Armando Miguélez LP 3

Miguélez, Armando

(Santibáñez de la Isla, León, España). Fundador del Academic Language Institute (A.L.I) de Alicante, España. Lleva estudiando la herencia chicana desde la década de 1970 y es uno de los pioneros de los estudios chicanos en España. Su tesis doctoral -”Antología histórica del cuento chicano literario, 1877-1950”- es uno de los trabajos más extensos y citados sobre la cuentística chicana anterior al Movimiento Chicano. En la actualidad reconstruye el legado literario y cultural de los hispanounidenses, identificando, clasificando, analizando, periodizando y criticando sus textos literarios escritos, con el propósito de darle un vuelco completo a la historiografía literaria de los EEUU, pasando a ver ésta más como un todo multicultural que anglocéntrico.

Ha coeditado también La literatura de la Revolución Mexicana en el exilio: Fuentes para su estudio. Desde hace tiempo viene coleccionando una inmensidad de documentos históricos (editoriales, cuentos, ensayos, columnas periodísticas, etc.) de una engente lista de periódicos, desde las Californias hasta el Este del país, en particular la región de Nueva York. Todo este material aparecerá en una nueva Página Web titulada “Hispanounidenses”, codirigida con Justo S. Alarcón.

Piña, Joaquin (Autor) 

Escritor y periodista residente en San Francisco en la segunda década del siglo XX. Colaboró en los principales periódicos hispanounidenses de la ciudad como “La Crónica” y el “Hispano-América”. Fue director de éste de diciembre de 1917 a abril de 1918. Su cuento “Concha” y su poema en prosa “Visión de la guerra” son dos ejemplos del cuento histórico hispanounidense de los albores del siglo XX. Escribió además “Relatos de la guerra” y “Cosas de la guerra”, que recrean y humanizan la impactante calamidad de la Gran Guerra. Muchas de sus “crónicas” y relatos se reprodujeron en otros periódicos como “El Heraldo de México” de Los Ángeles, y “El Heraldo” de Nueva York.

Además escribió unas 50 “Crónicas de California” entre el reportaje y la recreación literaria. La anécdota periodística la convierte en crónica literaria al ambientarla y personalizarla por medio de personajes en diálogos que coadyuvan a la contextualización de la noticia. Tratan de los temas más variados pero todos pasan por el tamiz del periodista/escritor.

Visión de la guerra

(Poema en prosa)

Padre nuestro que estás en los cielos,
¡Vuelve a la tierra, ¡oh, Padre!

I

El campo se va hundiendo en sombras. Un sol rojo se pone tras la cresta obscura de pequeña colina y parece como un disco ardiente enclavado sobre los picos de una corona gigantesca. Ni un rumor turba el profundo silencio Las estrellas empiezan a aparecer tan delicadas y tan puras que hacen contraste con el sombrío paisaje de la corona-tal como un coro de ángeles que avanzara hacia el infierno.

Sobre la tierra removida por la metralla desmenuzada, rota, deshecha, Nuestro Señor Jesucristo y un piojo. Nuestro Señor Jesucristo va vestido como un campesino, sus manos desgarradas por el martirio, tienen huellas frescas de los clavos de la cruz; sus pies conservan las desolladuras de las cuerdas que los ataron al infamante madero .La corona de espinas dejó hoyos obscuros en las sienes divinas y por ellos cuelan hilillos de sangre; los cabellos castaños recogen la luz del sol y las estrellas y tienen reflejos de oro. Y sobre el pecho a la altura del corazón se ve desgarrada la túnica por la lanzada que abrió el costado. Algo inmaterial y sutilísimo palpita en torno de Nuestro Señor Jesucristo, pero eso sólo la mente puede verlo; lo que sí es único en él son las manos y los ojos. Las manos son afiladas como cuerpo de saurios y su color, si no fuera por la sangre, sería todo como de miel y pétalos de rosas caídas a los flancos en un abandono doloroso; aquellas manos parece que van a extenderse por sobre la tierra a cubrirla de miel dorada y de rosas. Y los ojos de color azul y verde, fluyen miradas suavísimas; no se posan en algo determinado; besan todo y sus besos son igualmente para la tierra reventada como un vientre maldito y como una llaga para la gigantesca corona que semeja la silueta de los escuetos árboles de la colina, para el sol, para las estrellas, para el piojo.

Camina Nuestro Señor Jesucristo como cansado y enfermo, tan humanos sus pies que se hunden en el lodo, y suben y bajan los pequeños montículos de la tierra deshecha .De repente se detiene y con voz suavísima interpela:

Nuestro Señor Jesucristo-¿Qué hace ahí, hijo mío?

El piojo (desde la rugosa superficie de un terrón oscuro, detiene la marcha de su veinte patas y responde)

El piojo – Voy en busca de un hombre, Padre mío.

Nuestro Señor Jesucristo -¿De dónde vienes?

El piojo – Del cuerpo de un hombre, Padre. Lo abandoné porque se perdía.

Nuestro Señor Jesucristo-¡Ah!

Retira la mirada del mísero ser. Su rostro tiene suave gesto de dolor, sus manos tiemblan como cintilan las estrellas. De su corazón sale un sollozo suave como una ráfaga de perfume del cáliz de una flor. Después de una corta pausa, murmura:

Nuestro Señor Jesucristo – Yo también, hijo, busco a un hombre; he caminado poco, tal vez, por eso no lo he hallado.

El piojo – No lo encontrarás, Padre. Sobre la superficie de la tierra no hay hombres ahora: están viviendo con las ratas y los topos; cuando salen se caen y se pudren.

Nuestro Señor Jesucristo – Yo siempre busco a los hombres, hijo. Si no viven sobre la tierra, bajaré a buscarlos.

De la colina donde el sol se ha ocultado ya sale en aquel momento un obús. Cruza como una gran estrella el firmamento; rasga el aire con el ruido de un género que se rompe; silba y va a caer lejos. Al primer obús sigue otro y otros y cien y mil en el aire avanzan silbando, ruidosos, violentos, como el huracán y estallan a lo lejos. De donde estallan vienen otros. Forman, los que vienen y los que van, como un telar de gruesos y candentes hilos; y se piensa que una mano arroja las lanzaderas ígneas y otra recibe, y a su vez avienta las que no se hienden y estallan en la tierra.

El piojo – Padre, si no te ocultas, te matarán.

Nuestro Señor Jesucristo – Ocúltate, hijo mío.

II

Una ciudad en ruinas. El fuego quema fragmentos de madera dentro las piedras que forman las paredes de las casas derruidas. Una casa cayó sobre el jardincillo del centro de la ciudad y lo aplastó y ahogó como una gran piedra suele ahogar y matar cuando cae rodando desde lo alto de la cima, a las flores silvestres al pie de la montaña. Los árboles que no fueron completamente cubiertos por los escombros están caídos por el suelo y entre la cal y las canteras un pequeño arbusto reconoce al divino caminante y lo llama.

El árbol -¡Padre!

Nuestro Señor Jesucristo.-(Vuelve su divino rostro manchado de polvo y sus divinos ojos sonríen armoniosa risa.)¿Qué quieres, hijo mío?

El árbol – Padre, los hombres han quemado la ciudad; la han abatido y nos han ahogado.

Nuestro Señor Jesucristo. – ¿Los hombres?

El árbol – Sí, Padre. Han sido ellos.

Nuestro Señor Jesucristo – No veo a los que tal hicieron.

El árbol – Pasaron más violentos que el huracán, más crueles que los rayos. Ya estaban lejos y todavía lanzaban sobre nosotros hierro y fuego.

Nuestro Señor Jesucristo-Se sienta en una piedra cercana al árbol agonizante. Sus ojos no ven el cuadro desolado, parece que han vuelto hacia el fondo de su divino ser la mirada. Y parece que piensa y sufre otra vez, como ante el piojo. Una ráfaga de aire mueve las ramas marchitas del árbol y así éstas tocan como los labios de un sediento las linfas de una fuente, las manos del divino caminante. Todo el árbol tiembla, tal cual si de un golpe hubiera vuelto a su cuerpo confuso y chamuscado la savia. Y murmura.

El árbol – ¡Gracias, Padre!

Nuestro Señor Jesucristo se pone de pie, tiende su mirada hacia el horizonte bañado en la luz del medio día. El sol abrasa la tierra gris, sin una mancha de verdura. Y avanza el divino caminante. Sus pies sin sandalias se queman en la tierra que tiene calor de rescoldo; sus labios se secan en el aire caliente como llamarada. Los hilos de sangre de su frente corren como veneros inextinguibles por el rostro; y sólo los ojos y las manos, las manos y los ojos, permanecen sin huellas de polvo.

El árbol – Padre, hacia dónde vas, están los hombres.

En la mitad de la tierra árida, Nuestro Señor Jesucristo se detiene. Ve un agujero a sus pies, ancho como la boca de una cueva. Sus ojos se posan con su eterna ternura, en aquel hoyanco; y parecen acariciarlos como si el tal fuera un ser amadísimo. Los labios quemados de sed y de sol se abren.

Nuestro Señor Jesucristo – Tal vez aquí estén los hombres.

Desciende de la entrada de una trinchera. Penetra al interior. Sus rostros se llenan de alegría como gozoso por un próximo y esperado encuentro. Avanza más. Nada sale a su encuentro, a nadie ve. De pronto se halla al otro extremo de la galería subterránea. Hay unos peldaños para ascender. Por la faz del divino caminante pasa un suavísimo gesto de desencanto. Pero al bajar sus ojos hacia la tierra ve brillar en uno de los peldaños una pequeña estrella líquida, es una gota de sudor. Está prendida a una piedra. De momento en momento es más y más pequeña, pero eso, no obstante, brilla como un diamante y recoge en su minúsculo cuerpo luz del sol y azul del cielo.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Has visto, hija mía, a los hombres?

La gota de sudor – De una frente humana caía a esta piedra, Padre.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Araba el hombre que te llevaba en las sienes?

La gota de sudor-No, Padre, luchaba. Dormía en esta cueva. Salía de vez en cuando previsto de un hierro. Combatía y regresaba aquí.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Hacia dónde partió?

La gota de sudor-Hacia adelante. Yo nací en su frente cuando sus cabellos eran rubios como los tuyos, Padre, y cuando caí de sus sienes eran blancos. En mi otra vida, fui gota de lluvia. Caí una vez sobre un horno. Ni aquel fuego era tan ardiente como la cabeza de la que hoy me desprendí.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Hacia dónde partió aquel hombre?

La gota de sudor – (consumiéndose ya a los ojos humanos) Hacia adelante…. ¡No vayas, Padre!

Nuestro Señor Jesucristo sube lentamente por la escalinata labrada en la tierra. Y parece que lleva la cruz en la que lo crucificaron pues sus hombros caen como abrumados. Sobre la tierra torna a caminar.

III

Ha vuelto la noche cuando el divino caminante se reclina en una piedra para descansar de la fatiga del día. Es obscura como un manto la noche. Ni la luna ni las estrellas asoman en el cielo. Y el silencio desgrana sobre la tierra sus vibraciones profundas. No hay bosques, ni casas, ni colinas próximas al sitio donde Nuestro Señor Jesucristo se ha reclinado. El mar, lleno de seres y luminoso, no se presiente en el sombrío silencio. Una sensación de eternidad pesa sobre la tierra. Nuestro Señor Jesucristo va a ponerse en pie para reanudar su marcha, cuando la mano en la que ha apoyado el movimiento que siguió a su deseo, tropieza con algo cortante y duro. Se abre la mano de miel y de rosas y el divino caminante pregunta.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Quién eres?

El grano de hierro – Padre, soy una de tus más humildes criaturas, un grano de hierro.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Has visto pasar por aquí a los hombres?

El grano de hierro – Con ellos vine, Padre. Me arrojaron en una de sus armas y….

Nuestro Señor Jesucristo – Di, hijo mío.

El grano de hierro – Destrocé un corazón humano y vine a caer a este lugar.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Destrozaste un corazón humano?

El grano de hierro – Sí, Padre… Y luego me volvieron a utilizar para el mismo fin. Y volví a matar hombres.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Entonces los hombres se están matando unos a otros?

El grano de hierro – Sí, Padre. Hace dos mil años atravesé una de tus manos.

Nuestro Señor Jesucristo – Era por “ellos”, por salvarlos…

El grano de hierro – ¡Hoy el hierro no mata a Dios, mata a los hombres!

Nuestro Señor Jesucristo – ¡Hijos míos!, ¡Hijos míos!

Como el granizo sobre una tabla de marfil, suena un ruido. Repiquetea furioso dentro el vasto silencio de la noche; agudos silbidos interrumpen el furioso redoblar. Y al fin se escucha una voz humana que grita:

La voz – ¡Malditos boches! Nuestro Señor Jesucristo se iergue. Todas sus congojas parecen barridas por aquel grito de labios humanos que le indican la presencia de un hombre. Su rostro irradia divina claridad; sus manos, hasta entonces caídas hacia los flancos, se lazan hacia el cielo invisible; y a su lado hay como una aureola que lo envuelve como un fulgor de luz. Sus labios están rojos y frescos como si hubieran probado agua cristalina; su rostro está desbordante de alegría. Y dice, como el árbol cuando tocó sus vivificantes manos.

Nuestro Señor Jesucristo -¡Gracias, Padre mío!

Cuando avanza, el grano de hierro dice humildemente:

El grano de hierro – ¡No vayas hacia adelante, Padre!

IV

El ruido de granizo sobre la tabla de marfil no cesa, que por el contrario aumenta como el de los silbidos que cruzan el aire en todas las direcciones. Se creyera que parte del fondo de la tierra. Es un tableteo furioso. De pronto aumenta la amplitud de esos golpes sonoros; tienen ahora los sonidos algo de la voz humana, como guturales exclamaciones. Y también parecen por instantes el ulular de los lobos. La atmósfera se enrarece, salta la tierra como en erupciones de múltiples y pequeños volcanes; revientan lucientes formas y lanzan al aire tierra, y plomo, y fuego. Como voladoras sierpes, cruzan el espacio formas que irradian tenue y fosfórica luz. Voces humanas lanzan palabras ininteligibles.

Mitad del bosque camina Nuestro Señor Jesucristo cuando mira que el bosque arde. Es la media noche y sin embargo la claridad que irradia del incendio prende tintes de aurora en el cielo. Se quema todo el bosque, de la base de la montaña a la cima, sube el fuego contaminando nuevos y viejos árboles que a la presencia del divino caminante claman:

Los árboles – ¡Padre!

Nuestro Señor Jesucristo (detiene la marcha y abre su corazón a los lamentos de sus hijos) – ¡Hijos míos!

Crujen los cuerpos de las viejas encinas que se retuercen como anhelantes de desprenderse de sus raíces y huir; sobre sus nudosos troncos, los brazos se contorsionan lentos y dolorosos, y giran sobre sí mismos, circuitos de alígeras llamas azules. Parecen las viejas encinas ansiar la vida, anhelar desasirse de los brazos azules y ardientes del fuego y quedar allí donde nacieron y vivieron nutriéndose de luz, de agua y de siglos.

Las encinas – ¡Padre!

Más violentos que las encinas del bosque, los jóvenes árboles se mecen a impulsos del fuego que arde en las grietas resinosas de sus cuerpos, quemante y cruel como la gangrena sobre las heridas; humo espeso brota de los robustos árboles, y dentro de él asoman como relámpagos las llamas devoradoras; porque la vida es más joven y más grande el ansia de vivir, los árboles jóvenes sostienen rudo combate para desasirse de la garra azulosa y roja que por cuerpo y brazos se prende a ellos; pero se abaten algunos y caen lentamente envueltos en la túnica roja que la misma muerte los forma en torno, como mortaja; y al abatirse despiden chispas doradas, que son como sudor de sus silenciosas agonías. Y claman:

Los jóvenes árboles – ¡Padre!

Pequeños arbustos que sólo mecieron la gallardísima esbeltez de sus cuerpos en cien auroras, sienten el fuego que los ahoga como una caricatura brutal ni en los días que el sol era rojo como las llamas de ahora, ni en las tardes que oyeron gemir bajo el huracán a las viejas encinas y a los robustos árboles, supieron de tan grandes ardores. Y que es la muerte que llega, que van a desaparecer como las encinas y los árboles, lo sienten cuando las llamas chupan su savia, primero de los brazos más pequeños, después lentamente de sus cuerpos jóvenes. Y entonces las almas que a diario loaron a Dios saludando a las auroras, tiemblan y dicen: ¡Padre!

Nuestro Señor Jesucristo ha detenido su marcha y en el centro de la hecatombe abre sus ojos y llora su alma. Crepitan las maderas y caen de un lado a otro los árboles grandes y pequeños. A veces al desprenderse aquellos, agobian a éstos; y hay entonces extraños chirridos; gimen los árboles tronchados, profundamente, tanto que su lamento ahoga el rumor de las quejas de todo el bosque, algunos árboles que se tronchan a mitad de sus largos cuerpos, inclinan sus copas cubiertas de fuego como gigantescas cabezas de cuerpos a los que en un instante faltóles la vida. Abre el fuego líneas larguísimas y amplias al abatir a árboles, como caminos que arden; y por ellos corren las llamas veloces y enloquecidas como las aguas de un río de oro y de sangre. Amplias glorietas forman a veces al caer los árboles que se consumen y en ellas quedan algunas maderas ígneas, a semejanza de piras que se extinguen después de un sacrificio cruento. Y arriba, arriba del bosque, el humo y las chispas suben; el humo coloreado por las llamas, cubriendo por instantes a éstas, que se alzan hacia el cielo e incendian el fleco de las nubes. Creyérase que la sangre de los árboles asciende en aquella columna y que se derrama sobre el firmamento. Las estrellas cintilan suavemente bañadas en el purpúreo fulgor y hacia ellas vuelan olas de chispas como bandadas de zumbadoras abejas de oro.

Las quejas de las criaturas que sucumben se mezclan en una sola como uno es el rumor en que se funden todas las agonías de los árboles del bosque, se mezclan y hacen este grito que va hasta el corazón del divino caminante:

– ¡Padre!

V

Y Nuestro Señor Jesucristo, inclina su rubia y ensangrentada cabeza, y cerrados sus ojos a la matanza reanuda su marcha, que su corazón rebosa de dolor y de amargura. Porque él sabe que fueron los hombres los que prendieron el bosque.

Mas no ha dado sino unos pasos cuando ve a sus pies un hombre. Se inclina para ayudarle, que cree que necesita socorro por la postura que guarda de bruces sobre el hoyanco. Cuando lo va a tocar ve que está muerto. Por la cara del divino caminante asoma el dolor inmenso de su corazón. Reanuda su marcha. A unos cuantos pasos encuentra otro cadáver. Perplejo queda Nuestro Señor Jesucristo pero cuando su alma atribulada sale de su inquietud mira más y más hombres muertos. El corazón que un día palpitó sobre una cruz por amor a los hombres, hoy late más atribulado que entonces. Los cuerpos de los hombres muertos muestran sus grandes heridas, hay algunos incompletos, divididos por la metralla quedaron los bustos encalados en el lodo, rectos, las cabezas un tanto inclinadas y lívidas; otros alzan una mano hacia el cielo, cerrado el puño; algunos una pierna con la bota cubierta de fango; sin duda a otros los destrozó el obús más de una vez pues se hallan desgarrados, semi-desechos, en jirones blancuzcos y enlodados. Hay grupos de cadáveres hacinados como los leños de una pira y se mezclan y confunden en ellos los brazos y las piernas. Son millares los hombre caídos en el campo; tantos que forman manchas obscuras y hacen horizonte. La tierra está batida por la metralla. Los obuses agitaron y revolvieron las capas de la superficie y la sembraron de hierro, de sangre, de fragmentos humanos y de piedras remolidas. Con la aurora que tiñe de azul el cielo, viene el ruido lejano, persistente del cañón.

Nuestro Señor Jesucristo sigue su marcha, pero a medida que avanza oye que le dicen:

La tierra – Padre, han roto mis entrañas; con sangre y hierro me han hecho estéril. Padre, no vayas más adelante.

Nuestro Señor Jesucristo – ¡Hija mía, hija mía!

La luz – Padre, los hombres huyen de mi, ya no veo sus risas ni ilumino las bellas flores, ni las fuentes, ni los rostros de los niños y sí crímenes y ríos de sangre. No vayas adelante, Padre.

Nuestro Señor Jesucristo – ¡Hija mía, hija mía!

El aire – No encuentro frescura en las fuentes segadas. Paso sobre cadáveres y nutro los pulmones de hombres rabiosos. Han llegado hasta envenenarme. ¡No vayas adelante, Padre!

Nuestro Señor Jesucristo – ¡Hijo mío!

La tierra, la luz, el aire – ¡No vayas adelante, Padre!

Nuestro Señor Jesucristo – ¡Hijos míos, hijos míos!

VI

Los ojos divinos iban perdidos en el divino sueño, cuando Nuestro Señor Jesucristo sintió un golpe brutal en el pecho. Quien se lo había dado con la culata de un fusil era un soldado.

Nuestro Señor Jesucristo – (con voz tiernísima) ¿Por qué me pegas?

Un soldado – ¿Quién eres?

Nuestro Señor Jesucristo – Me llamo Jesús

El soldado – ¿De dónde vienes?

Nuestro Señor Jesucristo – De un país muy distante.

Un oficial se acerca

Un oficial – Muestra tus papeles.

Nuestro Señor Jesucristo – No tengo ninguno.

El oficial (al soldado) – Enciérralo en la iglesia y mañana al despuntar el día si no ha hablado, fusílalo.

Brutalmente el soldado empuja a Nuestro Señor Jesucristo hacia la iglesia del pueblo. Centenares, millares de soldados están allí. Cantan unos. Otros duermen. Hay quien juega a las cartas.

Nuestro Señor Jesucristo se sienta en las gradas del altar. Sus ojos misericordiosos recorren las paredes del templo. Los nichos de las imágenes están vacíos. Los altos ventanales filtran las luces de colores. Sobre la bóveda se ven las pinturas descascaradas que reproducen escenas bíblicas. En el altar un soldado puso los aperos de su caballo y sus armas .Hiede a rebaño.

Un soldado que reclina la cabeza en una grada del altar a los pies de Nuestro Señor Jesucristo se incorpora y clava sus ojos fatigados en la divina figura. Después de mirarla largamente:

El soldado – ¿Quién eres? ¿Estás preso? Me parece que alguna vez te he visto.

Nuestro Señor Jesucristo – Me llamo Jesús.

El soldado – ¿Eres sacerdote?

Nuestro Señor Jesucristo – Soy Jesús, hijo mío.

Tan dulces han sido las palabras que ha pronunciado el divino caminante que el soldado lo mira con curiosidad.

El soldado – ¡pero te han torturado! ¡Tus pies y tus manos y tu rostro sangran! Lava tus heridas, camarada, si no se te infectan y te mueres.

Nuestro Señor Jesucristo – Hace ya tiempo que me las hicieron.

El soldado – A mi en Verdún. Sané por mi desgracia. ¡Diablo, mejor me hubieran trozado una mano!

Nuestro Señor Jesucristo – ¿No queréis la vida?

El soldado – No. ¿Quién quiere vivir en este infierno de la guerra? En cambio, si me cortan una mano o un pie me voy a mi pueblo a descansar.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Por qué entonces combates?

El soldado – No sé, no sabe nadie por qué. Se combate, eso es todo lo que sabemos. ¿En tu país saben por qué combaten?

Nuestro Señor Jesucristo – Allá hay paz.

El soldado – ¡Ah, eres neutral! ¿Y cuándo entra tu país en la guerra?

Nuestro Señor Jesucristo – Allá no hay guerra, reina la paz.

El soldado – Extranjero, eres un imbécil. Tu pueblo entrará a la guerra. Horas antes de que entraran a la lucha todos los pueblos que hoy combaten creían que no iban a pelear. Y ya ves.

Nuestro Señor Jesucristo calla. Dos soldados se acercan hacia el altar y cantan:

Los dos soldados –
¡Madrina, tus lindos ojos
Muy pronto yo he de besar!
¡Madrina tus labios rojos
Con los míos he de juntar!

El soldado – ( a los que cantan) Camaradas, cantad la canción de la mariposa roja, os lo suplico.

Uno de los soldados –

¿Qué nos das, compañero?

El soldado – Os doy mi vino.

Uno de los soldados – ¡Cuándo lo hayamos bebido!

El soldado – Os daré…

Los dos soldados ríen y vienen a sentarse al lado de su compañero.

Un soldado- Te jugamos el vino.

El soldado – ¡Vengan los dados! (volviéndose a Nuestro Señor Jesucristo) Y tú, extranjero, ¿quieres jugar tu vino?

Nuestro Señor Jesucristo – No sé…no sé qué dices.

El soldado – No temas que no te den, camarada; aunque mañana te fusilen, hoy te darán rancho como a nosotros.

VII

Un soldado se presenta. Da una orden y todos se precipitan sobre las armas. El ruido del cañón se escucha cada vez más y más cercano. Creyérase que ruedan veloces las invisibles máquinas de muerte.

El soldado – Extranjero, ven a combatir a mi lado.

Nuestro Señor Jesucristo – No sabré…no, no…

El soldado – Yo te enseñaré, amigo, ven.

Nuestro Señor Jesucristo – Soy extranjero…así me llamas.

El soldado – ¡Y qué importa! Muchos extranjeros luchan ahora en uno y otro bando. Ven

El soldado – (levanta a Nuestro Señor Jesucristo del suelo, tomándolo por un hombro, pone un casco en la divina cabeza y en la mano bayoneta) Vamos, camarada, adelante.

Se arremolina la muchedumbre de soldados a las puertas. Todos quieren salir a un tiempo. Los ojos se agrandan por el miedo y están abatidos los rostros. Nadie habla. El soldado y Nuestro Señor Jesucristo van unidos. El hombre tiene miedo. El Dios lleva el corazón desgarrado.

No han acabado de salir los soldados cuando una nueva granada estalla entre ellos. Todos se echan al suelo, como si a todos los hubieran tocado los proyectiles

Un oficial – (gritando y con la pistola en la mano) Vamos, adelante.

Los soldados se ponen en pie. El miedo hiela la sangre. Todos tienen el rostro alargado y apenas pueden sostener el fusil.

El oficial – Calad las bayonetas.

Intempestivamente brotan de la tierra vestidos con uniformes de kaki distintos a los de aquellos soldados que tiemblan. El repiqueteo de las ametralladoras suena sobre el campo. Se ve en el aire como relámpagos, los destellos de las bayonetas. Los hombres, antes acobardados, luchan bizarramente. Se escuchan ayes, maldiciones, gritos de triunfo. De pronto todo queda en silencio. Los hombres han desaparecido.

En una profunda zanja están el soldado y Nuestro Señor Jesucristo. El primero lanza una exclamación de júbilo.

El soldado – ¡Camarada! ¿Estás salvo? ¡Diablo, qué bien combates! Te vi matar a tres enemigos en tres segundos.

Nuestro Señor Jesucristo – No, no, no he matado.

El soldado – ¿Y la sangre que tienes en las manos?

Nuestro Señor Jesucristo – La sangre… son heridas ya viejas.

El soldado – ¡Camarada! ¡Viejas tus heridas y la sangre fresca! ¡Qué inocente eres! Vamos, me darás un vino ¿verdad?

Nuestro Señor Jesucristo – Sí, sí.

El soldado – Pero, ¡Diablos, eres un valiente! ¡Qué bien matas!

VIII

El enemigo ha abandonado una gran extensión de terreno. Hay que avanzar a campo descubierto. La artillería gruesa, sólo, es la que bate el campo Los obuses caen al azar, como fragmentos de sol ardiente. Se levantan pequeñas nubes de humo y piedras cuando las granadas revientan contra la tierra. Trabajosamente saltando los hoyancos que abrieron los proyectiles, van avanzando los hombres. Cuando va a caer un obús se echan en tierra. Después reanudan la marcha. Y llevan la bayoneta en guardia.

Al lado del soldado va nuestro Señor Jesucristo. Parece que siente la misma fatiga que los hombres, pues su cuerpo se inclina hacia la tierra y su divino rostro se ensucia en el lodo cuando los obuses caen y los soldados se echan al suelo.

El soldado – ¿Tienes hambre, compañero?

Nuestro Señor Jesucristo – Siento piedad por los hombres que luchan.

El soldado – ¡Hum..,piedad! Yo y todos la sentimos por nosotros, por nuestras familias, por nuestros hijos.

Nuestro Señor Jesucristo – Por todos sufre mi corazón.

El soldado – El mío, no, camarada. Yo siento odio por los oficiales, y por los jefes de Estado. Estos hicieron la guerra y los otros ya ves cómo nos tratan, ¡como bestias! ¡Calla!, ya nos acercamos a la línea de fuego.

El ruido violento de las baterías de campaña llega en una onda de aire y pasa como un ulular de lobos. Se hace rumor, un rumor que parece fundir alaridos de bestias y crepitar de maderas ardientes. Truenan los proyectiles de cien baterías. Cuando los soldados avanzan más, la tierra gris en toda su amplitud, está agitada, remolida, golpeada por los proyectiles. Un olor a cadáver descompuesto, a letrina, a materias putrefactas, llena la atmósfera. Por el agujero de una trinchera bajan los soldados. Salen un poco más lejos por las trincheras descubiertas.

El soldado – Huele mal, compañero.

Nuestro Señor Jesucristo se ha inclinado a tierra para ver algo blanducho y húmedo que hay a sus plantas, un cadáver.

El soldado – No lo toques, compañero. Se infectan tus manos.

Nuestro Señor Jesucristo trata de recostar el cuerpo muerto que está en el hondo de la trinchera y que ha sido molido por las pisadas de millares de soldados. El soldado toma bruscamente por los hombros al divino caminante. Y cuando logra ponerlo en pie, le señala el cielo.

El soldado – ¡Mira, es Guynemer!

Arriba dos pequeñas sombras cruzan rápidamente; son dos aeroplanos. Uno rojo, casi negro, se alza más alto que su enemigo; se abate después en un vuelo circular; se alza enseguida, veloz, como una flecha se dirige sobre el aeroplano color azul. De pronto huye velocísimo y su contrario lo persigue, lo acosa.

Nuestro Señor Jesucristo – Pajaritos del cielo, mis amadas criaturas.

El soldado – ¡Bravo, bravo!

El aeroplano fugitivo se vuelve formando en su vuelo un semicírculo y en que momento el aeroplano azul desciende rápidamente girando sobre sí mismo. Al caer viene a estrellarse a unos cuantos pasos de la trinchera. El motor estalla, las alas se rompen; puede distinguirse con claridad el cuerpo del aviador curvado en el asiento de la máquina.

El soldado – ¡Bravo, bravo!

Enloquecido de entusiasmo, dispara el arma sobre la máquina caída, lo imitan cien soldados que lanzan alegres exclamaciones.

Nuestro Señor Jesucristo, – ¡Padre mío!

Solloza Nuestro Señor Jesucristo y alza al cielo gris sus divinos ojos. Y tal vez cree que su corazón va a estallar, su abierto y sangrante corazón, porque hacia el pecho amontona las divinas flores de sus manos.

IX

Sobre la cubierta de una gran nave, los soldados están tendidos. Algunos cantan monótonas y tristes canciones. Los más duermen. Dos oficiales, uno de marina, otro de caballería, caminan y conversan.

El oficial de caballería – Amigo mío, esta guerra me ha enseñado una verdad: el grano de arena y los emperadores son del mismo tamaño y tienen la misma fuerza.

El oficial de Marina – Sin voluntad.

El oficial de caballería – ¡Sin saber siquiera qué designio los mueve!

El oficial de Marina – Dios

El oficial de caballería – No, Dios, no. Esta guerra está matando a Dios, lo mató ya.

El oficial de Marina – Ustedes los soldados de tierra tienen menos fe que nosotros los marinos.

El oficial de caballería – Pudiera ser que la fe esté minada más en los soldados de tierra que en los de mar. Pero el juicio de usted se refiere a los oficiales, que no a los soldados. Entre los oficiales sí, todavía existe la creencia en un Dios pero entre los soldados ya ha muerto.

El oficial de Marina – No, amigo, no.

El oficial de caballería – ¿Queréis una prueba? Os la voy a dar al instante.

El oficial de caballería se dirige a dos sombras humanas que avanzan hacia ellos. Nuestro Señor Jesucristo y el soldado que le acompaña.

El oficial de caballería – ¿Podréis decirme dónde está Dios?

El soldado – ¡En cualquier parte menos en las trincheras!

El oficial de caballería – (al oficial su amigo) Esperad, voy a interrogar a otros.

Con su voz burlona, habla a Nuestro Señor Jesucristo – ¿Tú piensas lo mismo?

Nuestro Señor Jesucristo – Dios está en todas las partes.

El oficial de Marina – Ya veis, amigo.

El oficial de caballería – Esto no prueba nada. Tal vez este hombre es un místico.

El soldado – ¡Con deciros que no bebe vino!

El oficial de Marina ríe y el de caballería llama a un grupo de soldados.

El oficial de caballería – Compañeros, ¿habéis visto a Dios?

Un soldado – ¡Quién puede hablar deDios después de haber estado en un hospital del frente!

Otro soldado – Había un Dios antes de la guerra. Hoy hay varios. Nosotros teníamos uno, los enemigos otro y entre nosotros hay algunos que invocan al diablo.

El oficial se sonríe y ríen todos los soldados. Sólo Nuestro Señor Jesucristo permanece silencioso y hacia el cielo alza la mirada de sus ojos divinos.

El oficial de caballería – (alejándose con su amigo) Créame usted, amigo mío, está bien muerto.

El soldado y Nuestros Señor Jesucristo quedan solos.

El soldado – Tú crees en Dios porque eres neutral. No has visto la guerra como los beligerantes la vemos.

Nuestro Señor Jesucristo – Los ojos de los hombres se han cegado.

El soldado – No, amigo, nunca vieron con más claridad. Nunca fueron más sabios. Todas las fuerzas de la tierra están en sus manos, su poder es igual al de Dios. La guerra en el mar.

Nuestro Señor Jesucristo – Pero aquí también hay guerra.

El soldado – Compañero, ¡Parece que has caído de la luna! ¿No sabes que aquí en el mar la guerra es más terrible que en la tierra?

Nuestro Señor Jesucristo – No sé, no lo sabía.

X

Un ruido de corneta hiende el aire puro. Los soldados se lanzan hacia los botes salvavidas. Hay desorden. Los oficiales se colocan al lado de las lanchas. Los cañones del barco siguen lanzando sus proyectiles. De un punto invisible viene hacia el barco fosforescencia extraña que deja una estela sobre el mar. Los primeros botes caen al agua y se alejan con su carga humana. Los cañones del barco siguen tronando. Luchan entre sí los soldados disputándose los botes. Uno cala la bayoneta y la esgrime, rabioso, contra sus camaradas. Mata a uno, a dos , a tres. Un oficial le da un balazo en la frente y lo deja tendido; sobre el cuerpo, para ganar la barca, pasan los soldados. La estela del torpedo, avanza hacia el barco casi a flor de agua .Cada vez está más cerca y hacia él van todas las miradas de los hombres. Al fin toca el casco de la nave y estalla. Se alza el barco como si fuera a dar un salto hacia el cielo, todo sacudido y conmovido, y se hunde como una piedra en las olas.

En un bote salvavidas se apeñuscan cincuenta hombres. Van de pie. En las aguas, agarrados a fragmentos del barco hundido, más de mil hombres luchan entre la vida y la muerte. Con las pistolas en la mano los oficiales que se han salvado en el bote, amenazan a los que nadan y quieren agarrarse a los bordes de la pequeña nave.

Uno – ¡Matadme! No quiero morir ahogado.

Los oficiales no le responden. El agonizante se acerca a la nave, pone las manos en ella. Va a zozobrar la embarcación. Un oficial dispara su pistola sobre la cabeza del náufrago.

El soldado – (en el centro de la nave a Nuestro Señor Jesucristo) Camarada. Nos salvamos. Antes de un cuarto de hora vendrán los cruceros en nuestro auxilio.

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Y los que no lograron salir en las barcas?

El soldado – Se salvarán si nadan un poco. Mira, los cruceros. ¡Bravo, bravo!

Dos barcos dibujan la silueta en el horizonte. Se acercan, echan al mar sus escalas y sus botes salvavidas. Los gritos de “auxilio”, “aquí”, se escuchan por doquiera. Es lenta la labor de salvamento. Algunos soldados que van en botes salvavidas, atestados de hombres, prefieren arrojarse al mar para llegar a las cuerdas o a las escalas de los cruceros. A racimos trepan los hombres por los cascos de los salvadores barcos. Los gritos de alegría apagan los lamentos de los que, ya sin fuerza para sostenerse, se hunden bajo la tersa superficie de las olas.

XI

Sobre la cubierta de un crucero. Los soldados descansan en actitudes semejantes a las que guardaban en la cubierta del transporte. Algunos cantan.

El soldado – Camarada, la guerra es dura, ¡Si al menos ahora nos dejaran dormir! (se tiende, sobre unas cuerdas reclina la cabeza, cierra los ojos)

Nuestro Señor Jesucristo se pone en pie y recorre, abstraído en su pena, la cubierta del barco.

Al final se reclina en la popa, bajo el cuerpo de un cañón que se alarga hacia las tinieblas como una serpiente hacia su guarida. Una voz se alza de las olas. Es el mar que habla a Nuestro Señor Jesucristo.

El mar – Padre, en nuestro seno se mueve la muerte y el crimen. Vacían los hombres sus tesoros y su sangre en nuestras aguas. Y el crimen se cobija dentro nuestra carne purísima.

Nuestro Señor Jesucristo – ¡La guerra!

La voz de un soldado que canta en la quietud de la noche:

Madrina, tus labios rojos…

Revientan como burbujas de oro, lucen y cintilan las estrellas. De una claridad lechosa, y suavemente dorada, como de polen de infinitas flores, brota la luna. En las aguas del mar riela la claridad diáfana del astro, y pone sobre las aguas una cinta de plata ancha y blanca como un camino ondulado y argénteo. El misterio de la noche es entonces menos hondo que antes, cuando las tinieblas y el mar rimaban su diálogo sombrío. Ahora parece que una sonrisa anima la luz de las miradas de estrellas y el cuerpo rumoroso del mar.

Las estrellas-¡Te alabamos, Dios y cantamos tu gloria!

El mar – Puñados de cadáveres arroja la muerte en mis aguas, a racimos los avienta, ya hediondos, y nuestro cuerpo azul y puro, ha recibido, de los altos ríos, aguas rojas de sangre, ¡Padre!

Las estrellas – ¡Te alabamos, Dios, y cantamos tu gloria!

Entre la queja del mar y el canto de las estrellas, el barco se desliza. Y sobre él va, con el corazón traspasado el divino caminante.

XII

En un cuarto pequeño se ha instalado el consejo de guerra que va a juzgar a los acusados. Una niña se halla frente al tribunal. Su cabellos son de oro y están desordenados como si el viento los hubiera besado largamente .Permanece sentada; el rostro con suave expresión de quietud y dulzura, indiferente al tribunal compuesto por oficiales viejos. En otro banquillo está Nuestro Señor Jesucristo. Muy fatigado y triste parece el divino caminante, su cabeza se halla manchada de polvo y sangre, el rostros tiene capas de tierra. Sus manos descansan en sus rodillas y oculta el barro que las mancha las heridas de la cruz. Sus divinos ojos miran al suelo, sus divinos ojos que se conservan puros, anegados de fulgor, entrecerrados de misericordia y piedad; tan bellos los ojos del divino caminante que de su luz parece ser el amplio círculo que un rayo de sol tiende a sus pies como venero de oro.

Cuando uno de los oficiales ha terminado la lectura de un documento, el presidente del consejo de guerra se pone en pie. Lo imitan todos los presentes. La niña y Nuestro Señor Jesucristo también a una indicación de los jueces, abandonan sus asientos. Se ven las vestiduras de la niña todas desgarradas, asoman los pies desnudos bajo los jirones de la falda; un hombro escapa de la blusa y es blanco como la nieve; las manos de la niña van a los senos, a ocultarlos que parecen huir como inquietas palomas, por los jirones de la blusa. El rostro conserva su tranquila dulzura. La actitud de Nuestro Señor Jesucristo, al lado de la niña, es la más humilde y tranquila; las miradas de sus ojos van hasta los viejos oficiales y parecen besarlos; luego se posan otra vez en el rayo de sol que se extiende a su pies como una caricia.

El oficial más viejo no puede deletrear el nombre extranjero de la niña; pero sí, después de intentarlo, dice con voz cansada. El oficial viejo-…condenada a pagar con su vida el delirio de haber dado informaciones y ayuda al enemigo. Y a ti, Jesús, el tribunal te condena por espionaje a la misma pena de muerte.

XIII

Dos centinelas vigilan a los prisioneros en la iglesia que le sirve de prisión. Los dos están al pie del altar, y miran hacia el fondo del templo, donde un millar de soldados heridos se quejan y mueren. Los lamentos llenan las naves del templo, se alzan hasta las bóvedas, resuenan como un solo y profundo quejido. Una sola luz, la de una lámpara de aceite, hay en todo el templo, y aislada y sola, parece un corazón sangrante que se quema y se consume.

Las voces claman pidiendo auxilio, unas, otras modulan lamentos y algunas, débiles suspiros en los que se van las vidas.

La niña prisionera – (al centinela) Yo podría ayudar a algunos de tus compañeros heridos…si me dejaras.

El centinela – No tengo órdenes de dejarte mover de donde estás.

La niña prisionera – Sin embargo podría salvar la vida de tus compañeros heridos, aliviarles sus dolores.

El centinela – No.

La niña prisionera – No lo verán tus jefes.

El centinela – ¡Qué insistencia! ¿Cómo quieres ayudar a nuestros heridos, tú que eres enemiga nuestra?

La niña prisionera – Lo haré por caridad.

El centinela – (mira en el rayo de luz que baña a la prisionera el rostro puro) Eres hermosa.

La niña prisionera – ¿Te recuerdo a tu hermana?

El centinela – No, a mi amante.

La niña prisionera – (a Nuestro Señor Jesucristo que se encuentra a su lado) Defiéndeme.

El centinela (riendo) – ¿Pero qué te hago, muchacha?

La niña prisionera – “Padre nuestro que está en los cielos, santificado sea tu nombre…

Nuestro Señor Jesucristo – ¿Oras?

La niña prisionera – “Venga a nosotros tu reino así en la tierra como en el cielo”

Nuestro Señor Jesucristo – Así sea.

Una voz – ¿Cómo sufro ¡

Otra – ¡Ay, mi brazo!

Otra – Doctor, ¡Auxilio!

Otra – Agua, quiero agua.

Otra – ¡Nos dejan morir como perros rabiosos, malditos sean!

Otra – ¡ A ellos, huyamos!

Otra – ¡Ay, voy a morir sin verte!

XIV

El reloj de la torre suena cinco campanadas. No se pierde aún el eco de la última, cuando el ruido de una explosión, sacude todo el templo. Otra explosión más cercana aún hace temblar las paredes, y así otra y otras mil. Es una tempestad de obuses la que cae encima y a los lados. Una escolta entra apresuradamente.

El jefe de la escolta – los prisioneros, ¿dónde están?

El centinela – Aquí.

El jefe de la escolta – Traedlos pronto.

En aquel instante, la lámpara que semeja un ardiente corazón, se extingue .Las sombras son profundas. Pero el centinela ha logrado asir la mano de la niña. Arrastra sobre los heridos que se quejan a la víctima. Al fin logra llegar a la puerta del templo.

El jefe de la escolta – Traed al prisionero.

Precipitadamente los soldados empujan a la niña, que solloza. Los obuses caen sobre el templo en furiosa avalancha. El centinela se hunde en las tinieblas llenas de gritos de dolor y de muerte.

La niña prisionera – (sollozando) Padre nuestro que está en los cielos

El jefe de la escolta – (a los soldados) Aquí mismo, pronto.

Arroja un soldado a la prisionera contra la pared del templo, y se retira. Alza, como sus compañeros, su fusil. Un obús estalla. A su claridad se ve el delicado cuerpo de la niña reclinado en la pared. La explosión detiene a los soldados, el ruido los desorienta. El primero que se repone es el jefe de la escolta.

El jefe de la escolta. Tiradle.

La niña prisionera – “… que estás en los cielos”.

XV

Los obuses dejan de caer. Es ya de día .El centinela puede ver ahora hacia el sitio donde dejó al prisionero. Nadie está allí; sólo un obús que entró por un ventanal, fue a romper el cuerpo de un cristo que todavía con las heridas de la cruz y las nuevas, alza sus manos al cielo y pone en la tierra sus ojos misericordiosos.

El centinela – ¡Diablo, se fugó el prisionero!

(“Hispanoamérica”, San Francisco, California, 28-X-1917, pág.9; 4-XI-1917, pág.9; 11-XI-1917, pag.9, 18-XI-1917, pág.9)

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