Susana Valenzuela LP 3

Susana Valenzuela

Susana Valenzuela tiene 20 años y está en su tercer año en Arizona State Uniersity. Susana estudia dos carreras simultáneamente: Human Communication, Spanish Phonetics y un menor en francés. Es nativa de Nogales, Sonora, México. La familia se instaló más tarde en Nogales, Arizona y, después, se trasladó a Tempe, para asistir a la Universidad Estatal de Arizona. La carrera que ella quiere estudiar es la de representante de relaciones públicas. Dado que es multilingüe, Susana también quisiera aspirar en el futuro a una carrera de intérprete, ya que estudia farsi, árabe y, posiblemente más tarde, chino. Además de aprender idiomas, a Susana le gusta sobre todo pintar con acrílica, cantar y escribir. Tiene gran afinidad al estudio de las culturas y se encuentra bastante involucrada en la comunidad universitaria. Este cuento representa la primera publicación creativa de su carrera.

 Recuerdos de la soledad

Agosto 12, 1997

El amor es celoso, el amor es maldito. Y a pesar de todo, el amor es ignorante, y esa ignorancia es lo que más se ama en la vida. Para mí, este amor no existe. Tengo 30 años, soltera, alta y de pelo negro con un corazón abatido, a causa de mis relaciones con la magia de la cocaína. He llegado al punto de mi vida en el cual me pregunto si todo lo que he hecho ha sido en vano.

Este día me desperté con el deseo de tener a alguien más que a mi madre que me quiera en este mundo. Y no me refiero a los idiotas del club en el centro de la ciudad. Quiero sentirme viva, trabajar no nomás por mis caprichos, pero por el inevitable deseo de poner en acción mi vida. Quiero sentir el amor. El amor que es crudo, brusco y brillante, como la señora de enseguida que ama tanto a su Jesusito enclavado a su cruz de plástico. Pero tal vez ese amor es diferente, es obsesivo y platónico. Quiero ser la religión de alguien, y de nadie.

Agosto 28, 1997

Mi nombre es Jessica, mi nombre es Jessica, mi nombre es Jessica. Hay veces que me tengo que recordar de quien es la persona que me mira en el espejo. Es una extranjera, desconocida con mis ojos. La mayoría de los días la reconozco, pero ahora este sábado no sé quién es. La miro y la quiero como a una hermana, pero sé que soy yo. Es la vida la que me tiene así. Pero si soy honrada conmigo mismo, soy yo la que me tiene así. Sé que ya viene el fin, pero antes de eso debería de escribir mi historia, y a lo mejor alguien en otro futuro encontrará mis malditas cartas y me amará. Empezaré en el año 1986 cuando tenía 19 años:

Tenía todo lo que una muchacha recién graduada de la prepa podía tener, un novio maravilloso, una educación y mis apariencias. Todo era perfecto, pero ya sabía que algo no iba bien, que la vida que vivía no era realmente mía. Después de la muerte de mi hermana gemela, todo cambió. Era un viernes y estaba alistando mis cosas para escaparme a Arizona con mi novio Anthony en donde el sol brilla fuertemente y no nieva como en Chicago. Ya lo estaba esperando. En ese día todo me falló, y sólo estaba esperando esa llamada. Mamá llamó y me dijo que Amelia y Anthony se mataron en un accidente de automóvil. Fui tan egoísta, que en ese momento no me importaba que estuvieran muertos, pero el accidente confirmó mi trastornada hipótesis de que mi hermana y mi novio se estaban visitando en secreto.

Ella fue mi mejor amiga hasta un año después, cuando me di cuenta de que me estaba engañando con mi novio. La amaba tanto que decidí ignorar sus acciones traicioneras, y la perdoné. Pero en ese momento no importó, los dos estaban muertos. Cuando mi mamá y yo enterramos a Amelia, o las piezas que de ella se encontraron, no sentí nada. Sentía una tranquilidad rara, una paz fuera de este mundo. La familia de Anthony me odiaba, me culparon por no haber estado con él ese día. Su madre lloraba, y lloraba y le rezaba a Dios que su niño estuviera en el reino de su Creador. Pero yo le deseaba las fogatas más profundas del infierno.

***

Fue dos años después, cuando cumplí los 21 años, que encontré consuelo y solaz en las drogas. Todos me miraban como si estuvieran viendo en los ojos de Amelia. Ningún hombre me amó como Anthony, todos eran perros. Mi mamá trató de salvarme con sus crucifijitos y mi vida no podía equilibrarse con mis emociones. Me mudé a Nueva York y aun así nada cambió.

Fui la muchacha triste con el pelo largo a quien todos los hombres querían tocar. Ninguna mujer se atrevía a acercarse a mí, mi vida tóxica se podía oler desde Brooklyn. Y así viví por un año. La heroína y cocaína eran caras y trabajando como barrista me pagaban bastante bien. Ese año todo el mundo buscaba algo, una sustancia para olvidarse de sus vidas insignificantes. La heroína era magnifica, empezaba en mis venas un calor tan profundo que me recordaba de los abrazos de mi perra hermana. Con brazos blancos y enflaquecidos con lunares amarillos. Se movía hacia mi boca y me besaba como Anthony nunca me besó. Con el amor de mil soles, y con pasión encontrada en años de confianza y ternura.

El tiempo era una idea absoluta, sin reconocimiento de mis emociones. El sol vagaba y la luna salía, las estrellas ni se miraban en los cielos tan pesados de Nueva York. La vida aquí se movía más rápido que la rotación del planeta, a nadie le importaba la tristeza de una muchacha sola y bonita. A nadie. Y ¿por qué les debería de importar? Somos creaturas egoístas, eso lo aprendí muy pronto en mi vida.

Lo que nunca aprendí fue tener que vivir con el dolor. No es como si hubiera cursos que la gente toma para aprender a cómo vivir con un corazón masticado y sangrente, como el mío. Mi único trabajo y obligación en el mundo era respirar, una acción tan simple que hasta los bebes recién nacidos saben hacer. Pero yo batallé para sobrevivir. Las drogas me ayudaban. Perdí todo sentido de cómo pensar. La gente muere, pero nunca me enseñó a vivir con el dolor y la traición con la cual me dejaron Anthony y Amelia.

Mi madre nunca se casó, ni trató de buscar felicidad. Se apoltronó en su silla reclinable y subía que no duraría mucho tiempo más. Amelia fue su favorita. Aunque los padres les repiten a sus hijos que no tienen favoritos, sí los tienen. Amelia nació después de mí y siempre fue la más débil. Aunque nuestra mamá nos crio sola, sin padre, que nunca conocimos, ella siempre cuidaba a Amelia más y mejor que a mí. Su declaración la demostraba con actos de lástima y siempre me creía a mí la más fuerte de las dos. Pero fui fuerte porque nunca me mostró su amor, y Amelia lo sabía. Amelia sabía todo. Sus ojos, grises y redondos como almendras, eran piscinas de pensamientos que se parecían a los míos. Creo que la odié tanto después de su muerte no sólo porque me quitó mi única oportunidad de sentir el amor de alguien más, sino porque me dejó sola. Fue a un tiempo mi mejor amiga y mi peor enemiga.

El resto de mis años -hasta que cumplí 30- mi vida consistió de dos abortos, un atentado de suicidio, una sobredosis de drogas, un divorcio y dos malpartos. Sabía que mi vida sería corta y trágica, y cuando recibí las noticias de la muerte de mi madre en diciembre pasado, no fue ninguna sorpresa. No nos habíamos hablado en 5 años y me enteré de su muerte cuando mi tía la enterró y me habló. Estaba completamente sola. Si llegara a desaparecer, a nadie le importaría.

Me enseñé a amarme a mí misma, para mi propia salvación. Decidí tomar un paso afuera de mi vida, y una mañana cuando me miré por última vez en el espejo, reconocí a la persona que me estaba mirando. Mi nombre es Amelia, y maté a mis niñas gemelas. Soy adicta a la heroína y le disparé a mi novio. Los restos de su cerebro fueron devorados por gusanos que surgieron en su cabeza.

Mi nombre es Amelia y tengo 20 años. Quisiera pensar que Jessica me amaba. Que era la mejor parte de mi ser. No me dejan salir del manicomio, pero Jessica me visita desde Nueva York dos veces al año. Me trae cigarros rusos. Creo que es julio, o enero, no hay manera de saberlo. Ciertamente no cuando el sol brilla tan fríamente en mi ventana.

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