Víctor Manuel Pazarín LP 2

 Pazarín, Víctor Manuel

Nació en Zapotlán el Grande, Jalisco, 1963; actualmente vive en el poblado de Tonalá, en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Tiene publicados libros de cuentos, periodismo y poesía: Puentes (relatos), editorial Mala Estrella, 1993. Construcciones (poesía), Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994. Retrato a cuatro voces (Arreola y los talleres literarios) (entrevistas), editorial de la Universidad de Guadalajara, Divagaciones en las escaleras (cuentos), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, 1994, Arreola, un taller continuo (periodismo), editorial Ágata, 1995, Cantar (poesía), Secretaría de Cultura de Jalisco, 1995, La medida (poesía), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, colección Los Cuadernos del Jabalí, 1996, Cazadores de gallinas (novela, 2008) y Ardentía (poesía, Buenos Aires, Argentina, 2009).

 

Acuña la leyenda, no la obra

El mito de Manuel Acuña se acerca al de poetas como Dante y su Beatrice, Ramón López Velarde y su Fuensanta, quienes lograron de una fantasía femenina una obra perdurable

A Abel Ramírez

De Manuel Acuña (Saltillo, Coahuila 1849-Ciudad de México, 1873) se recuerda más su leyenda que su obra; a excepción de su “Nocturno a Rosario” —que lleva de manera directa al mito acuñiano—, poco o casi nada está en la memoria de los ya casi agotados lectores de una obra que revela, sobre todo, una postura filosófica (el Positivismo), un tiempo heroico de México (la construcción de la República), el acercamiento a un movimiento universal (el Romanticismo) y la entrada de la ciencia médica a la poesía nacional.

Después del texto mayor de Sor Juana (“Primero sueño”), por extensión deberíamos colocar al quizás mejor poema de Manuel Acuña “Ante un cadáver”; ambos otorgan línea directa a la tradición de poemas largos en nuestro país, extendida hasta el siglo pasado para luego (casi) perderse. De manera cercana están, entonces, el poema de Acuña y “Canto a un dios mineral” de Jorge Cuesta, y hasta se podría incluir en este trazo cuasi temático de la ciencia y la poesía el texto de Bernardo Ortiz de Montellano, “Segundo sueño”, que alude a los suplicios médicos y a un recurso-homenaje en su título a Sor Juana.

No obstante, preferimos volver una y otra vez al “Nocturno a Rosario”, pues la leyenda es más contundente (en apariencia) que los aportes a la cultura y, sobre todo, a la poesía que Acuña trajo con su “Ante un cadáver”, del que Salvador Elizondo ha dicho “…merece una mayor atención de la que generalmente se le concede, [ya que] la leyenda ‘romántica’ en la que ha quedado envuelta la vida de este poeta y la popularidad de su desafortunado Nocturno, enturbian la perfecta adecuación de forma y ritmo, en la construcción que constituye una meditación sistemática de acuerdo con los principios de la filosofía positivista…” (Museo poético, UNAM, 1974).

La popularidad del poema nos la confirma el hecho de que no hace muchos años lo llevaron a la declamación Manuel Bernal y al canto, Los Alegres de Terán, Cornelio Reyna y Chalino Sánchez, logrando un enorme éxito entre sus públicos; luego, la incluirían otros trovadores mexicanos en sus repertorios y la actriz Ofelia Medina interpretaría al personaje en una homónima película.

La dama y el suicidio

Ignoro los cánones de belleza de la época, sin embargo las (escasas) imágenes que podemos encontrar de Rosario de la Peña no la muestran como una mujer exactamente hermosa; con todo, en su derredor se fincaron pasiones amorosas: los poetas de su tiempo, quienes acudían a su casa para realizar una tertulia ya legendaria, “deliraban” por su persona. Siempre a los pies de Rosario estuvieron los bardos Juan de Dios Peza, Antonio Plaza, Manuel M. Flores, Ignacio Ramírez, Agustín F. Cuenca, Gerardo M. Silva, Javier Santamaría, Juan B. Garza, Miguel Portilla, Vicente Morales y Manuel Acuña… Éste último —como la mayoría sabe— la llevó a convertirse en inmortal y en personaje imprescindible de nuestra cultura literaria. Hay, por cierto, diversas interrogantes en torno a esos supuestos amorosos de la llamada “Rosario la de Acuña” que desde hace mucho tiempo he querido formular, a manera de hipótesis —o como mero chisme (a destiempo) y juego literario—, aprovechando la democracia de los muertos.

A partir del singular retrato de Rosario de la Peña y Llerena que en 1874 nos obsequió Ignacio Ramírez “el Nigromante”, se puede colegir que la musa de bardos no solamente tenía una sensibilidad y una inteligencia privilegiadas, que los obnubiló, sino que también Rosario descendía de una familia de hacendados cuyos parentescos fueron de algún modo ilustres y poderosos; bien se podría hacer la siguiente pregunta: ¿los poetas solamente admiraban la supuesta belleza de Rosario o también deseaban obtener de ella una posición relevante social y económica? Pues no solamente Acuña la pretendió, sino que la gran mayoría de ellos lo hizo, entonces: ¿era el amor lo que les llamaba o su posición?

Recordemos: la mayoría eran jóvenes, de escasos recursos y con ansiedad de triunfo. En aquella época —y en la actualidad— el prestigio social es más importante que cualquier altura poética y literaria, y ganar el amor de Rosario de la Peña hubiera hecho que se fincara de otro modo la inmortalidad y, en el mejor de los casos, una comodidad para escribir su obra. Entonces: ¿qué buscaban los vates decimonónicos, hacer una obra perdurable, un acomodo en la sociedad de aquel tiempo o las dos cosas? Se sabe que hasta José Martí intentó seducirla; después de la sonada muerte de Acuña, le escribió una carta a la musa, no sin antes publicar en El Federalista (México, 6 de diciembre de 1876) algunas palabras sobre Acuña, posterior al acontecimiento fatal:

Yo habría acompañado al grande y sombrío Acuña, a aquella alma ígnea y opaca, cuyo delito fue un desequilibrio entre la concepción y el valor —yo le habría acompañado, en las noches de mayo, cuando hace aroma y aire tibio en las avenidas de la hermosísima Alameda [parque de la Ciudad de México]. De vuelta de largos paseos, tal vez de vuelta del apacible barrio de San Cosme, habríamos juntos visto cómo es por la noche más extenso el cielo, más fácil la generosidad, más olvidable la amargura, menos traidor el hombre, más viva el alma amante, más dulce y llevadera la pobreza.

Para luego escribir abundantes misivas a Rosario. Alguna dice (Los amores de Martí de La Prensa, San Antonio, Texas, 17 de octubre de 1948):

Amar en mí —y vierto aquí toda la creencia de un espíritu— es cosa vigorosa… que en cuanto en la tierra estrechísima se mueve no ha hallado en donde ponerse entera todavía… Angustia esto de sentirse vivísimo y repleto de ternuras, en esta atmósfera tibia, en esta pequeña insoportable, en esta igualdad monótona, en esta vida medida, en este vacío de mis amores que sobre el cuerpo me pesa. Enfermedad de vivir: de esta enfermedad se murió Acuña. Rosario, despiérteme usted, porque vivir es cama, por eso vivo; porque vivir es sufrimiento, por eso vivo; porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y que todo dolor. Esfuércese usted; vénzame. Yo necesito encontrar en mi alma una explicación, un deseo, un motivo justo, una noble disculpa de mi vida. De cuantas vi, nadie más que usted podría. Y hace cuatro o seis días que tengo frío.

Ante un cadáver

¿Qué pretendía el joven poeta Manuel Acuña —tenía apenas 24 años— con su azotada disposición de suicidio y el poema, luego célebre, que sabemos había escrito antes de su decisión? ¿Ganar la oportunidad ante el grupo, de ser el elegido de Rosario? Se sabe que Rosario de la Peña nada sabía de ese amor de Acuña por ella. Ya que cincuentona —y viva— defendía su inocencia ante la sociedad de su tiempo. Se cuenta que Rosario nunca se casó y que “el amor de su vida”, en realidad, fue el poeta Manuel M. Flores, quien “murió en sus brazos, de sífilis”.

¿Manuel Acuña planeó una forma de llamar la atención? En un texto de 1897, Antonio Plaza narra la historia:

Abandonamos la Alameda a la hora del crepúsculo, lo dejé en la puerta de una casa de la calle de Santa Isabel y me dijo al despedirnos:

—Mañana a la una en punto te espero sin falta.
—¿En punto?—le pregunté.
—Si tardas un minuto más…
—¿Qué sucederá?
—Que me iré sin verte.
—¿Te irás, a dónde?
—Estoy de viaje… sí… de viaje… lo sabrás después.

Estas últimas palabras cayeron sobre mi alma como gotas de fuego. Quise preguntarle más; pero él se metió en aquella casa y yo me fui triste y malhumorado como si hubiera recibido una noticia infausta. Yo sólo sabía que aquel gigantesco espíritu estaba enfermo y temía una crisis. Acuña llegó algo tarde a la Escuela en aquella noche; rompió y quemó muchos papeles que tenía guardados; escribió varias cartas listadas de negro, una para su ausente madre, otra para Antonio Coellar, otra para Gerardo Silva, dos para unas amigas íntimas. Dicen que al día siguiente se levantó tarde, arregló su habitación, se fue después a dar un baño, volvió a su cuarto a las doce, y sin duda en esos momentos, con mano segura y firme escribió las siguientes líneas: “Lo de menos será entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable —Diciembre 6 de 1873. —Manuel Acuña”.

Yo llegué a visitarlo a la una y minutos, porque un amigo me detuvo en la puerta de la Escuela. Encontré sobre la mesa de noche una bujía encendida y a Acuña tendido en su cama con la expresión natural del que duerme. Toqué su frente guiado por extraño presentimiento y la encontré tibia; alcé en uno de sus ojos un párpado y la expresión de la pupila me aterró; volví entonces con sobresalto el rostro hacia la mesa de noche y me encontré en ella, junto a la vela, un vaso en que se apoyaba el papel que antes he copiado. Me incliné para leerlo y un acre olor de almendras amargas me descorrió el velo de aquel misterio. Aturdido, loco, llamé a los entonces estudiantes y hoy médicos Vargas, Villamil y Oribe, que vivían en el cuarto de junto. Oribe se precipitó sobre el cadáver queriendo volverlo a la vida y le hizo una insuflación de boca a boca, al tiempo que Vargas movía el tórax para producir la respiración artificial. Todo fue en vano. Oribe cayó presa de un vértigo intoxicado por el olor del cianuro, pues Acuña había apurado cerca de dos dracmas de esta substancia.

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