Carmen Dorado Vedia LP 3

Dorado Vedia, Carmen

Nací en Madrid, donde vivo y trabajo. Estudié Derecho en la Universidad Autónoma. He viajado por todo Oriente Próximo, estudiando su historia, su cultura, su literatura y su lengua en distintas Instituciones Internacionales.

Desde hace años asisto a los talleres literarios de Clara Obligado

Mis cuentos han sido publicados en distintas antologías: Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro Imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013), La Isla (Madrid, 2014).

He sido finalista, con el cuento “El último viaje”, en el III Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra (Quero – Toledo 2013)

Entiendo la escritura como un modo de acercar culturas.

Tras las huellas de Sherezade es mi primer libro en solitario.

El último viaje

Primero fue el hombre del maletín. No le di importancia. Bajé al andén, y entre bostezos, encontré a los pasajeros habituales.

Al día siguiente noté la ausencia de la chica rubia. Tampoco lo tuve en cuenta. Aún éramos muchos.

Tras dos semanas comprobé la escasez de usuarios. Miré alrededor: ya no estaban la señora del pañuelo, ni el joven de color.

¿Quién sería el próximo?

En una sucesión de días, fueron desapareciendo uno a uno mis acompañantes hasta ser yo el único viajero, aunque por poco tiempo. Hoy he perdido mi empleo.

Lloré

La vacía tarde de primavera en que descubrí mi antiguo cuaderno de viajes me llevó a evocar aromas, sonidos, gentes, lugares y paisajes de primaveras pasadas. Lo abrí. De entre sus páginas cayó una flor, y comencé a llorar.

Lloré por el desierto y sus moradores, por el límpido Éufrates y las aldeas que baña; lloré por Palmira y sus ruinas de oro y mármol; por Damasco, por sus zocos, y los imaginé vacíos; lloré por sus mezquitas, por el canto del almuédano, y añoré el dulce despertar que me proporcionaba; lloré por los niños que jugaban al pie de la Ciudadela; por Luis, Mohammed y Maher, nuestros guías; lloré por Mustafá y Víctor, mis proveedores de sedas y perfumes, por Papá Abdalá y sus dagas damascenas; por Huda y Lina, siempre dispuestas a ayudarnos; por Safia, que en una tarde lluviosa nos llevó en su coche hasta el hotel; y lloré por los niños que a la entrada de las Ciudades Muertas me obsequiaron con la flor que ahora reposaba entre las páginas de mi diario.

Sentí infinita conmoción, infinita lástima, y con esas lágrimas restauré el mosaico de mis recuerdos.

Siete pasos

Habían pasado diez años desde la última vez. Para esta ocasión compró un ramo de margaritas. Así la recordaba, sencilla, sin artificios, sin dobleces.

Se apeó del taxi y al traspasar el portalón comenzó a recitar:

… Siete pasos al frente, cinco a la derecha, tres a la izquierda, recto hasta topar con el muro… Pero al darse la vuelta no la encontró. En su lugar chocó contra un arbusto de ramas puntiagudas.

¡Habré contado mal! Y con esa idea desanduvo el camino.

… el muro, recto, cinco pasos a la derecha, ¿eran siete? Cuando pensó que había llegado a la entrada alargó la mano y en lugar de tocar las rejas de la puerta percibió la aspereza del granito. No recordaba ningún mausoleo en su camino.

No importa, se dijo, volveré a empezar.

Comenzó a dar vueltas, pero ya había perdido la cuenta de los pasos. Dos veces tropezó, dos las que cayó. Notó en la cara como el sol declinaba. Llegó la noche. Seguramente habrían cerrado la puerta, y se sentó a esperar el alba.

Lo encontraron por la mañana, acurrucado, muerto de frío. El bastón a un lado y un reguero de margaritas rodeando la losa blanca y pulida de su mujer.

One Comment

  1. Reply
    Héctor García Armenta August 9, 2014

    Carmen, ha sido una agradable sorpresa encontrar tus cuentos aquí. Que tu pluma viajera siga retratando los seres y las cosas de esos lejanos mundos que tu exploras, y que algo de tu cosecha llegue a nosotros cuantas veces sea posible. Un abrazo desde el desierto.

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