playas y todas sus horas,
hasta que al fin los versos de nuestras vidas
sean del futuro, presente e historia.

VIII
De las desembocaduras de mi alma
al barranco del destino,
del endientado anhelo de la carne,
de los intersticios de la boca del reloj
hasta los adosados dolores de existir,
estos poemas yo te he dado,
prorrumpiendo como canto báquico,
sin procacidad prolijamente mi prurito
y el amor que nace en mí.

IX
Nunca te he amado más que el día de hoy
niña;
ni cuando el cuerpo muera,
ni cuando vaya a Dios,
niña.

Que se ofenda el cielo si digo que has sido
mi recoveco ante todo lo malo,
el punto cardinal de mi ecuación,
la luz al final de la noche,
el viento que a la veleta le da vida,
y eso que despierta al sol.

XI
En mi universo los años son versos,
en mi cuarto las velas son estrellas,
en mi soledad el silencio son aplausos,
y en mi tristeza una flor es primavera.

En las mañanas tus ojos son mi fuerza
y en los ocasos tus manos son delirio,
y en este gran poema que es la vida,
yo te rimo día y noche entre suspiros.

XII
Última poesía en mi libreta,
de entre las huellas de mi corazón,
es para la mujer de ojos de aceituna
y piel de nieve multisabor.

Es un poema que no acaba jamás,
a pesar de que en el papel no haya más tinta.
Es un poema que por siempre vivirá,
aunque el sol un día no exista.

El poema póstumo siempre fue, es y será,
de, con, por y para el amor de sólo una.

XIII
De los oros del universo,
de la dieta compartida entre la arrogancia y la vanidad,
de la inseguridad del miedo mismo,
de la indiferencia que roe corazones
que raspa la compasión y la dádiva libre,
desde esas alas de mármol del hombre
que despuntan su vuelo ante el dolor.

XIV
Al venirse las décadas sobre mí,
¿qué sentiré al leer los poemas de amor
que en el desamor te escribo?
Sin embuste me lo pregunto a mano abierta.

XV
Hay días en los que resumiría mi vida
y hay noches en las que no caben las horas;
hay días que incluso la pluma rezonga,
y días que en el caos interno nada rima.
Hay veces que es más grande que la noche
tu sombra,

XVI
Y si mañana empeora mi vida,
¿qué dirás en tu presente?:
¡qué buena suerte ya no tenerle!,
aunque el rostro de tu alma lo abarque misma herida.

XVII
De la guarida de la luz roja
que en el ojo va hasta el vientre,
en un rincón del minuto,
un amor vivirá siempre.

XVIII
El viento de lágrimas
que surca el intradós,
como una insinuación
que atiza la partida,
del que se ha ido con Dios.

XIX
Le escribo de nuevo al nuevo sol
que desolado está,
porque de su lado se marchado la luna;
le escribo a la piedra que deja
que tanto y tanto amor
junto a las hierbas se pudra;
le escribo al desplome celestial,
a la hidra de oro musivo
que el acto honorable ha de acendrar;
y le escribo al báquico vino,
a la rojez de su trampa y muerte,
y a las tintas de su verdad.

XX
El alma siempre es virgen
para el sexo;
una América para Europa.
La flor siempre es bella
para el enamorado;
inspiración a quemarropa.
La vida siempre es joven
para el anhelo;
el futuro convertido en ahora.

XXI
¿De qué me sirve la madurez
que troncha y modula
el sentir del hombre?

¿De qué me sirve la madurez
si de humildad ahogo todos
los triunfos?

¿De qué me sirve la madurez
si en las tristezas
no me hundo?

Es como arrancar la manzana
y no saborear el fruto;
como ver morir el ave
que cantó cada mañana
y no rendirle luto.

¿De qué sirve templar los sentimientos?
¿De qué sirve moderarlos día a día?
Si con cada día menos, menos tiempo,
menos vida,
y para cuando uno quiere sentirse vivo
ya es difunto.

XXII
Que la saeta que escape de los intersticios de tu boca lleve el veneno de tu idea,
para que haga más fuertes las mentes,
ante la dulzura de la espada que las enajena.
Que la política que sirve a un sólo hombre o a un cúmulo de ellos en lo ulterior,
jamás lo es y en el engaño queda.

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