Ricardo Reyes LP 3

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció.

A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya. Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad.

Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

El entierro

Le sucedió por obstinado. Eres tan terco como una mula, le repetía siempre su padre. Esa tarde fresca dominguera en la que decidió arar los campos con el tractor para no desaprovechar el tiempo, no iba a ser una excepción. Hay que oxigenar la tierra, decía cada vez que decidía pasar tiempo solo con la máquina, empolvado de pies a cabeza con la tierra que lo mantenía, ya sea abriendo surcos con el arado de flechas, volteando el terreno exhausto con el arado de discos o simplemente allanando que se alistaba a recibir las semillas. A pesar de tener tractoristas de tiempo completo trabajando para él, no existía un mayor placer que enganchar los brazos hidráulicos de su Ford a algún implemento y salir al campo, dejando todo detrás de sí. El terreno había sido inundado para ablandar las tierras secas después de la cosecha. El sol había ya oreado el terreno lo suficiente como para que los discos entren hondo y rebanen las tres hectáreas, elevando lo profundo a la superficie en grandes lonjas de tierra húmeda, rejuveneciéndola y devolviéndole su fertilidad. Después de una media hora de labranza, se sintió un golpe duro y sonoro que detuvo bruscamente la marcha del diésel. Encendió nuevamente la máquina, la enganchó la trasmisión y soltó el embrague lentamente, pero la máquina arrojó humo negro y no avanzó. Levantó ligeramente los brazos hidráulicos y el arado se elevó unos cuantos centímetros. Volvió a intentarlo y esta vez escuchó el crujido de madera y metal mientras el tractor finalmente sorteó el obstáculo. Levantó completamente el arado y bajó del tractor, dejándolo en neutro. Las olas de tierra que había dejado detrás los discos del arado, habían quedado interrumpidas por un agujero más profundo, en el que se podían observar lo que parecían ser algunas tablas podridas y los residuos de una caja metálica gruesa y pesada, pero carcomida por la humedad y envuelta en las raíces muertas de tanto cultivo que había ido y venido en ese terreno por tanto tiempo. El armazón de madera se desgonzó fácilmente al haberse oxidado sus clavos. Sin embargo, el baúl metálico, a pesar de su aparente deterioro, parecía encontrarse intacto. Estaba todavía parcialmente enterrado y usó el tractor para tirar de él con unas cuerdas que traía consigo. Al encontrarse la tierra todavía algo húmeda, no fue difícil extraerlo en una sola pieza; aparatoso, con manijas toscas a sus lados y un candado descomunal al frente, delatando el posible valor de su contenido. Regresó a casa por un remolque y con una rampa subió el cofre sobre éste y lo llevó al taller de mantenimiento de la hacienda, donde tenía almacenadas sus herramientas. Lo inspeccionó con mucha curiosidad, le quitó la tierra apelmazada que se había adherido a su piel metálica, le aceitó las bisagras y el gran candado del frente, palpó con la yema de sus dedos la superficie áspera, en búsqueda de alguna inicial, alguna inscripción, pero no logró encontrar nada. Se preguntó si era del tiempo de la colonia y si quizás contenía oro del imperio incaico o el tesoro de algún hacendado pudiente desconfiado de los bancos. Pero si eso era cierto, ¿cómo había llegado a su potrero? Le pasó por la mente que podía ser un botín de piratas, como los abundaba en esas costas durante el apogeo de la colonia española. Sus abuelos habían fundado aquella hacienda y había permanecido desde entonces en las manos de su familia, pero se conocía muy poco sobre esas tierras antes de que llegaran sus abuelos. Escuchó decir que solía ser un lugar de donde hace mucho tiempo se extraía cal, y que todas las paredes blancas de los pueblos aledaños habían sido pintadas en algún momento con este producto. Lo único que sabía era que si su padre todavía estuviera vivo, se hubiera tomado varios días ablandando los goznes del cofre con aceites de todo tipo, lubricándolo y abriéndolo a la buena. Pero hasta sus últimos días no dejó de decir que su hijo era demasiado terco e impulsivo. Por lo mismo, decidió abrir el aparatoso cofre aunque tuviera que dispararle al candado. De pronto recordó una historia que le contó su abuelo cuando era aún un niño, sobre un antepasado que gastó todos sus ahorros trayendo mercadería exquisita desde París para vender a las damas pitucas de la época, pero cuando fue al Callao a recibir el embarque y lo abrió, cayó en cuenta que no era sino un hermoso baúl repleto de piedras, estafa que le costó perder su negocio y, poco después, su vida. ¿Sería éste el baúl de la tragedia familiar inefable, del que alguien se quiso deshacer enterrándolo en las tierras recién adquiridas por mi abuelo? Eso lo desalentó, pues para encontrarse con piedras, mejor hubiera seguido arando el terreno en ese domingo en el que se sentía tan productivo. Dejó de titubear y regresó con la carabina ya cargada y de un certero disparo le hizo saltar el candado de fierro. Subió al remolque y con un gran esfuerzo abrió la cubierta, la que al elevarse produjo chirridos de agonía; el sonido de su derrota, al ser ultrajada tras velar por su contenido por lo que parecía una eternidad. Varias capas de papel grueso y tela fueron desenvolviendo un solo bloque sólido de formas caprichosas e irregulares. Fue poniendo el material usado para envolver esta figura sobre el suelo del taller: cartón húmedo que se deshacía al tocarlo, telas gruesas en diferentes estados de deterioro y mucha tierra. Lo que quedó al descubierto fue una imagen dorada que parecía ser una deidad precolombina. ¡Había encontrado a Viracocha! Este ícono resplandeciente del incanato había sido rescatado de ese afán que tuvieron los conquistadores por fundir el oro, en cualquiera de sus formas, y enviarlo a España. No se explicaba cómo una pieza como tal hubiera podido sobrevivir la colonia, la ambición, pillos y huaqueros, contrabandistas de tesoros precolombinos y, por sobre todo, la corrupción en todos sus niveles. Esta gran pieza, nunca archivada antes en ningún registro arqueológico ni histórico y de un valor incalculable, había ido a dar a este terreno agrícola sin dejar rastro de su existencia, ni pista alguna de su procedencia. Quizás ocupó en algún momento el altar mayor de un templo en el que fue venerado por los hijos del sol. Transportó la esfinge a su casa y, después de limpiarla y sacarle lustre, la colocó en su sala, sobre una repisa de madera muy rústica, acompañando otros adornos y fotografías familiares. Buscó en sus enciclopedias y encontró algunas imágenes de dioses incas y pudo confirmar que se trataba de Viracocha, el creador del universo incaico.

La siguiente vez que viajó a la capital, llevó consigo una fotografía que había tomado del ídolo y la llevó al museo de arqueología, donde entendidos en la materia quedaron perplejos al ver esta imagen nunca antes documentada y cuya existencia no se conocía hasta ese momento. Especularon que provenía del último templo que Manco Inca mandó a construir en Vilcabamba, en el ocaso del imperio, ocultos en la Amazonía el último Inca y su séquito, seguidos del puñado de nativos que restaban ser sometidos por la corona española. Por tradición oral se sabía que este último bastión había ocultado sus artefactos sagrados que no habían caído todavía en manos de los conquistadores en un lugar seguro antes de sucumbir ante ellos. Leyendas empezaron a nacer a partir de este rumor, entre las que destacaron el famoso y utópico El Dorado, que atrajo la ambición de una gran cantidad de buscadores de tesoros, muchos de los cuales desaparecieron en los misterios de la jungla en su afán de hacerse ricos. Más al norte, Cíbola provocó un efecto similar. Esa selva indomable que sólo los descendientes del último Inca conocían, había servido para salvaguardar los artefactos sagrados que no habían sido ya fundidos y enviados a España. Después del asesinato de Manco Inca en 1544 y de la caída del imperio, todo quedó bajo el poder absoluto del Virreinato del Perú. Ante la evidente llegada de los conquistadores a esta remota área del país, los guerreros incaicos se prepararon para luchar, los curacas a sacrificar llamas; otros se llevaron consigo lo que pudieron rescatar huyeron hacia donde ya no se podía huir, hacia las ciudades ahora ocupadas por las espadas de acero y las cruces que coronaban las edificaciones construidas por la gente que llegó en galeones desde el otro lado del agua infinita.

La selva devoró los últimos secretos del Tahuantinsuyo y, después de caído el último de sus guerreros, hubo un silencio sepulcral de angustia, de incredulidad y de derrota absoluta que consumió los llantos, los clamores y los lamentos de un imperio que había llegado a su fin. Expediciones conquistadoras siguieron hurgando por la densa Amazonía, en búsqueda de El Dorado, pero sólo encontraron epidemias, bestias salvajes y desolación; muy pocos lograron volver para contar sus infortunios. Y fue ese silencio de velorio: lúgubre, omnisciente y sumiso, el que despojó a los indígenas de sus últimas esperanzas de libertad. Los Suyos ya no eran suyos, y sus templos habían sido derribados, sus líderes eliminados y sus riquezas fundidas y enviadas en grandes embarcaciones a tierras desconocidas en el nombre de la corona y de Dios.

Siglos después, la imagen dorada de Viracocha regresaba desde las entrañas de la Mama Pacha, envuelta en un misterio indescifrable y dentro de un arcón de caudales colonial, en medio de un terreno agrícola costeño. Una vez que se supo lo que se había encontrado en su propiedad, coleccionistas anónimos le hicieron ofertas difíciles de rechazar. El mercado negro de artefactos incaicos llegó a tener conocimiento de este hallazgo, por cuanto cada vez había menos piezas originales.

Pasaron algunos meses y el dios Inca seguía adornando la repisa de los recuerdos familiares. Ese año las acequias trajeron aguas oscuras bajadas de los andes y cargadas de nutrientes; el agua espesa corría por las venas que irrigaban los campos y los fertilizaba. Las plantaciones de todo el valle tuvieron un rendimiento sin precedente y la tierra no se cansaba de parir. Fue entonces cuando los habitantes del área empezaron a llegar a su casa con ofrendas de todo tipo para agradecerle a Viracocha por su generosidad. En parte por respeto a esa fe ancestral que se despertó en un pueblo que por muchos siglos venía practicando el catolicismo, y en parte porque valoraba su privacidad, mandó a construir un altar al que todos pudieran tener acceso y ancló el ícono sobre él. El producto de lo que al parecer había sido un “entierro”, término con el que se conocía a la costumbre que tenían los acaudalados al enterrar sus tesoros en lugares secretos de su propiedad, se había convertido en una divinidad local. Aquella persona que decidió enterrar los varios kilos de oro que esta estatua pesaba, posiblemente murió sin poder decirle a nadie sobre la existencia de esta fortuna, o fue víctima del Alzheimer, o simplemente prefirió olvidar lo del cofre con aquél objeto que un comerciante inescrupuloso le vendió tantísimo tiempo atrás. El hecho es que ahora tenía el rostro apuntando hacia el Este, dándole la bienvenida al dios Inti cada mañana y bendiciendo nuevamente la tierra de su gente, ahora cambiada, criolla en su apariencia, en sus lenguas y en su religión. Ahora vestían diferente, escuchaban otro tipo de música y elegían a sus gobernantes democráticamente. Había pasado casi medio milenio desde que la esfinge fue ocultada, y su gente y su gente ya no conocían muchas veces ni su nombre. Pero déjese saber que esta imagen brillante despertó la fe del pueblo indígena sin causar mella en el catolicismo que profesaban, encendió un fuego que ya se creía extinguido por completo, y no pasó un solo día en el que alguien no se detuviera frente al altar y murmurara algunas palabras en su quechua vernácula, o que dejara alguna verdura, alguna vela prendida, o una vara de incienso encendida en señal de un inconsciente e inofensivo sincretismo que sólo tenía como objetivo el simple deseo de agradecer. Y la gente agradeció.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *