Juan Castellanos LP 2

Castellanos, Juan

Para celebrar el quingentésimo centenario del primer hispanounidense que visita en 1513 EE.UU -La Gran Florida-  Don Juan Ponce de León, publicamos solamente los dos primeros “Cantos” de la larga “Elegía VI” que Juan de Castellanos le dedica a este famoso explorador de “La fuente de la juventud”. Esta larga “Elegía VII” está dedicada a las hazañas y a la muerte del descubridor y colonizador caribeño y que pertenece al famoso poema histórico intitulado Elegías de varones ilustres de Indias.

  PONCE DE LEÓN, DON JUAN (1460 – 1521)

Conquistador castellano de Puerto Rico y descubridor de la Florida (Santervás de Campos, Valladolid, 1460 – Cuba, 1521). Era de ascendencia noble, había sido paje en la corte de Fernando el Católico y había combatido en la conquista de Granada. Se duda si su primer viaje a América lo hizo con Colón (en 1493) o ya con Ovando (en 1502). En todo caso, colaboró con éste en la conquista de La Española (Santo Domingo) y recibió de él el encargo de conquistar la cercana isla de San Juan o Borinquén (Puerto Rico) en 1508. A pesar de la oposición de Diego Colón, consiguió ser nombrado gobernador en 1510.

La isla se le sometió sin dificultad, merced a la conversión del cacique Agüeibana; Ponce de León pudo dedicarse a la fundación de ciudades y a la explotación del oro. Pero, tras la muerte de Agüeibana, los indios se sublevaron contra la dominación española y el régimen de encomiendas, que les había sometido a trabajo forzado. Tras una dura lucha, Ponce de León se impuso a los nativos y tomó represalias sangrientas. En 1511 fue destituido, aunque se resistió a dejar el cargo hasta que vino a exigírselo el propio Diego Colón.

Se embarcó entonces en una nueva expedición de descubrimiento hacia el norte, en la que encontró la punta del continente norteamericano, territorio al que llamó Florida por su abundante vegetación y por ser fechas de Pascua florida (1512 o 1513); bordeando las costas de Florida descubrió la corriente del Golfo.

Pero no pudo establecerse en tierra ante la hostilidad que le mostraron los indígenas; una posterior expedición de conquista que realizó en 1521 fue igualmente rechazada por los indios seminolas. Probablemente aquella península había recibido ya la visita de navegantes españoles o portugueses, pero su descubrimiento había quedado olvidado hasta la expedición de Ponce de León.

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ELEGÍA VI

A la muerte de Joan [Ponce] de León, donde se cuenta la conquista del borinquén,

con otras particularidades.

 

CANTO PRIMERO

 

Voz de mi ronco pecho, que profesa
Grandes cosas en versos apacibles,
Desea perfección en su promesa,
Con muertes de varones invencibles;
E ya Joan Ponce de León da priesa
Con hechos que parecen imposibles;
Pues tuvo, como fue cosa notoria,
En muy menos la vida que la gloria.

Este hidalgo fué cual le convino
A la Belona fiera y a sus artes,
Y con el gran Colón hizo camino
Debajo de guerreros estandartes;
En aquella segunda vez que vino
A los descubrimientos destas partes,
Señaló grandemente su persona
En allanar la gran Anacaona.

En Higuey, de quien ya hecimos lista,
Por Nicolás de Ovando fué justicia,
Donde por indio que habló de vista,
Del rico Boriquén tuvo noticia;
Pidió con gran instancia la conquista,
Por ser empresa digna de codicia;
Ovando se la dió, y a muchas gentes
Condutas de conquistas diferentes.

Porque cuando Haytí se combatía
Había caballeros generosos,
Señaladísimos en valentía,
De mayores empresas codiciosos:
Ansí cada cual dellos pretendía
Conduta de gobiernos honorosos,
Para mejor probar su fuerte diestra,
Y dar de su valor más clara muestra.

El comendador pues se determina
De dar do se conquiste gente rica:
A Velázquez le dió la Fernandina,
Y al capitán Garay a Jamaica:
Ser desto cada cual persona dina,
Por larga prueba ya se certifica,
Y al Ponce de León, con largo mando,
El Boriquén, a quien me voy llegando.

En diez y siete y diez y ocho grados
Se suele computar altura deste;
Los diámetros tienen prolongados
Cincuenta y cinco leguas leste oeste;
Rodéala por puntas y por lados
De belicosa gente brava hueste;
Hecho y fama tiene de guerrera,
Porque de los caribes es frontera.

Por treinta leguas hace sus desvíos
De los Hayties ya conmemorados;
Van por su medio montes poco fríos,
Porque los aires son todos templados;
Vierten a todas partes dulces ríos,
Cuyas arenas son granos dorados,
Sus recodos, remansos, vertederos
Abundan de riquísimos veneros.

A la parte del norte Cairabone,
Que mas que toda agua multiplica,
Mas al oriente corre Tainiabone,
Cuyas vertientes son de tierra rica;
Otro también se llama Bayamone,
Y el que nombró Luisa la cacica
Camuy, Culibrimas, y el Aguada,
De fértiles labranzas cultivada.

El Mayaguex al sur hace su playa,
Y allá sus aguas Coriguex derrama,
Al oriente demora Baramaya,
Jacagua, y el que dicen de Guayama;
Macao, Guayaney y Guibanaya,
Menos ricos que otros, según fama,
Pero ninguno dellos falto de oro,
Y en todas sus riberas gran decoro.

Teniendo pues Joan Ponce preparada
Su gente con poderes que le dieron,
En seguimiento fué de su jornada,
Con lenguas de Haytí que lo siguieron;
Y porque por San Joan fué su llegada,
San Joan de Puerto-Rico le pusieron;
Desembarcó la gente que traia
En playa y arenal de una bahía.

La tierra se mostró de buen talante,
Para tales designios conviniente;
Gran cantidad de indios ven delante,
Que salen a mirar la nueva gente,
Pacífico mostraban el semblante,
Sin muestra ni meneo diferente,
El rey Agueibaná también venia
Con una madre vieja que tenia.

Llegaron a la playa conocida,
Hablaron a la gente que llevaba,
Regocijáronse con la venida,
Según en los aspectos se mostraba;
Y con las mismas muestras los convida
Joan Ponce que con lenguas les hablaba,
Diciéndoles venir aquellas gentes
Para ser sus vecinos y parientes.

Respondieron que venga norabuena,
El rey y madre vieja que ya digo,
Pues amistad fiel nunca da pena
A quien pretende ser fiel amigo;
La cual de parte dellos será llena,
En paz, conformidad y buen abrigo,
Con lo demás a esto convenible,
Sirviéndolos en todo lo posible.

Como reconocieron destas gentes,
Tan blandas y sinceras voluntades,
Dieron algunos dones y presentes
Para mas confirmar las amistades;
Al menos a personas eminentes,
O mas aventajadas en edades,
Y a madre e hijo largo catecismo,
Para que recebiesen el bautismo.

A estos nuestra fe se notifica,
Prestando para todo buen oido;
Pusieron doña Inés a la cacica,
Joan Ponce de León al convertido:
La paz y el amistad se fortifica,
Sin muestra de tener amor fingido,
Y estos les descubrieron minerales
De oro de riquísimos caudales.

Formaron leves ranchos, cañaveras
Compuestas y ligadas con bejuco,
Taláronse los montes de riberas,
Que por acá llamamos arcabuco;
De las cuales no fueron las postreras
Las de Manatuabon y de Cibuco,
Do fueran tan riquísimos veneros,
Que no podrán crecer los venideros.

El oro sus veneros mas abona
A la siniestra mano y a la diestra;
Joan Ponce va ganando gran corona
Entre los indios y entre gente nuestra;
Ansí quiso llevar por su persona
Al gran comendador tan rica muestra;
Pero cuando llegó halló ser ido,
Y don Diego Colón recién venido.

Fué su primer venida la que digo,
Y a vueltas del consorcio virtüoso
El don Diego Colón trae consigo
Un Sotomayor, hombre generoso;
Don Diego se le daba por amigo,
Por ser hijo de conde valeroso,
Y el rey a este por le hacer bienes
Dió la gobernación de Boriquenes.

Del cumplimiento destas provisiones
Escusóse Colón por ciertas vías,
Y a Joan Cerón nombró por ocasiones
Que no faltaron en aquellos días:
Debajo de las cuales intenciones
Nombró por alguacil a Miguel Diaz,
De quien hemos tratado largamente
En parte del historia precedente.

Volvióse pues Joan Ponce despojado
Al Boriquén que vamos allanando;
Pero muy poco tiempo ya pasado,
El rey le mandó dar el dicho mando,
Siendo de sus servicios informado
Por larga relación del buen Ovando,
Y el Sotomayor fue favorecido
Del Joan Ponce después de proveído.

Y ansí, con cortesano cumplimiento,
De justicia mayor le di renombre,
Y al rey Agueibaná en repartimiento,
Fundado pueblo, dicho de su nombre;
Pero después diré con lo que cuento
La grande desventura deste hombre,
Qué fué causa de muchos otros daños
Que sucedieron en aquellos años.

Con el primer consorcio castellano,
Bien lejos de la mar y malos puestos,
A Caparra fundó, pueblo mal sano,
Donde todos andaban indios puestos:
Al cual mucho después le dió la mano
Y le buscó lugares bien compuestos,
Junto de Bayamon que lo bastece,
Y donde de presente permanece.

Son sus vecinos gente bien lucida,
Nobles, caritativos, generosos;
Hay fuerza de pertrechos proveída,
Monasterios de buenos religiosos,
Iglesia catedral muy bien servida,
Ministros dotos, limpios, virtüosos;
Fué su primer pastor y su descanso
Aquel santo varón Alonso Manso:

Varón de benditísimas costumbres,
En las divinas letras cabal hombre,
Dignísimo de mas escelsas cumbres,
Merecedor de mas alto renombre;
Su nombre denotaba mansedumbres,
Y ansí midió sus obras con su nombre;
Fué de menesterosos gran abrigo;
Porque lo conocí, sé lo que digo.

Fundó Caparra pues año de nueve
Joan Ponce de León, hombre bastante;
Mas cuando por lo dicho la remueve,
Serian doce años adelante;
Y por cumplir mi pluma lo que debe,
Diremos otros pueblos, Dios mediante,
Que fundaron entonces los primeros,
Aunque los menos fueron duraderos.

Después al noroeste de Guayama,
Rio que tengo ya conmemorado,
En un sitio, que Cuanica se llama,
Tuvieron otro pueblo fabricado:
Bahía, pero tal que, según fama,
Es la mejor de todo lo criado;
Fundólo don Cristóbal do decimos,
Que es el Sotomayor que referimos.

Mas donde manifiestan mis escritos,
No comportó la gente ser poblada,
Por ser tanta la copia de mosquitos
Que nunca se vió plaga tan pesada;
Y ansí, vencido ya de tantos gritos,
La pasó don Cristóbal al Aguada,
Que es al oeste norueste desta via
Con nombre del renombre que él tenía.

Aquí y en todas las demás distancias
Servían indios por repartimientos;
Había fertilísimas estancias,
Y en ellas españoles muy contentos:
Crecían cada día las ganancias,
De oro caudalosos nacimientos,
En Quiminén, Guainea y Horomicos,
Duyey y Cabuin, rios bien ricos.

Huye la chisme, cesa la conseja,
Crece contento, nace regocijo,
Sin olor ni barrunto ni semeja
De guerra ni contienda ni letijo;
Asegurándolos la buena vieja,
Y el buen Agueibaná su noble hijo:
Los indios mas feroces y mas bravos
Servían mucho mas que los esclavos.

Gozaba, como digo, nuestra gente
De riquezas contento y alegría,
Con el Agueibaná, varón prudente,
Por quien toda la tierra se regía;
Murió la madre, y él de muy doliente
Vido también su postrimero día;
Al heredero, pero, no le plugo
Sufrir ni tolerar tan duro yugo.

Algunos españoles mal regidos,
Fiando de las viejas amistades,
Andaban por mil partes divertidos,
En sus estancias, minas y heredades;
Casi que para siempre despedidos,
De cualesquier rebeldes novedades,
Aunque días atrás, obra de un año,
Negocio sucedió no poco extraño.

El cual aconteció por esta via:
Un mozo, Joan Süarez Sevillano,
A sus solas se fué, no sé qué dia,
A casa de un señor, crüel tirano:
Aimanio, según dicen, se decia;
Y este mandó prender aquel cristiano
Para jugallo, y después del juego
Quien lo ganase lo matase luego.

Es su juego pelota saltadera,
Grande, de cierta pasta ternecilla,
Tantos a tantos anda la carrera
En el batey o plaza que se trilla;
Y las rehazas son con la cadera,
Con hombros, con cabeza, con rodilla
Es toda la porfía deste marte
Que pase puesto de contraria parte.

Para la tarde dejan la batalla,
Para que su frescor mas lo despierte,
Regocijándose la vil canalla,
En que la joya fuese desta suerte,
Cada cual deseando de ganalla
Para perdella luego con la muerte,
Y el afligido, triste, maniatado,
A Dios encaminaba su cuidado.

El cual trajo consigo cuando vino
Un paje que se dió no mala maña,
Pues visto de los indios el desino,
La revuelta, la grita, la maraña,
Acogióse, mas no por el camino,
Sino por el rigor de la montaña;
A Guarionex llegó todo lloroso,
Do estaba Salazar el animoso.

Diego de Salazar, que lo miraba,
Como persona que lo conocía
Luego le preguntó por qué lloraba,
Y cual era la queja que traia;
El indio le contó lo que pasaba
Del riesgo que su amo padecía;
Y por echar a su valor el sello
Luego determinó de socorrello.

“Vamos, le dice, pues, en un instante,
Antes que el miserable mozo muera,
Porque lo libraremos, Dios mediante.”
El indio rehusaba la carrera;
Mas con amenazallo fué delante,
Hasta llegar a ver la gente fiera,
Embarbascados en el ejercicio
Para hacer el torpe sacrificio.

Encubrióse muy bien, por donde iba
Los puestos de los juegos acechando,
Holgándose de ver la presa viva,
Y los que con placer andan jugando;
Su saña de los ver es escesiva,
Los labios con furor remordiscando,
Diciendo: “yo prometo que si llego,
Que mi jugar baraje vuestro juego.”

Este hidalgo, que Salazar llamo,
En socorrer dijérades que vuela,
Presto, lijero, suelto mas que gamo,
Mas vivo que la mas viva candela;
Y al indiezuelo dió para su amo
En Guarionex espada con rodela;
Mandándole que siempre lo siguiese,
Cuando con mas furor arremetiese.

Llegó por el lugar mas ascondido
Con aquel fidelísimo vasallo,
Salió con un furor jamás oido,
Tanto que no podré yo relatallo;
Y hizo con sus golpes mas ruido
Que si fueran cincuenta de caballo,
Aquí y allí saltando como onza
Que para mayor salto se desgonza.

Donde mas riesgo ve mucho mas osa,
Mas bravo que la brava serpiente,
Y en el arremetida furiosa
Cortó las ligaduras al paciente.
El cual, con la ayuda venturosa,
Cobró mayores brios de valiente;
Aquello se le da que el mozo quiere,
Y dícele: “haced como hiciere.”

Ambos a dos comienzan a porfía
A menear de veras las espadas,
Dando según el caso requería
Profundas y crüeles cuchilladas.
El golpe de la sangre que corría
Henchía los caminos y calzadas;
Aquí muertos veréis, allí caídos,
Y todos de gran miedo poseídos.

Como si por la plaza de gran gente,
Sin ser de los autores avisada,
Soltasen algún toro de repente
Tomándola del caso descuidada;
Y con aquel temor incontinente
Holgasen de la ver desocupada,
Buscando cada cual una guarida
Do pudiese mejor guardar su vida;

Ansí con el asalto repentino,
Ruidos y alborotos del estruendo,
Se vencieron de tanto desatino,
Que parte de los indios van huyendo,
Sin atinar a senda ni camino,
O ya mal tropezando, mal cayendo,
Ya sin querer torcer pecho ni cuello,
Ya volviendo la cara para vello.

Otros también pusieron embarazos
De flechas y macanas atrevidas;
Destos veréis partidos en pedazos,
Cabezas abolladas y hendidas;
Cortando pies y piernas, manos, brazos,
Que por aquel batey iban tendidas:
Tan grandes estrañezas se hacían
Que feroces leones parecían.

Aimanio que se muestra mas constante
Con bravo furor y lozanía
Al Salazar se puso por delante,
Y semejantes cosas le decia:
“Aquí quiero yo ver, fuerte gigante,
Si te podrá valer tu valentía.”
Cubrióse Salazar con el escudo,
Y apenas tan gran golpe sufrir pudo.

La macana segunda vez enhiesta,
Y estando levantada ya la mano,
Allegó Salazar con la respuesta,
Que bien creo que fué de brazo sano;
Pues para no caer nada le presta
Haber sido, según dicen, de llano:
Con todos los demás quedó tendido
No muerto, pero muy amortecido.

Los encuentros con esto se concluyen,
A tiempo que los dos están cansados,
Los enemigos ya se disminuyen
Por aquellas zavanas y collados;
Ansí que, del lugar los unos huyen,
Y los otros están como pasmados,
Vuélvese Salazar, no por do vino,
Sino tomó derecho su camino.

Con la gloria de triunfo merecido
Caminan estos dos manos por mano,
Aimanio, que también quedó tendido,
En sí volvió cobrando seso sano;
Y luego con clamor encarecido
Mandó que le llamasen al cristiano;
Caminan con presteza mensajeros
Tras estos dos heroicos caballeros.

Los indios caminando por la via,
E yendo con el paso presuroso,
Vió Salazar la gente que venia,
Que nada lo hicieron temeroso;
Y puesta la rodela que traia
En ella se sentaron de reposo;
Decíale Süarez que huyera;
El dijo: “huir no, ni Dios lo quiera.

“Otra diez tanta gente no bastara
Para que no hiciéramos acervos,
Demás de que sabemos a la clara
Que son leones estos y son ciervos;
Son ciervos peleando cara a cara,
Y si huís leones son protervos:
Bebed y descansad en esa fuente,
Dejad a mí con ellos solamente.”

Donde los dos hicieron su parada
Llegó luego la gente que corría,
Dieron al Salazar el embajada,
Según les pareció que convenia;
El, sin que rehusase la tornada,
Luego les respondió que le placía:
Süarez contradijo sus intentos,
Diciéndole ser locos pensamientos.

Teniendo Salazar ningún recelo,
Daba justificadas sus respuestas;
El otro con temor y desconsuelo
Las manos a los cielos tiene puestas;
Y las rodillas ambas en el suelo,
Le ruega huya cosas tan molestas,
Sino que pues hicieron buena suerte,
No volviesen en busca de la muerte.

El Salazar le dijo: “buen amigo,
En aquesta sazón y coyuntura
Yo no consentiré que vais conmigo,
Pues que tenéis la vida ya segura:
Yo solo tengo de ir a lo que digo,
Puesto que lo juzguéis a gran locura;
Seguro podréis ir de vuestra vida,
Pues que tenéis bien cerca la guarida.”

Süarez dijo: “id donde quisierdes,
Ya que, señor, estáis determinado,
Que yo tengo de ir a donde fuerdes
Sin un punto faltar de vuestro lado,
Para morir adonde vos murierdes,
Sin aflojar jamás deste cuidado;
Volvamos ambos donde nos atienden
Y allá veremos bien lo que pretenden.”

Al peligro que ya detrás dejaban
Ambos a dos volvieron juntamente,
Do vieron que sin armas esperaban
Inumerable número de gente,
Que todos con dolor acompañaban
Al Aimanio, llagado de la frente.
El cual desque bajó de la ladera
Al Salazar habló desta manera:

“Salazar, valeroso caballero,
Tu pecho de temor todo se escombre,
No queriendo negarme lo que quiero,
Pues pido lo que puede dar un hombre;
Y es que me tomes tú por compañero,
Con el valor y gracia de tu nombre,
Que gloria me darán armas y damas,
Si me llamare yo como te llamas.”

Oidas semejantes niñerías,
Respondió Salazar con rostro ledo:
“Por conocer en tí mis valentías
Y no morar en tí brizna de miedo,
Mi nombre, con las mas hazañas mias,
De buena voluntad te lo concedo;
Mas para lo tomar con mejor mano
Sabrás que te conviene ser cristiano.”

El indio destas cosas informado
Parecióle bien y fué contento,
Y ansí después de ser catequizado
Le dieron este santo sacramento:
Túvose de sus males por pagado
En heredar aqueste nombramiento:
Y los indios que Aimanio lo nombraban
Agora Salazar apellidaban.

Volviéronse pues estos dos varones
Do estaban sus amigos y parientes,
Cargados de preseas y de dones,
Y bien acompañados destas gentes:
Gran amistad y grandes aficiones
Mostraban sin zozobras diferentes;
Pero poco duraron en sosiego,
Según, mediante Dios, diremos luego.


CANTO SEGUNDO

Donde se trata el gran rebelión de los indios
boriquenes, y cosas que pasaron durante la guerra.

De pechos de pasión y dolor llenos
A veces la paciencia se desvia;
Dos bandos que de paz están ajenos
Uno suele tomar mas osadía;
Viendo que su contrario tiene menos
Del mas que se pensaba que tenia,
Su baja condición hace mas alta
Después que reconocen esta falta.

Sufriendo pues aquestos naturales
No pocas sinrazones insufribles,
Callaban por hallarse desiguales
En armas aceradas y terribles;
Piensan que son los nuestros inmortales,
Y que también serian invencibles;
Deseaban saber lo cierto desto
Debajo de dañado presupuesto.

Quería ya pasar onceno año
Con el millar y medio que se saca,
Cuando por remediar su grave daño
Hicieron indios junta muy bellaca,
Do tomó cargo deste desengaño
Urayoán, cacique de Yaguaca,
Jurando no cesar con piés ni manos
Hasta saber si mueren los cristianos.

Estando con intento tan acedo
A sus promesas esperando lance,
Pasó por allí Diego de Salcedo
Sin gente que le fuesen en alcance;
Urayoán se le mostraba ledo,
Sin muestra ni señal del duro trance,
Haciéndole cumplida cortesía,
Y dióle para ir gran compañía.

Partióse con los indios advertidos
El que sin advertencia sale fuera,
Mostráronsele todos comedidos
Al tiempo de pasar una ribera;
El cual por no mojarse los vestidos
Sobre sus hombros va, que no debiera,
Porque por ellos fué precipitado
En lo mas peligroso deste vado.

Viéndolo vacilar en ese punto,
De mas de dos o tres que esto hicieron,
El golpe de los indios vino junto,
Y una hora sumergido lo tuvieron,
Hasta que conocieron ser difunto
Y por hombre mortal lo conocieron,
Aunque no lo tenían por tan cierto
Que creyesen estar del todo muerto.

Y aun esperáronlo tercero dia
Por esperar al fin cuerpo ahogado,
Hablábanle con grande cortesía
Pidiéndole perdón de lo pasado,
Hasta tanto que el cuerpo mal olia;
Y cada cual quedó certificado
Que no podía ser caso fingido
Disimular un cuerpo corrompido.

Hecha desta manera larga prueba
De que los españoles son mortales,
Al vil Urayoán llegó la nueva
De parte de los indios desleales;
Al mal Agueibaná también se lleva
Y a los demás caciques principales;
Convócanse los grandes de la tierra,
Para hacer de veras esta guerra.

Agueibaná por ser el mas potente
A todos los demás así convoca,
Porque la isla toda comunmente
Pendía del mandato de su boca;
Urayoán llegó muy diligente,
Aimanio, Guarionex, Mobodomoca,
Con otros principales conocidos
Que del mismo furor vienen vencidos.

Y no me espanto destos pareceres
Ni de que sean malos sus concetos,
Pues ven disminuidos sus placeres
Y todos ellos andan inquietos;
Y sus hijos y hijas y mujeres
A servidumbre mísera sujetos,
Pierden de libertad aquellos fueros
Que no pueden comprarse por dineros.

Llegada pues aquesta compañía
En un universal ayuntamiento,
Agueibaná, que todo lo movia
Para perfecionar su mal intento,
A todos les habló lo que sentía,
Haciéndoles un cierto parlamento
Breve, mas por palabras bien compuestas,
Las cuales en sustancia fueron estas:

“Si cesan los estremos de locura,
Si quien tiene razón sin razón siente,
Si memoria de bien antiguo dura,
Ningún varón habrá que no lamente
La grave sujeción y desventura
Que todos padecemos al presente.
¡Cuán afligidos, cuán atribulados,
Cuán muertos, cuán corridos, cuán cansados!

“Los días y las noches padeciendo,
Servimos estas gentes estranjeras,
A mas andar nos vamos consumiendo
En minas y prolijas sementeras,
Y todos ellos andan repartiendo
Nuestros campos, zavanas y riberas,
Aquello que aquí siempre poseímos,
Y donde nos criamos y nacimos.

“Cada cual de nosotros tiene dueño
A quien reconozcamos obediencia,
Y a todos cuantos males os enseño
No hacemos alguna resistencia;
Antes como vencidos de gran sueño
Llevamos estas cosas con paciencia,
Hasta dalles las hijas y mujeres
Para sus pasatiempos y placeres.

“A la maldad y desvergüenza suya
Como viles cobardes damos vado;
No siento de vosotros quien concluya
En remediar negocio tan pesado;
Pues ¿quién hay de los hombres que no huya
Siendo cornudo ser aporreado,
Sino nosotros, vil y baja gente,
Que pasamos por todo blandamente?

“Pues decid, moradores desta tierra,
Que dormís y roncáis con pecho sano,
¿Vosotros no sabéis qué cosa es guerra?
¿No nacistes las armas en la mano?
¿No soléis alentaros por la sierra
Mejor que si corriésedes por llano?
Pues ¿cómo falta ya quien nos acuerde
El bien de tanto bien como se pierde?

“Los caribes con sus ferocidades,
Que sombra nunca fué que los asombre,
Con tantas y tan feas crüeldades
Que tiembla de decillas cualquier hombre,
Tienen en mucho nuestras amistades,
Tiemblan del Boriquén y de su nombre,
Y nosotros temblamos de doscientos
Cojos, tullidos, mancos y hambrientos.

“Aquella vieja, mi bestial abuela,
Y el insensato torpe de mi tio
Nos hicieron creer cierta novela
Que siempre tuve yo por desvarío;
Pero ya la verdad se nos revela
Por aguas del Guarabo nuestro rio,
Que no son inmortales los cristianos,
Y que pueden morir a nuestras manos.

“Por tanto, cada cual las haga prestas
Y del pesado sueño se despierte,
Échese dos carcajes a las cuestas,
Aliste con furor el arco fuerte;
Y sin otras demandas ni respuestas
Mueran los enemigos mala muerte,
Porque no puede ser mejor cauterio
Para la llaga deste cautiverio.”

Movidos desta loca confianza,
Responden los caciques del alarde:
“Para poder tomar esta venganza,
Conviene que ninguno mas aguarde;
Porque la dilación y la tardanza
Tanto peor será cuanto mas tarde,
Y sean las primeras circunstancias
Matar a cuantos hay en sus estancias.”

En esto quedan todos acordados,
Pospuestos todos miedos y temores,
Y aun agora van determinados
De dar sobre sus amos y señores,
Estando todos ellos descuidados
De semejantes riesgos y rigores;
Que mala defensión, que mal abrigo,
Seguridad en cas del enemigo.

No cumplía mostrarse negligentes
Los nuestros que roncaban de dormidos.
Por ser los boriquenes tales gentes,
Que pueden ser a todos preferidos:
Membrudos, fuertes, sueltos y valientes,
En el acometer muy atrevidos,
Tan bravos, tan crüeles inhumanos,
Que son bien menester entrambas manos.

Pues los caciques dichos convenidos,
Sin que cosa se huela ni se sienta,
Fueron a los asientos conocidos
Al punto y a la hora que se cuenta;
Y de los españoles divididos
Mataron luego mas de los ochenta,
De manera que en una misma hora,
Pagaron a sus amos la demora.

Agueibaná pagó con otro tanto
Al amo don Cristóbal que servia,
La cual muerte cantaron en un canto
De cierta borrachera que hacia,
No sin admiración ni sin espanto
Del hermana hermosa que tenia,
Que con el don Cristóbal se holgaba,
Y le dió cuenta de lo que pasaba.

Durante pues el canto mal fundado,
Un mozo, que se dijo Joan González,
En entender la lengua señalado,
Queriendo percebir aquestos males,
Desnudo según ellos y embijado,
Metióse con los mismos naturales,
Y pudo conocer al descubierto
Lo dicho por la india ser muy cierto.

Procuró de salirse del aprieto,
Rodeado de plumas y poporos,
Y con aquel aviso de discreto,
Ya fuera de los bailes y sus coros,
Habló con don Cristóbal en secreto,
Diciendo: “señor, ciertos son los toros;
Pareceríame muy buena cosa
Que pongamos los pies en polvorosa.

“No cumple dilación; porque yo juro
Que el esperar será gran desatino;
Caminemos agora con oscuro,
Porque yo guiaré por tal camino
Que cada cual de nos vaya seguro
Debajo confianza de mi tino.”
El don Cristóbal dijo que se iria,
Pero de noche no, sino de dia.

Eran con don Cristóbal seis cristianos
Que estuvieron la noche muy a pique,
Siempre con las espadas en las manos
Y no sin sobresalto de repique;
Pero, claros los montes y los llanos,
Mando luego llamar a su cacique,
Diciéndole: “hacemos hoy viaje,
Danos gentes que lleven el fardaje.”

El indio respondió que le placía,
Y trajo muchos indios bien dispuestos
Para la gran maldad que pretendía
Instrutos, avisados y compuestos:
Partió la desdichada compañía
Con los tamemes malos y molestos;
El Joan González su salida tarda,
Casi quedándose por retaguarda.

Aquel que la traición mal la menea,
Después que todos seis fueron partidos,
Tomó trescientos hombres de pelea,
En menear las armas escogidos;
En seguimiento va de quien desea,
Por caminos y pasos conocidos,
Y el rey Agueibaná, mozo lijero,
Al Joan González alcanzó primero.

Díjole: “dónde vas”, y dióle luego
En la cabeza desapercebida;
Del golpe de la sangre quedó ciego,
Y antes de que segundase la herida,
Hincóse de rodillas, y con ruego
Pide que no le prive de la vida;
El rey dijo, sintiéndolo tan flaco:
“Adelante, dejad este bellaco.”

Dejáronlo con harta pesadumbre,
Quebradas las narices y las muelas,
Y a los demás les dieron certidumbre
De su mal, pues les huellan ya las suelas
Rostro hicieron a la muchedumbre,
Embrazadas espadas y rodelas;
Mas ¿qué verán los pocos entre tantos,
Que no sean mortíferos espantos?

Rodean los trescientos combatientes
El breve batallón de los cristianos;
Necesidad los hace ser valientes,
Bien como numantinos con romanos:
Derríbanse narices, muelas, dientes,
Por el suelo veréis rendidas manos,
Es la sangre que corre de manera
Que va tiñendo toda la ladera.

Como toros en cosos son heridos,
Por rostros, por espaldas y por lados,
Por todas partes son acometidos,
Todos traen los pechos traspasados:
Ya casi muertos, pero no vencidos,
Ni de vender su vida descuidados
Quisiera don Cristóbal la venganza
Del rey Agueibaná, mas no lo alcanza.

El espada tenia ya cercana,
Mas en ciertos bejucos estropieza,
Luego terrible golpe de macana
Le hizo dos pedazos la cabeza;
Y el resto de la gente castellana
Para postrer gemido se adereza;
Dieron los indios, aunque gente dura,
A solo don Cristóbal sepultura.

Volvieron a buscar al Joan González,
No para defensión de su partido;
Mas él entróse luego por breñales,
De suerte que no pudo ser habido:
Obró Dios sus milagros y señales
En escapar un hombre tan herido;
Porque si la tal lengua pereciera,
Aquesta desventura mayor fuera.

Huyendo de los ásperos escesos
Que el rey Agueibaná con otros fragua,
Descubiertos los cascos y los huesos,
Y a todas horas cantidad de agua,
Rompió por arcabucos mas espesos,
Atravesando sierras de Jacagua;
Salió por gobernar también su proa
A un heredamiento dicho Toa.

Hallóse quince leguas mas avante
De lo que su juicio computaba,
Gente nuestra halló bien ignorante
De lo que la tal lengua relataba;
Algún ángel llevaba por delante,
Que por tan buen camino lo guiaba;
Tuvo quien lo curó tan buena mano
Que desde a pocos meses quedó sano.

Encendida la fuerza deste fuego
Por los modos que tengo repartidos,
Agueibaná, sin recebir sosiego,
Juntó diez mil gandules escogidos;
Y al indio Guarionex le mandó luego
Que los lleve por bosques ascondidos
A dar en aquel pueblo de la Aguada
Y a fuego y sangre dél no deje nada.

Todos fueron muy bien apercebidos
Y confiados de su vencimiento;
Los nuestros descuidados y dormidos,
Que podrían ser todos hasta ciento,
En los dos dichos pueblos repartidos,
Y ajenos del rebelde movimiento,
Salvo Caparra, do por Joan González
Joan Ponce supo todos estos males.

No pudo Joan González lo que quiso,
Ni los que con él juntos han llegado,
Pues por ser el negocio de improviso,
Joan Ponce pudo ser el avisado;
Y ninguno le pudo dar aviso
A Sotomayor, pueblo descuidado,
El cual Aguada es por otro nombre,
A quien dió don Cristóbal su renombre.

Había pues en estos dos lugares,
Al tiempo destas vueltas y marañas,
Varones pocos pero singulares,
Que hicieron proezas y hazañas,
Mayores que los fuertes doce pares;
Y aun se pueden tener por mas estrañas,
Pues no se ponen en aquestos cuentos
Fábulas, ni ficiones, ni comentos.

Estaba Salazar en esta villa
En fuerzas y en esfuerzo señalado,
Sin que faltase punto ni hebilla
Para varón heróico y esforzado:
Gran siervo de la Virgen sin mancilla,
Urbano, comedido, bien criado,
Hubo también aquí Miguel de Toro,
Que fué de las victorias gran decoro.

En tierra firme y en sus asperezas
Mostróse con Hojeda gran guerrero,
Y ansí, por sus hazañas y proezas
El santo rey lo hizo caballero;
Joan López Adalid, cuyas destrezas
No merecen aquí lugar postrero,
Porque sus tinos son atrevimientos
No se podrán decir en breves tiempos.

Añasco, cuya fuerza nada mansa
Al escuadrón desprecia mas armado;
Un Sebastián Alonso, que no cansa
Rompiendo lo que está mas reparado;
Y aquel fuerte varón, Luis Almansa,
Francisco Barrio-Nuevo, Joan Casado,
Y aquel de color loro, Joan Mejía,
Cuyo loor no halla demasía.

Y un hombre de Alanís, natural mio,
Del fuerte Boriquén, pesada peste,
Dicho Joan de León, con cuyo brío
Aquí cobró valor cristiana hueste,
Trájonos a las Indias un navio,
A mí y a Baltasar un hijo deste,
Que hizo cosas dignas de memoria,
Que el buen Oviedo pone por historia.

Pero López de Ángulo, cuya lanza
Hizo por escuadrón ancho camino,
Sin espantallo la mayor pujanza
De batalla ni salto repentino,
Donde no tuvo menos alabanza
Martin de Guiluz, noble vizcaíno,
Fortísimo, lijero y animoso,
Y en los trances de guerra venturoso.

También Joan Gil, que siendo mozo tierno
Todos sus hechos fueron soberanos,
Tantos, que tuvo destos el gobierno
Dotado ya de dias mas ancianos:
Fué gran terror y espanto sempiterno
De todos los caribes comarcanos,
Hasta metellos en su propia tierra,
Y a su costa hacelles cruda guerra.

En aquesta sazón y coyuntura,
Otros valerosísimos soldados,
Que no sabré poner por escritura,
Estaban en los pueblos señalados;
Do va Guarionex con gran soltura
Con los indios que dije bien armados;
Y porque fué reencuentro bien reñido,
Después os contaré lo sucedido.

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