Manuel Bernal de Huidobro LP 3

Bernal de Huidobro, Manuel

Gobernador de Sonora y Sinaloa de 1734 a 1741

Manuel Bernal de Huidobro Gobernador de las Provincias de Sonora y Sinaloa. A la muerte del general Rezábal fue nombrado capitán interino del presidio de Sinaloa en septiembre de 1723, tomando en cuenta los servicios que había prestado al ejército en España. A propuesta del gobernador de la Nueva Vizcaya se le expidió despacho en propiedad para el citado cargo por el virrey Juan de Acuña marqués de Casafuerte, así como de gobernador de la Provincia de Sinaloa y jefe militar de las costas del Mar del Sur. Con motivo de la visita que practicó en 1725 el brigadier Pedro de Rivera a todos los presidios septentrionales en su informe consignó sobre Bernal de Huidobro los siguientes conceptos: “…Pasé al Presidio de Sinaloa en el que no encontré gran cosa digna de reparo, a causa de que el Capitán que lo comandaba y era Gobernador político de la Provincia, es tan íntegro en el desempeño de su comisión que no hubo cosa que corregirle en ella, sino el exceso en los precios de los géneros con que se aviaban los soldados; pero como éstos no excedían del corriente de aquella Provincia, no parecía grande el abuso, ni siendo dicho Capitán cómplice en el que había de los costos que por la cobranza del situado se les recargaba…” Tuvo a su cargo también la vigilancia de la visita anual a la región de la Sierra Tarahumara, la Tepehuana y la Tubariza, en jurisdicción del actual Estado de Chihuahua; sometió a los tubaris obligándolos a volver a sus pueblos y expedicionó hasta Opodepe con motivo de los excesos cometidos por los seris. Al instituirse la Gobernación de Sonora y Sinaloa por Real Cédula expedida el 14 de marzo de 1732, con las provincias citadas y las de Ostimuri, Culiacán y Rosario, fue designado primer gobernador y capitán general, habiendo tomado posesión en los primeros días de 1734. Antes de recibirse hizo un viaje expreso a Guadalajara y trajo cantidad considerable de papel sellado a fin de que se usara invariablemente en todas las actuaciones, cuando se concluyó; habilitó personalmente otra cantidad y dispuso que los jueces reales llevaran cuenta detallada de todo el que se consumía con objeto de evitar fugas al erario real; visitó todas las provincias de su mando, habiendo organizado las compañías de milicianos bajo el mando de jefes idóneos y responsables, procuró corregir abusos y anomalías e impuso el empleo de las pesas y medidas autorizadas por reales ordenanzas, eliminando las que no cubrían estos requisitos. Dispuso que en todos los pueblos de Misión los naturales se dedicaran a construir las casas indispensables para habitar con sus familias, durmieran en tepextles, asistieran a la doctrina los días señalados por los misioneros, sembraran oportunamente sus labores y se dedicaran a la crianza de ganados mayores y menores. También les impuso la obligación de ayudar a la carga y descarga de la balandra en el paso del río Yaqui, frente al pueblo de Huírivis; dio instrucciones para evitar quemazones en los campos, mandó construir una cárcel en el mineral de Baroyeca para asegurar a los criminales y sacó a los seris de sus guaridas y los mandó al interior a trabajar en los obrajes. Personalmente asumió el mando de las armas para combatir a las tribus rebeldes, llevó sus armas hasta la región de California y estuvo en contacto con los misioneros. Poco después pugnó con éstos en virtud de que trató de evitar su intromisión en asuntos netamente administrativos y los inculpó de haber soliviantado a los yaquis. También fue acusado por el abandono del mineral de baroyeca en 1740 adonde entraron los indios y cometieron numerosos excesos y pidieron su remoción del Gobierno que fue acordada a principios de 1741 en que lo substituyo Agustín de Vildósola.

(Wikipedia)

Informe sobre la rebelión de los yaquis

Manuel Bernal de Huidobro

Septiembre 4 de 1740

DOCUMENTO ORIGINAL

AGI, Guadalajara 88, ff. 530-37.

Excelentísimo señor:

Señor, habiéndose sublevado por el mes de marzo de este año, las naciones de indios yaquis y mayos que habitan esta provincia de Sinaloa y la de Ostimuri, como pertenecientes a la gobernación de mi cargo, ocurrí al reparo de este movimiento, así con las armas y soldados del real presidio de Sinaloa, como con los de las compañías milicianas de dichas provincias que pudieron ser habidos. Pero como dichas naciones son tan numerosas, y las fuerzas que su majestad tiene para resguardo y defensa de estas provincias tan débiles, que sólo se reducen a treinta soldados (a que el brigadier don Pedro de Rivera dejó reducida la compañía de mi comando). Porque aunque la necesidad me ha obligado a formar compañías milicianas en las poblaciones grandes de esta gobernación, todos los más que las componen no tienen asistencia fija y continua en sus domicilios. (Por ser unos operarios de minas y haciendas de sacar plata; otros, arrieros; y otros de varios ministerios, que, para buscar lo que necesitan, se ven obligados a salir de sus casas a trabajar por temporadas en los lugares y reales de minas donde hallan más comodidad.) De que resulta que cuando son necesarios para alguna urgencia no se hallan, como ha sucedido en la presente ocasión. Y por estos motivos no me fue posible reparar el incendio de la sublevación, cuya fuerza reconocida, y la desigualdad de las que yo podía facilitar.

Resolví dar cuenta de todo lo acaecido en esta razón al ilustrísimo y excelentísimo señor antecesor de vuestra excelencia, como lo ejecuté en consulta que le despaché con correo desde el real de Baroyeca el día 26 de mayo de este año. Y habiéndose vigorizado la sublevación, de forma que me fue preciso retirarme a este real de los Alamos con los pocos soldados y vecinos que me acompañaban, entre quienes no había más que cuarenta y siete escopetas. Y los vecinos del real de Baroyeca, los del Río Chico, y el de Curea, se vieron precisados a desertarlos por no ser víctima de la bárbara audacia de los enemigos, como les sebiedió [sic: sucedió] a algunos del real de Baroyeca, que incrédulos, o confiados, se quedaron en él, y pagaron con las vidas su omisión.

En cuya vista hice nueva consulta a dicho ilustrísimo y excelentísimo señor, dándole cuenta de los insultos cometidos por dichos indios hasta el día 23 de junio. Y de cómo había despachado dos correos a la villa de San Felipe, el real de Chihuahua, pidiéndole por vía de exorto y requerimiento al gobernador de la Vizcaya me auxiliase con los soldados de aquellos presidios, vecinos e indios tarahumara que pudiese. Y que al teniente del presidio de Corodéguachi (por muerte de don Juan Bautista de Anza, su capitán) le ordené concurriese con cuarenta soldados de aquella compañía a esta expedición, dejando en lugar de los que destacase otros tantos de la compañía miliciana de aquella provincia, que le ministrase el sargento mayor don Agustín de Vildósola, a quien así mismo ordené concurriese al propio efecto con los demás milicianos que pudiese juntar. Y que había librado despachos para que los alcaldes mayores y justicias de todos los distritos de esta gobernación me despachasen con la brevedad posible los socorros de gente que pudiesen. Para cuyo transporte y manutención tenía expedidas todas las providencias que habían parecido más adecuadas a su consecución, pero que, sin embargo de todo, hasta aquella fecha no había conseguido el que viniese ninguno de dichos socorros.

Expresando así mismo la consternación en que me hallaba por haberse difundido la sublevación hasta los pimas bajos, guaymas, batacosas, tepahuis, y naturales del río del Fuerte, cuyo excesivo número me había obligado a reducir toda la gente de armas de estas dos provincias a tres cuarteles, que son la capital de Sinaloa, la villa del Fuerte, y este real de los Álamos, teniendo cerrados los caminos para la comunicación, especialmente con dicha provincia de Sonora. Y que me recelaba de que los rebeldes consiguiesen atraer a su devoción las demás naciones circunvecinas hasta la Tarahumara por los frecuentes mensajes y tlatoles con lo que solicitaban, para cuyo reparo pedí a su excelencia las providencias a que no podían extenderse mis facultades.

Después de haber despachado a ese superior gobierno la citada consulta de 23 de junio, recibí cartas escritas a los 22 del mismo, en el pueblo de Tecoripa, en que el teniente de la compañía del presidio de Corodéguachi y el sargento mayor miliciano, don Agustín de Vildósola, me dan cuenta de que, habiendo tenido noticia de la sublevación de los yaquis, habían ocurrido a reparar sus hostilidades al pueblo de Tecoripa, fronterizo a las tierras de dichos alzados, dicho teniente con una escuadra de soldados de la compañía de su cargo, y dicho sargento mayor con otra de milicianos de aquella provincia. Y que sin embargo de haber recibido en dicho pueblo las órdenes que les había yo remitido, esperaban lo reiterase, en vista de sus cartas, y hallarse a tanta distancia del presidio, en cuyo ínterin se mantendrían en dicha frontera de Tecoripa.

El día 18 de junio [sic: 18 de julio] llegó a este real el alférez miliciano don José de Usarraga, convoyando dos correos, con quienes, por sus cartas, fechas el día 6 de dicho mes, me dan cuenta dichos teniente y sargento mayor, de que el citado día avanzaron aquella guarnición los enemigos yaquis, coadjuvados de los guaymas y pimas bajos, hasta del mismo pueblo de Tecoripa. Y que habiéndose puesto los nuestros en defensa, rechazaron a los contrarios, hasta obligarlos a que se retirasen a costa de muchos que quedaron muertos, y otros que escaparon heridos; y así mismo me insinúan dichos don José, y don Agustín de haber aprendido 12 indios de aquel pueblo, el de Suaqui, y otros comarcanos.

El citado alférez don José de Usarraga me informó de que, pasando el día 15 de dicho mes de julio por el expresado pueblo de Tepahuis, (cuyos naturales, como llevo dicho, están confederados con los yaquis) le salieron al encuentro con sus armas, precisándole a que, usando de las que traían dicho alférez y los suyos, matasen e hiriesen algunos de dichos indios, quienes se pusieron en fuga. Y habiendo aprendido a uno de dichos tepahuis, continuó dicho alférez su marcha hasta este real, de donde salió el día 19 del mismo, y el siguiente, habiendo llegado a sestear poco más de un cuarto de legua de un pueblo nombrado Conicari, les avanzó improvisamente el enemigo, que estaba abrigado de lo espeso de aquellos montes. Pero sin embargo, fueron rechazadas sus armas de las nuestras, que entre la gente de dicho alférez, una escuadra de diez y seis soldados y vecinos que yo envié de convoy para mayor seguridad, y otros pasajeros que se agregaron, componían como cuarenta hombres, de los que quedaron ocho heridos (los cuatro de riesgo, aunque ya están fuera de él), y entre ellos dicho alférez. De los indios, fueron muchos heridos, y quedaron muertos nueve o diez, uno de los cuales, y fue el que más se señaló, fue el capitán de aquella escuadra, a quien le quitaron la cabeza. Y habiendo retrocedido la marcha a este real la trajeron, y a un negro esclavo que tenían prisionero dichos indios, el que, examinado, declaró todo lo que sabía en orden a los movimientos, intención y disposición de los enemigos.

Quienes, juntos con los saguis de los pueblos de Tehueco, Sivirijoa, Charay, Mochicahui, San Miguel, y Ahome, avanzaron la villa del Fuerte de Montesclaros, que dista veinticinco leguas del presidio de Sinaloa, el mencionado día 28 de junio. Pero aunque el número de los vecinos era sumamente inferior al de los indios, se defendieron tan valerosamente que los hicieron poner en fuga, dejando muertos veintitrés indios, sin que los nuestros quedasen más que nueve heridos, ninguno de riesgo. Lo que se me dio cuenta por mi teniente de aquel partido, a quien con la prontitud que demandaba la urgencia ministré los órdenes, gente y naciones [sic: municiones?] que parecieron convenientes para la mayor seguridad de aquella villa. Cuya gobernación me ha sido preciso ir reforzando por las frecuentes noticias que me llegaban cada día estar el enemigo alojado en aquellas cercanías, con ánimo de volver a avanzar a dicho fuerte.

Pero no habiéndolo ejecutado, quizá en vista de la prevención con que estaban los nuestros, resolvió dicho teniente enviar en su solicitud cien hombres del cargo de un oficial nombrado Nicolás Valdés, ya yendo sobre la marcha. Antes de llegar a un paraje nombrado el Bacori, donde estaban rancheados dichos indios, les salieron a éstos al encuentro en paraje muy incómodo y boscoso, con cuya ventaja, sin recibir grave daño de los nuestros, los estaban entreteniendo mientras se ponían en salvo sus familias, como se experimentó. Pues habiéndoles hecho retirar a un cerro con pérdida de algunos que murieron y otros que fueron heridos, llegaron los nuestros a Bacori, en donde no hallaron indio, india, ni muchacho alguno.

Con que, habiendo recogido algunos ornamentos y alhajas de iglesia que tenían allí los indios con otras menudencias de corta entidad, determinó el cabo retroceder para el fuerte, por haberles informado dos viejas, que había aprendido aquella mañana, que estaba para llegarles a los enemigos refuerzo de gente, así de los pueblos de aquel río abajo, como de yaquis y mayos, con el aditamento de volver a invadir la villa del Fuerte. Y hallándose con la mayor parte de los caballos inservibles, así por lo rigoroso del tiempo, como por la suma escasez de ellos que generalmente padecemos (por haberse apoderado los enemigos con especial estudio de todos cuantos han podido haber en estos distritos). Y que las municiones que llevaba se habían gastado en la función, no tuvo por conveniente hacerse fuerte en dicho puesto del Bacori, y se retiró a la villa del Fuerte llevando dichos ornamentos, como ciento treinta cabezas de ganado vacuno, y algunas yeguas de vientre.

Que lo más pareció ser perteneciente a la misión de Tehueco, por cuya razón se le entregó al reverendo padre Diego de Valladares, ministro misionero de aquel partido, a quien tenían los indios prisionero. Y, habiendo escapado por particular providencia de Dios, se halla actualmente en dicha villa, a donde he tenido por conveniente despachar a don Francisco Baso, capitán de la compañía miliciana de españoles del real del Rosario, para que, comandando las armas de aquella guarnición, haga nueva entrada en solicitud de los alzados. Procurando sorprenderlos y apoderarse de porción considerable de maízes que han cogido de las cosechas de verano, para con ellos socorrer en parte la suma escasez de bastimentos, que por la esterilidad de los años antecedentes estamos experimentando.

Los alcaldes mayores y justicias del real del Rosario, Copalá, villa de San Sebastián, Santiago de los Caballeros, y valle de Mocorito, jurisdicción de Sinaloa, me despacharon, a costa de sumo trabajo, los socorros de gente que les pedí. Pero como los más son sumamente pobres, y dejaban sus familias pereciendo, desertaron algunos en el camino, y otros después de llegados a este real, donde no me ha sido posible hasta la presente ministrarles más que el diario sustento, municiones, algunas armas, y caballos, porque ni se mantienen en estas provincias ningunos intereses de que echar mano para los crecidos gastos que en semejantes ocasiones se ofrecen. Ni entre los vecinos hay caudales que puedan soportarlos por vía de suplemento, ni yo puedo hacerlo, por haber consumido cuanto tenía en varias expediciones del real servicio, especialmente en la pacificación de las naciones que se habían sublevado en la isla de California, en que estuve entendiendo casi tres años, y se feneció el de 1738.

El gobernador de la Vizcaya, en virtud de mis dos exhortos y requerimientos, me escribe haber despachado cincuenta soldados de los presidios de mi gobernación, al cargo de don José de Idoyaga, capitán de la compañía volante, que reside en el Valle de San Bartolomé, que estaban para salir otros cincuenta vecinos que habían resultado en Chihuahua, bajo del comando del sargento mayor de milicias don José Antonio de Uranga, con órdenes de que, llegado a con [sic] sus destacamentos al paraje en que me hallo, estuviesen a los que por mí se les ministrasen.

Y me avisa que el día 17 de julio recibió carta del capitán don Joseph del Carpio, que lo es del presidio de Janos, en que le da cuenta de hallarse con requerimiento de los padres misioneros de la provincia de Sonora, en que haciéndole presente la sublevación de los yaquis y mayos y confederación con ellos de los pimas altos, y otras naciones, le aseveran estar dicha provincia en la mayor consternación y último extremo de su total ruina, porque le suplicaba impartiese el auxilio a las armas de su comando. En cuya atención ordenó a dicho capitán Carpio, pasase con treinta soldados de dicho su presidio a incorporarse con la gente que tuviese el sargento mayor Vildósola. Y, poniéndose en el paraje donde lo demandase la más urgente necesidad, me diese cuenta y esperase mis órdenes. Mediante lo cual, hago ya al dicho capitán don Joseph del Carpio en la misión de Tecoripa. Y espero lleguen a este real dentro de ocho, o diez días los mencionados capitanes Idoyaga y sargento mayor Uranga con el socorro de vecinos y soldados auxiliares de su cargo.

Pues para que tuviesen algún alivio en su marcha les despaché el día 8 del corriente todas las bestias mulares mansas que pude, y veinte marcos de plata para que comprasen carneros, y libranza a don Manuel Carrasco, vecino del pueblo de Chínipas, para que les proveyese de las vacas que hubiesen menester, por no hallarme al presente con otro refresco que poderles remitir. Caballos no despaché ninguno, porque, como llevo dicho, me hallo tan destituído de ellos que ni a un en qué seguir a los desertores me ha quedado con el continuo trabajo de más de tres meses. Y siendo la cosa más esencial para hacer el servicio, para continuarlo es necesario aguardar a que se reformen los que han quedado.

Fuera de que, con el rigor de tan copiosas lluvias, de ninguna suerte se pudiera continuar la expedición, mayormente en parajes tan pantanosos, boscosos e impenetrables, como en los que se hallan fortificados los enemigos, quienes tienen bien reconocido que sólo en parajes tan ventajosos le pueden hacer oposición a nuestras armas. En cuya atención, hasta el mes de octubre, que esté más enjuto el terreno, no podré entrar en los parajes donde se hallan los enemigos. Porque de lo contrario sería exponer las armas a la contingencia que experimentó en tiempo más al propósito, como es el mes de mayo, un destacamento de cincuenta y seis hombres, escogidos entre vecinos y soldados, que me derrotaron junto al pueblo de Etchojoa, pasando de mi orden, para el de Santa Cruz. Y habiéndole[s] salido una emboscada de enemigos en paraje pantanoso, quedaron muertos cinco. Salieron heridos casi todos, con pérdida de la caballada, que llevaban de remuda, y muchas sillas y armas, de los que no podían salir de los atolladeros.

El día 24 del corriente llegó a este real, de vuelta de esa ciudad, el último correo que despaché, y me entregó tres despachos expedidos por el señor arzobispo virrey, antecesor de vuestra excelencia. Uno para el gobernador de la Vizcaya, me ministrase los socorros que le pidiese, y otro para que los alcaldes mayores y justicias de esta gobernación practicasen lo mismo uno y otro. Está ya verificado, por lo que he suspendido la remisión de dichos despachos. Y si me hubiere de valer de él del citado gobernador, será en caso de que no pueda por otro medio facilitar la concurrencia de indios auxiliares, pues, según me dice, tiene mandado me los ministre el capitán general de la Tarahumara. El otro despacho es en orden a que yo continúe las asistencias que he comenzado a la gente auxiliar. Y que así a los milicianos, como a los demás que yo considerare útiles para el servicio, les asigne los sueldos que tuviere por competentes. Los que han de correr mientras durare la expedición, y que su importancia con la de más gastos que en dicho efecto se causaren, se satisfará en las reales cajas de esa corte, con relación jurada y justificación competente que yo envíe.

Y en carta separada me previene su excelencia que por no haber en los almacenes de ese real palacio fusiles, ni otras armas de fuego con qué habilitar la expedición, tenía dado orden para que se les entregasen a don Gaspar de Alvarado, mi correspondiente, algunas espadas y la pólvora que pareciese necesaria.

A la fecha de ésta se hallan por los enemigos trece pueblos del río de Yaqui, que son: Movas, Jecatari, Cumuripa, Buenavista, Cocorit, Bacum, Potam, Rahum, Torim, Vicam, Huirivis, Belem, y Guaymas. Once del río de Mayo: Batacosa, Tepahui, Macoyaqui, Conicari, Camoa, Cohuirimpo, Tesia, Etchojoa, Navojoa, Santa Cruz, y Tagueri. En el río del Fuerte seis, que son: Tehueco, Sivirijoa, Charay, Mochicahui, San Miguel, y Ahome que todos componen el número de treinta. Así mismo se hallan despoblados, e impedidas de trabajar, las minas de Sivirijoa, las de este real de los Alamos, las de Baroyeca, real del Río Chico, y Potrero, las del de la Ventana y otras, que son las que mantienen estas provincias, pues no hay en ellas otro comercio que el laboreo y beneficio de dichas minas.

Además de lo referido, se halla imposibilitado el comercio y comunicación con la provincia de Sonora. Y aún en ésta desde Sinaloa, no hay ninguna seguridad para transitar de una parte a otra, porque las cuadrillas de indios que andan insultando no sólo a los traficantes, sino las haciendas, estancias, y ranchos, que tienen destruídos, obligados a sus dueños a que las hallan despoblado, sin que haya bastado a contener la abundancia de los enemigos, y reparar semejantes hostilidades, las repetidas partidas y destacamentos que por varias partes salen a recorrer la tierra. Porque como continuamente andan sobre la malicia, y no hacen mansión, sino es en parajes muy acomodados, raras veces los encuentran los nuestros, y si sucede luego tratan de escapar, huyendo a los montes y cerros de que nunca se desabrigan.

Para reparar semejantes inconvenientes, restablecer estas provincias desde Sinaloa hasta la Pimería Alta, (que hay más de ciento y ochenta y cinco leguas de distancia) a la quietud, sosiego, y seguridad que gozaban. Reducir los rebeldes a la sujeción y obediencia en que vivian, y restituir los minerales y haciendas de sacar plata a su corriente, son necesarios a lo menos quinientos hombres útiles y capaces de hacer el servicio, para que los sublevados en los tres ríos no bajarán de doce o catorce mil indios. Y como quiera que para salir en su solicitud es necesario dejar competente guarnición en la capital de Sinaloa, en la villa del Fuerte, y en este real de los Alamos, por si los enemigos gozando de nuestros movimientos los quisieren invadir.

No es capaz de acudir a todas estas distribuciones sino es con suficiente número de gente, y así he resuelto aumentar ciento y cincuenta soldados arreglados que se componen: los treinta del presidio de Sinaloa, cuarenta que he ordenado se destaquen del de Corodéguachi aunque hasta ahora sólo me hallo con la noticia de que había concurrido el teniente don Joseph Gómez con diez y seis), y treinta con que habrá concurrido el capitán de Janos, don Joseph del Carpio, y los cincuenta que envía el gobernador de la Vizcaya con el capitán Idoyaga. Otros trescientos y cincuenta que nominaré entre los auxiliares, milicianos, y vecinos de estas provincias, asegurándole a cada uno el mismo sueldo de cuatrocientos pesos que goza un soldado, porque habiendo de ser igual el trabajo. Y en la presente constitución irreparable, el gasto de caballos, y armas que han de mantener a su costa, y los bastimentos que aún a todo costo no se pueden conseguir por la suma escasez que de ellos se padece, parece deben gozar el propio sueldo; siendo como es preciso el nombrarlos capaces, y oficiales correspondientes al gobierno y número de dichos soldados, les asignaré el sueldo que gozan los de los presidios por militar en ellos las mismas circunstancias.

Verificado el nombramiento de dichos oficiales y soldados que han de practicar tan importante expedición, se ofrece la dificultad de socorrerlos. Porque como llevo asentado en ésta, y expresé con toda ingenuidad al antecesor de vuestra excelencia, ni los caudales de los vecinos ni el mío lo permiten. Por lo que ha sido necesario para los gastos que se han ofrecido hasta la presente, los he buscado a mi crédito entre algunos mercaderes viandantes. Y un don Gerónimo, feliz vecino de este real, me prestó cuatro mil pesos. Cuya satisfacción, y de los demás, es urgente. Para cuyo efecto, y que me venga de esa ciudad lo necesario que en esta ocasión pido a mi correspondiente, dicho capitán don Gaspar de Alvarado, suplico a la providente atención de vuestra excelencia se sirva mandar se me adelanten cincuenta mil pesos, y que se le entreguen al susodicho con la obligación y aseguramiento que convenga. Pues a su tiempo remitiré a esa capitanía general la cuenta de los gastos que se han causado y causaren de aquí adelante en la expedición, justificada y comprobada, como se me manda y he practicado varias veces que ha estado a mi cargo la distribución de intereses reales.

Que en todo procuraré acreditan la experiencia los deseos que me asisten de desempeñar mi obligación en el real servicio, que es el único objeto de mis aten-ciones. Y él que me ha movido hacer tan molesta y difusa narración, porque cer-ciorada la discreta atención de vuestra excelencia de todo lo que ha precedido en esta sublevación desde sus principios, de los medios que se han puesto para contener a los alzados, los que son necesarios para reducirlos, la pujanza de sus fuerzas, la debilidad de las nuestras. Y lo importante que es a la real corona el que no se dejen perder estos dilatados dominios. Y lo que es más, la comunicación y extensión en sus naturales al santo evangelio. Se sirva expender sus acertadas providencias, mediante las cuales espero lograrán estas provincias el beneficio de verse libres de las hostilidades que padecen las armas reales, el desagravio de su abandono, y el rey nuestro señor el aumento de su real erario, y en los reales quintos que le producen estos minerales.

Habíaseme pasado hacer patente a vuestra excelencia como los indios del río del Fuerte tienen prisionero al reverendo padre Francisco Matías de Mazariegos, ministro misionero en la de Mochicahui; los del río de Mayo al reverendo padre Antonio de Estrada, así mismo misionero de la de Camoa; y los yaquis al bachiller don Pedro Martínez de Mendivil, cura actual del real de Baroyeca, con más de cuarenta personas españolas de varios jaeces, especialmente mujeres y niños, que se llevaron de dicho real de Baroyeca y de otras partes, quienes están padeciendo los ultrajes y males tratamientos que puede considerar el experimentado celo de vuestra excelencia. Quien habiendo nacido para columna de la fe, azote de los enemigos de ella, y restaurador de los dominios del rey, le precisa ejercitar su generosa propensión en alivio de estas afligidas provincias y servicio de ambas majestades. Mientras suplico a la divina guarde la importante vida de vuestra excelencia los muchos años que necesitan estos reinos para su aumento y conservación. Real de los Alamos y septiembre 4 de 1740.

Excelentísimo señor a los pies de vuestra excelencia su más rendido súbdito,

―Manuel Bernal de Huidobro.

Excelentísimo señor don Pedro de Castro y Figueroa, mi señor.

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