Víctor Manuel Pazarín LP 3

Pazarín, Víctor Manuel

Nació en Zapotlán el Grande, Jalisco, 1963; actualmente vive en el poblado de Tonalá, en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Tiene publicados libros de cuentos, periodismo y poesía: Puentes (relatos), editorial Mala Estrella, 1993. Construcciones (poesía), Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994. Retrato a cuatro voces (Arreola y los talleres literarios) (entrevistas), editorial de la Universidad de Guadalajara, Divagaciones en las escaleras (cuentos), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, 1994, Arreola, un taller continuo (periodismo), editorial Ágata, 1995, Cantar (poesía), Secretaría de Cultura de Jalisco, 1995, La medida (poesía), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, colección Los Cuadernos del Jabalí, 1996, Cazadores de gallinas (novela, 2008) y Ardentía (poesía, Buenos Aires, Argentina, 2009).

José Manuel Othón

El poeta potosino José Manuel Othón pasará a la historia no únicamente por su amplia obra literaria y su participación en el movimiento modernista, sino también por su incursión en la cultura popular, gracias a la letra (que se le atribuye, y cuya música se debe a Felipe Llera) de una de las canciones iconográficas de la vida campirana de México. Su poema “La casita”, se volvió, además, parte del Cancionero nacional.

Pedro Infante interpretó la letra en alguno de sus filmes (que fue visto en todo el país en los años cincuenta) y completó la imaginería visual y sentimental del texto con abundantes imágenes bucólicas y religiosas —una especie de videoclip de la época, localizable en Internet—, que completaron el contexto a todos aquellos mexicanos, de una cierta clase social, que la habían adoptado como un himno y la cantaban en sus momentos propicios al amor dichoso. Parte del texto dice:

¿Que de dónde amigo vengo? De una casita que tengo
más abajo del trigal; de una casita chiquita,
para una mujer bonita, que me quera acompañar.

Tiene en el frente unas parras, donde cantan las cigarras
y se hace polvito el sol; un portal hay en el frente,
en el jardín una fuente, y en la fuente un caracol.

El poema, aunque “atribuible”, según su mayor compilador Joaquín Antonio Peñalosa (que en 1974 reunió en un libro hasta ese momento la Poesía Completa del bardo de Poemas rústicos, para la editorial JUS), y quien lo dispuso hasta el final de la edición, casi como una anécdota literaria, tiene para uno de sus mejores lectores del siglo XX, José Joaquín Blanco, un error de visión.

De acuerdo a Blanco desde “puntos de vista temáticos y estilísticos no hay objeción posible” para considerarlo “un poema ajeno a Othón”. Refuta Blanco en su defensa que aparte de haber sido registrado a su nombre “es tan perfecto que se necesitaría un gran poeta para escribirlo”, y éste le otorga una enorme pulcritud en su trabajo y redunda: “Son muy absurdas las dudas de su, por demás excelente editor, para clasificarlo como ‘atribuible’”. Finalmente en su defensa a “La casita”, Blanco en su ensayo sobre Manuel José Othón, publicado en Crónica de la poesía mexicana, aduce que después de este poema y posteriormente canción, “el mejor poema de Othón” es “En el desierto. Idilio Salvaje”.

Gabriel Zaid, por otra parte, en su artículo compilado en Leer poesía, ofrece un saludo a la entonces recién aparecida Antología del modernismo, de José Emilio Pacheco y otorga —Zaid— un breve, pero elocuente elogio al libro, y a los poemas compilados que lo llevan a hacer algunas sustanciales consideraciones sobre la corriente literaria hispanoamericana, donde se incluye a José Manuel Othón como una de las piezas fundamentales de la poesía catalogada en esa fuente literaria, producida en la América hispana entre 1880 y 1910.

En todo caso Gabriel Zaid, entusiasmado con el contenido poético reanima al declarar:

Hay que releer nuestra poesía modernista —dice el regiomontano—. Pasado el apogeo de su gloria y el reposo a la sombra de las devociones provincianas o académicas, parece que ha llegado el momento de leerla otra vez, con otros ojos.

A final de su breve ensayo, Zaid insiste: “La poesía modernista, que teníamos por leída, nos sorprende una y otra vez aquí: resulta viva.” Lo confirma el gusto por escuchar la canción “La casita” entre la masa, y la dedicación de algunos críticos por su inclinación hacia el “Idilio salvaje”.

Bosquejos para una (posible) efigie

Manuel José Othón nació en de San Luis Potosí el 14 de junio de 1858 y murió en esa misma ciudad el 28 de noviembre de 1906. Fue abogado, dramaturgo, poeta, narrador, periodista y político. Su ingreso a la poesía ocurrió cuando tenía apenas 13 años de edad y se da dentro del romanticismo y neoclasicismo. Un año más tarde también participaría en el periodismo, logrando un acercamiento directo con la gente de su comunidad que, desde entonces, y hasta su muerte, sería el medio propicio para el encuentro con los lectores, tanto en periódicos (La Voz de San Luis, El Correo de San Luis, El Estandarte y El Contemporáneo) como en revistas (El Búcaro, El Pensamiento, La Esmeralda).

Su figura, en algunas postales fotográficas, lo describen como lo recuerda con acierto Luis Miguel Aguilar en su libro La democracia de los muertos: “…parece un personaje —dice Aguilar— sacado de algún dibujo de George Grosz”. Y afina el retrato (y la similitud) citando a Rubén M. Campos, quien afirma en un escrito que Othón tenía “…un pecho rudo y rauco, ancho y recio, busto magnífico de una cabeza al rape, sólida y salvaje, donde ardía un pensamiento candente que fulminaba en unos ojos rapantes, de locura abstraída, suspendidos sobre una nariz de águila y una boca fina…”.

Afirma Carlos González Peña, en su Historia de la literatura mexicana que Othón, a pesar de haber estudiado leyes, siempre ejerció su profesión “a regañadientes” (que practicó en villorrios, aldeas, pueblos y rancherías alejadas de la capital potosina: Cerritos, Santa María del Río, Guadalcazar, y Torreón, además de San Luis Potosí, donde fue profesor universitario e incluso allí mismo fue agente del Ministerio Público y ostentó el cargo de diputado federal y se integró al Congreso de la Unión en 1900), pues su vocación definitiva fue la poesía.

Su vida la pasó en pequeños poblados, tanto de San Luis Potosí como de Coahuila, “donde escribió sus mejores versos”, y salvo algunas visitas a la Ciudad de México; “su fama llegó presto y era muy querido”. El tiempo de su breve vida —apenas vivió 48 años—, en realidad lo pasó sumergido en las profundidades de la provincia mexicana a la que amaba desmedidamente, así lo permiten saber sus trabajos literarios y lo declara Carlos González Peña: “Gustaba de la gozosa tranquilidad pueblerina; sólo se sentía a sus anchas en el abandono del campo”.

Y lo reafirma Alfonso Reyes cuando opinó sobre su obra lírica: “…es casta y benigna, salubre como campesina madrugadora, firme como labrador envejecido sobre la reja, santa y profunda como himno a Dios en el más escondido rincón de la selva…”

Hay una nota significativa del aprecio que obtenía el poeta potosino y se debe a Victoriano Agüeros, uno de los más ilustres humanistas de su tiempo, quien perteneció al Ateneo de la Juventud. “Varios estudiantes de medicina y de derecho —escribió alguna vez Agüeros— nos reunimos en la Ciudad de México en fraternal amistad”, y fue allí donde supo de la existencia de Othón.

Entonces apareció la inquietud de Victoriano Agüeros de conocer al poeta y a su obra, pues por los estudiantes potosinos supo “había en San Luis un grupo de jóvenes que amaban las letras”, entre ellos destacaba el autor del futuro poema “En el desierto. Idilio Salvaje”, que apenas alcanzaba su inicial escritura. El interés de Agüeros fue la fortuna de Othón, pues éste en 1880 hace posible la publicación de Poesías (editado en dos apartados: “Violetas”, donde reunió treinta y cinco poemas, y “Leyendas y poemas”, con apenas seis); José Manuel Othón en ese tiempo contaba 22 años de edad. Los textos incluidos habían sido escritos entre los años de 1875 y 1880, año de la publicación. El texto que abre el poemario se titula “A mi madre”:

Brilla la luna en el cielo,
y sonando entre ramas
de los árboles del bosque
melancólica va el aura.

Los búhos entre los sauces
tristes lamentos exhalan,
que los ecos repitiendo
llevan a las montañas…

Versos mejor logrados que aquellos primerizos que dejó inéditos el poeta —se refiere Peñalosa a los publicados en 1880—; pero, desde luego, juveniles como los anteriores, escritos al calor de temas, de influjos y formas expresivas similares. El fuego del romanticismo arde intacto. Algunos son versiones libres de Byron y de Victor Hugo; o imitaciones de Bécquer, como claramente lo estampa en los subtítulos respectivos…

La aseveración de Victoriano Agüeros la corrobora Alfonso Reyes quien afirma que “Poesías nos ofrece las confesiones de una adolescencia romántica, muy dignas ya de nota si ha de tomarse por señal o promesa de mejores frutos, aunque el libro en sí nos aparezca algo indefinido e informe. Hay, empero, en aquellos versos de muchacho, donde las primeras caricias de la vida y el alborozo de la inteligencia y la sensibilidad que van despertando, se vacían en calurosas manifestaciones de ansia y de vigor desbordante”, según la cita de Joaquín Antonio Peñalosa en el prólogo a las Poesías Completas de Othón.

Sin embargo, las desventuras de la obra literaria de Othón, en lo sucesivo, tendría largas desavenencias y sinsabores, pese al ánimo del primer impulso otorgado por su primer promotor. Pues la obra othoniana tendría un mal hado, de acuerdo a su mayor recopilador hasta la fecha, Peñalosa, ya que éste aduce que los poetas “como los libros, suelen tener sus hados”, pues “mientras los grandes líricos de México se ostentan en dignas obras completas”, el poeta potosino “es el único que ha tenido que esperar tanto tiempo”. Peñalosa se indigna y reclama que la obra de nuestro autor hubiera esperado setenta y ocho años, y deviene en una apreciación: “Vivo o muerto, la pobreza fue su patrimonio”. La primera recopilación de la obra de José Manuel Othón, nos trae la noticia Peñalosa, se realizó en 1928 y la segunda “y última” en 1945.

En 1947 se publicarían los textos dejados fuera de Poesías, en otro cuadernito titulado Ensayos poéticos, ya fallecido su autor. El breve poemario abría con un texto titulado “Dios”, y estaba dedicado a su padre:

El caos y las tinieblas
por doquier me rodeaban, los negrores
de la infinita oscuridad del alma
me llenaban de angustia y de dolores…

Antes —en 1902—, se había editado el libro medular de José Manuel Othón, Poemas rústicos que desde entonces ha sido el centro de atención de todos los críticos de la poesía del rapsoda. Reyes declaró sobre este libro: “Parece que ofreciera así sus realizaciones artísticas limpias y aseadas ya de retazos, recortes y limaduras que han quedado en el taller, y gustásemos en sus versos del encanto de las producciones, sin haber conocido nada de amarguras y espasmos de alumbramiento”.

Después vendría Noche rústica en Walpurgis y El himno de los bosques, publicados de manera póstuma en 1908. Tal vez tenga razón Joaquín Antonio Peñalosa cuando afirma que el propio Othón con este libro “señaló el camino”, y deseó borrar “el recuerdo de sus libros anteriores y nacer —nuevo Adán— adulto y perfecto, en un libro asombrosamente definitivo…”. En el Anecdotario de Manuel José Othón, que ha sido un libro citado cada vez que se habla del poeta, y aquí se podrían repetir, no obstante, como ha dicho Octavio Paz en Cuadrivio, refiriéndose a Fernando Pessoa, que los poetas no tienen biografía: “Su obra es su biografía”. El pensamiento es válido también para Manuel José Othón.

Othón: paisaje y política

Los viajes fueron un estímulo central de la experiencia modernista —anuncia Luis Miguel Aguilar en La democracia de los muertos. Este esquema planteado por Aguilar se cumple a plenitud en Manuel José Othón, a pesar de que sus viajes transcurrieron en una cierta comarca de su estado natal, en el Norte del país y unas cuantas visitas a la Ciudad de México; el paisaje de la Huasteca potosina le otorgó a Othón la posibilidad del viaje espiritual. Una confesión del propio poeta ofrece la oportunidad de saber de alguna manera la esencia de la poética de su obra.

La Musa —alguna vez expuso el propio Othón— no ha de ser un espíritu extraño que venga del exterior a impresionarnos, sino que ha de brotar de nosotros mismos para que, al sentirla en nuestra presencia, en contacto con la Naturaleza deslumbradora, enamorada y acariciante, podamos exclamar en el deliquio sagrado de la admiración y del éxtasis…

Las anteriores palabras, en la presentación de su obra dentro de la Antología de la poesía mexicana moderna —preparada por Jorge Cuesta en 1928—, y su cumplimiento al pie de la letra quizás llevaron al poeta y ensayista de la generación de los Contemporáneos a definir que con Manuel José Othón el lirismo de los poetas mexicanos había alcanzado “la conciencia de su mayor honradez artística”. Pues a decir del propio Cuesta fue el paisaje de México el “que Othón escogió” para desarrollar sus “pequeños dramas líricos”.

Ya Manuel Puga y Acal, en una reseña sobre El himno de los bosques, había advertido sobre la propensión de Manuel José Othón sobre el tema de la naturaleza. El texto de Puga y Acal, reunido en La crítica de la literatura mexicana del siglo XIX, nos ofrece el detalle de un encuentro y una conversación con el poeta de la Huasteca, en una visita a San Luis. El encuentro entre Puga y Acal y nuestro poeta ofrece, además de la información sobre la vida del huasteco, el punto fino del conocimiento de la vida de Othón y su postura ante su y la poesía.

Tú sabes que he vivido mucho tiempo en la Huasteca —le compartió Othón a Puga y Acal, en una charla amistosa—, en medio de esos salvajes y majestuosos paisajes de vegetación tropical. Quiero nada menos que describir en verso esos paisajes. Para ello he aquí mi plan: mi composición se llama ‘Himnos de los bosques’; con ella quiero hacer que lleguen al oído del lector los diferentes rumores que están en calma, cuando la tempestad la azota, cuando el crepúsculo la vuelve a dormir.

En su Museo poético, Salvador Elizondo reconfirma el hecho al anotar, en unas breves líneas y comparando la poesía de Manuel Gutiérrez Nájera y la de Othón que este último logró ser el primero de los poetas mexicanos “en experimentar la amplitud del desierto como cosa propia de la poesía”, y el primero en tener “conciencia de la gran ciudad”. Y lo coloca como uno de los mayores rapsodas nacionales que concibió “las imágenes de mayor amplitud espacial”. La nota es acorde a las siguientes líneas escritas por Manuel José Othón.

Asoladora atmósfera candente,
do se incrustan las águilas serenas,
como clavos que se hunden lentamente.

Una gran cantidad de poemas de Manuel José Othón fueron coleccionados en Mil y un sonetos mexicanos, de Salvador Novo, en el apartado dedicado a la poesía nacional sobre el paisaje, la naturaleza y el ambiente. Con esta demostración se puede comprobar de alguna manera que Othón cumplió con su proyecto y logró una real exhibición de la naturaleza en toda su obra lírica.

Su poesía —enuncia Raymond Saavedra Rentería, B.A., en su tesis de doctorante en la Texas Tech University— es una interpretación metafísica de las fuerzas del mundo, a la que une la religiosidad, y a veces, el catolicismo. Llega a la emoción por medio del misterio, y la paz de la naturaleza nos da un sentido de trascender hacia la naturaleza.

Todavía para algunos críticos españoles como Guillermo Díaz-Plaja el modernismo es un tema que no ha sido muy bien asimilado, pues aunque para este autor fue “como una suntuosa fiesta musical que mostró el límite de las gracias retóricas del castellano”, no le otorga una importancia fundamental. En su apartado a este movimiento, apenas toca los nombres de Amado Nervo y Enrique González Martínez, dedica apenas dos páginas a explicar lo que fue. Y otorga, como ya es una tradición y un lugar común —según críticos como José Emilio Pacheco—, a recargar el término en Rubén Darío.

No hay una sola palabra para Manuel José Othón ni para Manuel Gutiérrez Nájera ni mucho menos para José Martí. Lo que sí declara es que “el modernismo se agotó en sí mismo”. Naufraga —dice— en su propia escenografía y se consume en su propia y extensa musicalidad.

El más claro de los lectores de Othón durante el pasado siglo, José Joaquín Blanco, daría, en su texto incluido en la Crónica de la poesía mexicana, el valor necesario para que las opiniones sobre la poesía del potosino quedaran en un límpido nicho a considerarse cuando se escribe sobre su obra y su lugar en la historia de nuestra poesía y en el propio movimiento modernista.

En su puntual texto declara que Othón “odia cualquier cosa que huela a ‘orgía’: escepticismo, materialismo, modernidad”, y define que en realidad el autor busca “un país como aguas cristalinas”, donde todo fuera aves y flores amorosas y celajes vespertinos, pues en realidad Othón es un caso de un bardo “antimoderno y antimodernista”, ya que, según Blanco, “detesta el exceso de civilización, ciencia y libertinaje del siglo XIX”.

Su camino fue la depuración esforzada de un estilo que fue probando y renunciando a lo que le era esencial —aclara contundente el ensayista—; y lo que fue, exclusivamente, una asimilación de la sensibilidad romántica en el orden neoclásico, cristiano, del nacionalismo conservador del siglo XIX.

Quizás por esa razón afirma José Joaquín Blanco que “una buena parte de la obra poética de Othón trata temas políticos y sociales explícitamente”, su poesía —abunda— “no parece aislada ni mucho menos opuesta a la sociedad en que vive, sino íntimamente ligando”. El poeta escribe, según palabras de Blanco, salutaciones, arengas, epitafios, versos de ocasión, epigramas, poemas para la madre y para las niñas ingenuas “que bordan cerca del balcón conforme muere el día”. Para el autor de la Crónica de la poesía mexicana, la mayor altura de la obra de José Manuel Othón se halla en sus Poemas rústicos, donde en una elevación considerable, reúne todos sus temas el poeta potosino, y donde “se dedica a cultivar las raíces naturales, morales estéticas de la Nación: la naturaleza, las virtudes cristianas y la vida en el campo. En este libro, su obra maestra, integra todos los anteriores elementos “en una visión del paisaje que es también la proporción de modelo de nación, de un ideal de individuo y, sobre todo, una estructura de armonía en la cual todo lo que existe entabla un sistema ‘puro’ y edénico de relaciones que le dan, simultáneamente, belleza, verdad y orden perdurable, en torno a un centro, la religión, que reproduce en lo demás una moralidad sencilla y campirana.” El poema central de la obra othoniana es “En el desierto. Idilio salvaje”, su soneto inicial comienza:

¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?… Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.

Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.

Bibliografía

* Armando Jiménez (compilador), Cancionero mexicano, Editores Mexicanos Unidos, 1992.

* José Joaquín Blanco, Crónica de la poesía mexicana, “Crónica del modernismo”-“El bucolismo patriótico de José Manuel Othón”, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, 1977.

* José Emilio Pacheco, Poesía modernista. Una antología general SEP/UNAM, México, 1982.

* Gabriel Zaid, Leer poesía, “Reconciliación con el modernismo” y “Una anécdota irresistible”, Fondo de Cultura Económica, 1987.

* Manuel José Othón, Poesía completa (recopilación y prólogo Joaquín Antonio Peñalosa), Editorial JUS, 1974.

* Luis Miguel Aguilar, en su libro La democracia de los muertos, “Conversaciones bajo la luna”, Editorial Cal y arena, 1988.

* Carlos González Peña, en su Historia de la literatura mexicana, Editorial Porrúa, 1928 (en su primera edición).

* Artemio de Valle-Arizpe Anecdotario de Manuel José Othón Ensayo y prosa varia, Fondo de Cultura Económica, 1958.

* Octavio Paz, Cuadrivio, “El desconocido de sí mismo”, Joaquín Mortiz, 1965.

* Jorge Cuesta, Antología de la poesía mexicana, Contemporáneos, 1928.

* Fernando Tola, La crítica de la literatura mexicana del siglo XIX, Universidad Autónoma de México/Universidad de Colima, 1987.

* Salvador Novo (selección y notas), Mil y un sonetos mexicanos, Editorial Porrúa, 1963.

* Salvador Elizondo, Museo poético, Textos Universitarios, Universidad Autónoma de México, 1974.

* Fernando Orozco, Historia de México, Panorama Editorial, 1982.

* Jorge Cuesta, Poemas y ensayos (Tomos 1 a 5), Luis Mario Schneider y Miguel Capistrán, estudio y recopilación), Universidad Autónoma de México, 1964.

* E. Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana (Tomos I y II), Fondo de Cultura Económica, 1954.

* Varios autores, Historia general de México, El Colegio de México, 1976.

* María del Carmen Millán, Literatura mexicana, Editorial Esfinge, 1962.

* Guillermo Díaz-Plaja, Hispanoamérica en su literatura, Biblioteca Básica Salvat, 1970.

* Raymond Saavedra Rentería, B.A., en “Algunos aspectos de la poesía de Manuel José Othón”, tesis para la Texas Tech University, agosto de 1972.

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