Bernardo Iván Higuera Inzunza LP 3

Higuera Inzunza, Bernardo Iván

Ingeniero, poeta y escritor mexicano radicado en Estados Unidos que ostenta un grado profesional en Ingeniería Mecánica y un postgrado de maestría en Ciencias de Ingeniería y Administración por la Universidad del Estado de Arizona. Su primera obra fue registrada en el año de 2011 bajo el título de “Rimas: Estaciones del Alma” la cual contiene más de doscientos poemas. Sin embargo no fue sino hasta finales de 2013 que pudo finalmente completar su primera obra literaria en la cual selecciona sólo una parte de sus poemas, relatos cortos y pensamientos filosóficos: Entre letras de poesía y días de un poeta (2013).

Terreros

A mediados de septiembre, cuando el otoño se apronta para entrar en escena, las rancherías de la zona norte del país se bañan con menos luz, lo que vuelve imperativo ser más eficientes con las actividades que acarrea el día. Terreros es una de esas rancherías que enjoya los cerros de tierra roja y una flora excepcional del norte. En dicho pueblo hay una joven familia con dos hijos que tiene la dicha de tener una docena de cabras, media docena de reses y dos pequeñas parcelas de temporal.

En un martes común y corriente, la niña de 7 y el niño de 6 años van a la escuela del rancho que tiene sólo dos aulas. Ellos, a pesar de su corta edad, ayudan con los quehaceres al salir de la escuela; su tarea es ayudar en casa y luego aprender como muchos niños más. Por otro lado, el padre atiende las parcelas, desmonta el canalito, hace quesos con la leche de las vacas, cuida que no se enbleden las cabras, comercia con otros rancheros, entre otras actividades. La madre, embarazada, acarrea agua de la noria, muele el maíz en el molinillo, lo pasa por el metate y lo prensa para hacer tortillas, recoge huevos de las gallinas, limpia el hogar, y siguen otros quehaceres menesterosos. El hogar se reparte las labores por igual, aunque la manera de gobernar resultase tradicionalmente patriarcal.

Al final del común martes, el padre se dirige a meter las reses -que suelen pastar libres- en el corral; de pronto se percata que hace falta una vaca. Seguramente se salió del camino ya que las vacas a veces se van un poco más lejos rumiando en busca de la verde pastura. La mala noticia no es nada fuera de lo común, pero es suficiente para preocupar a un padre que se había robado a la esposa dos lustros atrás. El irritado padre deja a la esposa embarazada en casa, pero en su razonar no le queda otra que también mandar a sus hijos a buscar a la vaca extraviada; él se va rumbo a la calera y los hijos -que deberían estar jugando- se van rumbo a la cañada de temporal.

Después de una hora, sobre las greñas de un pelirrojo sol recostado en el horizonte, el padre desiste en la búsqueda; los niños atemorizados no. La niña, por temor de que su padre le pegue si regresa sin noticias de la vaca, continúa buscando; el niño que es más pequeño le da miedo la obscuridad y regresa llorando a su hogar. De esta manera, al final del día, se había perdido la niña y una vaca más.

Los padres buscaron durante la noche y durante el día siguiente; y durante muchos días más. La madre era un fantasma, una estampa sin vida, un cascarón de piel prematuramente acuchillado por el sol. El tiempo pasó lento, como víbora sobre una estepa donde no pasa nada y, a la vez, todo está a punto de pasar. A los 8 días unos pobladores de la zona vieron unos zopilotes a la distancia; al fondo de un barranco, con las piernas quebradas y la cabellera intacta al cráneo, la encontraron.

La niña fue enterrada en el camposanto de aquel rancho de tierra roja. Todos los pobladores acudieron al sepelio; los niños de la escuela, unos por morbo y otros por designio de sus padres, los formaron para mostrarles la cajita diminuta donde descansaban los huesos de la niña. La madre lloraba y sus gritos rechinaban desde las colinas hasta el barranco donde ella sucumbió. Al final, la madre hizo presa su último suspiro, evitando el desborde de más lágrimas, le acomodó el cabello negro a su hija, bendijo sus huesos y cerró la cajita finalmente.

Reloj

Hay minutos que duran para siempre, que burilan el rostro del alma. Hay ocasiones que el tiempo se divorcia de la eternidad, momentos cuando todo puede le pasar al que ya no es más y al que le ama.

Y comienza la mañana más larga de mi vida. Comienza una mañana cuando sé bien que, quizá no habrá un mañana. Comienza con el reloj desangrándose en mis manos; con la chimenea de ideas encendida y hambrienta. Comienza mientras pienso que algo cambiará en mí, más o tanto, que la suma acumulada de todas mis pasadas alboradas. Comienza una mañana disfrazada como las demás mientras los minutos jugarán con la paz de mi alma.

Del feudo de mi existencia tan sólo me queda el recuerdo. Hoy el rojo destino ha mordido el gris común de mi vida. Sin embuste he dado libertad a todo lo esclavo en mí; les he abierto la puerta de la jaula. ¡Qué hermosa es la libertad que riega los ojos de esperanza! Dejo ir así todo lo que se ha asido a mí esa mañana, porque quiero quedar liviano.

Después de un oceánico letargo me despierta de un latigazo el sol a través de una ventana; su aliento abrasador zigzaguea las curvaturas de mis venas. Mi ceño fruncido navega entre las miradas turbulentas que parecen atizar un fatídico desenlace. Los minutos comienzan a llegar invitados por la fiesta del destino. Cada uno que llega hace latir más rápido mi corazón y más lento al reloj. Tengo alta sensación de las cosas; las palmas de mis manos se abrazan, se untan, se tallan vigorosamente diciéndose “hola y hasta pronto”.

Absorbo los reflejos de las miradas esquivas en este monstruo de acero y papel muy a pesar de que mis nervios se han amorriñado bajo mis uñas. Respiro a medias, la presión sobre mis hombros se asemeja a una rama seca sosteniendo una montaña. No sé si todo va bien allá adentro cuando simplemente aquí afuera todo va. A ratos soy como un fantasma que flota al caminar, que toca las cosas, pero no las siente; en otros instantes soy un ser completo, profundo, que vive al máximo cada segundo, porque su amor se llena de temor y advierte que puede ser el último; quizá la felicidad jamás será igual.

Así la zozobra ha plagado esta sala que sostiene en la frente ese reloj que se desangra, que juguetea, que estira el brazo y que, como buen amigo, conmigo reza. Rezamos al Padre nuestro las palabras que nos enseñó dos mil años atrás en aras del padre que me dio. Él yace con hidalguía en el quirófano desafiando la muerte del reloj.

La Llorona muda

En los pueblos del noroeste del país se piensa fervientemente que sólo hay algunos que tienen el don de ver espíritus, fantasmas y ánimas del más allá. Unos dicen que se nace con ese don, otros que los espíritus les escogen; unos pocos creen que es una gracia y otros tantos una desgracia. Desde épocas de antaño, los pobladores se fascinan y se atemorizan con este tipo de leyendas que se arraigan en lo más profundo del ADN cultural. La venidera historia es una de tantos ejemplos de la zona norte del país.

Se cuenta que en un pueblo cercano a Cacalotita una señora se levantó durante la noche para calentarle un poco de leche a su bebé. La señora tomó un vaso de fierro, un poco de leche y salió a la cocina para tibiarla. En estos pueblos es común tener la cocina separada de la casa, donde se acostumbra a tener una hornilla con brasas que quedan encendidas después de la cena. En situaciones como ésta durante la noche si hace falta atizar sólo se agrega un poco de leña a la hornilla y ya.

La joven señora cruzó el árbol grande de moras en medio del patio cuando creyó escuchar ruidos. Primero pensó que era un tecolote y sintió algo de miedo ya que en estos rumbos se les considera que presagian lo malo. Volteó, pero no vio nada; llegó a la hornilla y comenzó a atizar la leche cuando escuchó llorar al niño. De regreso, a medio camino, sintió la mirada penetrante de alguien y volteó hacia el corral de las vacas que cruza al lado de una cañada de temporal. De pronto, en la periferia de su ojo, vio algo blanco pasar por detrás de la casa. El terror la paralizó al instante.

Después de unos terroríficos segundos la señora caminó con rumbo a la cocina. De ahí pudo ver que era una mujer vestida de blanco que se detenía cerca de la parte opuesta al corral. El niño dejó de llorar; ella sostuvo su respiración y comenzó a acercársele. Al estar a escasos metros de distancia no pudo verle los pies, ni el rostro, sólo una cabellera característica de las féminas del lugar. Ya estando muy cerca pudo percatarse que no iba vestida con vestido largo blanco, sino que era más una luz, una transparencia que en la noche se veía como blanco.

La señora poco parpadeaba, pero nunca dejó de apuntar los ojos a aquella luminosidad. Al pasar unos segundos más la mujer de blanco silenciosamente cruzó la cañada y la noria para difuminarse por el lado de la casa de su tata. La mujer había desaparecido por el lado de la ventana en las ruinas de la hacienda construida a finales del siglo diecinueve. Su tata, que en realidad había sido su suegro, era llamado tata por todos y recordado con cariño ya que les había heredado a muchos de los nietos tierras y ganado.

A la mañana siguiente la señora le comentó a su marido quien inmediatamente asumió que era un mensaje de su padre; creyó que esa mujer de blanco les estaba señalando el camino a algo importante. El señor era de los que creía que siempre hay un motivo por el cual esas ánimas sólo se le aparecen a unos cuantos.

La historia cuenta que el señor pasó meses escavando en el suelo de aquella vieja hacienda pero que nunca pudo encontrar nada. Cuentan que se obsesionó tanto que se lastimó la espalda de tanto escavar al grado que hoy permanece en una silla de ruedas. Sin embargo, algunos de los otros lugareños dicen que sus 4 hijos todos fueron a la escuela, se recibieron y que al poco tiempo de la aparición de aquella ánima vivieron todos ellos una vida económicamente desahogada.

Cuenta la leyenda que la llorona de blanco no habla -por ello se le llama la llorona muda- pero cuando por tu casa pasa hace llorar a los niños que en ella duermen. Cuenta la leyenda que los que tengan el valor para asomarse por la ventana y verla, un gran tesoro les aguarda.

El tren bala

Había sido un largo día de verano para la madre y su hijo que habían ido al hospital de la capital. El hijo de 8 meses tenía que visitar periódicamente el área traumatología y ortopedia ya que había nacido con pie equino varo. La veinteañera madre se asemejaba más a una escoba que a un ser humano; comía poco y, cuando comía, comía mal. Ese día la madre había tenido que levantarse de madrugada para tomar uno de los tres camiones que la llevaría al Hospital Del Niño; sería un día de no comer y dar pecho a su retoño.

La visita fue de rutina, después de la exitosa operación realizada al niño un mes atrás. El niño llevaba su piernita enyesada de regreso a su casa y eso le partía el alma a la mamá. Cuando iban en el camión la madre, exhausta, no pudo contener las lágrimas de tristeza; éstas poco tramo recorrieron en sus mejillas ya que el hijo, que siempre le veía detenidamente, con su manita se las secó. Quizá lo hizo por curiosidad, pero lo cierto es que el hijo le daba a la madre las fuerzas para no derrumbarse y seguir adelante.

Al llegar a su casa de un sólo cuarto en el casi pueblo, casi rancho, la madre guardó el peso que le había quedado del pasaje en un vaso. Ella tenía que priorizar ahorrar dinero, aunque no comiera, con tal de tener algo guardado por si necesitaba ir al hospital de nuevo. Ese vaso era el banco de sus esperanzas, la alcancía de un magno propósito.

A los pocos instantes en casa, el esposo llegó también. El padre del niño trabajaba como policía con turno alternado -un día sí, un día no- en la comisaría rural. Él tenía el cuerpo de un hombre vapuleado por el campo, el cajón del cuerpo ancho y una altura envidiable. Sus manos eran robustas, pero su cara era de niño; aún tenía 19 años. La madre intentó contarle cómo le había ido en la cita con el doctor, pero él poca atención le otorgó. Se cambió el uniforme, se puso una camisa de cuadros azul y anaranjado, le dio un beso a su hijo y salió por la puerta de atrás. Al padre le esperaban afuera unos primos para ir a tomar cerveza.

La madre lo siguió al salir y le pidió de favor que no se fuera; le comentó que aún no había comido en el día y que deseaba que comieran todos juntos. El padre la escuchó pero no dijo mucho; apenas musitó que le había dejado algo de dinero sobre la cama para que comprara comida en el abarrote. Ella le volvió a pedir encarecidamente que no se fuera, pero él no volteó más y se fue en aquél pick up color café. Ella se quedó parada viendo con sus propios ojos la escena aquélla; quería estar segura que él no tenía la mínima intención de cambiar de opinión.

La situación había alcanzado el punto de cocción de la madre. Con lágrimas de coraje y desilusión cogió dos cartones y un bote color anaranjado de tapadera blanca; empacó rápidamente las pocas cosas de ella y del niño, tomó el dinero sobre la cama y el peso en el vaso y se marchó de ahí. Al salir de la casa sabía que no pasarían más camiones en el rancho rumbo al pueblo donde está la estación del tren. Ferrocarriles N de M, con su tren bala de las 10:30 p.m., la llevaría al norte con su tía; al menos ese era el plan.

Con el hijo encajado en la cadera la madre tenía que adelantar los cartones una cuadra y regresar para jalar de un asa el bote de tapadera blanca. De esta manera poco ortodoxa tenía que recorrer los dos kilómetros de terracería hasta la carretera principal donde el último camión pasaría a las 7 p.m. A la mitad del camino una mujer, que se dirigía a la Unión de Ejidos, les ofreció raite –la Unión de Ejidos o Ejidatarios estaba anexo al entronque rumbo a la estación del tren. Ya una vez ahí la madre y el hijo esperaron hasta las 7:30 p.m., pero ese último camión por alguna razón ese día no pasó. Al borde de la desesperación, ya cuando el sol bostezaba en el horizonte, el milagro pasó. Una antigua maestra de la infancia, que pasaba por ahí, la había reconocido y con gusto les ofreció un aventón a la estación del tren.

Durante el camino tuvo que mentir los motivos por los cuales iba al norte, a la frontera; le dijo a la maestra que iría a ver a su marido que trabajaba en el otro lado. La maestra conforme con la explicación le deseó buena suerte y los dejó en la única banca que había a las puertas de la estación del tren. La madre compró un boleto -niños menores a 1 año no pagaban- y un pan que terminó por comerse el hijo; ella le pedía, pero él decía que no con la cabecita. La madre, con hambre, al menos tenía el alivio de haber llegado a tiempo a la estación. Después de un rato se oyó el tren aprontarse con su particular sonido; el niño peló los ojos y, haciendo contacto con los de la madre, se envalentonaron para abordarle.

A las 10:30 p.m. exactamente llegó el tren bala aunque jamás se detuvo en su totalidad. El bala, como se le conocía al tren extra 409 de Ferrocarriles Nacionales de México, llegaba sólo de entrada por salida. La madre raudamente puso el bote anaranjado en el primer escalón del tren mientras dos muchachos, desde adentro del mismo gentilmente le ayudaban. Una vez el tambo arriba, les pasó uno de los cartones, pero el tren ya iba muy rápido; el tren bala aceleraba y la madre se quedaba. La madre aventó el último de los cartones con ropa y como pudo le dio en brazos al otro muchacho, en una decisión intempestiva, al niño.

En cuestión de segundos la marcha del tren era tan veloz que la madre no pudo sujetarse del vagón. Ante su mirada atónita aquel vagón se alejó. La madre comenzó a sentir que el tiempo era eterno mientras los vagones del tren paradójicamente pasaban como un parpadeo frente a ella. Corrió desesperadamente a lo largo del tren intentando agarrarse de lo que fuera. Los brazos de la madre pegaban contra los tubos que servían de agarraderas en cada una de las puertas de entrada y salida de los vagones. De pronto, en un acto de decisión suprema, en un impulso maternal, en el último latido de su esperanza, la madre aventó su cuerpo estirando los brazos contra el último vagón; a pesar de su delgadez y desgastadas energías en aquel día, ella había logrado sujetarse del tren bala.

Al subirse al tren, la madre corrió de vagón en vagón con la más espantosa desesperación. Fueron 5 minutos lo que le llevó volver a tener a su hijo en brazos. Los muchachos sintieron que habían pasado horas; ella sintió que había pasado un siglo. Los jóvenes le habían incluso apartado un asiento en el cual la madre se sentó. Una vez más la madre no pudo contener las lágrimas, pero esta vez más allá del susto, las lágrimas brotaban de alegría. Tomó del bote naranja una almohada con funda azul cielo y la puso sobre sus piernas para recostar a su hijo; éste la miró fijamente, casi contándole con la mirada el amor que sentía por ella. Él se durmió y ella, contemplando a su hijo, recogió las últimas lágrimas de aquel largo día de verano. Ladeó su cabeza, puso sus brazos alrededor de su hijo y finalmente logró sonreír.

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