Fausto Avendaño LP 3

Avendaño, Fausto

Escritor radicado en el estado de California, tiene varios libros publicados, entre prosa, teatro y crítica literaria. Recibió dos premios principales, el «Premio Nacional José Fuentes Mares» y el «Latino Literary Prize». Asimismo, escribe poesía y forma parte de «Los escritores del nuevo sol», asociación literaria con sede en Sacramento, California. Es autor de “El sueño de siempre y otros cuentos”, “Salazar’s Gold” y del dama “El corrido de California”, entre otros libros.

La Rumorosa

—Vamos a tener que irnos por “la Rumorosa”—dijo el marido, alzando los hombros.

El que hablaba era un hombre de treinta y tantos años de cabellera crespa y negra. Era delgado, de nuez saliente y ojos verdosos. Con una mueca de desesperación le dio un manazo al volante del coche.

—Pero, ¿por qué?—dijo la mujer claramente molesta, su tez de heno claro ligeramente teñido de temor. Era un poco más joven que su marido, de agradables contornos y cara regular, aunque ostentaba una papadita que le afeaba el rostro.

—Se nos olvidó el permiso de Rosaura—dijo el marido.—No podemos cruzar la frontera. El hombre se refería a su hija que iba sentada en el asiento de atrás con sus dos hermanos.

—¡Qué mala suerte! ¿No crees que la dejen pasar? Tú eres ciudadano americano.

—Aunque fuera el gobernador del estado, no la dejarían cruzar la frontera. Ya sabes lo perros que se ponen… No hay otro remedio. Si nos regresamos a recoger el documento nos retrasamos casi un día.

—Válgame Dios. Y yo que contaba con el camino del lado americano. Ésa sí que es carretera, no estas veredas de mala muerte que tenemos por acá.

La mujer se refería al camino rudimentario que cruzaba las montañas que separaban la ciudad de Tijuana del Valle de Mejicali. Era una carretera mayormente de tierra, muy accidentada con zonas deslavadas. A lo largo de sus despeñaderos se divisaban las crucecitas de madera que marcaban el lugar donde había muerto algún viajero.

—No es para tanto, Lola—dijo el marido—. Claro que no se compara con lo que hay al otro lado, pero he oído que han hecho muchas mejoras en la carretera.

—Bueno, si no hay otro remedio… No me voy a perder la boda de mi hermana por ninguna razón. Aunque hay que encomendarnos a Dios y rezarle a San Cristóbal. Él nos cuidará. Ya sabes que es mucha la gente que muere en ese camino.

—Así sea, pero no me asustes a los niños—dijo el marido algo impaciente, reconociendo que su mujer, aunque equilibrada en casi todo, a veces se entregaba a histerias y, tal vez, se apoyaba demasiado en los santos.

Más tarde, un poco más allá del pueblo fronterizo de Tecate, el marido dijo, sorprendido:

—Óyeme, Lola; la carretera está bastante bien. Este tramo antes no tenía pavimentado. Por lo visto es verdad lo de las mejoras.

—Ojalá así siga—dijo la mujer—pero yo no me fío mucho. Cuando lleguemos a las primeras cuestas, veremos cómo nos va.

Al poco tiempo, los temores de la mujer se confirmaron al subir los primeros cerros. El viejo ford comenzó a calentarse y el marido, no queriendo asustar a su familia, dijo que haría una parada de precaución, para no forzar el coche.

—No es nada—le dijo a su mujer.

El automóvil—había que reconocerlo—ya era muy viejo y había que cuidarlo mucho. Harían una pausa para descansar. Los niños estirarían las piernas, mientras él le echaba agua al radiador. Por eso había prevenido cuatro litros en el maletero.

Los niños salieron a jugar debajo de unos pinos, mientras su padre sacaba una botella de plástico. La mujer, con cara preocupada se colocó delante del ford y fijó la vista en el vapor que salía por debajo del capó.

—No te preocupes, mujer—le dijo el marido, tratando de calmarla—en un dos por tres se enfría.

—¿Cómo no me voy a preocupar? Esto me da muy mala espina. Si ya no puede con estas cuestecitas, ¿qué será cuando lleguemos a las más empinadas?

—Tendré cuidado; iré poco a poquito, sin forzar el coche; ya verás.

Ella hizo una cara de incrédula, mordiéndose el labio inferior.

—Siento una fuerte premonición. Santo Dios, ¿en qué nos estaremos metiendo? Me voy a poner a rezar.

—Hazlo en el coche.—dijo el marido, molesto—. Que no te vean los niños. No quiero que se espanten.

Dolores se metió en el automóvil y cerró la puerta; sacó un crucifijo que llevaba entre los pechos y lo besó. Después de rezar dos padrenuestros, puso el crucifijo en su lugar y sacó la medalla de San Cristóbal. Con los ojos cerrados y una expresión muy pía, se puso a rezarle al santo.

Poco tiempo después la familia González reanudó su viaje, entre comentarios optimistas del marido y dudas de la mujer.

—Este viejo ford todavía corre bien.—dijo el hombre con una sonrisa franca.   La nuez se le movía con cada palabra.

—No exageres, Guillermo. ¿Cómo puedes decir eso? Éste ya no es coche de verse. Es una carcancha. ¡Cómo me habría gustado comprar uno de esos coches que vimos en los lotes de San Diego! Un ford del cincuenta y cuatro, por lo menos.

—Ya, ya, mujer. Ya sabes que no nos podíamos endeudar. La carcanchita va bien y, si sigue así, no tendremos que hacer muchas paradas. Hay que aprovechar la naturaleza. Ahí en la hielera llevamos unos sandwiches de lomo. Hacemos un día de campo, es decir, un picnic, como dicen al otro lado, en la próxima parada. ¿Qué te parece?

—Con que no se nos venga la noche—dijo Dolores, dudosa—. Dios guarde que andemos en tinieblas por esta carretera.

A mitad del camino, el viejo ford, subió tres gradas en hilo y habría podido seguir adelante si no hubiera sido por la cuarta, muy empinada. El automóvil comenzó a temblar y hacer ruidos extraños como martillazos.

—Eso ha de ser de los pistones—opinó Guillermo—. Vale más que hagamos una pausa.

—Dios santo, nunca vamos a llegar a Mejicali.

—Llegaremos a cómo dé lugar. Mañana estaremos brindando por la felicidad de la pareja, ya verás.

—Dios te oiga. No quiero perdérmela. No es todos los días que se casa una hermana. Además, allí va a estar todo el familión. Vienen de todos lados: de Sinaloa, de Sonora, de California, de Chihuahua, del Distrito Federal y hasta unos primos de Chicago.

Disimulando su apuro, Guillermo desvió el vehículo hacia un lado del camino y paró; puso el freno de mano y se bajó para sacar un botellón de agua del maletero.

—En cuanto se enfríe un poco, le echo agua y seguimos—dijo Guillermo—. Si recuerdo bien, sólo faltan unas cuatro gradas más y de ahí el camino es casi todo de cuesta abajo.

—Con que no nos coja la noche. Ampáranos, San Cristóbal.

Después de media hora de espera, el viejo ford siguió su marcha, subiendo tres gradas más, mientras Guillermo se fijaba en la temperatura del motor. Tal como él lo había pronosticado, al poco tiempo, comenzaron a bajar.

—¡Ya no hay que subir más cuestas!—anunció Guillermo, complacido.

—Gracias a Dios—dijo su mujer.

Sin embargo, no hubo tiempo para congratularse, debido a un cambio abrupto en la carretera. El pavimentado desapareció y las líneas rectas del camino se reemplazaron por una sinuosa y accidentada senda, dotada de grietas profundas, así como piedras enormes.

—Ahora bajamos por “la Rumorosa”—dijo el marido—. Por lo visto, las obras no han llegado hasta acá, pero falta poco para salir de esto.

—¡A paso de tortuga! ¿Quién sabe cuánto nos tome?

Lo que más temía la mujer comenzaba a realizarse. El sol iniciaba su descenso en el lejano horizonte.

Con la noche vino el frío y Dolores sintió los primeros síntomas de pánico. ¿Llegarían a Mejicali buenos y sanos? ¿Aguantaría el viejo coche el resto del trayecto? Guillermo le aseguró que no había por qué alarmarse. Con el frío el motor no se calentaría. De todas formas, Dolores temía que algo imprevisto ocurriera.

Un poco antes de las nueve de la noche, bajo el cielo estrellado de “la Rumorosa”, el viejo ford comenzó a calentarse de nuevo. Esta vez, la señal del aceite se encendió y Guillermo constató, a pesar suyo, que el coche había quemado mucho aceite, algo que no había previsto. Sin decir nada, paró el automóvil y, mientras Dolores y los niños dormían, le revisó el aceite. No registraba ni una sola gota. Guillermo sabía que el ford dejaría de funcionar en cuestión de minutos si no le conseguía aceite. El motor se partiría por la mitad.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué has parado?—dijo la mujer, desperezándose.

Guillermo tuvo que revelarle el problema.

—Tenemos que ponerle aceite, aunque sea de cocinar—dijo Guillermo, temeroso de que ella echara un grito de desesperación. Sin embargo, Dolores no chistó. Estaba preocupada, sí, pero con una decisión extraña en los ojos.

—Ahora le toca a San Cristóbal ayudarnos—le dijo al marido, al hincar las rodillas en el suelo—. El santo nos dará una salida. Dios no desampara a los suyos.

Mientras ella oraba, Guillermo, parado delante del vehículo, se rascaba la cabeza sin saber qué pensar. Siempre había desconfiado de rezos y santos, pero, en cierta forma, admiraba y, a veces, hasta envidiaba la férrea fe que tenía su mujer.

Al poco rato, Dolores exclamó, reanimada:

—San Cristóbal no nos abandona. Me ha venido una iluminación.

Guillermo, preocupado, no pudo reprimir un arranque de enfado al oír a su mujer hablar de iluminaciones. ¿De qué servían los rezos e iluminaciones—pensó—si lo que necesitaba el coche era aceite y nada más? Estaban en medio de la nada, en las altas montañas, sin forma de salir de ahí, ni esperanza de que apareciera un buen samaritano. Se sabía de sobra que pocos se arriesgaban de noche en ese tramo del camino. Sin embargo, no podía censurarle nada a su mujer, pues había sido él el responsable de poner a su familia en peligro.

—Si bien recuerdo o el santo me lo revela, hay unos camiones o tractores aquí cerca. —dijo Dolores— Son para las obras de la carretera.

—¿Ah, sí? ¿Tú los viste?

—No sé. Creo que entre sueños vi unas formas que reflejaban la luz de las estrellas.

Tal vez la llamada iluminación tenía algo de valor—pensó Guillermo.—A fin de cuentas era lógico que hubiera vehículos para las obras de la carretera y, claro, donde había camiones o tractores, tenía que haber lubricantes, aunque fuera aceite demasiado grueso. Si había un campamento ahí cerca, también tenía que haber agua para beber y llenar los botellones vacíos.

—Ese equipo de carretera, ¿está lejos de aquí?—preguntó el marido.

—Tengo la impresión de que está a un par de kilómetros atrás.

—No sé si aguante la carcancha, pero no hay otro remedio sino ir a ver si lo encontramos.

—No hay luna, pero las estrellas alumbrarán el sitio, estoy segura.

—Con que no se nos parta el motor.

—Dios no lo quiera.

Al poco tiempo de emprender la búsqueda del equipo, los faros del coche iluminaron un bulldozer y otro equipo pesado a unos metros de la carretera. El marido apagó las luces, así como el motor, y se bajó del viejo ford con una linterna de mano. Su mujer lo siguió cautelosamente, dejando a los niños dormidos en el coche. No había por qué despertarlos. La noche estaba helada.

—Ayúdanos, San Cristóbal. No nos desampares. Que encontremos aceite para el motor—decía Dolores, manipulando la medalla del santo.

De pronto se perfiló una sombra a unos metros de la pareja. Guillermo alzó la linterna y alumbró el bulto de un hombre.

—¡Jesús!—exclamó la mujer, abriendo mucho los ojos, al mismo tiempo que su marido retrocedía boquiabierto.

Un hombrón de melena y barba blancas los miraba fijamente con expresión severa. Luego, inopinadamente, sonrió y, con voz fuerte y tranquila, dijo:

—Buenas noches, señores.

Dolores, trocando el temor por la admiración, cuchicheó en el oído del marido una frase que pensó no se oiría (pero que era perfectamente audible):

—¡Jesús! Es San Cristóbal aparecido.

La sonrisa del hombre se amplió, mientras les hacía señas para que se acercaran.

En ese momento, Guillermo creyó haber visto otra sombra cerca de uno de los vehículos, pero al fijar la vista en el sitio, juzgó que era la sombra temblorosa de las ramas de un mezquite contra la carrocería de un tractor.

—Andan perdidos, ¿no es así?—dijo el barbudo—. Aquí la gente se pierde mucho. Son caminos peligrosos.

Hubo una larga pausa sin que ninguno de los tres dijera nada.

—¿En qué les puedo servir?—dijo el hombre.

Antes que Guillermo pudiera idear una respuesta, su mujer se adelantó y dijo:

—Señor, ayúdenos, por favor. Estamos en un apuro muy grave. Nuestro cochecito es muy viejo y necesita aceite para seguir el camino a Mejicali. Traemos a los niños dormidos. Pobrecitos. No se dan cuenta de lo que pasa.

Sus palabras parecían casi una oración devota.

—Le rogamos nos consiga lo que le pedimos, por el amor de Dios. Nosotros se lo pagamos.

—No se preocupe, señora—dijo el barbudo, entrecerrando los ojos momentáneamente como si pasara por un breve trance.

—Gracias, señor. No sabe cuánto se lo agradecemos. Sabíamos que alguien nos tenía que amparar.

En ese momento Guillermo creyó distinguir otra sombra entre los vehículos.

—Síganme—dijo el hombre, después de encender una linterna de queroseno—. Acá tenemos unos botes de aceite para los camiones. No ha de ser del mismo tipo pero es muy probable que sirva.

—Señor, ¿y hay agua?—dijo la mujer.

—Sí, hay agua potable que tenemos para los obreros. Se pueden llevar unas botellas.

De pronto, el hombrón se detuvo y dijo en voz alta, casi gritando:

—¡Apártense, sombras! ¡No se haga daño a nadie!

Al oír esas palabras inesperadas, Guillermo dio dos pasos hacia atrás, asustado, mientras la mujer se cogía del brazo de su marido, temerosa.

El barbudo echó una breve risotada.

—Eh, disculpen. No se asusten. Siempre que paso por aquí digo cualquier tontería en voz alta para ahuyentar a los animales que se esconden entre los vehículos. Hay de todo, saben ustedes: ratas, coyotes, culebras…

Más tarde, Guillermo le puso aceite al motor, así como agua al radiador y echó a andar el coche. El motor funcionó sin ningún problema aparente.

—Muchas gracias, señor—dijo Guillermo—. Tuvimos suerte en encontrarlo. ¿Está seguro que no quiere que le demos algo por el aceite?

—No faltaba más. Estoy seguro. La compañía no va a echar de menos un par de botes.

—¿Y a quién le debemos esta bondad?—dijo la mujer—. ¿Cómo se llama usted?

—Cris…

—¡Cristóbal!—exclamó Dolores.

El hombre sonrió, complacido.

—Sí… Cristóbal de la Cruz. A sus órdenes. Soy el sereno de la compañía constructora.

Ella le estrechó la mano con efusión, así como Guillermo.

—Denle las gracias a este señor—les dijo la madre a sus hijos, los cuales habían despertado— Él es un verdadero samaritano.

Nuevamente en camino, Dolores le aseguró al marido de que eran testigos de un milagro. Un auténtico milagro.

—No cabe duda. ¡Era San Cristóbal!

El marido no estaba convencido.

—No sé, mujer, pero sí diría que es un hombre generoso.

—Por Dios, Guillermo. No te arrodillas ni cuando ves venir la tempestad. Fue San Cristóbal. A mí no me cabe la menor duda. ¡Qué casualidad que se llamara Cristóbal!

—Bueno, nunca se sabe. Tal vez tengas razón.

En el campamento de los obreros, entre los vehículos de las obras, un barbudo le dijo al otro:

—¿Y qué diantre se te metió que los dejaste ir? ¿Cómo es que se te ablandó el corazón?

—Hombre, ¿no viste que me tomó por San Cristóbal? La mujer casi se me hincaba. No sé, me dio lástima. Y luego con los niños; no tengo el corazón tan duro.

—Pues ahí perdimos algo.

—¿Qué íbamos a perder? ¿No viste la cara de pobretones que tenían? Y el coche era casi un cacharro… No valía la pena.

Como era la costumbre de los hermanos, el plan había sido distraer a la pareja y, tras una seña del hombrón, el otro barbudo apuñalaba al marido. Pero el hombrón nunca dio la seña; al contrario, gritó: “Apártense, sombras”, que era la forma de comunicarle al hermano menor que había que desistir cuando se sospechaba que el viajero o viajeros andaban armados o sería demasiado difícil agredirlos.

—Y tú que te hiciste llamar Cristóbal—dijo el hermano, mofándose—. Si te llamas Crisóstomo.

—Fue ella… ¿Qué no oíste? Fue ella la que me llamó así.

Los dos se rieron con franqueza.

—Oye… y la mujer no tenía malas carnes, ¿viste?

Crisóstomo, reflexionando sobre lo ocurrido, no contestó. A lo mejor por unos momentos había sido San Cristóbal. No se lo explicaba. Le dio por ayudarlos, hacer el papel del buen samaritano. Él mismo no lo podía creer.

—Ayúdame, pues, a deshacernos del vehículo—dijo el hermano mayor—antes que amanezca y comiencen a llegar los obreros.

En la oscuridad, alumbrando el camino con una linterna de mano, se dirigieron a un coche relativamente nuevo y se sentaron en el asiento delantero. Atrás se encontraban los cadáveres ensangrentados de un hombre y de una mujer.

Como de costumbre, echaron a andar el coche y lo condujeron a la orilla de un despeñadero. Ahí trasladaron los cuerpos al asiento de enfrente y con cierto esfuerzo empujaron el vehículo hasta que rodó por el escarpado y fue a dar en el fondo de una cañada, hundido entre peñascos y matorrales.

Mejor sepultura no podrían tener, pensaron los hermanos. Y si algún día un cazador encontraba la carrocería destrozada, de la pareja no quedaría nada, a no ser un par de esqueletos calcinados.

Desde su empleo como serenos, los hermanos llevaban más de diez homicidios, y los bienes—entre aparatos, joyas y dinero—ya montaban a un pingüe caudal. Ahora era cuestión de saber cuándo abandonar el empleo y pasar a otro lugar. Al fin y al cabo, con lo que habían acumulado podrían vivir cómodamente por mucho tiempo.

—Nos echamos un par de pichoncitos más y nos largamos—dijo Crisóstomo—. No hay que arriesgarnos. No quiero que nos vaya a coger la autoridad.

—¿Quién se va a dar cuenta de lo que hacemos? Por aquí nunca pasa la policía—dijo el hermano.

—No hay que ser tontos. Nada dura por siempre.

—Bueno, si desconfías, haremos lo que tú digas.

—Un par de pichones y ya. ¿Sí?

—Está bien.

—Pero hay que escogerlos con cuidado. De estos pobretones de hoy no habríamos sacado ni para los cacahuates.

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