Velázquez LP 4

Velázquez,

 

Así fue…

El día que Toño cumplió 8 años se despertó con un hormigueo extraño en sus ojos. No presto atención. Él estaba feliz porque era su cumpleaños y quería más que nada salir a jugar pelota con sus amiguitos. Casi eran las 9 de la mañana cuando salió a toda carrera en busca de Paco y Tito, sus amigos. Iba calle abajo y cuando pasó frente a donde vivía Doña Soledad, la miró sentada en un banquillo hecho de un tronco de árbol frente a la puerta de su casa, con la falda recogida hasta las rodillas y un cigarro humeante que sostenían sus labios con gesto desafiante, como lo había hecho desde que aprendió a fumar. Toño se detuvo, hubo algo en el humo que despedía el cigarrillo que Doña Soledad fumaba, que lo hizo estremecerse y recordar el hormigueo en sus ojos cuando despertó.
-¿Buenos días?- dijo Toño
Ella, con mirada serena y voz segura y mirándolo fijo a los ojos, contestó:
-Me retiro, dejo todo.
El niño, asombrado, preguntó:
-¿Se va del pueblo?
Ella, con toda su fuerza, pero sin alzar la voz, dijo:
-¡Me voy de todo!
Luego, mirando al horizonte, donde las cosas se vuelven diminutas, agregó:
-Buscaré un lugar que haya sido bendecido por Dios, y si Él olvidó bendecir aunque sea un rincón en la Tierra , pues lo bendeciré yo; y si le da coraje porque lo bendigo yo, pues me retiro de Dios, también.
Al decir eso último, una gran sonrisa se dibujó tierna en su rostro curtido por el tiempo. El niño no supo interpretarla.
Toño vio a la mujer entrar a lo que había sido su casa durante toda la vida, estuvo unos minutos adentro, y salió. No sacó nada, así como entró salió; con un portazo firme, como si plasmara un sello que la autorizara a dejar todo atrás, cerró la puerta y a grandes pasos, pero llenos de tranquilidad, comenzó el camino que la llevaría a alejarse de todo.

Caminó con solemnidad a lo largo de las calles que atravesaban el pueblo. Toño corrió en busca de sus amigos pero ya no para jugar pelota, sino para seguir a Doña Soledad. Le intrigaba saber adónde se iría la mujer de rostro ajado, de cabellos largos y grises, de mirada serena, de vestimenta gastada por el tiempo, con un aire de sapiencia que sólo da la vida, como sello característico de aquellos seres que han nacido diferentes a los demás.

Doña Soledad subió hasta la parte más alta de una montaña a las afueras del pueblo, contempló el horizonte como si lo hiciera por última vez. Los niños, desde cierta distancia, observaban todo.
Luego de un rato de estar allá arriba en un estado de ensimismamiento, la mujer rompió la quietud y empezó a bajar a toda prisa. Los niños apenas podían mantener el ritmo acelerado con el que bajaba. Se detuvo al pie de la montaña, frente a un río, en el que, en un gesto ritual, se metió lento, parecía que flotaba sobre nubes. El agua le llegaba sólo a las rodillas. Con sus manos empezó a mojar sus cabellos largos y grises, su cara y el resto de su cuerpo. Ella misma se bendecía con el agua del rio.

Toda ella emanaba una paz tierna que alcanzo a los niños que estaban detrás de un árbol observándola. Cuando estaba ya toda mojada, Doña Soledad cantó, abrazando su propio cuerpo, en un acto de despedida a lo que había sido su morada desde el día en que fue engendrada.

Y entonces comenzó a derretirse como si fuera una vela. Sus cabellos se veían aún más largos cayendo lánguidos en el agua, sus manos se deshicieron como cirios derretidos a fuego lento, su cuerpo perdió la forma humana y se convirtió en un pedazo de cera gris sobre el rio. Antes de desaparecer por completo, en su rostro marchito por el tiempo, estaba marcada la misma sonrisa que Toño vio cuando ella habló del lugar bendecido por Dios; sólo que esta vez, el infante notó en la cara de la mujer una hermosa llamarada que venía desde su interior y supo que era una sonrisa de victoria, de aquéllas que sólo se vislumbran en los seres que han cumplido con la vida y, por lo tanto, han logrado una valiosa comunicación espiritual con el mundo exterior. Poco a poco, fue desapareciendo de la vista de los pequeños espías. Toño, entendió entonces, que el hormigueo en sus ojos al despertar era una señal, preparándolo para mirar la despedida de Doña Soledad.

Los niños regresaron al pueblo y contaron lo presenciado.

Nadie entendía cómo una persona se había derretido en un rio. Todos en el pueblo se preguntaban cómo era posible algo así.
Pasaron los años, los niños se hicieron hombres y aún siguen contado la misma historia, sin cambiar ni una sola palabra. Cuando la gente, aún sin comprender, les pregunta, incrédula, cómo fue que una cosa así pudo pasar, ellos, con la certeza que les otorga el hecho de haber sido testigos de algo trascendental y real, exclaman:

-¡Así fue, y así lo contamos!

Herida

Tirada llena de lamentos una palabra herida chocó con mi zapato. Tenía las huellas de haber sido pisoteada. Tal vez un corazón sin alma la tiró impunemente, o quizá cayó de algún bolsillo, una agenda o un libro de texto. Si, eso es lo más seguro, porque cerca estaba una escuela.

¡Pobre palabra ensangrentada! Con sus letras en desorden y esparcidas, era la triste imagen de un despojo agonizante.
Miré alrededor buscando algún contenedor para palabras recicladas, así como se recicla la basura, pero nada. Pensé entonces en llamar a una ambulancia… Mala idea, me tomarían por loca. Entonces, con un toque de lesa humanidad, con el filo de una tarjeta de crédito y con cuidado exquisito, como algo virgen que se toca por primera vez, fui levantando sus letras. En un gesto paternal, un libro que reposaba bajo mi brazo, abrió sus páginas para darle auxilio a la palabra moribunda. Primero alguna letra indemne, luego las que aún heridas eran reconocibles, después las más graves, las desbaratadas. Una R que pudo haber perdido una pierna y se convirtió en P, una N que de tanto pisoteo perdió la razón y se creía una Z y una E que quedó amputada de un brazo de su espíritu dejándola en una F.

Lleve a la palabra mal herida a mi casa, dentro del libro que le dió acogimiento. Tengo la esperanza que la palabra herida se recupere.

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