Mario Escobar LP 2

Escobar, Mario

Autor de Gritos Interiores ( 2005), libro de poemas escritos en respuesta a la Proposición 187 de California. Fundador de Izote Press y co-fundador de UCLA IDEAS (Improving Dreams Education Access and Success). Salvadoreño por nacimiento, Escobar es uno de los niños  de la guerra civil que llegó a los Estados Unidos a los 12 años, donde vivió en el Sur Central y Este de Los Angeles, reciendo asilo en este país en 2006. Obtuvo una licenciatura en Literatura en Español  y Estudios Chicanos de la Universidad de California en Los Ángeles, una Maestría de la Universidad Estatal de Arizona y ha hecho estudios de  doctorado en la Universdad de of Maryland en College Park. Escobar ha presentado trabajos sobre el trauma de los niños soldados en la Universidad de Santa Barbara, en la Universidad de Los Ángeles, la Universidad del Sur de California y la Universidad Estatal de Arizona. Vive en Califas con su linda Chinana compañera Karla Escobar-Gutierrex y sus cuatro queridos hijos.

Los marañones y el teatro del dolor

Existen ciertas imágenes que forman parte de la memoria y que nos remonta a espacios y tiempos totalmente distintos a nuestro presente. Tal es mi caso cada vez que contemplo una imagen cuyo contenido son los marañones. La relación entre el marañón y el niño salvadoreño pobre de campo es todo un ritual. Hablo, desde luego, de una experiencia propia, pero común entre los niños campesinos. Cabe mencionar, para dar inicio a este breve relato, que el árbol que da el marañón no forma parte del huerto donde éste reside, sino que en el potrero del vecino quien, sin oscilaciones, no duraría de darte un golpe, sin importar tu edad, por robarle sus marañones. Sin interesarse por el peligro, el niño se asoma a la ventana. Respira profundamente: el aroma fresco que penetra sus pequeñas fosas nasales. Su saliva se le hace agua por la brisa que carga el aroma de estas, hasta ese momento, inalcanzables frutas. Estira su mano pero éste se da cuenta que es un imposible y que, por lo tanto, tendrá que salir y brincarse la cerca del vecino y eso, en cualquier país centroamericano, significa una ofensa que pueda llevar hasta la muerte o, por lo menos, a escribir un cuento que se titule “Diles que no me maten”.

Se escucha un silbido y el niño se da cuenta que a su atrevido acto se le ha unido otro niño con las mismas ganas de saborear un marañón. Con la misma solidaridad a la que nos empuja el hambre. El duro alambre de púas enterrado en sus dóciles deditos hace estremecer el mapa de sus huesos. –¡Ten cuidado! –el grito de su cómplice lo intranquiliza, pero éste sigue. Se revisa de pies a cabeza y descubre que se le ha roto su camisa hasta dejar ver el café adobe de su costilla. Su dedo pulgar, al igual que su camisa, ha recibido la factura del salto. Sin saber si debería de preocuparse por la camisa o el dedito sangrando, éste decide guardar silencio. En cambio, el amiguito cómplice se rompió en carcajadas al ver que su compinche ha renunciado a la tapicería que, minutos antes, cubría buena parte de su desnutrido cuerpo.

Como todo niño que no suele complicarse la vida con reflexiones, prosiguió hacia el árbol de frutas. Aunque, mientras corría con las manos extendidas imaginándose ser avión, el niño más afectado por el brinco, se puso a pensar en la paliza que le iba a propinar su abuelo por haber roto la camisa. La sangre del dedito o, mejor dicho, la sangre del delito se la dejaba al viento que amablemente la desparramaba por los montes.

Llegan al árbol y, sin medir el peligro de la elevación, ambos treparon a una velocidad de felinos hambrientos y se sirvieron. El agua dulce de la fruta mezclada con la tierra se desparramaba hasta acumularse en sus codos. Ajenos al mundo y a todo hábito de higiene y orden, con las bolsas llenas de semillas y satisfechos se apropiaron de la rama más cómoda del árbol para imaginarse animalitos en el cielo. Después de unos minutos la tranquilidad fue interrumpida por unas voces y ambos tuvieron que taparse la boca para contener el miedo. Uno de ellos se imaginaba como tigre, con garras espantosas, sobre el cuerpo del capataz rondando el árbol, pero luego se daba cuenta que eso no era ni imaginable y desdibujaba la imagen como se desdibujan las nubes. Para un niño las agujas del tiempo son lentas y transitan a un paso de anciano cuando los adultos se ponen hablar.

Pero fortuna, una hora después la figura del capataz y el mozo se disipaban en un paisaje lejano. Ambos niños corrieron sin importarles las espinas o charcos ni el orden de las veredas. Otra vez, la pobreza de su patio se sentía en el cuero de sus pies descalzos. Suspiran y uno de ellos se alegra al darse cuenta que las semillas siguen ahí, en la bolsita de su pantalón. Mientras, el niño vecino no ha tenido suerte pues la bolsita de su pantalón no aguanto el peso de las semillas ni las garras de una rama seca que se le cruzó en el camino. –entra, yo te doy. –le dijo el niño al otro niño. Era hora de poner tostar las semillas y a disfrutar tranquilamente de la otra parte del marañón. Buscaron piedras e hicieron una pequeña hornilla. Tiraron las semillas al fuego hasta que quedaron negras como el cinto de cuero que colgaba de las manos del abuelo quien, sin dar aviso, se les presento. –vete para tu casa, cipote. –le dijo el abuelo al niño vecino. El otro niño no dijo nada porque las cosas eran así y al abuelo no se le puede dar explicaciones.

Por Mario A. Escobar 2013

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