Nuria Sierra Cruzado LP 2

Sierra Cruzado, Nuria

Curiosa e inquieta por naturaleza. Estudió Periodismo y se dedica al marketing online por causalidades de la vida. Colecciona sueños y fotos de playas al atardecer. Lectora compulsiva, realiza informes literarios para una gran editorial española. Se recuerda desde niña escribiendo historias y ha ganado dos premios de narrativa. Sus relatos cortos están recogidos en varias antologías de jóvenes creadores. A través del Storytelling ayuda a las personas a contar su historia para desarrollar al máximo su talento, inspirar y seducir.

Un ascensor en la colina

Aún ahora, a pesar del tiempo transcurrido, puedo recordar a mi hermano con los brazos en cruz, poniendo un pie por delante del otro en la muralla, a modo de equilibrista. Algunas piedrecitas se desprenden a su paso hasta perderse en el acantilado. Vamos cobarde, me grita con la cabeza vuelta hacia atrás, ¿a que no me pillas canijo? Ese instante tiene en mi memoria la consistencia de un fotograma amarillento y desechado en el montaje final de la película de mi vida.

Mi madre, mi hermano y yo vivíamos en una casa antigua del Barrio Bajo con un balcón lleno de crisantemos. Lo mejor de aquel tercero sin ascensor eran las vistas. El río con sus barcazas de mercancías, las bodegas en la otra orilla, el puente de piedra uniendo las viñas y las casitas del muelle. Era como una postal en movimiento. Mientras mi hermano pateaba un balón en el pasillo encerado de la casa, yo invertía las tardes contando los minutos que tardaba el tranvía en bordear la ribera, inventando las vidas de la gente que subía y bajaba en las paradas, soñando que embarcaba en uno de aquellos cargueros que se perdían en la desembocadura del río. Era un mundo de contornos mínimos, dibujado con compás y delimitado por el colegio de curas, el campo de futbol y los restaurantes del puerto. De espaldas al cauce fluvial estaba la colina brumosa a la que llamaban Barrio Alto.

Un viejo refrán dice que “hay tres clases de individuos: los que viven, los que mueren, y los que están en la mar”. Mi padre era de los terceros. No tengo a penas recuerdos de él. Transportaba barricas de vino por ciudades de la costa. Una noche de temporal desapareció. Sus compañeros contaron que cayó por la borda cuando amarraba la carga en cubierta. Lo único cierto es que no encontraron su cuerpo. Sospecho que mi madre – que ni lloró ni le buscó- no se había tragado la historia oficial porque siempre murmuraba “el que va a pescar lo que no debe, viene el mar y se lo bebe.” La familia propietaria de la bodega se enteró de la situación de mi madre, viuda tan joven y con dos hijos, y la contrató para la limpieza en su mansión de la ribera. Era la zona señorial del Barrio Bajo, cerca de las playas y los hoteles con piscina. Desde entonces mi hermano iba al mercado y yo cocinaba.

Barrio Bajo y Barrio Alto, así de simple. Quizá en el pasado tuvieron otra denominación que se perdió por la flojera lingüística de sus habitantes. Estaban separados por 280 metros de desnivel decorado con chumberas y piornos, algún alcornoque solitario y rocas blancas como calaveras resecas. Durante décadas, la única comunicación entre ambos era un camino de tierra que reptaba entre los matorrales. Solo se podía ir a pie o alquilando un burro que se paraba en cada curva a comer tomillo y defecar. Poca gente subía a la colina aunque, como decía mi madre, el miedo no monta en asno, y añadía allí no hay más que ánimas y piedras viejas. Hasta que construyeron el funicular. Yo tenía diez años y mi hermano dos más cuando se terminaron las obras. Según dijo el alcalde en la inauguración, el vínculo entre río y colina daba lugar a una ciudad cosmopolita y turística, símbolo de los nuevos tiempos, y digna de emulación.

El invento era una cremallera accionada mediante un curioso sistema de engranajes y poleas. A modo de ascensor inclinado las dos cabinas circulaban sobre raíles enlazadas por un cable de acero. Mientras un vagón bajaba el otro subía aprovechando la fuerza de la inercia. Tenían capacidad para 25 personas y en menos de 3 minutos se llegaba a la cumbre. O eso ponía en los carteles publicitarios que plagaban el Barrio Bajo. Estaban adornados con dibujos de familias sonriendo y saludando desde las alturas a las espectaculares vistas del puente y la muralla medieval. En la primera tarde libre de mi madre fuimos con ella a ver el ingenio mecánico. Era una sensación rara pasear los tres juntos, desde que mi padre desapareció no salíamos. Ella miró al ascensor que trepaba dócil por la colina y dijo uy qué miedo, jamás me subiré a ese bicho y vosotros tampoco. Luego volvimos a casa por la orilla y nos compró una bolsa de pipas de calabaza.

Para mi hermano cualquier negativa significaba un desafío. Si algo le prohibía mi madre, no podía resistir una voz interior que le obligaba a hacerlo. Se colaba en las bodegas para robar el mosto sobrante de la cosecha, pescaba en los cotos privados, buscaba conejos en las plantaciones de caña. Algún profesor preocupado por sus faltas de asistencia visitó más de una vez a mi madre. Después de la charla, ella me decía cuida de tu hermano, pequeño Unuk.

Unuk, así me llamaba. Nunca supe si ese nombre tenía algún significado en la jerga ancestral que heredó de su pasado aldeano. O quizá fueran palabras que le gustaba inventar como los refranes. Unuk, tú has nacido viejo y sabio como todos los Capricornio; tu hermano heredó la rebeldía Aries de su padre, me decía acariciándome el pelo. Ella creía en esas cosas del destino en los astros y las conjunciones planetarias.

No sé cómo mi hermano me convenció, sería aquella mirada de hielo verde que me lanzaba cuando le obsesionaba algo. Casi nunca le seguía en sus aventuras, yo prefería sentarme a leer en un dique escuchando los acordeones callejeros. Pero me dejé llevar. Mi hermano sacó unas monedas – no supe nunca cómo conseguía el dinero – pagó los tickets y nos sentamos en la primera fila del vagón. El maquinista del funicular esperó a que se acomodaran el resto de pasajeros y empezó el viaje. El trenecito comenzó a ascender chirriante por la colina llena de rastrojos. Poco a poco el paisaje cambió, surgió altiva la muralla medieval que corría paralela a las vías y la inmensidad del río con sus barcas en miniatura. Miré a mi hermano que estaba hipnotizado y sonreí con el corazón acelerado en la boca. Antes de llegar a la cumbre, una bruma espesa lamió el aparato y entramos en un túnel de piedra sin luces. Era el final del recorrido. “Al que al cielo escupe, a la cara le cae,” esta frase que repetía muchas veces mi madre, no sé por qué pero me vino a la cabeza en aquel momento.

En la cumbre la niebla era tan espesa que se podía coger con la mano y guardar en un bolsillo. Era increíble que a escasos metros más abajo de allí, el sol de primavera inundara el caminar de las gentes. Así que esto es el Barrio Alto, exclamó mi hermano saltando del funicular, menudas vistas, fíjate qué acantilado. Accedimos al interior del recinto amurallado por un arco medio derruido. Anduvimos por las calles empedradas que arrojaban un olvidado esplendor. Casonas con escudos de piedra, soportales con figuras de dragones retorciéndose en las llamas. Ahora el moho era uno de los habitantes más ilustres, colgaba de las cornisas y se enroscaba en las farolas. Parecía que se hubiera hecho de noche de repente. Los pocos paseantes caminaban serios y sin rumbo, a veces alguno nos miraba como si no supiera lo que era un niño. Atravesamos un callejón iluminado por farolillos rojos. Hubiera jurado que las puertas se entreabrían a nuestro paso y rostros de mujeres muy pintadas nos vigilaban. Corrimos para alejarnos de aquel olor a odre viejo y terminamos en una plaza circular con una estatua ecuestre en el centro. Parece un caballero de esos que descubrían tierras y mataban piratas, dijo mi hermano mirando la espada en alto, las crines del caballo en movimiento. En el pedestal las letras estaban casi borradas. Parecían unos versos. Raspé el verdín con la uña pero solo pude leer “…el que está abajo no habrá de temer la caída”.

Unas escalinatas daban acceso al pórtico de la catedral, desecho por siglos de cacas de paloma. La mayoría de los contrafuertes estaban derruidos. En el interior olía a carcoma. Faltaba una parte de la techumbre por la que se colaba la niebla. El altar mayor estaba vacío, y en el lugar del retablo había unos andamios que subían hasta el rosetón al que le faltaban los cristales. Investigamos las capillas laterales, algunas con flores de tela llenas de polvo y vitrinas con restos deformes que podían ser reliquias o trozos de madera. Mira al suelo, cuchicheó mi hermano, el que pise fuera de la lápida pierde. Y así nos perseguimos por toda la planta hasta que vimos moverse una vela en una puerta tras el órgano. ¿Quién anda ahí?, corrimos sin esperar a que apareciera el dueño de la voz y saltamos por una ventana rota que daba al cementerio. Era una extensión de hierba salpicada de tumbas de mármol sencillas. Cada tanto, alguna pizca de color, amapolas o rosas de plástico, una lápida de alabastro con letras doradas y ángeles con trompetas. Tú la llevas, gritó mi hermano golpeándome en la nuca y nos perseguimos por aquel laberinto.

Nunca supe las horas que pasamos allá arriba ni cómo supimos que era momento de coger el último funicular. Con las mejillas coloradas y ahogándonos de risa, nos montamos en el vagón solitario. Cuando salimos de la bruma, un atardecer amoratado se descomponía en el horizonte. La primavera explotaba en los campos de almendros. Bajé una ventanilla y aspiré el aire que ya se intuía del Barrio Bajo, esa mezcla de vino dulce y rosquillas que nos resultaba tan cercana. Faltaban solo unos metros para llegar a la base, cuando me sorbí los mocos y escupí un enorme gargajo. Mi hermano me interrogó con la mirada y se echó a reír tan fuerte que me asusté. Después se puso serio, canijo, no se te ocurra contárselo a mamá. Ni se me había pasado por la mente, al fin al cabo, yo solo estaba cuidando de mi hermano.

Poco después de nuestro ascenso, descubrí la librería. Volviendo del colegio una mañana por la acera contraria a mi camino de siempre, me la encontré. ¡Cómo no la había visto antes! Mi madre decía que tenemos muchas cosas delante que se muestran invisibles a los ojos no preparados. Yo abrí mucho los míos, no fuera a desaparecer aquel espejismo. La librería tenía dos plantas unidas por escaleras de caracol como remolinos. En la planta de abajo estaba la zona de revistas gráficas, mapas, carteles y fotos de exposiciones universales. Me gustaba rebuscar en una caja de madera que contenía postales escritas. Estaban mataselladas en lugares lejanos. “Querida mamá, llegamos bien a la isla, tendrías que ver esta tierra de palmeras y sol”. Imaginaba las historias de los viajeros que echaban de menos a sus padres, o daban envidia a las cuñadas. En la primera planta las paredes estaban cubiertas de anaqueles combados por volúmenes panzudos. El librero me dejaba pasar allí las tardes. Quizá porque era su único visitante de lunes a viernes y se sentía importante en mi compañía, me dejaba subir a la planta de arriba y me regala tebeos. Así conocí a Poe. Pasé aquel mes de mayo de libro en libro, disfrutando de aventura en aventura. Sin embargo, cuando llegaba a casa encontraba a mi madre en la máquina de coser, con los ojos quemados de llorar. Cuida de tu hermano Unuk, yo no sé qué hacer con él.

Desde que yo iba por las tardes a la librería, se abrió una grieta entre los dos, nunca habíamos compartido demasiados juegos pero entonces ya no nos hablábamos a penas. Él no iba al colegio, desaparecía jornadas enteras y regresaba de madrugada oliendo a humo y sudor. Traía ropas que no sabíamos de dónde había sacado, un jersey de lana virgen, unos zapatos de rejilla, unos pantalones de raya diplomática. Si mi madre le preguntaba decía que los había comprado, ¿con qué dinero desgraciado? y de inmediato un portazo zanjaba la discusión. Por eso aquella tarde de junio, del último día de colegio, cuando entró en la librería a buscarme creí que todo volvería a ser como antes. Que quizá podíamos recuperarnos.

– Canijo, vamos a celebrar que empiezan las vacaciones, gritó en el silencio.

– Si tú llevas todo el curso de vacaciones, le eché en cara.

–  Pero ahora ya son oficiales, dijo riendo.

Aunque me hubiera gustado seguir la lectura resguardado en el frescor de la librería, la frase “Unuk, cuida de tu hermano” se encendió delante de mí con letras luminosas.

Yo no había vuelto a montar en el funicular. Mi hermano que pagó el viaje – ¿de dónde sacaba el dinero? – saludó al maquinista por su nombre y se sentó con  los pies apoyados en el respaldo delantero. El paisaje había cambiado desde la última vez, los campos estaban amarillos y se notaban las marcas agrietadas del descenso en el caudal del río. La bruma en la colina parecía menos compacta. Al traspasar el arco, me di cuenta de que la muralla estaba apuntalada y cubierta de andamios. Espérame en la plaza, dijo mi hermano y desapareció por una callejuela. Había el mismo escaso movimiento que en la otra ocasión pero parecía que las paredes tenían menos moho y las molduras vegetales relucían en el pórtico de la catedral. Al rosetón no le faltaba un vidrio.

Me adentré en el cementerio, algunas lápidas estaban movidas y se veía el interior de las fosas. Me asomé a una y mi hermano me cogió por la espalda.

¡Imbécil me has asustado!

Eres un miedica, decía a carcajadas, ¿has visto? Están abriendo las tumbas, dicen que van a trasladar el cementerio, que en las fotos de la catedral no queda bonito. Y no sabes con qué cantidad de cosas se entierra a los muertos.

La última frase se quedó colgando de la bruma, suspendida de hilos invisibles. Recordé una cita que leí de Poe: “A la muerte se la toma de frente con valor y después se le invita a una copa” pero en su lugar dije:

Mamá dice que nunca te burles de la muerte que ella siempre te observa por detrás.

Mamá dice muchas estupideces y todas son mentira, me reprochó mi hermano y corrió hacia la muralla que delimitaba el cementerio.

Unas escaleras permitían el acceso a las almenas derruidas. Le perseguí pero me pesaba la mochila. La llevaba cargada de libros, el premio que  había ganado por mi redacción de fin de curso sobre las bodegas. Escalaba a cuatro patas, sujetándome con las manos a los peldaños. La piedra estaba húmeda y resbaladiza. Al llegar arriba sin aliento, mi hermano ya estaba subido con los brazos en cruz.

Vamos cobarde, me grita con la cabeza vuelta hacia atrás, ¿a que no me pillas canijo? Mi hermano pisa un sillar que cede bajo su peso y ambos caen al vacío. Tiro la mochila y me asomo al acantilado. Allí abajo el meandro del río sigue su lento trascurso, sin percatarse de la nueva carga que arrastra. Las hojas de mis libros, que han quedado desparramados por el cementerio, aletean en la niebla.

Según la gaceta local, encontraron su cuerpo tres días después en la desembocadura, enredado en los juncos de la orilla. Eso fue lo más lejos que mi hermano pudo llegar.

Mi madre no tenía dinero para el entierro. Lo pidió a los antiguos compañeros de mi padre, gente con deudas y camadas de hijos pero hábiles de manos que construyeron el ataúd con barricas usadas de roble americano. Tampoco llegaba para incinerarlo o transportarlo en un coche fúnebre hasta el camposanto de la capital. La única opción era el cementerio del Barrio Alto. Al enterrador le costó trabajo convencer a mi madre de que no había otra forma para subir el féretro. Él, su ayudante y el maquinista la metieron en volandas en el funicular, mientras se tapaba la cara con un pañuelo negro. Antes de cerrarse las puertas, nos deslumbró el fogonazo de un flash. Me pareció que ascendíamos más despacio que nunca, con la caja apestando a alcohol. Antes de llegar al túnel de la cumbre, mi madre se destapó y quedó hipnotizada mirando la panorámica, con los ojos muy abiertos como cuando narraba sus historias de ánimas. Nuestro barrio, el río, las bodegas, las viñas se hacían cada vez más insignificantes mientras el mar plateado cubría el horizonte. Ayy, mi Unuk, qué solos nos quedamos, gimió y volvió a taparse la cara. Fue la única vez que mi madre montó en el aparato y la última que la vi llorar, ni siquiera lo hizo cuando me marché del Barrio Bajo. Al día siguiente en la portada de la gaceta local, se publicó la foto del momento antes de cerrarse las puertas del trenecito. El pie de la imagen dice: “El cadáver del niño ahogado en su ascensión al Barrio Alto”. Aún conservo la noticia en un álbum, junto con otros recortes quebradizos: la banda tocando en la inauguración del funicular, yo recogiendo el primer premio de redacciones, la maraña de juncos donde encontraron a mi hermano.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *