Lydia Bernal LP 3

Bernal, Lydia

Lydia Bernal (Madrid, 3 de diciembre de 1976). Licenciatura en filología inglesa con especialidad en lingüística por la Universidad Complutense de Madrid. Lydia posee, además una maestría en la enseñanza del español como lengua extranjera entre otros estudios. Su extensa carrera profesional en el ámbito de la docencia incluye diferentes países de Europa como España, Inglaterra, Francia, Suecia y, actualmente, Dinamarca donde trabaja en la Copenhagen International School de esa ciudad donde conduce el Programa de Diploma de español.

Paralelamente a su vida profesional ha ido compaginando su siempre presente interés por la escritura del que ha resultado una extensa producción de relatos cortos, algunos de los cuales ya han sido publicados por revistas como “L´incertain” o “Revista de aquí”.

Desde dentro

“…no hay tristeza amputada de esperanza
ni alegría sin ásperos presagios
la pobre vida es una encrucijada
de regocijos y fracasos”

–Mario Benedetti, La Tristeza

Y llegó el día entre aquella total oscuridad, rodeada de líquido, todavía en el vientre templado de mi madre en el que sentí que alguien desde un lugar muy lejano susurraba palabras para hacerme saber que muy pronto tendría que tomar la decisión más importante de mi vida porque de ello dependería el resto de mi existencia.

La voz me dijo que llegaría el día en el que ya no podría jugar a las muñecas porque sería demasiado mayor. Dijo que llegaría el día en el que dejaría de sonreír y ser feliz por las cosas simples de la vida porque todo se complicaría y tendría que sonreír aunque no quisiera. Me dijo que dejaría de soñar, porque me daría cuenta día tras día de que los sueños no existen. Que dejaría de comer caramelos porque del placer que me aportaría comerlos, nacería la conciencia. Que cambiaría el color rosa, por el negro. Que dejaría de hacer pompas de jabón en la bañera, porque siempre tendría prisa. Perdería para siempre la cálida seguridad de la mano adulta al cruzar la calle por la fría visión del semáforo. No volvería a usar zapatillas de velcro porque aprendería a atar cordones. No más fiestas de cumpleaños, no más plastilina, no más dedos en la nariz. Adiós al orinal, al oso de peluche y a las rodilleras. Nunca volvería a disfrazarme porque ya no tendría sentido hacerlo. Cambiaría el lápiz por el bolígrafo y la leche por el café; mis amigos por un novio; mi desnudez por las convenciones sociales y mi belleza que un día pensé inquebrantable por el qué dirán; los cuentos y tebeos por los periódicos; los consejos por la responsabilidad; la cartilla del colegio por las letras del banco; las meriendas con Nocilla por la sacarina; el babero por las servilletas; la pelota por las sumas y las restas; la libertad del folio, por la rigidez de los cuadernos de caligrafía; Papa Noel y los Reyes Magos por los padres. Tendría que aprender a llorar por necesidad, a heredar las preocupaciones, a valorar los sábados y los domingos y a olvidar todo lo existente entre el lunes y el viernes. Tendría que aprender qué significa el tiempo, para medir con él hasta el último segundo de mi existencia en este mundo.

Y mucho tiempo después de todo lo que aquel extraño me susurró, supe que tenía razón, que me advertía todo aquello porque yo aún estaba a tiempo de salvarme, de ser algo diferente, porque yo podría escoger y escogí. No lo escondo, muy al contario, estoy orgullosa de mi elección, aunque la gente se quede mirando con compasión la perenne sonrisa en mis labios y esa mirada siempre perdida en ningún lugar. Para muchos, los niños como yo somos simples fallos de la naturaleza, lo cierto es que pudimos hacer nuestra elección, como el resto y nunca nos arrepentimos.

Es verdad que la primera vez que salí del vientre de mi madre lloré, pero desde entonces jamás he dejado de sonreír y ser feliz, porque yo escogí la mejor manera de vivir en este mundo, en esa delgada línea que divide a los locos de los cuerdos: siempre niña.

El camino

“La compasión viene a ser el antídoto
del suicidio, por ser un sentimiento que
proporciona placer y que nos suministra,
en pequeñas dosis, el goce de la superioridad”.

–C. José Cela, La Colmena

Nadie le preguntó, así que se sentó justo al lado de la ventana.

Multitud de gotas de agua se agolpaban al mismo tiempo, resbalando por el cristal en la noche oscura, llena de helada humedad.

Tiritando en una mezcla diabólica entre miedo y frialdad, avanzando hacia la nada en ese coche desconocido, con esa sensación de llegar tarde a algún sitio.

Nadie decía nada. Todo el mundo guardando un silencio sepulcral, casi mudos, respetándose en su dolor, dejando que solamente quedasen las miradas, fijas en ninguna parte, tan cargadas de tristeza y con la sensación de lo que ya casi se empieza a olvidar, pero que de alguna manera permanece. El camino.

Varios días sin comer, llenándose cada vez más de esa debilidad que precede al peligro de acercarse demasiado a lo que uno sabe que no debe acercarse y que finalmente vence cuando aquel extraño le ofreció unas migajas de amor para engañarle a subir al maletero de una furgoneta llena de extraños.

No merecía la pena seguir luchando, todo había terminado allí mismo en aquel maletero, en aquel instante, cuando recordó. El camino. La cama esponjosa que había dejado paso a la humildad y el frío cartón.

El camino. Ese final que se recorre con la esperanza de que algo suceda y nunca llegue a su fin, pero que sabemos es inevitable.

Ahora ya era la segunda vez. No habría salida y lo sabía, conocía el camino. Así pues, derrotado por el recuerdo, acomodó sus enormes patas y se tumbó a lo largo del suelo de la furgoneta advirtiendo por primera vez el reflejo de su hocico húmedo en el cristal de la ventana y gimiendo, gimiendo lleno de tristeza contra la injusticia de aquel mundo que le daba la espalda mientras el resto de los pasajeros comenzaban a ladrar.

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