Kathie Zhang LP 3

Zhang, Kathie

Tengo 21 años este año y estoy en mi tercer año en la Universidad Estatal de Arizona. He vivido en Arizona toda mi vida, con mi hermano mayor y mis padres, quienes vinieron de China hace más de veinte años. El resto de mi familia todavía reside en China y, por eso, he tenido el privilegio de navegar en dos culturas al mismo tiempo—la de China y la de los Estados Unidos. El estar expuesta a una cultura diferente desde que era una niña me ha ayudado tener una sensibilidad mejor de los idiomas y las costumbres de otra gente. Estudio la bioquímica y el español (lingüística) con la esperanza de estudiar la medicina algún día. Además de mis estudios, trabajo como una tutora y como una funcionaria en un hospital. En mi tiempo libre, me gusta hacer ganchillo, hacer como que puedo tocar la guitarra y escribir.

La muñeca

 

―No corras, mija. Por favor, ¡no corras!

Las trenzas de la niña se agitaban ligeramente, dos serpentinas negras que seguían su rastro. Le gustaba la sensibilidad del viento por su cara, no sabía por qué. Desde que podía gatear, ella había sido una niña inquieta. No pararía ahora. No pararía hasta que ya no pudiera aspirar, sus pulmones estaban ardiendo. Jadeaba como si fuera un pez que se encontraba fuera del agua, sus piernas se convirtiera en gelatina. Miraría hasta el cielo. El azul claro se disiparía hasta que todo volviera a ser negro, como el cielo por la noche, pero sin una estrella compartiendo su luz.

―Mira, sus ojos están moviéndose.―

―Ya. ¡Ya! Maricela, Maricela, Dios mío. Sabes que no puedes correr así.

La niña abrió sus ojos lentamente, entornándolos por la luz brillante. Sólo vio blanco por un momento hasta que sus ojos se ajustaran. Estaba en un cuarto pequeño sin ventanas que tenía paredes blancas, azulejos blancos por el suelo, sábanas blancas sobre la cama. Todo era blanco. Limpio. Estéril. Su mamá y el doctor Burns se colocaban en frente de ella con ceños fruncidos por sus caras, brazos cruzados. Lanzó un suspiro.

―Lo siento.

―Mija, estaba tan preocupada cuando te caíste, no debes asustarme así, y…

―Mamá, yo sé. Discúlpame, por favor.― Su mamá le estaba mirando con un aspecto de desilusión y tristeza.

―Eres mi única hija,― dijo ella, con la voz temblando. ―Eres mi única hija.

―Pero está bien. Todo está bien,― interrumpió el médico. Rodeó el hombro de la madre con su brazo y acarició su pelo. Maricela esquivó la mirada. No le gustaba el doctor. Parecía que él había sido una figura constante de su vida desde su nacimiento. Tenía que ir a su oficina cuatro veces cada año para un examen de su condición. Pero no le gustaba a él, con sus dientes perfectamente blancos, su piel bronceada artificialmente y sus ojos de azul celeste. Tenía la apariencia de la muñeca boba Ken, sonrisa eternal y todo.

―Maricela, necesitas escuchar a tu mamá.― Las palabras del español cayeron de su boca como si fuera llena de canicas. Tenía un acento obviamente ruso. ―Ya no eres una niña tan pequeña, como un bebé. Tienes casi siete años ahora. Debes entender que tu cuerpo no estaba construido para correr así.―

Frunció el ceño. Él siempre hablaba del cuerpo como una máquina, su interés en la condición de ella era sólo por el interés de un científico de arreglar un aparato roto.

―Entiendo.

―Qué bueno. Ahora necesito hablar con su mamá en privado por un rato, si está bien.― Ya había abierto la puerta para irse. ―Si tienes algún problema, empuja el botón.― Se dio vuelta para sonreírle a ella otra vez antes de salir con su mamá.

Estaba en casa otra vez. No le estaba permitido salir a causa de la recién cirugía. Aparentemente el sol no era bueno para las suturas. O quizás sólo le habían dicho eso para que ella no jugara afuera y rompiera algo. No sabía la razón para esta cirugía nueva, pero ya no le veía el sentido. Sólo le dijeron a ella más mentiras sobre su condición crónica, pero había buscado, había buscado los síntomas que tiene y no había una enfermedad como la de ella. Se levantó y fue al baño.

Tenía más cicatrices en su cuerpo que las podía contar con sus dos manos. Sobre su pecho, sus brazos, sus piernas, su espalada, incluso su cabeza, bajo de todo so pelo. Eran apenas visibles. Trazó la cicatriz más reciente con el punto de su dedo. Había sido una incisión de nada más que un centímetro y medio al centro de su pecho.

Imaginaba las cosas que dirían sus compañeros de escuela.

―No es normal. No eres normal, Mari. ¿Qué haces en la casa todo el día? Obviamente no la tarea.

―¡Vampira, vampira!

Se sonrió. Con sus ojos y pelo negro como ébano y su piel blanca como una sábana, no podía negar que, sí, parecía como una de las imágenes de los vampiros de las películas antepasadas.

Las pesadillas habían empezado otra vez. Su mamá se sentaba con ella cada noche, tomando su mano, aplicando una compresa fresca en su cabeza. No sabía de donde las ideas venían, pero cada noche era la misma. Ahogaba entre una miríada de voces, voces que lloraban y gritaban incesantemente. En el momento que se durmió, empezarían la sinfonía ensordecedora. Se sentía un desgarre formando de su cabeza hasta sus pies. No había escape. Estaba demasiado cansada, pero cada vez que cerraba los ojos, oiría las voces.

Su mamá le había llamado al doctor varias veces, pero nunca contestaba. El color de la piel de la niña, ahora una mujer joven bonita, cambiaba lentamente de un blanco puro hasta un gris oscuro. Un día, no se despertó para el desayuno. Su mamá le agitó, cuidadosamente al principio, pero pronto con más y más fuerza.

―¿Mija? Mija, oiga. Mija, por favor. ¡Mija!

―¿Y nunca va a darse cuenta ella, de sus características…distintas?

―No, no, te aseguro. No habría recibido mi licenciatura en medicina si no hubiera tenido la capacidad de hacer un procedimiento sencillo como éste. Pero ella no va a estar como las otras niñas, claro. No puedes permitirle a ella hacer ciertas cosas hasta que pongamos las piezas nuevas cuando tenga más años.

―¿Las piezas nuevas? ¿Todavía no está completa?

―Sí, sí. Pero eso es un aspecto normal de su desarrollo. No podemos implantar ciertas piezas hasta que sepamos que su cuerpo tiene función normal. Necesitará continuar visitándome por lo menos dos veces cada año para mantener su salud. La posibilidad del cuerpo de rechazar uno de los órganos es muy grande, pero eso es porque necesitarás darle a ella un régimen estricto con las medicinas. Sin las medicinas disponibles hoy gracias a mi investigación, ella no viviría más que un día, per….

Ella había dejado de escuchar hace mucho tiempo. Estaba embelesada por el bebé durmiendo. No le había mirado al doctor una vez desde que él abrió la puerta y ellos entraron. Sólo tenía ojos para ella, envuelta en una manta rosada que cubría todo, excepto su cara rolliza. Pensaba en el cuarto que había preparado para ella y la ropa pequeñita.

El doctor le rozó el hombro de la mujer ligeramente.

―Puedes tocarla.― Le miró a él por un momento antes de resumir su mirada fijamente al bebé.

―En serio….― Respiró profundo y empezó a moverse lentamente. No quería perturbarle a la niña, tan preciosa. Extendió un dedo temblando y tocó la piel de la bebé. Suave y perfecta, sin una mancha. Pero fría. Tan fría.

―Acabamos de encenderla, va a tomar un poco de tiempo para calentar,― le explicó el doctor con una sonrisa. ―Tenemos mucho orgullo de ella. Una de los mejores que hemos creado.

―Es mía. Realmente es mía.― Se calló. El zumbido silencioso del ventilador era el único ruido en el cuarto pequeño.

***

Corrió una niña en frente de ella, las trenzas de la niña se agitaban ligeramente, dos serpentinas negras que seguían su rastro. Estaba persiguiéndole a ella aunque ya era demasiado vieja correr así. Pero no quería perderla, esa niña corriendo hasta la luz a lo lejos. Podía sentir todas las regiones de su cuerpo fallando por el esfuerzo, pero no pararía. No pararía. Esta vez, dejaría la niña correr tan lejos como quisiera. Esta vez, irían juntas.

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