Enrique Cortazar LP 3

Cortazar Gaytán, Enrique

Nació en la ciudad de Chihuahua, Chihuahua. Estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Chihuahua, la Maestría en Educación y Literatura en la Universidad de Harvard y el doctorado en Literatura Hispanoamericana y Española en la Universidad Estatal de Nuevo México, en Albuquerque. Por más de 30 años este poeta escogió las tierras de El Paso del Norte como centro de operaciones para su proyecto de vida y su inquietud de realizar eventos dignos de esta ciudad, como pudo. Desde el anonimato, empezó a traer y presentar en Ciudad Juárez conciertos, obras de teatro y, en general, espectáculos de primer nivel con la presencia siempre de destacados artistas, escritores y representantes de las diferentes disciplinas de las Bellas Artes con prestigio nacional e internacional. En este momento ocupa el cargo de Agregado Cultural en el Consulado de México en Phoenix, Arizona.

Entre su obra publicada destacan: Mi poesía será así (1976), Otras cosas y el Otoño (1977), Poemas legibles (1983), La vida escribe con mala ortografía (1987), Ventana abierta (1988), Mientras llega la claridad (1988), Suicidio aplazado (1993) y Variaciones sobre una nostalgia (1998). Otoño en las calles, su último libro de poesía, se publicará este año, con traducción al francés, en Québec, por Écrits des Forges y por Mantis Editores.

Octavio Paz, el hombre, el maestro y el amigo

 

Indiscutiblemente que al pronunciar el nombre de Octavio Paz, nadie, al menos en el mundo de las letras y del pensamiento, puede permanecer indiferente. Se manifiestan y suman admiradores desbordados, como también detractores a ultranza. Van desde quienes lo consideran un traidor de sus convicciones de juventud, vinculadas al Partido Comunista Mexicano, considerándolo un entreguista a los intereses del capitalismo explotador en su madurez, a través de sus múltiples apariciones en la cadena televisiva más importante de México y Latinoamérica, encabezada por la familia Azcárraga: Televisa, emisora de los valores de la clase dominante en nuestro país.

También existen detractores, aunque en menor cuantía, que consideran al Paz poeta, como un autor demasiado cerebral, de textos poéticos muy pensados, carentes de emoción y que, sin embargo, lo reconocen por la lucidez de su obra ensayística, llegando a afirmar que Paz, como ensayista, es mejor poeta, subrayando así los contenidos o expresiones poéticas de sus ensayos. También se le critica por sus afanes belicosos, por su agresividad y su tendencia a formar grupos dependientes de los dictados de su voluntad; alguien me comentó que Paz no buscaba amigos, sino discípulos.

Es incuestionable que Paz evolucionó políticamente y que se vehemencia de la época de las brigadas internacionales durante la guerra civil española, se fue transformando en una postura, si no más conciliadora, sí a la de un intelectual independiente, lejano a las contaminaciones ideológicas y partidistas, asumiendo la postura de un crítico objetivo de su entorno, distante a las prebendas del poder político.

También hay algo de verdad en cuanto a que su poesía en general, está más vinculada a cierto pensamiento lógico, que a la efusividad emotiva, por ejemplo, de un Sabines, sin que por ello deje de ser un gran poeta, como también es cierto que al leer sus ensayos, al menos a mí me sucede con frecuencia, uno experimente emoción ante su capacidad de síntesis y metaforización de sus reflexiones y propuestas.

En cuanto a su carácter impulsivo y un tanto belicoso, es público y bien sabido que su intolerancia y hasta su ego se pusieron en evidencia cuando al no ser invitado a varios encuentros de escritores organizados por CONACULTA a principios de los 90’, acudió ante el Presidente Salinas de Gortari para que destituyera al Director de este organismo regidor de la cultura en México. Me refiero a Víctor Flores Olea, quien fue removido de su cargo, según se dice, a petición de Paz. Otro hecho lamentable, y que fue públicamente debatido, fue la agresión contra Carlos Fuentes desde la revista “Vuelta” que Paz comandaba, utilizando a su subalterno Enrique Krauze para tal fin, llamando a Fuentes con el calificativo denigrante de “el guerrillero dandy”. Y para cerrar este rubro recordemos su airada polémica con el gran Monsi en la revista “Proceso”, debate en el que llegó a afirmar que Monsiváis era un hombre de ocurrencias, mientras que él, Paz, era un hombre de ideas.

En fin, podríamos ahondar mucho en la personalidad, un tanto, o un mucho, belicosa, ya les hablaré poco más adelante sobre la experiencia personal en este tema con Paz, mi maestro.

Pero vayamos a mi primer encuentro con Paz. Tenía yo 30 años y, después de haber terminado mis estudios de leyes y haber incursionado en la práctica legal durante algún tiempo, me encontraba dando clases en la Universidad Autónoma de Chihuahua, en Ciudad Juárez. Después de dejar la citada práctica legal, estaba entregado tiempo completo al trabajo docente. También por esos días había descubierto los abismos de la poesía al tropezarme con Neruda y, más tarde, con Paz, entre otros muchos grandes poetas.

Me entero que Paz daba clases en la Universidad de Harvard, por un amigo Jesuita, que recién había terminado su Doctorado en esa prestigiosa Universidad. Pronto, y sin pensarlo demasiado, me lancé a solicitar formas de ingreso, a conseguir recomendaciones y a mover todo lo que fuera necesario para lograr mi objetivo final. Tuve que hurgar en mis habilidades de estratega de lo imposible, y así fue que el CONACYT me concedió una beca de estudios y estancia para ingresar a la Escuela de Educación en la emblemática Harvard. Si hubiera solicitado la beca para literatura, jamás me la hubiesen otorgado. Antes había yo investigado que para mi grado de maestría en Educación, podía tomar el 50% de los cursos donde mi interés personal me lo dictara, así que me inscribí en el Departamento de Lenguas Romances y Literatura. “La tradición del poema largo en literatura moderna de lengua española”, fue el título del curso dictado por Paz, en donde de inmediato me inscribí.

El primer día de clases llegué al salón después de trastabillar por edificios, jardines y pasillos. Allí estaba el gran Octavio Paz, rodeado por un pequeño grupo de admiradores y próximos discípulos. Minutos antes de esta primera clase, platicaban con gran entusiasmo sobre diversos temas relacionados con el curso por iniciar. Me acerqué al grupo y alcancé a oír que, dirigiéndose a una señora guapa de molote, con “evidente acento y elegancia ibérica”, le decía que no había seleccionado ningún poema de su padre, pues consideraba que no tenía en su obra ningún poema suficientemente largo.

Terminó aquella primera clase, la cual grabé subrepticiamente, sin que Paz se diera cuenta, escondí el micrófono en la manga de mi camisa y la pequeña grabadora “General Electric” la coloqué debajo del asiento. Al finalizar le pedí me permitiera grabar su clase, mi argumento fue contundente: “Sé que nunca lo tendremos en Chihuahua, así que por lo menos denos el privilegio de tenerlo a través de su voz…” Recuerdo que me dijo, palabras más, palabras menos, “me va a restar espontaneidad. Déjeme pensarlo…”. A la siguiente clase me presenté resuelto a insistir y mi argumento ahora, aunado al anterior, fue: “nunca se dará cuenta que lo estoy grabando, pues esconderé debidamente la grabadora y el micrófono, y así no le causaré ninguna incomodidad…”

Creo que este último argumento, aunado a mi acento norteño, lo llevaron a considerarme suficientemente confiable y honesto, y por lo mismo digno de grabar su curso. Cuento con más de 20 horas en cassettes con su voz y los diálogos que sostuvimos, sobre temas muy diversos, antes y después de cada clase.

Al terminar la sesión de ese día, me acerqué a la señora guapa de molote “con acento y apariencia ibérica”, preguntándole quién fue su padre, al que Paz se había referido en la primera clase. Ella sólo me dijo “mi padre fue el poeta Pedro Salinas”. Confieso que no lo había leído, pero sabía quién era: desterrado poeta de la generación, o más bien del grupo del 27 en España. Después mi amistad con Doña Solita Salinas de Marichas, se fue acrecentando. Estaba yo ingresando al mundo de las ligas mayores de la literatura sin bat ni guante, sólo con mi curiosidad como ariete para entrar cada día más a fondo.

II

Paz en clase, sobra decirlo, era brillante y contundente. Su capacidad de análisis y de escudriñar las entretelas de los poemas propuestos en su curso, nos llevó, por ejemplo, a descubrir la grandeza, sin escatimar debilidades, de uno de los poemas emblemáticos de la vanguardia latinoamericana: Altazor.

Paz siempre hacía referencia a su relación de amistad o de simple conocimiento con los autores de los poemas analizados: Jorge Guillén (Más allá); José Gorostiza (Muerte sin fin); Federico García Lorca (Muerte de Sánchez Mejía) y Neruda (Alturas de Machu Picchu).

Con frecuencia manifestaba sus simpatías, así como sus discrepancias, con dichos autores. Por ejemplo, su devoción por Jorge Guillén lo llevó a preguntar en clase a un alumno que se refería a Guillén si hablaba de “Guillén el bueno o el malo”. Por supuesto que, desde la perspectiva de Paz, Nicolás era el malo, de quien afirmó también, que no escribía poesía, sino que la bailaba.

Recuerdo que alabé a Neruda recitándole, al terminar una clase, un fragmento de “España en el corazón”: “desde mi casa se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero…”. No me dejó continuar, arrebatándome la palabra afirmó airadamente: “que no le cuenten, Neruda vivía en Madrid como un gran burgués”.

Una vez en clase, un alumno argentino, de los que vivían el exilio de su país entre las nieves de Nueva Inglaterra, se refirió al gobierno dictatorial de Videla como un régimen fascista, a lo que Paz, literalmente, montó en cólera, exigiendo a aquel estudiante “que hablara correctamente el español”. “Dígame en donde están las características que definen al fascismo… en todo caso lo de Videla es una dictadura abominable, pero nunca un régimen fascista…”. Aquél compañero jamás volvió a comentar nada en clase.

La atmósfera del salón estaba impregnada de un temor reverencial que provocó que en sus horas de oficina para atender alumnos, estuviera casi siempre solo, leyendo o escribiendo.

Yo aproveché esa circunstancia para visitarlo con frecuencia, siempre, debo decirlo, estaba dispuesto a escuchar mis ocurrencias, o bien, a platicar sobre temas literarios de su vasta erudición. En una de tantas ocasiones, casi seguro de cómo iba a reaccionar, me presenté a su oficina con un poema emblemático de la corriente social en España, poema de Gabriel Celaya titulado “La poesía es un arma cargada de futuro”, y pareció que más bien estaba cargada de pólvora, pues ante mi entusiasmo por aquel poema, Paz literalmente se volcó en indignación y parándose violentamente, me extendió la mano diciéndome: “Cortazar, cuando venga le suplico que no hablemos de poetas de tercera, así que hasta luego…”.

Seguí visitándolo y hablamos de poetas como Ramón López Velarde, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, Marco Antonio Montes de Oca, Gerardo Deniz, etc., todos de su gusto personal, y por supuesto de mi gusto también.

A partir del desacuerdo con la poesía social, opté por irme más temprano de lo usual al salón de clase y escribir en el pizarrón un fragmento de varios de los más importantes poetas de la España convulsionada por la guerra civil: de Blas de Otero, José Hierro, Rafael Alberti o el propio Gabriel Celaya, poetas con los que Paz tenía un profundo desacuerdo.

Escribí de manera clandestina durante el resto del semestre dichos fragmentos, sin mencionar a quién pertenecían. Paz inició a partir de entonces sus clases comentando los fragmentos, en muchas ocasiones celebrando su acierto y sabiduría poética. Preguntándose quién sería el que escribía aquellos textos. En una ocasión dijo que lo más probable era que el autor de esa actividad poética clandestina fuera yo. Gracias a mi aparente tranquilidad ante esa afirmación, la duda continuó. Cuando nos despedimos, al terminar el curso, le confesé mi atrevimiento, al tiempo que le expresé que lo había hecho con la intención de desprejuiciarlo a favor de los poetas sociales. Ya para entonces nuestra amistad había cuajado, y recuerdo que afirmó: “bueno, deme usted un buen poeta, y el tema será lo de menos”, afirmando el caso de Cesar Vallejo, como muestra definitiva de lo expresado.

III

En una ocasión que fui a buscarlo a su casa, me encontré un sobre roto y humedecido por la nieve, justo en la banqueta fuera del buzón, lo tomé con la intención de entregárselo en sus manos a Don Octavio, sólo que no estaba en casa en ese momento, así que lo guardé en mi bolso de piel rústica donde cargaba mis libros de clase. Al darme cuenta que el sobre manila estaba prácticamente abierto, me dispuse a ver su contenido: un libro del poeta Marco Antonio Montes de Oca, con quién Paz tenía una cercana amistad. En la dedicatoria, que era más bien una carta, Montes de Oca le expresaba entre otras cosas, que el bueno para las elecciones presidenciales, que estaban en puerta en México, era el Secretario Moya Palencia, insinuándole que había que darle el apoyo correspondiente. Esta apreciación era un “secreto a voces” en el ambiente pre-electoral, sin embargo, y para sorpresa de muchos, el elegido por el “clásico dedazo” de la entonces política electoral mexicana, fue José López Portillo. Este hecho evidenció que la tal lejanía respecto del poder, al menos por el grupo de intelectuales que Paz comandaba, era sólo una declaración retórica, fuera de la realidad.

IV

La gente decía que ese invierno de 1976 había sido uno de los más agresivos de los últimos 20 años en Boston, era el 11 de octubre y la primera nevada tapó hasta el respaldo las bancas de los parques. Así viviríamos sumergidos en el frío y la nieve por varios meses.

Debe haber sido mediados de noviembre, cuando enfermé de una gripe que me aisló del mundo por una semana. Vivía en la calle Mount Auburn, a dos cuadras de Harvard Square, de esos viejos edificios con una jaula de metal al centro por elevador, y sin interfón. Leía, sintonizaba un radio de onda corta, donde escuchaba a Fidel Castro con sus emotivos e interminables discursos, o bien me deleitaba con la música tradicional mexicana transmitida en esa frecuencia por la XEW. A ratos observaba por las ventanas de mi quinto piso aquel gélido paisaje urbano donde la gente, ataviada como robot, pasaba apresurada con destino al próximo refugio de temperatura más amable.

Una tarde temprano. aún la luz era clara, vi pasar por el callejón de al lado a mi Maestro Octavio Paz, llevando un pequeño bulto en los brazos. Cambridge es un suburbio en el que se camina, sus distancias son cortas, así que supuse que Don Octavio tal vez había pasado por algunos víveres a una “corner store” que estaba junto a mi edificio. Mi sobresalto fue intenso al oír el timbre del apartamento. Bajé lo más rápido que pude y mi sorpresa se duplicó al ver a Don Octavio por el cristal de la puerta de acceso principal al edificio, lo invité a pasar, a lo que dijo: “Gracias Cortazar sólo vine a ver como sigues de salud y si no se ofrece algo, pues lo hemos extrañado en clase”. Después de agradecerle aquel detalle y despedirlo, prometiéndole que la siguiente semana iría de nuevo a clase, subí por el viejo elevador metálico, mientras ascendía viendo cada piso y las escaleras que lo rodeaban, pensé: sí, Octavio Paz es mi amigo. (Durante mi reclusión a causa de la gripe, acudí a un amigo-cómplice, de apellido Stork, para que en mi representación plasmara los textos poéticos clandestinos en el pizarrón). Ese invierno crudo de 1976-1977, se confirmó mi apreciación, fui invitado por el propio Paz y Mary José a cenar la noche de Navidad en su casa. Allí compartimos la cena con otros dos estudiantes mexicanos que asistían a la escuela de economía y mi amiga-novia Italo-Irlandesa, María Naples.

Después de mi regreso a Cd. Juárez, en repetidas ocasiones platiqué con él, ya fuera por teléfono o bien personalmente en su casa de Lerma 143 de la Colonia Cuauhtémoc, o posteriormente, en su departamento de Paseo de la Reforma 369, de la Cd. de México, siempre dispuesto y amable. Disposición que tuvo su prueba de fuego cuando le solicité varias cartas de recomendación para iniciar mis estudios de Doctorado, firmando mi compromiso de nunca tener acceso a dichas cartas, para que así él pudiera expresar lo que quisiera de mi persona. Inferí lo que las citadas cartas expresaron por las respuestas de varias universidades, por ejemplo, la Universidad de Boston me otorgó un Fellowship y de 3000 solicitudes de ingreso ese año, sólo 30 aspirantes fuimos admitidos; igual en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, me abrieron las puertas prácticamente de par en par sin tener que presentar examen alguno. Decidí mi ingreso a UNM, motivado por mi expectativa de ser discípulo del poeta Ángel González que allí enseñaba.

El verano de 1977, cuando nos despedimos de Cambridge, recuerdo que me dijo, mientras tomábamos una cerveza con una montaña de papas fritas en “Charles’ Kitchen”, “invíteme a la Universidad de Chihuahua y con gusto iré”. Ofrecimiento que nunca fue posible concretar debido a múltiples razones, que Paz expresaba siempre con cierto pesar. Habiendo quedado finalmente, con el sabor de aquel bar irlandés, el sabor del amigo y gran Maestro que siempre contestó el teléfono y me abrió su puerta y me extendió su mano, a pesar de mi gusto y preferencia por la poesía social de España.

Enrique Cortazar
Phoenix, Arizona, Mayo 2014.

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