Maru Ramírez LP 3

Maru Ramírez

Me llamo María Eugenia García Ramírez y trataré aquí de compartir con mis lectores algunas de las experiencias de mi vida. Pero me limitaré solamente a unas cuantas. Lo primero que me gustaría mencionar es que nací en La Colorada, Zacatecas. En cuanto al tema de la educación, además de la primaria y secundaria, estudié en instituciones universitarias. Fui, por algún tiempo, profesora de educación primaria y, seguidamente, de educación media en el campo de la psicología. Continué más tarde con mis estudios superiores y, por fin, obtuve el título de ingeniera-mecánica. Ahora mismo estoy empleada por una empresa que se ocupa en el desarrollo de parques industriales. Vivo en Monterrey, Nuevo León. Por otra parte –y además- me encanta leer mucha literatura, asistir a conferencias, a conciertos de música y a museos y, por qué no, bailar, cantar y escribir. Y, como prueba de esto último, aquí les regalo mi primer cuento que “La Palabra: revista de literatura y cultura aztlanense” tiene a bien publicármelo.

Ambulantes

El viejo camión iba dejando una estela de polvo cual cauda de un cometa. Don Carmelo conducía por la brecha sintiéndose adormilado por el bochorno del ambiente. No se movía ninguna de las plantas que el paisaje desértico ofrecía. Sin embargo, el aire que respiraban estaba cargado de un olor a polvo seco e impregnado de gobernadora, una de las plantas predominantes en el área. Hilario, su ayudante y copiloto, dormitaba a pesar de los cabezazos que se daba contra la estructura del desvencijado camión.

Mes a mes, ellos recorrían varios pueblos para vender desde alimentos hasta muebles. Esta vez incursionaban en una nueva ruta que les permitiría ampliar su campo de acción. En la parte trasera, sonaban los artículos al chocar unos contra otros. Sabían que los habitantes de cada ranchería los recibirían ansiosos; pues les traerían víveres que no podían comprar en el pueblo ya que no existía en ellos, ni siquiera un almacén de abarrotes y dependían de lo que “El carro tienda” les ofreciera.

Por lo general, para los pobladores de esas alejadas villas, esa visita era casi una fiesta. Se reunían rodeando el camión a negociar con don Carmelo.

-Buenas tardes don Carmelo, ¿trajo zapatos?

-Sí, permítanme colocarlos para que los puedan ver y medírselos. Hilario, baja el petate para que no los vayan a ensuciar cuando se los prueben.

-Don Carmelo, ¿me trajo la docena de velas que le encargué el mes pasado?

-Sí, doña Chole. Se las entrego de inmediato.

-Yo quiero dos kilos de piloncillo, ¿trajo?

-Seguro que sí doña María. Aquí lo tiene.

– Don Carmelo, buenas tardes.

-Buenas tardes, Pepino, ¿qué se te ofrece?

-Dice mi patrón don Nacho que si le trajo la cama que le encargó.

-Sí, puedes llevártela en seguida. Hilario, tú encárgate de cobrarles, ya sabes cuánto es de cada uno. Mientras, yo sigo despachando a la clientela.

Ésta era su rutina en cada pueblo que tocaban en la travesía y así transcurrían las dos semanas que el recorrido duraba. Esa tarde, iban saliendo de “La quemada” rumbo a “La abundancia”. A medio camino se sentían hambrientos y cansados. Hilario se desperezó un poco y dijo:

-Tengo hambre, ¿falta mucho para que lleguemos?

-No, ya falta poco. ¿Escuchas música a lo lejos? Ojalá haya alguna fiesta, para divertirnos un poco y que nos sirva para descansar unas horas.

-Yo también lo espero así, lo malo es que entonces no acudirán a comprarnos por andar ocupados en el baile.

-No importa, les venderemos al regreso, la semana entrante.

Llegaron al pueblo, en el que en efecto, había una fiesta. Detuvieron su “Carro tienda” bajo un mezquite cerca de la casa donde se efectuaba la misma.

-Buenas tardes, señora.

-Buenas tardes, señor.

-Mi nombre es Carmelo, y mi tienda y yo, estamos a sus órdenes.

-Gracias, el mío es Rosa y también estoy a sus órdenes. Agregó: Pasen ustedes por favor, los invitamos a participar en nuestra fiesta. Rosita, dales agua y una toalla a los señores para que se aseen un poco. Luego, llévalos a las mesas del patio y sírveles de comer.

-En seguida mamá.

-¿Qué están festejando, doña Rosa?

-La boda de mi hija Lupe con Carlos, el hijo de don José. Y no conversó más con ellos porque otro invitado la llamó.

-Ya ves Hilario, descansaremos un poco y comeremos por fin como Dios manda.

Rosita condujo a ambos al patio central de la vivienda; el cual estaba engalanado con papel de china recortado colgando de hilos de ixtle. Había además flores de papel blancas en las columnas de madera del porche. También mesas colocadas en tres de los lados del patio. Éstas lucían adornadas con un ramo de flores blancas de papel al centro de la misma, y en torno a ellas, sentados varios comensales con cara de satisfacción.

En el lado principal del patio estaba sólo la mesa más arreglada del lugar, donde se apreciaba a Lupe y Carlos, la feliz pareja de jovencitos que acababan de contraer matrimonio y que sintiéndose el centro del jolgorio, reían felices.

Los aromas que se esparcían en el ambiente eran maravillosos. Desde el de tierra húmeda del patio, pasando por el perfume de las flores de las macetas de doña Rosa, el olor a limpio de cada bella chica y el de los guisos. Todo ahí invitaba a quedarse y gozar de lo ofrecido.

Sentándose ante una de las mesas, ambos invitados se dispusieron a engullir tranquilamente el arroz, el asado de puerco, los frijoles y un buen número de tortillas hechas a mano. El banquete fue acompañado de una limonada, misma que por aquellos lugares, donde la fruta escaseaba; era a todas luces un manjar sólo para ocasiones especiales.

Cuando terminaron, doña Rosa los invitó a que se quedaran unas horas a bailar con alguna lugareña; ya que habiendo comido los invitados, los músicos se dispusieron a continuar tocando para el baile.

Don Carmelo e Hilario agradecieron el gesto; pero no aceptaron pues debían proseguir su camino.

Pasados siete días, el “Carro tienda” seguía la brecha, pero en sentido contrario, y pareciendo repetirse la escena, Hilario comentó:

-Don Carmelo, se escucha música otra vez en “La abundancia” o ¿me la estoy imaginando?

-No, muchacho. Yo también la alcanzo a oír. Lástima, otra vez no venderemos. ¿Qué celebrarán ahora?

-Esperemos a llegar, seguro nos invitarán de nuevo.

Detuvieron su camión en el mismo mezquite. Y como en aquella ocasión, doña Rosa los recibió con gran gusto.

-Don Carmelo, bienvenidos sean ustedes. ¿Gustarían pasar a comer?

-Muchas gracias doña Rosa, desde luego que aceptamos. Oiga, en este pueblo sí que son alegres. Cuando pasamos hace una semana, celebraban la boda de su hija Lupe. Dígame, ¿qué están celebrando ahora?

-La misma boda, aún no se termina.

-¿Queeeé…?, ja ja ja. ¡Vaya, sí que duran las fiestas en estos lugares!

Ma. Eugenia García Ramírez

Monterrey, N.L. 16 de noviembre de 2010

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