Justo S. Alarcón LP 3

Alarcón, Justo S.

Alarcón, Justo S. (1930 –) Justo S. Alarcón nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia. Obtuvo diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y una Maestría de literatura en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y un doctorado en Literatura en la universidad de Tucson, Arizona. Durante treinta años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló. Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: “Técnicas narrativas en ‘Jardín umbrío’ de Ramón María de Valle-Inclán”, Editorial Alta Pimería, “El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana” (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications y “La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana” de Ramón Saldívar, Editorial Orbis Press . Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, Minority Voices, De Colores, Revista Chicano-Riqueña, The Americas Review y Confluencia, entre otras. Durante varios años ha editado la revista “La palabra: Revista de literatura chicana”. Escribió dos novelas, la trilogía “Crisol”, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos. “Los siete hijos de La Lloron”a. Y dos colecciones de cuentos: “Los dos compadres: cuentos breves del barrio”, publicados en México por la Editorial Alta Pimería y “Chulifeas fronteras”, publicada por la Editorial Pajarito Publications. Además publicó un libro de poesías que lleva por título “Poemas e mí menor”.

La Doctrina Monroe y la supeditación del hispanounidense

PARTE II

XI

La Doctrina Monroe y la supeditación del hispanounidense

La Doctrina Monroe, a la que se aludía en la sección anterior, ya no era territorial y necesariamente expansionista, como la del Destino Manifiesto, sino que se manifestaba y se manifiesta todavía hoy día en una conquista económica por parte de los norteamericanos. Breve y fundamentalmente se trata de que Estados Unidos advirtió y prohibió a todos los países del mundo (en particular de Europa) que no se atrevieran a meterse en los territorios y negocios del Continente Americano, porque ellos, los Estados Unidos, fungirían como observadores, protectores y señores de dicho continente. O sea, que el sueño inconcluso y territorial del Destino Manifiesto original se cristalizaría ahora, un siglo después, en una realidad y práctica capitalistas, de control de negocios internacionales por toda la América Latina, o sea, una especie de “globalización norteamericana”. No vamos a explorar más este punto, porque es más bien una actitud y práctica político-económica hacia Latinoamérica, y que se podría resumir en la famosa frase que todo joven escolar se sabe de memoria: “America for Americans” / “América para los americanos” que, en la realidad, lo que se quiere decir es: “(Toda) América para (sólo) los (anglo-) americanos”. Nos iremos encauzando y limitándonos, por tanto, al problema del hispanounidense: habitante dentro de los confines territoriales de lo que hoy es Estados Unidos, incluyendo quizás la franja fronteriza.

Ya puestos los principios de la interrelación entre el Destino Manifiesto y su complemento, la Doctrina Monroe, veamos ahora y resumidamente algunas aplicaciones a nuestro tema del hispanounidense en el Suroeste. La combinación de estas dos doctrinas y actitudes sociopolíticas tienen sus raíces, como ya se ha dicho, en Inglaterra. Este país, aunque fue visitado por los romanos y franceses, no ha tenido la experiencia del “melting-pot” / “mestizaje” hispánico, conquistado e invadido repetidas veces por varios pueblos y civilizaciones distintas y mezclando sus sangres repetidamente.

El expansionismo inglés comienza con el Renacimiento en donde se suple y reemplaza la idea del Dios cristiano, como padre del género humano, por la idea del Hombre, en este caso el anglosajón “puro”, como se indicó anteriormente. El protestantismo es un fruto maduro del Renacimiento que proclama el connubio entre lo material y lo espiritual. La separación incipiente entre el Estado y la Iglesia elimina la posible influencia de ésta en la orientación oficial ético-cristiana de la sociedad. Los filósofos se ocupan sobre todo del aspecto práctico de los principios ético-sociales y dejan de lado la connotación religiosa y divina. El capitalismo y el industrialismo nacientes son adoptados casi exclusivamente por todos y por todas las instituciones: el Gobierno, la supeditada Iglesia anglicana-episcopaliana, la Sociedad y sus filósofos y científicos. Entre estos, aunque un poco tardío y recopilando hasta cierto punto esta tendencia general, sobresale el científico Charles Darwin, con sus doctrinas de la pureza y evolución de las especies, y de la lucha y supervivencia del más fuerte y más apto. Un prenuncio de la teoría o doctrina del Superhombre.

Como ya se indicó, todo este material doctrinal lógicamente se trasplanta a las colonias americanas anglosajonas, como se habían trasplantado las prácticas y cultura españolas esencialmente medievalistas y pre-renacentistas a la América Hispana, incluyendo el Suroeste. Teniendo todo esto en cuenta, llegamos a la conclusión irrefutable de que el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe son la culminación y el resumen de la filosofía y actitud general de un pueblo, es decir “su cultura”, en este caso la anglosajona.

En resumen, se trata de una conquista territorial, en donde el elemento humano no-anglosajón, esto es el nativo (indio y mestizo), es un impedimento que hay que descartar o suprimir, o por lo menos apartar (las Reservaciones y Barrios), no asimilable. Que el interés económico está sobre todo interés humano que no sea anglosajón. Y que la estructura de este sistema tiene que ser capitalista. Y todo esto siendo sancionado por un “llamamiento divino” que, irónicamente, no consta en ningún documento legalista, ni bíblico, ni eclesiástico, ni gubernamental. Es decir, es un sentimiento o una actitud profético-religiosa con sus profetas semioficiales y su sociedad anónima. Nadie, en suma, es culpable ni responsable de nada, a no ser que admitamos que fue el mismo Dios quien otorgó esa “misión divina” de expansión, expropiación y aislamiento.

Por lo tanto, la economía capitalista se conjura con la política oficial y con la idea del hombre “puro” o especie pura del “superhombre” darwiniano. El resultado lógico será, pues, la exclusión social y oficial del ser “impuro”, del mestizo, del “híbrido”, del más débil, o sea, del hispanounidense y de su cultura. Sin embargo, la falacia de este sistema capitalista-separatista consiste en que, para que sobreviva este mismo sistema capitalista de esta raza “superior”, se necesita de la mano de obra de otra raza “inferior”: la hispanounidense. Se sabe, sin embargo, que los trabajos más “duros” han sido realizados por las razas más “débiles” (“feeble”, en palabras de Jefferson), entre ellas la hispanounidense. Cuánta sangre y sudor ha derramado en la construcción del ferrocarril, en los campos de siembra y cosecha, en la ganadería y en las minas del Suroeste. Ocupaciones que fueron, y todavía son, la espina dorsal de la economía de los estados del Suroeste y de la economía capitalista del hombre blanco. Campos, minas y peones en la variada construcción en los que los invadidos-conquistados estaban más especializados que los invasores-conquistadores, porque ya estaban aquí desde antes y llevaban muchos años de experiencia en estas faenas y ocupaciones.

XII

Despojos y Rechazos

Desde el punto de vista territorial y material, el hispanounidense fue despojado triplemente para que el nuevo sistema angloamericano pudiera progresar. Primero, y globalmente, al perder los estados del Suroeste, por medio del Tratado de Guadalupe Hidalgo. En segundo lugar, e individualmente, porque, poco a poco, el anglo, por medio de artimañas y subterfugios, la mayor parte de las veces ilegales e inmorales, fue sacándole al hispanounidense sus propiedades contra las estipulaciones del Tratado de Guadalupe Hidalgo y contra las garantías concedidas por la Constitución. Y, por fin, hasta hoy día no quieren pagarle al campesino por “el sudor de su frente”, después de haber horadado las minas, plantado y cosechado la lechuga, la uva, el algodón y tantas otras especies agrícolas y ganaderas, que eran suyas por importación, posesión y usufructo, y ser recolectada en su tierra titular del Suroeste.

Hemos hecho hincapié en el aspecto material y en el económico del sistema, porque en la sociedad capitalista anglosajona el bien material es el valor cultural primordial y el más prestigioso. Los demás valores, en mayor o menor grado, están subordinados y supeditados a éste. Para no alargamos demasiado, echemos un vistazo al Gobierno. Es sabido que la política externa (internacional) de los Estados Unidos está dominada por el poder económico y que el ejército mismo está subordinado y en función de este poder. Uno de los agentes más fuertes en la política exterior son los intereses económicos de las grandes compañías multinacionales, de origen norteamericano, por ejemplo, la Coca Cola, La United Fruit Co., la Minería, etc. en Latinoamérica. Pero éste no es nuestro tema o asunto a desarrollar aquí.

La política interna del país está dominada asimismo por los grandes magnates del capitalismo. En referencia al hispano, no hay más que pensar en la mano de obra mexicana importada y deportada, como los “braceros”. Cuando ésta se necesitaba -y se necesita- la traen y, cuando no, la deportan o despiden. Pero los años trágicos fueron durante la famosa Depresión de los años treinta del pasado siglo, en que resultaba más barato deportar a los mexicoamericanos que “mantenerlos” en el welfare o bienestar nacional.

En los años cincuenta, a causa de que muchos indocumentados-ilegales pasaron la frontera, se deportaron no sólo a los “mojados”, sino también a muchos “ciudadanos” de Estados Unidos, simplemente porque “se parecían” a los indocumentados. Los barrios fueron sistemáticamente saqueados, deportando hasta más de un millón de un golpe, entre ellos gran cantidad de parientes que eran “ciudadanos americanos”, con los consiguientes resultados humanamente trágicos.

Pero la política de este tiempo estaba infiltrada por el poder económico, como estuvo antes y continuará estando en el futuro. E, irónicamente, en este caso, la supremacía de la raza blanca estaba en peligro por la infiltración de tanto mestizo y, por otra parte, este concepto racial estaba en pugna con los intereses económicos de los grandes terratenientes que necesitaban a estos elementos de “raza inferior” para los trabajos duros del campo, del ferrocarril, de las minas, etc., que los de la “raza superior” no eran capaces de hacer. ¿Quién ganó? Pues la facción económica: los legisladores influidos por los magnates de la agricultura y de la minería capitalistas. En otros términos, por esta vez corría peligro el balance y connubio del capitalismo y el segregacionismo.

Otro caso típico es el de la Unión o Sindicato de los Campesinos hispanounidenses. La Unión de Trabajadores nacional en el sistema capitalista de este país teóricamente es muy buena para crear un balance en la economía, del mismo modo que el sistema bipartito en la política. Sin embargo, como casi toda la mano de obra campesina que forma la Unión Campesina está compuesta por minorías raciales, especialmente la mexicoamericana y filipina, el poder económico y el político de los Sindicatos nacionales anglosajones se hermanan para hundir a este “otro” Sindicato de campesinos hispanounidenses, que no podría entrar dentro del sistema capitalista americano por tratarse de y estar en conflicto con el otro aspecto del mismo sistema: el segregacionismo racial.

XIII

La Dama Justica desvendada

El sistema judicial tampoco queda mejor parado en lo que se refiere al hispanounidense. La historia de las injusticias perpetradas por el sistema judicial oficial es muy larga. Una de las bases principales de estas injusticias es que la discriminación racial, además del influjo y supeditación del sistema jurídico al sistema económico, desgraciadamente común a todos, al añadirle en la ecuación el elemento raza, la minoría mexicana queda doblemente en desventaja. En primer lugar, se ha comprobado, tanto histórica como estadísticamente, que en grandes concentraciones de población hispanounidense, como en el caso del condado de Orange, Los Ángeles, California, apenas ha habido un miembro hispanounidense en los jurados. Se ha estudiado también que, en casos de semejanza de crímenes, el hispanounidense recibe más castigo que el anglo y que hay un porcentaje mucho más alto de hispanounidenses que de anglos en las cárceles del país. Se han llevado a cabo estudios de sentencias emitidas por jueces en que la gravedad del castigo estaba en proporción directa al grado de prejuicios segregacionistas del juez, un ser representante de la sociedad dominante, y que algunas de estas sentencias parecían salidas de la boca de un nazi. La literatura angloamericana de entonces (v.g. the dime novels) está llena de estas evidencias. Y tampoco esta rama del sistema democrático-capitalista se escapa a la influencia económica. En esta sociedad la ley, o mejor dicho, la interpretación de la misma, es muy elástica. Si el culpable es acaudalado, la posibilidad de su inocencia es más grande que la del pobre. Si es blanco, ocurre lo mismo, etc. En resumen, si esto ocurre en casi todos los sistemas occidentales, y aún dentro de la raza blanca, el hispanounidense las lleva de perder con creces, y esto por tres razones: por ser más pobre, por ser moreno, y, como consecuencia, por ser “menos ciudadano”.

Podemos ver que los valores sociales o culturales anglosajones, pues, están infiltrados en gran medida por el sistema capitalista. Este sistema explota al hispanounidense de varias maneras: por ser mano de obra barata en su mayoría, por ser de la clase baja y por ser víctima de la actitud racista. En otros términos, para que el sistema sobreviva material y holgadamente necesita de la mano de obra barata de las minorías raciales –en nuestro caso del hispanounidense– pero para que ese sistema pueda, al mismo tiempo, sobrevivir en su pureza de raza, se le excluye de la misma sociedad. Hay, pues, una contradicción dialéctica inherente en el sistema mismo. Y como este sistema capitalista, al cual está esencialmente unido el elemento de la supremacía del blanco, infiltra todos los demás valores sociales, sean jurídicos, políticos, o legislativos, resulta que el hispanounidense es un elemento marginal y marginado al gran mito del “melting-pot”, o mezcla de razas. O sea, el melting-pot es un supremo mito-realidad concebido por los blancos y destinado exclusivamente para los blancos, aunque sean de diferentes culturas. El mestizo mexicano, que comenzó a existir inmediatamente con la llegada de los españoles a México, y que era producto de un verdadero melting-pot hispanounidense, tiene que esperar casi dos cientos años para darse cuenta de que el melting-pot anglosajón no es para ellos. Aunque esta verdad fue bien conocida desde un principio, solamente fue combatida en masa a partir de los años ’60, con la aparición del Movimiento Chicano.

A los hispanounidenses les queda solamente una solución que ofrecía y ofrece el sociólogo y pedagogo brasileño Paulo Freire en su Pedagogía del oprimido: “La gran tarea humanista e histórica del oprimido [hispano en este caso] es la de liberarse a sí mismo y también a sus opresores. Los opresores que oprimen, explotan y violan, por el hecho de que tienen el poder, no pueden encontrar en ese mismo poder la fuerza para liberarse a sí mismos, ni al oprimido. Solamente el poder que nace del oprimido es suficientemente fuerte para liberar a ambos”.

Esta verdad general, que parece ser una contradicción in terminis, se hace más vívida en una sociedad pluralista, como la anglosajona, en donde una de las minorías, la hispana, tiene una cultura menos materialista, es decir, más humanista. Si a esto añadimos que la sociedad anglosajona, eminentemente materialista, da señales de agotamiento y de decadencia en su sistema de valores, en virtud de que ese materialismo, al que se le añade el racismo, se infiltra como gangrena en los demás miembros del cuerpo social y cultural, la verdad arriba expresada se vuelve todavía más contundente y patente. La fuerza que sale de la entraña del humanismo es la verdadera fuerza que, al final, ha de vencer. Este es el espíritu de La Raza, éste es el espíritu y creencia de muchos de nuestros líderes, éste es el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia y éste es el espíritu de los varios Planes y Manifiestos de la Tierra de Aztlán –y no de una doctrina comunistoide, como más de una vez se ha aseverado.

XIV

El despertar de un pueblo

Los valores culturales de La Raza, que parecían languidecer poco a poco a través de más de 150 años, parece que vuelven a revitalizarse, aunque bajo otros auspicios. El concepto de la Tierra de Aztlán (del Suroeste de USA) nos enraíza en nuestro antiguo territorio en donde se encuentra la savia de la vida y una comunicación directa y cuasi-panteística y, por tanto, religiosa, con la Madre Tierra. La “tierra” ya no va a ser sólo un valor económico a lo capitalista, sino también cultural, como lo expresa el Plan Espiritual de Aztlán: “Con nuestros corazones en la mano y nuestras manos en la madre tierra…”.

Nos encontramos, pues, ante una realidad única. Un territorio que había sido nuestro, pero que ya no lo es; una nación de un pueblo diferente y ajeno a la sociedad anglosajona, pero que no tiene fronteras políticas ni territoriales; una cultura que, como el pájaro fénix, resucita de las cenizas con otra vida distinta y que, como el fénix, se rehúsa a quedarse en la tumba. Este es el trasfondo cultural e histórico del hispanounidense.

Este movimiento, comienza a mediados de los ’60. Este nuevo despertar, aunque con hechos concretos y diferentes, como la Huelga de Delano (1965), La Cruzada por la Justicia (1966), La Alianza Federal de los Pueblos Libres (1967), y la Conferencia de la Raza Unida (1968), este incoar se caracteriza por una externa floración de un sentimiento profundo de unidad. Esta actitud profunda tiene un doble aspecto: uno de protesta, como resultado de la expoliación y explotación injustas, y otro de esperanza por un porvenir único: La Tierra de Aztlán, La Raza, y la preservación de nuestra lengua y cultura. Hay también que añadir que, si bien es cierto que comenzó principalmente con el movimiento campesino y que entre los líderes había personas adultas como César Chávez, el vigor y el espíritu del Movimiento se debe, sin embargo, a la juventud, ya haya sido ésta de los barrios o bien de los colegios y universidades.

La realización principal del Movimiento radicaba en la actitud ideológica de que la unidad integral del hispanounidense es la fuerza espiritual básica, que el barrio, tanto geográfico como espiritual, es el centro de la cultura viviente, y que, por tanto, así como el corazón es el órgano que distribuye la sangre por el cuerpo, el barrio es el centro vital del hispanismo. El secreto del éxito radicará en la unión vital con el “barrio”, bien sea físico o espiritual, porque el barrio no es solamente en el que uno vive, sino el que vive en uno. El joven o la joven que sale del barrio tiene que salir con la idea de no separarse de él, sea física, emotiva o moralmente. Es que una cultura no sólo se aprende, sino que tiene que vivirse.

Este barrio puede estar en el centro de la ciudad, en un suburbio, en el campo, o en cualquiera otra parte. Pero tampoco hay que olvidar que el barrio se lleva en el corazón. Así que cualquier hispanounidense, en dondequiera que se encuentre, lleva la cultura consigo mismo.

Si bien el Movimiento entre los años ’60-‘80 comenzó con una unidad de sentimiento general, y apareció por razones aparentemente diferentes, este sentimiento comienza a cristalizarse en acciones concretas. Las primeras manifestaciones fueron de carácter económico, como la huelga de los campesinos que buscaban un salario justo para cubrir las necesidades básicas de la vida. Otros fueron de carácter político y social para reaccionar contra las opresiones sufridas por La Raza a través del tiempo. Y, desde hace unos años, sin olvidar estas razones, se comenzó a delimitar y a atacar los problemas que se refieren a la educación y a la cultura: la educación bilingüe, los estudios hispano-chicanos en las universidades, la celebración de las fiestas tradicionales, como el día de la Raza / Hispanidad, el Cinco de Mayo, y otras tantas actividades.

XV

Renacer del Ave Fénix

Después de las consideraciones generales anteriores, nos podemos preguntar ¿qué nos queda por hacer? En primer lugar, tenemos que admitir que más de los 150 años que llevamos bajo la tutela anglosajona no han sido de actitud totalmente negativa en cuanto a la integración social. El sentido de superioridad del anglo, que no es otra cosa que la sublimación de su propio complejo de inseguridad racial y cultural, no le permite absorber a las minorías raciales dentro de su propia sociedad profiláctica. No es necesario probarlo y comprobarlo otra vez, por ser ya harto evidente, en particular para los que vivimos en “el vientre de la ballena”. La única cooperación que esta sociedad quiere de nosotros es nuestro voto político electoral, porque no tiene color; la inversión en sus (y nuestros) productos económicos del bien ganado dinero, porque es verde; y el trabajo servil para que el sistema capitalista y racial del anglo pueda mantenerse falsamente como el sistema superior de la estirpe blanca, al cual el hombre bronce nunca llegará a pertenecer, mientras no cambie la estructura de ese mismo sistema y su actitud superiorista. Comienzan ya a verse pespuntes de este cambio.

Si admitimos esto, y queremos tener dignidad humana, nada podremos esperar por esos medios. Es decir, tenemos que buscar los nuestros. ¿Cuáles son y cómo podemos conseguirlos y llevarlos acabo? Si es que tenemos que existir en una sociedad que no nos quiere en el mismo nivel de igualdad, tendremos que estudiar en primer lugar los métodos de esa sociedad, de los cuales ya tenemos una idea bastante clara, y usarlos para corregirla y cambiarla, para la autoprotección y para que se termine la explotación económica, política y humana, como expresados antes en palabras de Paulo Freire.

Después, o al mismo tiempo, tenemos que introspectivamente reflexionar y estudiarnos cada uno como individuo y como miembro de la ya cuantiosa comunidad hispanounidense. De este modo trataremos de proteger nuestra herencia cultural contra los ataques de la sociedad dominante del “English Only” y del “American First”, y esto por medio de métodos defensivos y ofensivos. Los defensivos serán los que la misma sociedad anglosajona emplea contra nosotros, y los ofensivos serán aquellos que proceden de nuestras tradiciones, de nuestros valores culturales. Es decir, nuestro propio renacimiento humanístico.

Como habíamos indicado anteriormente, la sociedad dominante es eminentemente materialista por naturaleza del sistema, su infraestructura económica. Tanto la tierra como el sudor del trabajador son instrumentos para el enriquecimiento económico de ese sistema. No se abre la tierra dignamente, como una hembra, fuentes ambas de vida, ni se usa al hombre como a hermano y colaborador. Tenemos que rescatar estos valores básicos de nuestra cultura de las manos epicúreas que los han prostituido. De otro modo, nos destruiremos todos, como ha ocurrido con otros países decadentes.

Y sobre la base de estos principios, reconstruiremos todos los valores que ellos han querido desraizar. Estos valores comienzan con el re-examen individual para llegar al espíritu comunitario de la vida hispana. La filosofía más profunda, y al mismo tiempo al alcance de todos, y que ha regulado la vida casi total del hispanounidense por numerosos lustros y que, al mismo tiempo es el termómetro de una cultura y civilización, es la actitud de esta filosofía hacia los tres valores transcendentales del hombre: el nacimiento, la vida y la muerte. De esta filosofía se hablará en la siguiente sección.

XVI

Permanencia de los tres ingredientes culturales

Sabemos bien que los tres valores mencionados en la sección anterior, el nacimiento, la vida y la muerte, no se quedan en el terreno de la filosofía y de la teología teóricas, sino que están dotados, en el terreno práctico, de un contorno vital humano, de un sistema ritualista milenario y de una aureola sagrada. Es decir, que además de ser una filosofía, es una actitud vital y, por tanto, de alcance tanto trascendental como real. Se diría que es un estilo de vida cuasi-panteístico y corroborado por nuestra cultura indo-cristiana. No hay más que tomar los tres valores antes mencionados y verlos proyectados en el ritual de la totalidad de “la vida”, o sea, en el bautismo, en la boda y en el funeral.

Los tres actos están dotados de un misticismo ajeno, o por lo menos diferente, a la civilización anglosajona. Sin necesidad de adentrarnos en el estudio filosófico-teológico de esta afirmación, veamos simple y someramente sus ramificaciones socio-culturales.

Por medio del bautismo se establece un parentesco social y de afinidad que se llama, no sólo el padrinazgo, sino también el “compadrazgo”, palabra ésta intraducible al inglés, simplemente porque en la cultura anglosajona no existe esta relación o institución social. Por medio del “padrinazgo” –relación vertical de padrinos-ahijados–, el elemento social más pequeño, que es el núcleo de la familia inmediata, se extiende ampliamente, en particular cuando la familia tiene varios hijos o bautismos. Esta entidad social nueva, además de ampliarse, queda íntimamente relacionada por vínculos espirituales imperecederos, expresados por el vocablo “afinidad”. Por medio del “compadrazgo” –relación horizontal entre padres y padrinos–, se establece otra relación de correlación (“afinidad”) imperecedera, en donde las dos parejas de adultos se prometen una reciprocidad de respeto mutuo e inquebrantable. De esta manera, la unidad y fuerza doblada de esta familia será, por tanto, difícil de destruir.

El matrimonio hispanounidense tradicional no sólo se limita a la procreación, que siempre ha sido numerosa por ser, entre otras cosas, una riqueza material y espiritual familiar, sino que tiene dimensiones verticales muy arraigadas. El niño hispano nace rodeado de una parentela numerosa de padres, abuelos y bisabuelos, tesoreros vivientes de nuestras tradiciones ancestrales. Y cuando crece y llega a ser viejo quiere, a su vez, verse rodeado de hijos, nietos y biznietos, a quienes dejará el tesoro cultural recibido de sus antepasados. El divorcio, por tanto, fue ajeno a nuestra cultura e implantado por una sociedad egoísta en donde los hijos y nietos no son una riqueza espiritual primordial, sino que ocupan un lugar secundario y se posponen al bien material individual.

El ciclo no se termina con la muerte. Toda la parentela que se ha construido desde el bautismo hasta la ancianidad, pasando por el matrimonio, asiste al funeral. El cuerpo del difunto no se va solo de esta vida. Además del consuelo que proporciona la fe cristiana, existe una especie de panteísmo nativista de comunicación con la madre tierra en la que uno, por ejemplo, toma en la mano un puñado de tierra y, después de haberlo besado, lo deposita en la sepultura, significando con esto la unión espiritual y terrenal entre el que se va y el que se queda, entre el más allá y el más acá, es decir, la vida presente. La memoria del muerto continúa viva y para ello los rituales se repiten cada año, durante la primera semana de noviembre. Podemos añadir a esto las festividades que por todas partes se celebran en el ya mundialmente famoso “El Día de los Muertos” en donde las almas de los difuntos “vuelven a la tierra” a visitar, a comer y a convivir, aunque sea transitoriamente, con sus parientes.

XVII

Muestrarios culturales psicosomáticos

Sería una tarea interminable estudiar todos los aspectos o elementos vivientes de una cultura, sus relaciones y las raíces fundamentales de que toman vida. Trataremos, sin embargo, de enumerar algunos. Estos aspectos o valores culturales van desde lo más obvio a lo más imperceptible, de lo material a lo más espiritual y psíquico. De todos es sabido, por ejemplo, la variedad de comidas que saboreamos en restaurantes y hogares mexicanos, no sólo por lo típico, sino también por el orgullo generacional volcado en dichas comidas. Los vestidos típicos y sus innumerables variaciones. El arte musical y los ritmos bailables no son menos diversos que las comidas y los vestidos, de hecho tienen relaciones íntimas. Si a las manifestaciones de la cultura mexicana por estas tierras se unen las de los diversos países hispanoamericanos, incluyendo también la española, la riqueza es incalculable.

El arte de la literatura nos ofrece leyendas, cuentos, poemas, proverbios y decires que casi todo hispanounidense ha oído y aprendido. La poesía, en su forma popular del corrido, ha inmortalizado a los héroes populares, como Pancho Villa, Zapata, Joaquín Murrieta, etc., con los que nuestra gente se identifica, no sólo por ser líderes populares, sino por encarnar algunos de los más altos valores de la tradición. Lo mismo podríamos decir de los héroes hispanoamericanos celebrados por estos lares. Pero ahondando en el pasado, la continuidad histórico-cultural hispanounidense es de una amplitud que solamente el futuro ciudadano de este país podrá apreciar en toda su amplitud. Y decimos “futuro” porque hoy por hoy todavía se ha ocultado mucha de esta riqueza en los diversos niveles del sistema pedagógico, en los medios de comunicación y en la cultura popular del “main stream” o cultura dominante anglosajona. Pero con el tiempo cambiará todo.

Procediendo hacia la dimensión o terreno psicosomático nos encontramos con las enfermedades y sus medicamentos y curaciones, síntesis de la vida y de la muerte, de lo físico y de lo espiritual, bajo formas religiosas muchas de las veces. Todos hemos oído, algunos con mucha fe y otros con simpatía, las influencias de las fuerzas supernaturales o extranaturales sobre la salud-enfermedad en nuestra gente. El empacho, el susto, la mollera, el mal de ojo y otros, no son sólo resultados de una relación causa-efecto de orden natural; es que pertenecemos a una cultura semi-panteísta. Se venera y se le atribuye mucho respeto, por el arte y el carisma, a las curanderas y curanderos. Y, pasando a lo puramente extranatural, todos hemos oído y creído, al menos de niños, en mayor o menor grado, ciertas leyendas, como la de La Llorona.

La religión no es simplemente un conjunto de dogmas teológicos que se creen simplemente porque sí. Ni tampoco una práctica rutinaria de ir a la iglesia o a la misa los domingos, como se va a la gasolinera los lunes para llenar el tanque de gasolina para el resto de la semana. La religión “oficial” está imbuida de prácticas “populares”, algunas de ellas pre-cristianas, pre-colombinas y pre-cortesianas. Sin embargo, y debido a esas prácticas, la religión se vive diariamente. Por ejemplo, es una afirmación dogmática que la Virgen de Guadalupe es la Madre de Dios, pero para el hispanounidense es también la Virgen Mestiza y, por esto, más que por aquello, se hace viviente, es decir, se hace cultura. Si a una abuelita humilde se le pregunta si sabe quién es la Virgen del Pilar o la Virgen de Lourdes nos contestaría probablemente que no sabe, pero es que tampoco le importaría, porque ella tiene su Virgen: La Guadalupana. Las “mandas” no es nada realmente teológico, pero tienen más fuerza, digamos, que el misterio de la Santísima Trinidad, porque el sacrificio que implica la manda se ha hecho cultura del pueblo. Y así se podría continuar, para llegar a la conclusión de que las prácticas y creencias teóricas se hacen cultura viviente por medio de la aportación popular.

XVIII

Dos valores trascendentales: El “honor” y la “lengua”

Para no alargarnos no trataremos de presentar otros valores culturales, como los que ya se han señalado anteriormente, pero no podemos pasar por alto dos de los más fuertes y eficaces en la evaluación o valorización del individuo como persona y en sus relaciones con los demás. Uno es el tema del “honor” –hoy muy desprestigiado–. Desgraciadamente este valor cultural se ha rebajado al nivel casi animal, según interpretaciones de algunos críticos miopes y descuido del pueblo, al equiparlo exclusivamente al “machismo”. El concepto del machismo no es sino una distorsión unilateral del tema general del honor. Es rebajar al nivel biológico un valor cultural, moral y espiritual. Los hispanounidenses no tendríamos que ir a la escuela para que se nos diga que necesitamos aprender a “be yourself” o “ser nosotros mismos” y que tenemos que “ser originales e independientes”. Esta educación es casi innata en nosotros, porque está arraigada en nuestra cultura.

El hispanounidense tradicionalmente siente el honor, no sólo por ser hombre (“macho” = a lo animal), sino por ser el jefe figurativo de la casa y de toda la familia (“un hombre” = a lo caballero). Esto implica una gran responsabilidad, porque de su honor depende el honor de toda la familia. Así como el honor de la familia depende también de la feminidad de una esposa-madre honrada. La infidelidad, tanto del hombre como de la mujer, atrae el deshonor a toda la casa o familia. La falta de respeto para “el otro” es señal de mala crianza y falta de educación. Este deshonor no se puede lavar simplemente con el divorcio “legal”, por ser algo espiritual y cultural que la ley positiva de la sociedad no puede borrar, sobre todo si esa ley positiva no está fundada y basada en la cultura del pueblo de donde nace el concepto del honor, en este caso, de la cultura del hispanounidense.

El concepto del honor transciende muchas veces toda lógica racional y quizás lo que se ha dado por llamar sentido común. En todo caso, no puede sancionarse por las leyes positivas emitidas por una sociedad materialista. Si un criminal viola a una persona o hija, al esposo-padre no le basta con que el juez castigue al usurpador del honor, pues el crimen no ha sido sólo una pérdida de naturaleza física de un ser de la familia, sino que con esa pérdida se pierde también la virtud y el honor, entidad cultural, y con ello se quebranta la unidad espiritual básica de la familia, cuyos depositarios son esposa-madre y el esposo-padre. No sería increíble e inconcebible que aquél lavara su honor y el de su familia derramando la sangre del usurpador. Estos hechos son incomprensibles a la cultura y sistema judicial anglosajones fundamentados en un sistema materialista en donde el peculio o patrimonio y la fortuna forman parte integrante de la administración de la justicia, virtud eminentemente inmaterial.

El otro valor básico a que nos referíamos antes es el énfasis que los hispanounidenses ponemos en el mantenimiento de la lengua. No se puede enfatizar demasiado la importancia de una lengua como factor de la cultura. La lengua está compuesta de un conjunto innumerable de signos y símbolos, que son las palabras y los conceptos que ellas encierran. De hecho, la lengua en sí y como totalidad es un enorme símbolo que enclaustra todo el pensamiento cultural de un pueblo, del mismo modo que un vaso contiene el agua. Cada lengua es un molde diferente que tiene sus características propias. Estas características son las que definen la manera o forma de pensar de un pueblo y de su cultura. No hay más que pensar en algunos ejemplos.

Desde el punto de vista del vocabulario, hay muchas palabras intraducibles y, si se traducen, pierden la connotación cultural de la lengua de origen. Así, al nivel popular, la palabra “chicano”, “carnal” y “carnalismo”, “bato”, “jefe”, “compa”, “viejo-vieja”, y tantas otras que se usaron siempre como expresiones simbólicas del movimiento y concienciación del pueblo hispano en las regiones del Suroeste y fronterizas. Si pensamos en expresiones idiomáticas y en proverbios o dichos, el ya rico manantial adquiere proporciones inconmensurables. La estructura gramatical es el pensamiento estructurado de todo un sistema cultural de la filosofía del conocimiento y de un vasto caudal de expresiones vitales.

No hay más que pensar que, como norma, el español usa generalmente el adjetivo después del sustantivo, lo que quiere decir que el sujeto parlante piensa primero en substantivos o esencias y después en calificaciones o atributos, que su método es más deductivo que inductivo, contrariamente al inglés, es decir, que desde el punto de vista de la lengua, lo hispanounidense es más humanista que científico, piensa en términos abstractos más que en términos concretos. La existencia gramatical del subjuntivo y el uso frecuente del mismo en español indica la existencia de una actitud cultural básica ante la duda, el orden y el mundo de las posibilidades. Otra vez, contrariamente al inglés, observamos que, aunque el anglosajón también duda, esta duda no ha sido cristalizada en una forma gramatical estructurada y diferente -el subjuntivo- y, si fue, ya desapareció hace mucho tiempo. Psicológicamente, la no existencia del subjuntivo como forma gramatical (modo) en el inglés indica y se traduce, muy frecuentemente, en una actitud de “superioridad”, puesto que, aunque se dude, la actitud es la del “sabelotodo”. En términos religiosos, el hispanounidense, ante el mundo lleno de dudas y de confusiones, admite la duda como naturaleza innata, porque piensa que solamente Dios tiene la verdad total e infalible, mientras que el anglosajón, como hombre que confía en sí mismo ante todo y sobre todo, cree en sí mismo y no recurre necesariamente a Dios como omnisapiente. Por eso la oración está continuamente en los labios de nuestra gente. O sea, la lengua es el símbolo y el molde articulado que encierra el pensamiento y la cultura de un individuo y de todo un pueblo.

XIX

Hacia un final reconciliador – Expectante mestizaje cultural

Como se desprende de estas breves consideraciones, la cultura hispanounidense todavía no fue suplantada completamente por la cultura hegemónica y dominante anglosajona, cuya base fundamental es el materialismo, consecuencia de la libre competencia del sistema capitalista que cada día va prostituyendo y descartando más los valores culturales de carácter no-monetario. Por eso es que el hispanounidense, en vista no sólo de la postergación de su cultura, sino también porque la sociedad dominante es incapaz de ofrecerle valores humanísticos que trasciendan lo material, está tratando, no precisamente de reemplazar los valores de aquélla por los suyos propios, sino de armonizar los dos para producir lo que llamaríamos un “mestizaje cultural”.

Así observamos que los símbolos básicos de identificación de un pueblo y su cultura se están substituyendo rápidamente. El hispanounidense ya no quiere ser “americano” con sólo el sentido y significado que este vocablo tiene para el anglosajón. Ya no quiere ser un caso “americano”, un guión (Mexicano [–] Americano), sino “hispanounidense” (o “latino” vis-à-vis “sajón”), con todo lo que esto implica. Y su tierra ya no va a ser solamente Estados Unidos o, más apropiadamente, el Suroeste, sino que para él la parte de América que le corresponde histórica y míticamente se llamó, llama y llamará Aztlán. La fuerza de estos nombres o adjetivos gentilicios no vienen de una realidad objetiva y fría, como es “Mexican [–] American” y el “Suroeste”, sino de una realidad mucho más trascendental, una realidad simbólica, cargada de significado y de misterio, como es La Raza Cósmica (el verdadero melting-pot) y La Nación de Aztlán prehistórico-legendaria. A esta simbología había que añadir la bandera rojo y negro del águila campesina, el saludo de mano, el vocabulario intraducible que expresa la relación íntima de La Raza y del Carnalismo, etc.

Para finalizar, y recapitulando estos someros pensamientos o reflexiones, se podría decir que el renacimiento de la cultura hispánica no es simplemente un capricho de una minoría, la hispanounidense. No representa “el canto del cisne” final que se despide para desaparecer, sino “el clamor del pájaro fénix” que se rehúsa a quedar soterrado en las cenizas que por más de 150 años ha producido el fuego exterminador de una cultura extraña e inasimilable o inasequible tal cual, porque carece de humanismo pleno. Esta cultura es la explotación del hombre por el hombre, del hombre-bronce por el hombre-blanco, es la lucha del más fuerte económica, política y jurídicamente contra el más débil, por ser pobre, por ser prieto o moreno y por ser incompetente e incapaz de mejorarse. En otras palabras, es la lucha a muerte contra un darwinismo o nietzscheanismo sociales en acción. Pero este “más fuerte” y “superior” tendrá que cambiar, porque la fortaleza de la cultura de un pueblo no se mide y evalúa solamente por lo material, sino más bien por lo espiritual y lo humanístico, que es imperecedero. Pero si el hispanounidense pierde sus valores humanísticos, entonces sí, entonces se acabó el asunto. O como lo expresa el mismo pueblo: “apaga y vamos”.

Hace ya más 150 años que el anglosajón pudo haber asimilado al hispanounidense, enriqueciendo así su propio pueblo y el caudal de su propia cultura. Pero la ceguera de creerse una raza pura y superior, predestinada por el cielo para ningunear a la raza prieta e inferior, no le dejó ver la semilla de su autodestrucción. Para salvarla, la vida y cultura decadente del anglosajón necesita de una nueva vitalidad, de una inyección renovadora de vitalidad humanística, porque la materia sola sin el espíritu conduce a la autodestrucción. Esta será nuestra principal colaboración para la supervivencia del presente en la tercera centuria de su existencia.

XX

Colofón

Se impone, por tanto, un resumen amplio sobre todos estos puntos culturales del hispanismo que hemos traído a colación. Se necesitaría para ello un cerebro sintetizador de tipo aristotélico para recoger todas las variantes de las dos culturas, en particular de un pueblo que vive entre dos fuerzas antitéticas en donde la mayor parte de las veces las piezas de cada una no encajan en las de la otra. Para poder llegar a una síntesis, las dos fuerzas en un perpetuo forcejeo deben aceptar y ceder la una a la otra para poder llegar a una resolución equitativa de la cual ambas partes salgan ganando y enriqueciéndose con la consecución de nuevos valores mestizos y así salir beneficiadas ambas partes de la ecuación. Esta ecuación sería la suma de ambas culturas en una unidad posterior e indestructible. Esperemos que éste sea el resultado conseguido en el tercer centenario de este país.

* Partes de este largo ensayo compartimentalizado fue publicado en el periódico arizonense “El Sol”, 1982.

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