David Durán LP 3

Durán, David

Durán, David, M.A. Universidad Estatal de Arizona Nació en Michoacán y después se trasladó a Sonora siendo un niño. Ahora se encuentra radicado en Phoenix Arizona USA. Asistió a la Universidad Estatal de Arizona (ASU por sus siglas en inglés) en donde se graduó con dos licenciaturas, una en Justice Studies y otra en Literatura en español. Recientemente graduado de la misma institución con una maestría en literatura chicana. Ha asistido a algunas conferencias nacionales e internacionales dentro de las cuales se encuentran: XIII Reunión de Investigadores de Ciencias Sociales y Humanas (Puebla, Méx). Séptimo Foro Internacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura, Universidad de Sonora, (Hermosillo, Sonora, México). IV y V Congresos de Poetas Migrantes. San Luis AZ, San Luis Son. IV Encuentro de Escritores Iberoamericanos en Estados Unidos (homenaje a Luis Valdés). Peregrinos y sus Letras. Phoenix AZ. Homenaje al Doctor Justo S. Alarcón”. Phoenix AZ. XIV y XV Conferencia de Literatura ASU. Algunas publicaciones incluyen: “La carta que nunca escribí”. Revista Literaria Katharsis Septiembre 2008, España. “Luna llena”. Revista Literaria Katharsis Septiembre 2008 España. Congressional Immigration Reform. The Examiner. Julio de 2010. “Carrera a muerte” Refugio Poético, primavera 2012. “El Descubrimiento” Refugio Poético primavera 2012.

Wachintón

La menta

Rash, rash, rash, el canto del azadón se escuchaba cuando rasgaba la tierra. Clan. clan, clan, con cada golpe que daba, la rebelde maleza salía de los largos y verdes surcos. Lentamente, paso a paso, Yomero continuaba con su ardua labor. Junto a su hermano y primos habían encontrado trabajo en este sembradío de menta que se encontraba ubicado en una ranchería cerca de Yakima, Estado de Washington.

Aquella mañana se había levantado temprano, como tantas otras veces, para realizar sus labores en el campo. Serían las 4 de la mañana cuando una “troca” llegó a recogerlos. Para esa hora ya tenían que estar despiertos y listos para viajar a la parcela en donde trabajarían. Rápidamente recogieron su lonche y, de un salto, subieron a la parte de atrás de la troca con la agilidad digna del más experimentado chango. Todos amontonados como racimo de uvas se acomodaron y taparon con gruesas chamarras para evitar el congelante frío de la mañana. Frío que tatema el cuerpo. Frío que tatema el alma. Frío que tatema la esperanza.

Después de dos horas de viaje, llegaron a la parcela, se acomodaron en sus respectivos surcos, blandieron sus aperos de labranza y, cual brillante espada de caballero andante presto a liberar a la cautiva princesa, ahora estaban listos para comenzar con su cansina labor. El olor de la menta penetraba los poros de su piel color tierra, color cobre impregnándose en su cuerpo como un elixir mágico y vitalizador. Yomero levantó la vista y, a lo lejos, intentó ver el final del surco: los camellones se erguían retadores como líneas paralelas y dispuestos a presentar batalla al filoso azadón. La cuadrilla estaba lista para iniciar su batalla en contra de la feroz maleza. Tendrían que trabajar duro sin detenerse siquiera a tomar agua. Tenían que ganarse el jugoso sueldo de $ 3.35 por hora. Yomero y los demás miembros de la cuadrilla, integrada por su hermano el Azabache y sus primos Chano y el Yony, comenzaron a darle vuelo al azadón.

Azabache se crió en las labores del campo. Desde su niñez se acostumbró a usar el azadón y todos los implementos propios para las labores que allí se realizan. Chano y Yony, al igual que Azabache, eran hombres de campo, acostumbrados a las duras labores. El único que no encajaba allí era Yomero, quien se había criado en la ciudad y entendía “una pura y dos con sal” de las faenas campestres.

Rash, rash, clan, clan, el azadón comenzó a cantar. Rash, clan, rash, clan, la maleza a desprenderse de los surcos dándole más oportunidad de vida a la tan preciada menta. La morenas manos sostenían con firmeza el palo del instrumento de labor que, dependiendo de la ocasión, mordía, arañaba o acariciaba la tierra con cada contacto que le infligía. Al filo del medio día, el sol comenzó a calentar y el cuerpo de Yomero y sus familiares a sudar. Cada golpe de azadón era una gota de sudor que recorría por el cuerpo de los trabajadores. Ese cuerpo que también exige satisfacer sus necesidades fisiológicas.

-Oye, Chano, ya me ando meando y aquí no tienen un baño público para ir a desaguar

-Yo también ya me ando, primo. Lo malo es que no hay pa’ ‘onde ir.

-Pues si no hay más remedio… aquí mero…

La alfombra verde poco a poco iba quedando libre de malezas y ahora regada por el ácido úrico de los paisitas, haciéndome recordar cuando los machos alfa reclaman y marcan su territorio. Quizás como si fuese una involuntaria aceptación a lo que alguna vez alguien escribió ¨Para reconquistar lo conquistado¨

Un surco, dos surcos, tres surcos, cuatro surcos, cinco surcos, quién sabe cuántos surcos más después, llegó el mayordomo en la troca a recogerlos. Después de una rápida revisión al trabajo realizado, el mayordomo dio el visto bueno y dio la señal para que todos subieran a la troca para llevarlos en otro largo viaje de regreso la residencia en la que se encontraban alojados. Subieron a la troca, no con la misma agilidad con la que habían montado en la mañana. El cansancio hacía sentir sus cuerpos pesados y molidos, como si les hubiera pasado una locomotora por encima de ellos. Aun era de día, así que, pudieron observar un poco de las bellas coníferas que adornan las montañas de Wachintón antes de que el cansancio los venciera y dormitaran un poco. Ahora ya se dirigían de vuelta a su bella y privada residencia, hogar que les había conseguido otro de sus primos, quien les lavó el coco para que salieran de Califas y fueran a buscar jale en Wachinton.

-Yomero, vamos a Wachintón a trabajar, allí sí hay mucho jale y, en unos meses, regresas con mucha lana.

-Nel, yo no tengo nada que hacer en ese lugar, aquí estoy trabajando bien. El trabajo y la paga son buenos.

-Pero aquí no ganas mucho, allí en unos meses ganarás lo que aquí en años. Es más, ya tu carnal el Azabache y los primos Chano y Yony están listos para salir. Sólo falta que te animes tú.

-¿Y en que vamos a trabajar?

-Tú no te preocupes, nomás llegando yo les tengo jale.

Así fue como se embarcaron en esta aventura. Después de muchas horas de manejo, llegaron por la noche al lugar en donde se alojarían por el tiempo en que permanecieran en Wachintón. Desde el interior del carro vieron cómo su primo y otro acompañante llamaron a la puerta de una hermosa y gran casa. De la misma salió un gringo con el cual sostuvieron una conversación, misma que Yomero no pudo escuchar. Y aunque la escuchara, no sabría de qué se trataba, para decir verdad

-Órale, bájense del carro y lléguenle al cantón.

Viendo la hermosa residencia, Azabache preguntó.

-¿Aquí vamos a vivir?

-Claro, pero cada uno de ustedes le tiene que pagar cincuenta por semana al gringo para que les deje quedarse. El gringo no quiere pleitos ni que hagan escándalos. También se tienen que mochar con cinco varos al día con el mayordomo.

-Ah, chingaos, ¿y eso por qué?

¿Como que por qué? Pos pa la gasolina, ¿que no ves que él los va a llevar a diario a camellar?

-Uta ma…

Entusiasmados y adormilados aceptaron el trato, se dirigían rumbo a la casa cuando les detuvieron.

-Eyta, ¿a dónde van?

-Pos a la casa.

– Ustedes van a quedarse acá.

Con el dedo índice les señala unas pequeñas escalinatas que conducen a una puerta que se ve al fondo. La vivienda que les consiguieron no es esa hermosa residencia, ellos vivirán en el sótano de la casa. Yomero y sus familiares se encaminan, abren la puerta y para su sorpresa se encuentran con un frío y horrible sótano que, además está ocupado por una veintena de otros paisitas con quienes tendrán que compartir la residencia.

A lo largo del sótano se encuentran distribuidos varios camastros viejos y malolientes. El resto de los muebles de la residencia lo componen tres yeleras, dos estufas y un fregadero para lavar los trastes sucios. Un baño y un escusado complementan los bienes del inmueble. Y, se debe añadir, las frías paredes hechas de concreto y una que otra rata también forman parte de la decoración.

Como llegaron un sábado por la noche a Yakima, el domingo era un día libre, por lo que Yomero y sus familiares aprovecharon para ir a la marketa y comprar las cosas que necesitarían para el resto de la semana.

El viaje de regreso desde el cultivo de la menta, con rumbo a la nueva residencia, había servido para mitigar un poco el cansancio físico y mental producido por el ajetreo anterior. Una vez que llegaron a su covacha, se dispusieron a prepararse su comida. Rápidamente prepararon unos huevos a guebo, huevos con frijoles, güebos con los que se comen los huevos. Huevos con chile, o puro chile. Los tragaron más que comieron, prepararon el lonche para el día siguiente, se bañaron y se dispusieron a dormir, listos para regresar el día siguiente a seguirle sacando canciones de lamento al azadón.

Un día, dos días, tres días, cuatro días, por siete días siguió el canto del azadón. Canto que trae lamento de sol, de sudor, de sufrimiento.

Azadoncito azadoncito
con tu mango de palo
y tu filo de acero fundido
del surco arrancas lo malo
y lo bueno lo dejas erguido.

Con furia arañas el suelo
con tu canto de dolor
de mi espalda arrancas el sudor
y de mi alma el consuelo.

2. La gringa

Cuando trabajas en el campo, no tienes control de tu persona, ni de tu tiempo. Después de seis días de trabajar la menta, vino el “descanso” que generalmente el día Domingo proporciona. Ese día, los trabajadores agrícolas migratorios tienen que aprovecharlo para ir a la marketa y lavar sus revolcados trapos y, si tienen tiempo, descansar un poco.

La tienda de comestibles al estilo Safeway, no se encontraba muy retirado del sótano que servía de vivienda a Yomero. Los cuatro paisitas se encaminaron muy de mañana para hacer sus compras. La alacena que surtirían, como comprenderán, estaría compuesta en base a la canasta mexicana: tortillas a lo cabrón, chuletas de puerco, tomates, frijoles en saco, papas, chiles, y, lo principal,…muchos, pero muchos guebos para seguir dándole duro al camello.

En el camino hacia la marketa, tenían que pasar por un parque no muy grande, pero sí muy bonito. Diversas especies de árboles y arbustos lo adornaban. Una pequeña fuente en el centro destilaba agua clara y fresca en donde cientos de pajaritos parecían turnarse para echarse un buche de agua. Después de dejar las compras de la marketa en su residencia, y lavar su ropa, los paisas decidieron pasar el resto de la tarde en el parque.

Cuando llegaron al parquecito se recostaron bajo el amparo de un frondoso árbol. Pocos minutos después, llegaron tres gringas, y Yomero se dio cuenta que una de ellas le hacia señas con el índice para que se acercara a ellas. Su exceso de falta de conocimiento del inglés lo hizo dudar un poco, pero después, armándose de valor y cual decidido mataor, se lanzó al ruedo dispuesto a cortar oreja y rabo. Así fue como conoció a Sherry.

Sherry era una gringa de hermosos ojos azules, cabello dorado y una figura que tentaría al más santo de todos los santos (incluyendo al enmascarado de plata). Sentía ella una especial atracción por los integrantes de la raza café, especialmente claro, por los del sexo masculino. Se había criado con sus padres con quienes vivía. Era una estudiante de colegio y con muy buenas calificaciones.

-Hi, I’m Sherry.
-Helow, soy Yomero
-Nice to meet you
-Uhm
-What are you guys doing?
-Uta madre, no le entiendo ni papa, lo único que sé es que esta primita está bien hermosa.
-Wanna go somewhere with me?
-????

Las amigas de Sherry, como si ya estuvieran de acuerdo, se despidieron de ésta y la dejaron sola con el sufrido de Yomero. No supo cómo ni cuándo, pero de pronto se vio en los brazos de la güerita. Así, entre señas, el mal inglés de Yomero –y el peor español de Sherry–, nació una relación la cual fomentaba el mestizaje de razas y la reconquista del territorio perdido, como lo había pronosticado hacia años un escritor chicano.

-¿Qué pasó con la gringuita?
-Pues fuimos por ahí.
-Ándale ¿y qué hicieron?
¿Te lo explico a bulto o lo entiendes?
¿Cómo se llama?
-Pues dice que se llama Cherry.
-¿La vas a seguir viendo?
-Todos los días, después de que regrese del jale.
-Uta, se me hace que ya te agarraron.

La escarda de la menta duró una semana más, tiempo en el cual, día tras día, el café y la güera, después de salir del trabajo, seguían viéndose, dándole duro a la tarea de fomentar el mestizaje.

El palo del azadón erecto, firme, duro, subía y bajaba, abriendo la maleza que rodeaba la tierra fértil y firme. Tierra gringa, lista para sembrar la semilla. El azadón penetraba y el trigal se doblegaba mientras que el acero se hundía más y más. Para arriba, para abajo, para un lado, para el otro. Rash rash, clan clan, se escucha el canto del azadón.

3. El espárrago.

El jale en la menta se había terminado. Todo estaba más claro y limpio que las palabras e intenciones de un político en campaña. El dueño del “fil” le pagó al mayordomo para que éste, a su vez, – por supuesto, después de agarrar su módica comisión del 25% por piocha – les pagara a Yomero y a sus familiares. El patrón se quedó bien contento con el jale que hicieron y les dijo que en unas semanas les volvería a llamar. El hecho de quedarse sin camellar les dio chance de tirarse a la gueba un par de días mientras el esclavizador mayordomo les encontraba otro lugar en donde camellar. Dos días después de dejar la mentada menta, les ofrecieron otra oportunidad de “recoger dólares con la escoba”.

Al segundo día, ya por la tarde, se les presentó muy sonriente el mayordomo en su troca del año, troca ganada con el sudor de la frente.

-Buenas, les tengo más jale. Es algo facilito y no tienen que joderse mucho –les dijo el mayordomo.

-¿De qué se trata?

-Un ranchero ocupa gente pa’ que cosechen espárrago. Es buena gente y paga bien.

-¿Cuánto paga?

-Paga por lo que hagan. Si le mueven… se sacan una buena lana.

Haciendo una pausa mientras sonreía, continuó…

-Algunos llegan a ganar más de treinta pesos al día.

-No, pues si, le entramos.

-OK. Mañana vengo por ustedes a la misma hora de siempre. Estén listos, cabrones, porque ya saben, “Camarón que se duerme…”

La mañana siguiente, Yomero y sus familiares se encontraban listos a la hora indicada por el patrón para ir al jale. Llegaron a la parcela indicada, la vieron y… vieron que no vieron nada. El terreno parecía no estar sembrado con nada. Los surcos se veían pelones, infinitos, inmensamente largos, pero parecía que no había nada sembrado. El mayordomo se acercó a ellos.

-¿Han cosechado espárrago antes?

Con un movimiento de cabeza le indicaron que nunca antes habían realizado aquella labor. El mediero les enseñó su equipo de trabajo consistente en una cuchilla en forma de espátula y una pequeña caja. La cajita metálica estaba sujetada por unas correas, mismas que Yomero y los demás tenían que amarrarse a la cintura. Los llevó a la parcela y les mostró cómo realizar el trabajo.

-Miren, tienen que medir que el espárrago tenga más o menos de 6 a ocho pulgadas de largo, si está más chico no lo corten.

– ¿Y cuánto nos van a pagar por esto?

– Se les va a pagar bien, ya les dije. Cada cajita que llenen les va a salir en 10 centavos. Si se apuran pueden hacer mucha lana.

-Parece que está buena la paga.

-Pos a darle duro pa’ que hagan mucha lana.

Ni tardos, ni perezosos, Yomero y los demás se pusieron a camellar duro y tupido. Para realizar el trabajo tenían que estar todo el tiempo agachados. Prácticamente parecían estar en posición fetal. Al principio, todo parecía fácil, el trabajo no demandaba un desgaste físico. Pero al paso de los minutos, el hecho de estar constantemente agachado comenzó a cobrar cansancio en Yomero. Una hora, dos horas, tres horas y el cuerpo ya no daba más. Una hora, dos horas, tres horas y la mendiga cajita se rehusaba a llenarse continuamente del producto del sudor. Los espárragos parecían rehuir y no llenaban muy a menudo la famosa cajita. La cuchilla entraba y salía de la tierra, los espárragos entraban a la cajita. Una hora, dos horas, tres horas y la espalda ya gritaba por un descanso. Entre llenar el recipiente, ir a descargarlo y comenzar de nuevo, el tiempo transcurría sin que pudieran ver un avance en sus millonarias ganancias. Por fin, se llegó la hora de salir del trabajo. La hora de darle un bendito descanso a la espalda. Se llegó la hora de la salida y la hora de hacer cuentas y ver cuánto habían ganado ese día.

Numeritos más, numeritos menos. Al final, la cuenta llegó a un pavoroso $15.00 por todo el día de sufrimiento.

-Yomero $15. 40. Chano $14.70. Azabache $ 15.80. Juan $ 14.00.

– Uta, esto no sirve pa’ nada.

-Tienes razón, tanta joda pa’ nada. ¿Tú, qué piensas Yomero?

-No, pues que está canijo. A parte le tenemos que dar cinco dólares pal gas al mayordomo. Pues no nos queda nada.

-Es cierto. Yo creo que mejor ya no regresamos.

El mayordomo, coyote matrero y ya acostumbrado a explotar gente, de inmediato se dirigió a ellos al oír los comentarios.

-Perense pelaos. Si les fue muy bien. ¿Qué no ven que fue su primer día? Así pasa siempre, ya después se acostumbran y van a empezar a ganar bien. ¿O qué quieren? ¿Saber el jale desde el primer día? No. Hay que sufrir un poquito para después ganar lana.

-Sí, tienes razón, pero esto que ganamos no es nada.

-Es verdad, esto no alcanza pa’ nada.

-Sí, mejor mañana ya no regresamos. Está bien duro el jale y no paga nada.

– No le sacamos al trabajo, siempre y cuando paguen, de perdida, para comer.

-Bueno, como quieran, nomás acuérdense que el trabajo está muy escaso. Además, soy el único que los conoce y conozco a todos los rancheros, si no regresan ya no les garantizo que encuentren más jale. Súbanse a la troca, bola de rajones y piénsenla mientras llegamos a Yakima.

Yomero y los demás se quedaron meditando la situación, mientras regresaban. Se recostaron en la caja de la troca, tratando de mitigar el cansancio producido por la colecta de espárrago. Los golpeteos producidos por el ajetrear del camino sacudía sus cuerpos y sus mentes. Habría que tomar una decisión con respecto al jale del espárrago. Finalmente, llegaron al sótano que servía de vivienda. Aquella tarde el cansancio impidió que Yomero asistiera a su cita diaria con su adorada gringuita.

Uno de los inquilinos de la covacha que ya tenía mucho tiempo viviendo ahí, había comprado una vieja televisión con pantalla en blanco y negro. En ese momento pasaban las noticias por la cadena hispana más importante de gringolandía. Un gringo racista hacía comentarios en contra de los inmigrantes.

-Todos los mecxicanous tener que regresar a sou tierra. Nos están robando nuestros jobs.

This is America, this is our country. Mexicans no pagar taxes. You better go back to Mexico.

Yomero paró oreja a lo que el gringo decía y, encabronado, gritó:

-Gringo pendejo, que se venga a los files a cosechar todo lo que se tragan él y los demás. Estoy seguro que no aguantaría ni diez minutos de la chinga que la raza tiene que aguantar

La mañana siguiente ya estaban listos para regresar a trabajar. ¿Regresar? Si, soñaban con regresar, regresar al sitio de donde habían partido.

El círculo esclavizaste continuaba.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *