Petra Novakovic LP 3

Petra Novakovic

Un poco sobre la autora:

Petra Novakovic es un estudiante de pregrado en ASU. Ella está estudiando Ciencias políticas, Relaciones internacionales y español. Petra se mudó a Phoenix en julio de 2000 desde sus países de origen de Serbia y Croacia, y ha vivido en Phoenix desde hace casi 15 años. Petra nació en el 12 de julio de 1994 en Knin, Croacia. Ella planea ingresar al Servicio Exterior de EE.UU. después de la escuela de posgrado en Washington DC.

La verdad de la hora

Eran las once de la noche cuando Ernesto Guerra entró en su roja y oxidada camioneta. La lluvia caía suavemente cuando él puso su coche en reverso, saliendo de la casita blanca de sus padres. Se vestía de una chaqueta negra, dos tallas más grande, y estaba llevando los pantalones vaqueros de color azul oscuro, cubiertos en las manchas de sangre fresca. La lluvia comenzó a caer más fuerte, mientras que el trueno golpeó, pero no había sonido. Era una escena y noche rara para el valle del sol. Cuando Ernesto estaba a punto de marcharse, su mamá, vestida en un camisón de color rosa, salió corriendo de la casa pidiendo que se vuelva. Tenía las manos en el aire, como si estuviera tratando de alcanzar a dios para que le hiciera un milagro, pero ya era demasiado tarde. Ernesto ya había acelerado de distancia, casi golpeando el minivan del vecino cuando el humo comenzó a levantarse de sus neumáticos, dejando una espesa niebla mientras conducía hacia la noche. Ernesto ya estaba demasiado lejos para ver en su espejo retrovisor una imagen de su madre, llorando, con sus pequeñas manos cubriendo su rostro. Los vecinos, petrificados, se asomaron por las ventanas, pero no se atrevían a salir a la calle y hacer preguntas que ya conocían las respuestas.

Ernesto ya estaba kilómetros de distancia de su casa cuando se detuvo bruscamente en frente de un semáforo rojo. El tenía una mirada intensa en su cara mientras miraba por la ventana, entornando los ojos como la niebla comenzó a levantarse. La luz todavía era roja cuando Ernesto se impacientó y se fijó en el reloj de la radio, eran las once y diez. Tan suave como un criminal, él sacó un cigarrillo y lo encendió mientras abría la ventana y profundamente exhaló el humo que se había mezclado con la niebla que se levantaba de las calles silenciosas. Ernesto estaba solo cuando la luz se puso en verde y él salió como un loco. El pensó para sí mismo, “¿Por qué conducir lente cuando se puede ir rápido?”. No había nadie alrededor, las calles estaban mojadas y vacías. Siguió aumentando la velocidad hasta sesenta, setenta, ochenta, a noventa kilómetros por hora, en ese momento él estaba hidroplaneando, ni siquiera en tierra, pero flotante. Su corazón empezó a correr y la adrenalina bombeaba a través de todo su cuerpo. Se sentía que perdía el control no sólo de la camioneta, pero su propio autocontrol, también. Perdido en un estado de pánico, él golpeó su pie en el freno mientras que su cuerpo se sacudió hacia adelante. El coche giró a la derecha en la acera y finalmente llegó a detenerse bruscamente. Ernesto estaba en medio de una intersección, no había nadie alrededor. Él se rió en voz baja, estaba sorprendido que aún estaba vivo. Lentamente tomó otra calada de su cigarrillo y se marchó, él todavía estaba solo en la calle, por lo que podía ver.

Eran las once y diez cuando Ernesto estacionó su camioneta en una gasolinera. Él sentía que la gente lo miraba mientras que él saltó de su camioneta, y sin apagar el motor, entró en la tienda. Al entrar, el cajero le dio una mirada a fondo.

— Hola, si necesitas algo, dime— le dijo el cajero en un tono monótono, era un hombre de mediana edad.

Ernesto no le prestó atención mientras él rápidamente pasaba en la dirección a la sección de las cervezas. Cogió una caja de cervezas y de manera constante se dirigió hacia el registro. Mientras espera en línea, abrió una cerveza y comenzó a beber, lentamente. El cajero le miró con miedo en sus ojos mientras Ernesto puso su cerveza en el mostrador.

— ¿Puedo ver alguna identificación, por favor? —el cajero le preguntó mientras miraba los pantalones manchados de sangre de Ernesto.

Ernesto sacó una identificación falsa y lo deslizó hacia el cajero de una manera grosera. El cajero sabía que Ernesto era menor de edad, pero estaba tan asustado por su apariencia.

—Escucha — le dijo el cajero mientras lo miraba fijamente en sus ojos negros — no puedo venderte la cerveza, pero si te vas ahora, no voy a llamar a la policía — le exclamó en una voz alta.

Ernesto bebió el resto de la lata de cerveza y la arrojó en el suelo.

—No estoy de humor para esto — le dijo Ernesto en una manera suave, evitando el contacto visual.

Le dejó el dinero en efectivo y empezó a salir de la tienda. El cajero no trató de detenerlo, él sabía lo que pasaría si lo hiciera. Ernesto sabía que no podía detenerlo, había visto el miedo en sus ojos cuando se volvió hacia su camioneta. Cuando regresó a su camioneta, Ernesto se dé cuenta que el motor se había apagado mientras que él estaba en la tienda. Con una mirada de impaciencia, se metió en su coche y trató de encenderlo, pero la camioneta no emitió ningún sonido. Como él inclinó la cabeza hacia atrás y respiró hondo, se dio cuenta de las luces brillantes parpadeando en su espejo retrovisor. Ernesto observaba con los ojos enfocados como un oficial salió de su coche patrulla y se dirigió hacia la ventana de su camioneta. Ernesto encendió otro cigarrillo y exhaló. Eran las once y media.

***

El oficial de policía se acercó a la ventana de la camioneta de Ernesto lentamente con una linterna en la mano derecha. Ernesto podía oír sus pasos, pero no tenía miedo. Él tomó otra calada de su cigarrillo mientras se concentraba la mirada en la silueta que se aproximaba. Ernesto había renunciado a tratar de encender su camioneta, se había convencido de que tenía la espalda contra la pared, que no había esperanza de escapar.

— Buenas tardes, señor —dijo el oficial en un tono agudo a Ernesto mientras apuntaba su linterna en el interior de la camioneta.

Ernesto entrecerró sus ojos cuando la luz brillante golpeó a su cara. Él rápidamente, como un instinto, le puso la mano en su cara para evadir el brillo que llenó su camioneta. Era sensible a la luz, y por eso, prefiere la noche en lugar del día. Ernesto abrió un espacio entre los dedos y dio un vistazo al oficial de policía. Su nombre era el oficial Davis. Ernesto lo observó a través de sus dedos. Se vestía de pantalones negros y una sudadera con una capucha negra. Ernesto centró sus ojos en la pistola en su cadera.

— Buenas tardes, oficial — le dijo Ernesto de una manera fría con su cigarrillo aún en su mano izquierda.

El oficial Davis dirigió sus ojos hacia el cigarrillo en la mano de Ernesto.

— ¿Joven, puedes apagar su cigarrillo, por favor? — le preguntó de una manera firme.

Ernesto obedeció. Esta fue la primera vez que había sido detenido y el miedo se apoderó de él de repente. Sus manos comenzaron a temblar mientras miraba hacia abajo en sus pantalones que estaban cubiertos de sangre. No tenía conocimiento de esto hasta que la luz se lo reveló. Ernesto sintió que un inminente destino se aproxima…

— ¿Sabes por qué estoy aquí ahora? — le preguntó oficial Davis mientras miraba a Ernesto con frialdad en sus ojos negros.

Tan pronto como el oficial de la policía le hizo esa pregunta Ernesto miró el reloj en su salpicadero, eran 11:35. Se había sentido como si el día había pasado volando. Se sentía atrapado.

— No, señor— le respondió en un tono preocupado, sus nervios fueron finalmente saliendo a la superficie.

El Oficial Davis observó que Ernesto estaba nervioso, sabía que era una respuesta natural. Sin embargo, el Oficial Davis no sabía que Ernesto casi nunca se sentía nervioso. Fue sólo en ese momento que Ernesto sintió verdadero pánico cuando adrenalina corrió por su sangre.

— Parece que su placa de matrícula se ha caído — le dijo el Oficial Davis — ¿Eres consciente de esto? —le preguntó mientras tomaba un buen vistazo a Ernesto.

Se dio cuenta de algunas marcas en el rostro de Ernesto y parecía como si no se hubiera duchado durante un par de días. Para el Oficial Davis, Ernesto apareció angustiado.

— ¿En serio? No, no lo sabía— dijo Ernesto de manera socarrona mientras abría los ojos violentamente — debe de haber caído durante la tormenta—le dijo, aunque él calculó que debe haber desprendido cuando iba a alta velocidad por las calles vacías.

El Oficial Davis, curioso, brilló su luz otra vez dentro de la camioneta. Él vio a los pantalones vaqueros manchados de sangre que Ernesto llevaba, pero no era consciente de la cerveza que él había escondido astutamente debajo del asiento del pasajero, pero el Oficial Davis no era un novato. Había servido en la policía de Phoenix por más de 10 años y había visto todo de robos a los asesinatos. Sus ojos miraron por encima del resto de la camioneta y Ernesto podía ver la curiosa expresión en su rostro.

—Necesito que pasas fuera de la camioneta, por favor—le dijo a Ernesto en un tono uniforme.

Ernesto le miró con ojos fríos, pero tranquilos.

— ¿Por qué? — Ernesto le respondió— ¿Quieres detenerme por haber perdido accidentalmente mi matrícula? —le preguntó con una expresión indiferente en su rostro.

— No creo que quieres hacer esto y yo no voy a preguntarte otra vez — le dijo en un tono severo — Por favor, salga del auto— el Oficial Davis le mandó en un voz levantado mientras Ernesto estaba contemplando la situación.

Después de una larga pausa, Ernesto, con la mirada hacia abajo, abrió la puerta del conductor y salió. Al mismo tiempo, otro agente de la policía salió del coche patrulla detrás de la camioneta y comenzó a caminar hacia Ernesto con su mano sobre su arma. Ernesto, sin ninguna expresión en su rostro, dio el oficial un vistazo blanco. Ernesto pensó que era demasiado corto para ser un agente de policía hasta que lo miró en sus ojos, él nunca se había sentido tan intimidado. Ernesto miró sus zapatos negros y rasgados mientras el oficial de policía se acercó a él. Sus pasos se hicieron más fuertes cuanto más se acercaba a Ernesto. Ernesto alzó la vista, el agente de policía estaba de pie con los brazos cruzados, en silencio. Ernesto miró el nombre en su placa, pero estaba demasiado oscuro para ver con claridad. Ernesto sintió que se le encogía el corazón en su estómago cuando el Oficial Davis abrió la puerta del pasajero de su camioneta. Vio su linterna ilumina el interior de su camión como el Oficial Davis sacó la cerveza que acababa de comprar. Ernesto se mantuvo en silencio. Él sabía que iba a la cárcel, pero en ese momento, él prefería ir a la cárcel en vez de la casa de sus padres.

***

El Oficial Davis, sin reconocer a Ernesto, lentamente se acercó a su coche de patrulla con la caja de las cervezas en sus manos. Él colocó la caja de cervezas en un compartimento en su maletero. El Oficial Davis sacudía la cabeza y soltó un gran suspiro. Mientras que él cerraba el baúl, Ernesto se quedó mirando a sus pies. Había un charco al lado de él y Ernesto pudo ver el reflejo de las luces de la calle en el agua fangosa. Los colores rebotaban de la calle sucia e iluminaron los caminos oscuros. Los coches no dejaban de pasar lentamente, Ernesto sabía que la gente lo miraba. Ernesto imaginaba a los padres mostrar un ejemplo de él a sus hijos en los coches, pidiendo a sus hijos que nunca se convirtieran en Ernesto Guerra. Él imaginaba que los padres exigieron a sus hijos que nunca se convierten en el chico del otro lado de la calle, discutiendo con la policía. Sintió que la gente los estaba mirando y en ese instante se sentía impotente.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza, pero no había sonido. Ernesto había olvidado que le encantaba el olor de la lluvia. Mientras estaba allí, con las manos en los bolsillos y la cabeza hacia abajo, él recordaba el pasado y especialmente algunos de sus recuerdos favoritos de la infancia cuando jugaba en la lluvia con sus amigos. La lluvia le hizo desear la inocencia de su infancia de nuevo. Se acordó de cuando saltó en los charcos de la lluvia con sus amigos cuando estaba en la escuela primaria y recordó que su maestra le gritó por qué llevaba barro al aula. A Ernesto no le importaba que fuera castigado por sus maestros, tal de que estaba acostumbrado a esto. En ese momento, por un segundo, Ernesto quería que el charco en que estaba parado podía expandirse y ampliarse para que se hundiera en el, y también quería ser transportado a un tiempo diferente, un tiempo mejor.

El Oficial Davis se acercó lentamente a Ernesto, que parecía desilusionado, como si estuviera en su propio mundo. Él tomó un buen vistazo a Ernesto y él observó sus pantalones sucios cubiertos de manchas de sangre oscura. El color de las manchas era un rojo ominoso.

— ¿Te importa si te pregunto cómo te llamas, joven? — El Oficial Davis le preguntó a Ernesto, en un tono directo con una pluma y un bloc de papel en la mano.

Ernesto levantó la cabeza y con las manos aún en los bolsillos respondió a su pregunta con una mirada cansada en su cara.

— Ernesto — Ernesto Guerra— le contestó, mirando al oficial Davis directamente en sus ojos.

El Oficial Davis, por primera vez, vio Ernesto claramente. Él podía sentir que había muchos secretos escondidos detrás de sus ojos, y él quería descubrirlos. Con las manos en las caderas, la espalda recta y los pies separados, Oficial Davis le pidió…

— ¿Te importa decirme por qué tus pantalones están cubiertas de manchas de sangre? —

Ernesto estaba esperando esa pregunta. Él sabía que no debía declarar contra sí mismo y con una expresión blanca en su rostro, inclinó la cabeza hacia abajo, mirando una vez más en el charco a su lado y los reflejos brillantes de las farolas.

El Oficial Davis cruzó sus brazos y extendió sus pies más separados…

— La verdad es muy simple, Ernesto. Puedo decir sólo por su lenguaje corporal si tienes algo que ocultar o no… Si sólo puedes verte a ti mismo en este momento — le dijo el oficial Davis a Ernesto, cambiando su mirada hacia el oficial a su lado, que le respondió con un movimiento de la cabeza.

Ernesto alzó la barbilla…

— Incluso si te digo la verdad, no sería suficiente para ti, la verdad nunca es suficiente, la gente siempre quiere más— dijo Ernesto con una sonrisa oscura en su rostro, dirigido al oficial Davis.

El Oficial Davis apareció perplejo.

— Así — ¿Te acabas de comprar esa cerveza que confisqué de tu vehículo? — le enfrentó en voz más alta.

— Parece que está todavía frío, recién salido del congelador — le dijo.

Ernesto desvió su mirada hacia abajo otra vez. Se quedó en silencio mientras la lluvia caía con más fuerza. Su ropa estaba empapada y de repente él sintió un escalofrío correr por su espina dorsal.

— Se le pedirá a decir la verdad, tarde o temprano, tu silencio no te ayuda — le dijo el oficial Davis mientras se inclinaba hacia la derecha con la mano en su pistola.

— Conozco mis derechos — dijo con firmeza Ernesto mientras levantaba la cabeza para mirar al oficial Davis una vez más, era como si lo viera por primera vez, no tenía miedo de él.

Ernesto sintió una sensación de intranquilidad cuando miró a oficial Davis. Su actitud le preocupaba. Ernesto miró al oficial de policía de pie cerca del oficial Davis. Él era más bajo que oficial Davis pero su postura era intimidante. Tenía los brazos cruzados y los ojos estaban fijos en Ernesto, y Ernesto podía sentir su fuerte mirada.

— Ya que eres un menor de edad, vamos a tener que ponerte en contacto con tus padres, estoy seguro de que estarán encantados de verte — le dijo oficial Davis en un mal tono.

Ernesto no estaba prestando atención. Tenía la cabeza hacia abajo y estaba mirando el charco alrededor de sus pies. Vio cómo las gotas de lluvia cayeron suavemente y ampliaron el charco mientras que cerraba sus ojos.

***

Ernesto mantuvo los ojos fijos en el suelo mientras que Oficial Davis continuó hablando. Ernesto no oyó lo que estaba diciendo, no le importaba.

— Ay, presta atención—El Oficial Davis insistió a Ernesto mientras que le dio un codazo en el hombro — ¿Escuchaste lo que te dije? — le preguntó en un tono irritado, con una mano en su pistola.

— Lo siento, oficial, yo no estaba prestando atención— le dijo Ernesto— ¿usted puede repetir su pregunta? —dijo Ernesto con una sonrisa en su rostro.

El Oficial Davis pareció molesto cuando tomó una respiración profunda.

—Te dije que vamos a contactar a sus padres y que vas a la comisaría con nosotros—

Ernesto, de repente, recordó dónde estaba y la situación que tan desesperadamente quería escapar.

—No, usted no puede ponerse en contacto con mis padres— dijo Ernesto esporádicamente.

— ¿Y por qué no?—

— Están fuera de la ciudad —

— ¿Así que estás viviendo por ti mismo mientras están fuera?—

—Sí—

El Oficial Davis creció más sospechoso de Ernesto.

— ¿Hay algo más que estás escondiendo de nosotros Ernesto? Mi intuición me dice que no eres muy sincero con nosotros, ¿Qué está pasando? —El Oficial Davis dirigió una vez más hacia el camión y siguió buscando respuestas mientras giraba su linterna en el camión, mientras que abría la puerta del pasajero.

El compañero del oficial Davis estaba escribiendo en un bloc de notas mientras decía algo por la radio que Ernesto no podía entender. Ernesto finalmente pudo ver su nombre en su placa, decía Ramírez, en negrita. Él parecía distraído, ya no se centraba en Ernesto, pero estaba enfocando en lo que estaba escribiendo. Ernesto estaba mirando a un callejón oscuro al otro lado de la gasolinera. No había luz visible por un par de kilómetros más adelante. La gente seguía pasando y mirándolo a él, sus miradas eran todos iguales-le hacían sentirse como un animal parado bajo la lluvia con los pies atrapados en un charco.

Ni un segundo había pasado cuando, de repente, Ernesto abrió los ojos y miró hacia el cielo – la lluvia cayó sobre su rostro, vio la caída de la lluvia del cielo negro. No había llovido en mucho tiempo. La lluvia le hizo recordar el pasado y cómo más diferente él era la última vez que llovía cuando él inclinó su rostro hacia el cielo para observar los cielos negros prometedores, llenas de lluvia para lavar las calles muertas y secas.

Ernesto miró frente a él una vez más. Los oficiales no le estaban prestando atención a él. Esta era su oportunidad. Ernesto se humedeció los labios y saboreó la gota de lluvia, era salada pero dulce, también. Apretó los puños y miró al oficial Davis, luego de nuevo a Oficial Ramírez. Ésta era su única oportunidad.

Ernesto, con ojos salvajes e incontrolables, corrió hacia el callejón oscuro. Estaba corriendo con todas sus fuerzas, empujando sus suelas del piso con toda la fuerza de su cuerpo. A pesar de que se movía rápido, él se sentía como un caracol, tomándose su tiempo, agobiado por la fuerza de la gravedad. Se sentía como si el tiempo se detuviera, podía ver las gotas de lluvia caer a velocidad lenta, mientras aceleraba con las rodillas por encima de su pecho, corriendo, como un loco en la seguridad de la oscuridad. No podía oír al oficial Davis ni Ramírez detrás de él. No se oía nada-se sentía como si estuviera en cámara lenta, a pesar de que estaba corriendo más rápido de lo que nunca había corrido antes. No miró hacia atrás, pero siguió corriendo. Sus ojos se centraron en la oscuridad cegadora por delante de él.

Ernesto se agachó, no podía oír a los oficiales de policía detrás de él. Sólo podía oír sus pasos duros que chapotearon en el callejón lleno de agua. Sus zapatos estaban cargados de barro. Sentía la adrenalina correr a su cerebro mientras buscaba luz en la oscuridad infinita. No podía ver nada en la oscuridad circundante, ni siquiera sus propias manos delante de él. Se sentía atrapado.

Dejó de correr y miró detrás de él, no podía ver ni oír nada. Se agachó, mientras trataba de recuperar el aliento. Se tocó el suelo para tratar de mantener el equilibrio. De repente, vio una luz que se encendió en el patio trasero de una casa, él miró hacia atrás, no había nadie allí. Se sentía más seguro y podía sentir el ritmo de su corazón descender mientras tomaba algunas respiraciones profundas. Se enfocaba en la luz en el patio trasero. Vio a un bote de basura en frente de él y sigilosamente se escondió detrás de la basura. Miró hacia atrás y no vio a nadie. Se quedó en silencio.

De repente, la luz en el porche trasero se apagó, y se quedó en la oscuridad, de nuevo. Lentamente se puso de pie y, de repente, sintió una brisa fría detrás de él. Cuando trató de levantarse, sintió un fuerte golpe en la cabeza, como si una enorme piedra fuera arrojada en la cima de su cabeza. Se tumbó en el suelo con la cabeza mirando hacia el cielo, vio una sombra oscura de pie encima de él mientras salía de la conciencia y lentamente cerró los ojos…

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