Héctor García Armenta LP 3

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta jubilado. Nació en Guadalajara México en 1936. Al cumplir cinco años su hermana Carmen le enseñó las primeras letras. En 1943 una monja franciscana le enseñó a escribir en el colegio Renacimiento, y él nunca más pisó las aulas de ninguna escuela. En 1944 unos vecinos que se mudaban le regalaron 50 kilos de libros viejos que se llevó a su casa en una carretilla que le prestó un albañil, los terminó de leer 20 años después. Se enamoró de el Lazarillo de Tormes; El Quijote; Historia de la Vida del Buscón; Periquillo Sarniento, y de muchos autores que fueron apreciados el siglo pasado, de los cuales ya nadie se acuerda. Compró como seiscientos libros a lo largo de su vida, de la mitad de ellos no captó nada porque no los entendió o no le gustaron, los de la otra mitad le intoxicaron el cerebro llenándoselo de alucinaciones, tanto, que un día se puso a escribir como loco para archivar sus escritos en el cesto de la basura. Una hija de él le informó de su locura al profesor Justó S. Alarcón, y él quiso rescatar un cuento por curiosidad, lo leyó, y decidió publicarlo, tal vez para ejemplo de cómo no se debe escribir. A Héctor le agradó el gesto, pero teme que el profesor Alarcón pueda ser linchado por el gremio de verdaderos escritores que se enteren del caso.

El Cañón de la Botella

Preámbulo

Este incidente de guerra, evento dramático en la historia de Sonora, no está reseñado en fuentes de fácil acceso para el público, a pesar de haber sido un caso digno de estar en la memoria de los sonorenses. Investigué en el internet y no encontré ninguna referencia que lo mencione, tampoco recuerdo algún libro o revista que lo haya aludido. Para narrarlo aquí no cuento con la secuencia ni los datos exactos al pie de la letra, pero hago saber que las fuentes de información fueron hombres y mujeres dignos de toda confianza, que coincidieron matemáticamente al describir lo esencial de la historia. Ellos fueron, mi abuelo, el mayor del ejército mexicano Francisco Armenta Romero, y mi padre, el capitán primero Higinio García Ochoa quien fue uno de los cuatro únicos sobrevivientes del combate en el Cañón de la Botella. Ambos fueron militares activos en el cuarto batallón de Sonora durante el último levantamiento de la tribu yaqui en 1926. Otras fuentes fueron mi madre, Rita Armenta Valenzuela, y ex soldados y vecinos del pueblo de Ortiz Sonora, que todavía existían vivos en 1947 a quienes conocí y traté en calidad de amigos. Algunos de ellos perdieron familiares en el suceso que aquí se narra.

Lo que leerán es historia, no sujeta a exactitud matemática ni a la cronología en que sucedieron las cosas por no contar a la mano con fuentes de información escritas, pues si éstas existen, estarán guardadas en algún estante olvidado en el Archivo General de la Nación. Lo que aquí se narra podría ser la última referencia contemporánea o futura de este incidente, por otra parte digno de un argumento de película y, lamentablemente, sepultado en el olvido.

En el pueblo, hoy casi abandonado y polvoriento de Ortiz, Sonora, existe un fuerte que es una obra sencilla, pero muy respetable de arquitectura antigua, construido a principios del siglo pasado. Es una estructura cuadrangular de ladrillo rojo, ahora descolorido, con cuatro torreones, imponentes portones y austeros ventanales. Su imagen recuerda a los antiguos cuarteles de la Legión Extranjera Francesa.

Es una joya histórica por haber sido cuartel del cuarto batallón de Sonora, mismo que tomó parte en la batalla de Celaya donde Álvaro Obregón derrotó para siempre al general Francisco Villa. Por ese fuerte pasaron los generales más importantes de México en la segunda fase de la Revolución Mexicana, y en el último levantamiento de la tribu yaqui.

Durante los años 1926 y 1929, fue también la primera base aérea militar de Sonora desde donde el teniente Emilio Carranza, después héroe de la aviación mundial, levantaba vuelo para bombardear los refugios yaquis en las sierras del Bacatete y Tetacombiate.

A mediados del siglo pasado, El cuartel fue abandonado por el ejército, y los vecinos del pueblo lo empezaron a utilizar como establo y caballeriza, o como eventual hotel para cualquier vecino o aventurero de paso que así lo necesitara. Gradualmente ha sido despojado de puertas, ventanas y vigas, que los vecinos se fueron llevando a sus casas para uso personal.

Ese fuerte debería estar remozado y cuidado por el ejército como la reliquia histórica que es. En él está obligada una placa de bronce, donde se diga el papel importante que ese recinto desempeñó en la historia de México. A cambio de eso está en un abandono vergonzoso. Es penoso decirlo, pero el deterioro de ese lugar, que para mí es sagrado, es retrato fiel de la indolencia de nuestros gobiernos. La historia que cuento parte de cuando ese cuartel era nuevo y esplendoroso, en el año 1926, año en que la tribu yaqui de Sonora se levantó en armas contra el gobierno de Sonora y de México por última vez.

El Cañón de la Botella

Una mañana de 1926 el jefe de la estación de ferrocarril de Agua Zarca, Sonora, ubicada 20 kilómetros al sur de Nogales, fue informado por vecinos muy alarmados, de que una partida grande de indios yaquis había pasado muy cerca del pueblo. Su presencia en la zona era preocupante, porque se acababan de levantar en armas y se sabía que la tribu consideraba a la población civil tan enemiga como el ejército, y no dudaba en matar y torturar a quien se cruzara en su camino. Los yaquis, según la historia, fueron en sus orígenes cazadores y guerreros indomables, la única tribu de México que jamás se doblegó ante el gobierno español ni el mexicano. Levantados en armas eran enemigos temibles y crueles, quizás comparables a las hordas de Gengis Kan.

En los tiempos de esta historia, los miembros de la tribu tenían sobradas razones para clamar venganza contra el gobierno de Sonora por el despojo sistemático de sus tierras ancestrales. Habían sufrido deportaciones masivas en calidad de esclavos, hacia las plantaciones de Yucatán y Pinotepa Nacional. En un decreto de finales del siglo diecinueve el Gobierno de Sonora había llegado a la desfachatez de cancelarles por decreto la nacionalidad mexicana, a ellos, etnia que por siglos había sido parte integral de la ecología de Sonora.

La saga empieza una mañana, en que el jefe de estación de Agua Zarca notificó por telégrafo a Hermosillo la presencia de indios transitando por veredas aledañas al caserío. En ese tiempo el ejército utilizaba las líneas telegráficas del ferrocarril para transmitir partes militares. No está claro cómo, pero el reporte transmitido de Agua Zarca no fue captado en Hermosillo, sino en el fuerte militar de Ortiz, sede del cuarto batallón de Sonora, al mando del general Anselmo Armenta, quien tenía fama de poseer una valentía suicida en combate.

Enterado el general de la presencia de yaquis en la zona de Agua Zarca, mandó al trompeta tocar llamada de oficiales y tropa. Ya reunidos, informó que irían a combatir una partida grande de yaquis que había sido avistada en las cercanías de Nogales. En cuatro o cinco horas el tren del batallón se puso en camino al norte, llevando infantería y toda la caballería que se pudo acomodar en los furgones disponibles en el tren del batallón. El general y su oficiales estaban optimistas porque les parecía que iban una persecución fácil de indios desbalagados, desorganizados y mal armados, en un terreno que no estaba en los dominios yaquis, además, el batallón llevaba caballería y ametralladoras.

El convoy militar llegó en la mañana a Agua Zarca, con la tropa en alerta de combate, los caballos llegaron ya ensillados en los furgones y las rampas listas para ser desplegadas. El tren atracó, y en unos minutos toda la tropa estaba en tierra y formada, lista para acatar órdenes. El guía oficial del batallón era mi abuelo, el mayor Francisco Armenta Romero, pero en esa misión no participó porque él no conocía la zona fronteriza del estado, de manera que al llegar el tren a Agua Zarca, los oficiales buscaron entre los vecinos uno que conociera bien la zona y sin más preámbulos le ordenaron guiar el batallón tras la pista del enemigo.

El guía era inteligente y conocedor, pronto cortó huellas de tehuas (mocasines) y huaraches que llevaban un rumbo definido hacia el sur. Caminaron a marcha forzada y al medio día encontraron muchas lumbradas mal apagadas que todavía humeaban. En los brazos de algunos encinos había tendida carne fresca de burro y un cuero entero que todavía tenía la cabeza y las patas pegadas. Aparentemente haría una hora o menos que la partida de yaquis había estado ahí asando y comiendo carne. Como a trescientos metros del lugar donde estaban se veía la entrada de un cañón llamado de La Botella. Lo habían bautizado así los rancheros locales porque la entrada era una grieta estrecha que se iba ampliando hasta tomar la forma de un cuerpo seccionado de botella. Me he preguntado muchas veces si aquel escenario era un señuelo preparado por los indios para inducir a los soldados a entrar en el cañón.

Ante la cercanía del enemigo, el general Armenta estaba eufórico, ansioso por entablar combate. Montado en su caballo se puso al frente del contingente sin reflexionar. Espada desenvainada en mano, ordenó a la tropa con voz estentórea avanzar hacia el cañón a bayoneta calada sin titubeos. Algunos oficiales recomendaron que no se entrara al cañón hasta que los artilleros hicieran rodeos y colocaran ametralladoras en los puntos más altos posibles, desde donde se pudiera dominar con artillería buena parte del campo de batalla.

Los oficiales eran experimentados. Sabían que el cañón se prestaba para una emboscada perfecta, entrar ahí sin apoyo de artillería en lo alto, era un suicidio declarado. El general indignado y casi enfurecido con las sugerencias de sus oficiales, golpeó con la espada las espaldas y los brazos de algunos soldados, obligándolos a entrar a fuerzas. Entre ellos iba mi padre, en ese tiempo sargento primero y telegrafista del batallón. Llevaba dos radiotransmisores cargados en una mula prieta y chara.

Un mayor, apellidado Barriguete, y otro oficial artillero, cuyo nombre no me viene a la mente, se revelaron y fueron por su cuenta con dos ametralladoras a escalar los dos espinazos del cañón. El general les mentó la madre y los tildó de cobardes. Les dijo que al llegar a Ortiz les abriría consejo de guerra por rebelión en combate. Pronto todo el batallón, obligado a mentadas de madre y a golpes de sable por el general, había pasado por el cuello de botella del cañón y, en medio de gran tensión, todos estaban dentro escudriñando el terreno con el general al frente.

De pronto, desde alguna parte, rasgaron el aire cinco balazos selectivos de carabina 30 30, que pegaron en el caballo y en el pecho del general Armenta, quien cayó fulminado con todo y su caballo, sin darse cuenta de que ahí había perdido su última batalla sin siquiera haberla comenzado. Quedó tendido sobre las piedras con la mano derecha apretando la empuñadura de la espada. Luego, un diluvio de balas expansivas cayó desde todas direcciones sobre el batallón completo.

En un tiempo que no se puede saber, pero que no pasó de las seis de la tarde, el batallón había quedado exterminado totalmente, sin casi ni una baja entre los yaquis. La mula de mi padre había recibido tres balazos que en el lado de salida parecían cañonazos, cayó en una quebradita en un lecho arenoso donde quedó un gran charco de sangre. Con la intuición que da el miedo, mi padre paleó con las dos manos la sangre de la mula y se la embarró en todo el pecho y la cara. Se las ingenió para que su torso flaco pareciera aplastado por la panza de la mula, y acomodó una de sus piernas torciéndola como si estuviera quebrada buscando crear un escenario donde un soldado y una mula estaban ahí muertos, y desangrados.

Aquella lluvia interminable de balas disparadas por indios invisibles desde las faldas del cañón, aniquiló impunemente y en breve tiempo a todos los hombres y casi a todos los caballos que habían entrado al fatídico lugar. Todas aquellas vidas habían sido cortadas por balas expansivas calibre 30-30. Trescientos hombres yacían ahí sembrados creando un escenario dantesco. El único aparente sobreviviente ileso era mi padre, que de pronto perdió las esperanzas de sobrevivir al notar horrorizado que los yaquis habían bajado al fondo del cañón para cerciorarse de que todos los soldados estuvieran muertos, a unos les daban tiro de gracia y a otros les dejaban caer piedras grandes en la cabeza.

Debajo de la mula muerta, mi padre rezaba despidiéndose de este mundo, percibiendo que dos yaquis ya estaban a un lado de él, verificando que estuviera muerto, en ese momento se escuchó desde la altura un traqueteo de ametralladoras cuyas balas hicieron blanco inmediatamente en algunos indios. Era que los dos oficiales que se habían revelado ante el general estaban ya colocados con ametralladoras en la cumbre de un cerro, desde donde se dominaba todo el escenario de la emboscada.

Ahora los que estaban inermes eran los indios, pues no hay fuego más efectivo que el de una ametralladora disparando hacia abajo, los indios lo sabían y corrieron desesperados para ponerse a salvo. A pesar de su rápida huida, 17 de ellos quedaron ahí muertos, otros se fueron heridos, y no se supo bien cuál fue la cuota total de sangre que pagaron por haber eliminado a todo el legendario cuarto batallón de Sonora, pero fue una cuota insignificante a cambio de un triunfo tan grande para ellos.

La razón por la que los yaquis fueron tan efectivos en aquel ataque, es que cuando fueron alcanzados por los soldados, ellos regresaban a salto de mata de recoger en Nogales Arizona una dotación de carabinas 30-30 nuevas y abundante parque. Usualmente ellos trocaban oro, que entonces abundaba en su territorio, por armas y municiones. Estando ellos fuera de la ley, no podían comprar armas en México, ni solicitar un envío de Estados Unidos por ningún medio de transporte público. La única manera de obtenerlas era que cada miembro de la tribu que pudiera hacerlo tenía que caminar hasta Nogales, Arizona, para recoger su carabina y su parque, y regresar caminando al territorio yaqui con su arma al hombro y su parque en el morral.

No es remoto que entre aquel grupo yaqui hubiera habido ex miembros del mismo batallón que aniquilaron, pues paradójicamente, en él siempre hubo reclutas de la tribu yaqui. En las Crónicas de la Revolución Mexicana de Roberto Blanco Moheno, se menciona que el cuarto batallón de Sonora, integrado por una mayoría yaqui, había participado heroicamente en la batalla de Celaya comandado por el General Álvaro Obregón en el año 1915.

El fuego de aquellas dos ametralladoras desalojó rápidamente del cañón toda la partida de yaquis, salvando a mi padre de la muerte, porque en esos momentos estaba a punto de ser rematado por dos de ellos que estaban jalándolo de los tobillos para darle el tiro de gracia o aplastarle la cabeza con una piedra.

Retirados los indios y entrada la noche, mi padre sintió que ya no había peligro y salió de debajo de la mula. En la madrugada bajaron de los cerros los dos artilleros y se reunieron con él. Mi padre recuperó los dos radios de la bestia muerta, uno había quedado destruido y el otro no era seguro que trabajara, pues con la desbarrancada del animal en la quebrada se habían golpeado mucho. Fue un milagro el que uno de esos radios pudiera trabajar, pues en aquellos tiempos sus principales componentes eran válvulas electrónicas de vidrio llamadas bulbos y contenían filamentos de tungsteno fáciles de desintegrar con cualquier sacudimiento.

Los tres sobrevivientes subieron a un cerro para notificar de la desgracia a la comandancia militar de Hermosillo. El radio transmisor funcionó. El artillero Barriguete, que tenía grado de mayor, dictó un parte a mi padre y él lo transmitió telegráficamente varias veces, hasta que Hermosillo confirmó que la información se había recibido con claridad. 24 horas después de la emboscada llegó un tren militar a Agua Zarca con soldados, médicos y enfermeros. Se trasladaron a la escena de la emboscada, pero lamentablemente no había nadie a quien salvar de heridas, todos los soldados, menos mi padre y los dos artilleros, habían muerto.

El comisionado de las tropas de rescate notificó a Hermosillo de la situación. Como ya iban a cumplirse 36 horas del suceso, recibió órdenes del comandante de la zona militar de Hermosillo para cremar todos los muertos, para lo cual se hizo acopio de grandes cantidades de leña de encino y se hicieron piras para convertir en ceniza a los integrantes del muchas veces heroico cuarto batallón de Sonora.

La mayoría de los generales forjados en la revolución Mexicana eran hombres rústicos, algunos con poca o ninguna educación en las aulas de una escuela. Álvaro Obregón, el mejor general de nuestra historia, era profesor rural en Huatabampo, Plutarco Elías Calles era lo mismo en Agua Prieta, los dos fueron zorros audaces de una inteligencia genial, pero hubo muchos otros que escalaron la jerarquía militar solo por su lealtad al ejército y por su valor suicida. De estos últimos era el General Anselmo Armenta, no tenía ningunos limitantes para entrar en combate contra cualquier enemigo de cualquier tamaño, en cualquier terreno. Obviamente no era un general estratega, era un soldado de valor sin límites con un espíritu de kamikaze. Es obvio que sus rasgos de carácter explosivo y su carencia de entrenamiento académico, fue lo que le hizo tomar la decisión de suicidarse en el Cañón de la Botella, con todos los trescientos hombres que llevaba a su mando.

1926 era tiempo de la postrevolución, las costumbres de la tropa en campaña todavía estaban vivas. Cuando de Ortiz partía un tren militar en misión de campaña, las novias, esposas, madres, hijos e hijas de los militares, iban a despedir el tren. Gran parte de los soldados eran procedentes de los estados del sur. Sus mujeres, hechas a vivir en situación de guerra, les llevaban canastas con alimentos preparados para ser consumidos durante la misión a la que iban. Independientemente de que el batallón llevaba sus cocinas portátiles y se servía un rancho generoso. Ese fue el caso cuando el tren del cuarto batallón partió urgentemente para Agua Zarca. También urgentemente, las soldaderas prepararon alimentos y los llevaron al tren para sus esposos. Mi madre recién, casada con mi padre, también le llevó burritos de machaca y un termo de café, llevaba en brazos a mi hermana Carmen que acababa de nacer.

El tren del cuarto batallón casi en la noche anunció con pitidos su llegada a Ortiz. Los vecinos lo conocían bien por la locomotora y los furgones donde se transportaban los caballos. En todo el pueblo se corrió la voz de que el batallón había regresado. Pronto las esposas, madres, hermanas, hijas de los militares, se fueron a la estación a recibirlos. El tren paró, pero venía sospechosamente vacío. Del vagón del General Armenta bajó un oficial desconocido, se subió a un carruaje de caballos que estaba ahí estacionado, se paró en lo alto del asiento y habló con todas las mujeres que habían ido a recibir a su soldado. Con voz fuerte, pero con un dejo de pena y tristeza, les dijo que el cuarto batallón de Sonora había sido emboscado en el norte, y que no había quedado ningún sobreviviente. Les dijo que sus hombres habían muerto por la patria como militares de honor, se bajó del carro sollozando, y en el mismo momento se disparó el llanto al cielo de todas aquellas mujeres. Era un coro de lamentos desesperados que se escuchaba a un kilómetro de Ortiz. Algunos viejos que conocí en 1947 me decían que esos llantos a veces se repetían en algunas noches, como si fuera un eco que había quedado guardado en los cerros cercanos.

Al final de la historia, hubo un total de cuatro sobrevivientes, fueron los dos artilleros, mi padre, y el mayor Gomes García, médico militar que apareció días después en Magdalena, ni él mismo supo explicar cómo se salvó. Todavía hasta 1960 él era jefe de la clínica de Salubridad Pública en Guaymas, Sonora.

Cuando llegó el tren vacío a Ortiz, mi madre pensó que había quedado viuda y se fue llorando desesperadamente a casa de mis abuelos donde estuvo traumada algunos días. Mi padre había sido requerido junto con los otros oficiales sobrevivientes para permanecer en los cuarteles de Hermosillo y hacerles exámenes médicos así como para tomar nota de su versión de los hechos en el Cañón de la Botella.

* * *

Esta historia la he tenido guardada desde hace setenta años en la memoria. Espontáneamente me nació contarla a partir de que recordé el abandono en que se encuentra el fuerte de Ortiz, que es una reliquia histórica abandonada injustamente por el gobierno. Ojalá que las generaciones jóvenes pudieran hacer algo por rescatarlo y remozarlo. En último caso podía rehabilitarse como escuela, en la cual se pusiera una placa para honrar a los patriotas que lo pisaron, y que lo construyeron.

Deseo subrayar, que de ese fuerte partió el general Francisco R. Manzo a la toma de la ciudad de México cuando parte del ejército se rebeló contra el gobierno de Plutarco Elías Calles, creyéndolo culpable de la muerte de Álvaro Obregón. Desgraciadamente el General Manzo fue sobornado con dinero (tal vez millones de aquel tiempo) y abandonó la campaña cuando ya había tomado Mazatlán y tenía el triunfo en la mano para tomar el control de todo el país. El General Manzo se exilió en el Canadá por algunos años. Murió en Guaymas, Sonora, en el año 1940.

Héctor García Armenta, julio de 2014

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *