Alberto Ríos LP 2

Ríos, Alberto

Nacido en Nogales, Arizona, el laureado escritor y poeta Alberto Rios se tituló con una licenciatura y maestría en Literatura Creativa en la Universidad de Arizona, Tucson. Es autor de varias colecciones de poesía, incluyendo The Dangerous Shirt ( 2009); The Theater of Night (2006); The Smallest Muscle in the Human Body (2002), el cual fue nominado para el Premio Nacional del Libro en EE.UU.; Teodora Luna’s Two Kisses (1990); The Lime Orchard Woman (1988); Five Indiscretions (1985); y Whispering to Fool the Wind (1982), el cual ganó el Premio Walt Whitman en 1981, seleccionado por Donald Justice. Otros libros de Ríos incluyen Capirotada: A Nogales Memoir (1999), The Curtain of Trees: Stories (1999), Pig Cookies and Other Stories (1995) y The Iguana Killer: Twelve Stories of the Heart (1984), con el cual obtuvo el Premio de los Estados del Oeste de Libro.

Desde 1994, Ríos ha sido Profesor Regents de Literatura en Inglés en la Universidad Estatal de Arizona en Tempe, en donde ha enseñado desde 1982. En 2013, Ríos fue nombrado el poeta inaugural del Estado de Arizona. En 2014, Ríos fue elegido Consejero de la Academia de Poetas Americanos. Para más información, visite: http://www.poets.org/poet.php/prmPID/50

Licenciado Ubaldo Dos Santos

Licenciado Ubaldo Dos Santos, a sus órdenes

Ubaldo Dos Santos, el abogado, iba todos los días a su despacho. Todos los días estaba ahí con la certeza de que no era ni su primera ni su última jornada. Las gestiones del licenciado nunca daban inicio ni al principio ni al final del día. Todas sus diligencias se llevaban a cabo, invariablemente, después del almuerzo o después de su cafecito hacia la mitad de la mañana. Sus nuevos clientes eran más bien clientes recurrentes, tan cercanos que ninguno de ellos recordaba cómo se habían conocido. Ambos podían suponer, para fortuna de Ubaldo, que su encuentro no sería nunca el último.

La gente sabía que podían contar con Ubaldo Dos Santos y él sabía que podía contar con ellos. El Licenciado Dos Santos era el abogado del pueblo. El pueblo era tan pequeño que sus pobladores no recordaban cómo era la vida antes de conocerse. Ni siquiera sus padres recordaban su vida antes de saber quién era quién. Lo mismo podía decirse de los padres de sus padres. Así era su vida, y si la experiencia sirve de algo, hasta donde Ubaldo sabía, así es como las cosas seguirían en las generaciones siguientes. A Ubaldo no le alegraba ni le desagradaba tal noción. Él simplemente aceptaba que las cosas eran como eran y lo mejor de todo era que él no tenía que preocuparse al respecto. Ese sentir sobre su mundo y su pueblo había sido el correcto hasta la fecha. Pero ese día, ese martes era diferente a los demás.

Por la mañana, Ubaldo ajustó el ventilador de su cómoda oficina. El verano ya estaba a la vuelta de la esquina y su presencia ya se dejaba sentir en su nuca y su cuello. Al abogado no le molestaba el calor, pero tampoco le agradaba. El ventilador mantendría alejado al calor una o dos semanas más.

Ubaldo Dos Santos era todavía muy joven, pero eso aquí no quería decir gran cosa. Era ya de edad, pero todavía se sentía bastante joven. Tenía entre treinta-y-cuatro y cuarenta-y-seis años. Dado el estilo de vida del lugar y el de él mismo, en realidad la edad daba igual. La vida aquí no se medía de esa manera, ni con fechas, ni con años, ni cuentas aritméticas. De ser posible, uno contaba solamente un día a la vez. Hacer predicciones sobre el mañana era demasiado fácil y recordar el ayer le quitaba diversión al presente.

En esa temporada del año, había que aprovechar toda la diversión que uno tuviera a su alcance -dentro de lo razonable, por supuesto. Todo debía ser de acuerdo a la razón. Después de todo, así lo había aprendido en la escuela de derecho. Ubaldo hacía todo lo posible por seguir al pie de la letra todo lo que había aprendido y aplicarlo a todo. El licenciado tenía siempre bien presente que tanto los excesos y la penuria eran ambos peligrosos en esta vida.

Entonces, cuando escuchó un golpe en la puerta del despacho, inesperado le cayó como una gran sorpresa. El Licenciado Dos Santos no estaba muy seguro de lo que debía hacer. Abrir la puerta le parecería lo más indicado, así de sencillo y natural. Pero también de este modo, de las cosas más comunes, de las menos esperadas y sencillas, pensaba Ubaldo, es también como llegan las desgracias.

El licenciado se quedó sentado en su escritorio hasta que escuchó el segundo golpecito, todavía con la esperanza de que el visitante, no anunciado, se fuera. Pero su suerte no fue tal. Su despacho tenía una mirilla de vidrio incrustada en la puerta, como ese tipo que pareciera el cilindro que sostiene el borrador de un lápiz. Ubaldo alcanzaba a distinguir una silueta, pero no sabía de quién era.

En ese instante la vida le pareció muy frágil, y era por el simple hecho de que alguien había llegado al despacho sin haberse anunciado. Esto a pesar de que Ubaldo Dos Santos- y antes de él, su propio padre- cada vez que alguien les pedía un poco de tiempo, decían siempre “no es necesario hacer cita”. El padre de Ubaldo agregaba siempre un, “y mucho menos para usted”, frase que Ubaldo adoptó tan pronto como se percató de la importancia de ofrecer sus servicios con algo de calor humano. Aunque el simple hecho de preguntarles si podían concederles cita se convertía en sí en cierto tipo de acuerdo, de manera que cuando la persona se presentaba, no era totalmente de sorpresa. Al momento de pedir cita, la persona dejaba de ser un desconocido.

Sin embargo, esta visita era diferente. Hoy no esperaba a nadie. Ubaldo estaba planeando ponerse al corriente con su lectura profesional, lo cual era siempre una lata. Ese era siempre su plan para los momentos en que no tenía otra cosa pendiente. Pero invariablemente surgía siempre algo inesperado y nunca lograba cumplir con la tediosa tarea. Pero así estaba bien para Ubaldo. En realidad nunca le molestó demasiado no poder hacerlo. Para el Licenciado Dos Santos la ley debería ser la ley y punto. No debería adaptarse ni a este y ni a aquel otro cambio. Ubaldo a menudo deseaba tener él mismo un abogado que le explicara cada pequeña enmienda, aclaración, confirmación y aplicación de la ley. Sería todo tan sencillo y de verdad, tendría mucho más sentido, si la ley fuera simplemente, la ley. No habría que preocuparse de tanto cambio. Después de todo, después de algún cambio, siempre siguen más cambios. Entonces, no tiene mucho sentido preocuparse cada vez que hay un ajuste. Ubaldo estaba seguro de que al final de cuentas, regresarían a lo mismo, entonces más valía esperar y ver cómo todo volvía a ser lo que antes era.

El rinconcito donde estaba todo lo que debía leer para ponerse al corriente, estaba cada vez más lleno, pero estaba bien acomodado y en repisas. La cantidad de libros y publicaciones profesionales de nombre rimbombante era impresionante. Cuando hablaba con sus clientes, siempre buscaba la manera de señalar todo ese material, aparentando que todo eso era parte del trabajo de abogado que nunca se acaba. Cuando lo mencionaba, inhalaba profundamente y bajaba la mirada con mucha seriedad, quizás hasta con un aire de tristeza y heroísmo. Hacía una pausa adicional de uno o dos segundos para dejar que la persona admirara su extensa colección, misma que era de por sí difícil de ignorar. De cierta menara, ésta parecía sugerir que esos libros eran la razón por la que la gente lo necesitaba. Si Ubaldo supiera lo que estaba escrito en ellos, eso sería cierto. Pero con que sus clientes así lo creyeran, la idea resultaba siendo verdad; él era una ayuda para ellos. Nadie se quejaba, ni siquiera sabían que podían hacerlo.

* * *

Los golpecitos dados a la puerta no cesaban. Después de la tercera vez, Ubaldo finalmente dijo “ahí voy”. No lo dijo con energía, pero su voz tampoco fue timorata. Después de todo era abogado y estaba acostumbrado a mostrar una buena impresión por medio de las apariencias. Si los golpecitos le hubieran provocado cierto susto, él los hubiera devuelto.

Ubaldo abrió la puerta y frente a él estaba un hombre cargado de paciencia, quien no aparentaba tener prisa alguna por retirarse.

“Ubaldo Dos Santos, a sus órdenes”, dijo Ubaldo, dándole la mano al visitante. Después de eso, le hizo señas para que tomara un asiento frente a su imponente escritorio. El visitante era un individuo totalmente desconocido.

Eso quería decir que el fuereño no entendería los reglamentos del pueblo. Una vez que él se los explicara y que éste los les aceptara, de cierta manera, las cosas irían por buen camino. Pero si no fuera así o si tuviera el código de conducta de algún otro pueblo, entonces las cosas serían totalmente diferentes. La primera opción significaba una tarde tranquila, una buena cena y una noche de amplio descanso. La segunda implicaría mucho trabajo.

“Señor Dos Santos, he escuchado tantas cosas de usted. Todos me dicen que usted es la persona que se debe consultar en todo lo referente a las leyes. Lo cual no me sorprende ahora que veo su despacho y su biblioteca”.

“Es usted muy amable, señor. Creo que no escuché su nombre. ¿Nos conocemos? Por favor, dispénseme si lo he olvidado. No quiero ser grosero.”

“No, para nada, discúlpeme. Aquí tiene mi tarjeta. Permítame presentarme, y desde ya le quiero indicar que el nuestro será un afortunado encuentro”.

“Estoy seguro de que así será”, dijo Ubaldo, y en verdad esperaba que así fuera. De hecho, aunque no se hubieran dicho nada todavía, aquel encuentro le daba buena espina. Los comentarios sobre los estantes llenos de libros eran siempre una buena señal.

-“¿Pero qué es esto?” preguntó Ubaldo, mirando la tarjeta y al individuo de nuevo. “¿Es usted un Belmares?”

-“Ignacio Belmares”.

-“¿El hijo de Don Cayetano?”

-“Sí, sí”.

-“Conozco a toda su familia. ¿Nos conocemos?”

-“Sí, pero ya ha pasado mucho tiempo. Éramos chiquillos y nos interesaban gran variedad de cosas”.

“Ah, entiendo, entiendo”, respondió Ubaldo. Él sabía que esas cuantas palabras tenían un significado más profundo. Gracias a su padre, Martín Dos Santos, Ubaldo había gozado una vida de privilegios. Lo opuesto de su padre quien por su lado había tenido una infancia difícil y no quería que sus propios hijos pasaran por lo mismo. Debido a ese afán de su padre, Ubaldo de continuo se encontraba con personas a quienes conocía, por así decirlo, pero con quienes no había entablado amistad de chico. Muchos de ellos tenían que comenzar a trabajar a muy temprana edad. Ubaldo entendía las dificultades y limitaciones de sus vidas y muy seguido sentía escalofrío involuntario cuando tenía un roce cercano con sus vivencias.

-“Lo que pasa, Don Ubaldo, es que tengo cinco trabajos para usted”

A Ubaldo le pareció curioso escuchar esa manera de plantear el caso, aunque por el momento no le parecía digno de atención. Ubaldo Dos Santos era la persona a quien se contrataba para resolver algún asunto y la gente siempre se mostraba muy agradecida. El trabajo que desempeñaba no era trabajo pesado, bueno, no era trabajo de campo o de fábrica. No era pesado en ese sentido. Pero este caso era muy diferente.

“¿Me dice que son cinco trabajos? ¿Cinco?” Eso era bastante. Un trabajo era lo común. A veces surgían dos trabajos, se agregaba un segundo trabajo mientras esperaban la conclusión del trámite principal, por ejemplo un testamento y una transacción de negocios. Rara vez surgían tres trabajos al mismo tiempo, pero sí se daba el caso por la misma razón, como cuando se agregaba el testamento de la esposa o algo así. Pero cinco, cinco trabajos, eso era cosa aparte. Eso fácilmente podría llevar varios meses de trabajo, si se trataba de ciertos trabajos que valieran la pena. Ubaldo sabía cómo hacer que un trabajo durara y tardara lo suficiente –para hacerlo todo como es debido, decía él. Cosa curiosa, pero con tantas postergaciones, pedimentos y demás, casi invariablemente, por cosas del azar o a propósito, las cosas quedaban muy bien hechas. En ese sentido era muy meticuloso, y se formó fama de tener cuidado de todos los detalles.

Sin embargo, cuando algo tenía que hacerse rápido, en las circunstancias adecuadas -lo cual significaba más bien, con los honorarios adecuados- el Licenciado podía lograrlo de la mejor manera y a la mayor brevedad posible. Miguel Torres podía contar exactamente con eso. Con la tarifa adecuada y los años de amistad, mismos que eran bastantes, si Miguel Torres lo pedía, todo era posible. Pero lo de Miguel Torres era otra historia y harina de otro costal. Ahora se trataba del hombre que estaba frente a él en ese momento.

* * *

La reputación de Ubaldo era entonces, debido a su pereza. Tal vez más bien a su inclinación a no proceder demasiado rápido, a no darle demasiado peso a esto o a aquello, ni responder directamente a nada que tuviera que ver con la causa en sí. Una vez que tomaba una causa, se quedaba con ella durante un largo tiempo. Su reacción y su suposición automática era de que siempre hay algo más que considerar antes de cerrar un caso. Esa actitud le funcionaba de maravilla en los tribunales ya que los burócratas y él trabajaban de manera muy similar.

En ese mundo y en ese sistema de operaciones, él era todo un capitán. Sin embargo, a la hora de transmitir esa imagen de dominio de las circunstancias a sus clientes, no le iba muy bien. La gente hablaba a sus espaldas. Pero sus décadas de triunfo o triunfo tras décadas de ejercer, le valieron para forjarse de un nombre respetable en el pueblo. Después de todos sus años de casos y gestiones, a su despacho llegaban mil y una cosas, entre ellas pequeños misterios, cosas que él había gestionado años atrás y que, por fin, alcanzaban resolución. Seguido tenía que desenterrar expedientes para ver de qué caso se trataban los veredictos que recibía, y luego averiguaba si sus solicitantes, demandantes o demandados, estaban vivos todavía, para avisarles de lo que había hecho por ellos, por pequeño que fuera el avance.

El Licenciado Do Santos esperaba y se encargaba de hasta el último oficio necesario, sin importar cuán sencillo fuera, ni cuantos años se tardara en llevarlo a cabo. Ese era su punto fuerte. Ubaldo no necesariamente buscaba la manera de agilizar las cosas, ni hacer demasiado ruido. Esa estrategia era también uno de sus puntos fuertes. Aunque había muchas otras maneras de definir lo que pasaba, y la gente no dudaba en describirlo con sus propias palabras.

Durante todos estos años, el secreto de Ubaldo era ocultar sus secretos, los cuales no eran de ningún modo desconocidos. Estaban expuestos a simple vista. La cosa era saber dónde, cómo y por qué habría que hurgar para descubrirlos. Pero si él se los hubiera expuesto, lo habrían sabido todo, y sus secretos ya no hubieran servido de nada. De saberlo, pensaba, él dejaría de ser indispensable y apreciado por todos. Se imaginaba a todos diciendo, “cualquiera puede hacer eso”. El trabajo de Ubaldo se acabaría, por lo menos ese tipo de trabajo, que era precisamente el tipo de trabajo, oficina y lugar en el pueblo que a él le convenían.

Por eso Ubaldo se dedicaba a lo suyo, no divulgaba, ni se guardaba sus secretos. Lo cual explicaba su típica actitud callada, misma que la gente malinterpretaba como dignidad. Lo cual a él le encantaba. El no decirle a la gente las cosas que podrían serles útiles, pero sin afán de ocultárselas, lo mantenían con la frente más o menos en alto. Ubaldo creía -y muchas veces lo decía- en la pericia de la gente para agenciarse maneras de aprender las cosas que necesitaban saber, si de verdad quisieran aprenderlas. Pero la gente nunca intentaba averiguarlo, mejor preferían ir siempre a él. Así que lo que el Licenciado sabía era lo que él sabía que los demás no sabían. Por lo tanto, cuidaba mucho esa delicada línea que marcaba su territorio. La delineaba muy bien y la protegía como si fuera suya. Como abogado, guardaba muy bien sus fórmulas y estrategias.

En ese sentido, no se parecía en nada a su hermana, Guillermina, quien le decía todo lo que sabía a todo el que se encontraba. Hasta se tomaba la molestia de hacerle señas a la gente para que se acercaran y poder decirles lo que pasaría si simplemente hicieran lo que ella les decía, y sin costo alguno por sus consejos.

Pero eso no importaba, por lo menos no para Ubaldo, quien mantenía la cabeza en alto y le explicaba a todo el que podía que la gente común y corriente simplemente no entiende cómo funciona el sistema jurídico, y eso no era culpa suya. Por supuesto que entendía su frustración, les decía. Hasta a él le causaba desesperación la situación y dejaba caer los brazos en señal de impotencia. Con el transcurso del tiempo aprendió a guardarse la explicación y no hacer nada más que el ademán, lo cual le ahorraba tiempo.

* * *

“Habla mucho”, decían. “¿Y qué tal si hablara?”, decían. Ese era el viejo chiste sobre Ubaldo Dos Santos. Lo curioso es que era un chiste nuevo y viejo a la vez, ya que era lo mismo que decían de él hacía muchos años antes y volvió a ser cierto muchos años después. Lo que Ubaldo decía, significaba nada más y nada menos que lo que había dicho y no necesitaba mucho tiempo para decirlo. Pero al final del día, el mundo de su despacho rara vez giraba más de media pulgada y así era como el Licenciado medía su progreso.

Detrás de todo eso, detrás de su actitud y su aspereza, había una sencilla verdad. Ubaldo no quería ver más allá de lo que él alcanzaba a vislumbrar a simple vista, por miedo a que fuera algo más grande que él. ¿Y entonces, qué?, se preguntaba. La verdad era que no le gustaba mucho el cambio. No, si eso quisiera decir que su hora de almuerzo sería distinta, o si el jueves tendría que cenar enchiladas en vez de tostadas. Platillo que cenaba todos los jueves, porque así había sido desde chico, en su casa. Lo cual se instituyó debido a que sus abuelos lo habían hecho siempre así. ¿A quién le costaría trabajo entender eso? Se preguntaba, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, sólo pensar en cenar enchiladas un jueves. “¡Qué locura!”, decía.

Claro que la muerte era algo diferente. Ésta forma parte del proceso natural de las cosas, siempre y cuando no fuera la de él, la de su madre o la de su hermana, más o menos en ese orden. Ubaldo extrañaba mucho a Don Martín, su padre. Lo extrañaba tanto que, con su muerte, todos estos sentimientos le quedaron bien claros. -Don Martín se encargaba de todo. No sólo de la familia, sino también del pueblo. Era abogado, y por esa razón Ubaldo se había hecho abogado también- y extrañaba mucho a su padre.

Pero él seguía comiendo tostadas cada jueves. Ciertas cosas no deben cambiar. Así eran las cosas con Ubaldo Dos Santos. Así fuera algún detalle o algo muy grande, Ubaldo se tomaba todo muy a pecho. A veces eso hacía de las cosas pequeñas algo muy grande y de las grandes una pequeñez. Claro que para él eso estaba muy bien y por eso tenía más o menos buen temperamento. Aunque no faltaba quién opinara lo contrario, aunque eso lo hacía un buen abogado.

* * *

A Ubaldo no le gustaba cuando Miguel Torres, quien era casi como su tío, por la estrecha amistad que tuvo con su padre, en sus días más oscuros, se ponía a decir que todos los del pueblo parecían animales y, peor aún, bichos. Eso sólo confirmaba el miedo más grande de Ubaldo, que todos esos ruidos que escuchaba de noche, eran, de alguna manera, el pueblo entero, congregado frente a su casa, todos ellos hambrientos, con los ojos bien abiertos. Eso confirmaba también lo sostenido por el Doctor Bartolomeo, de que los seres humanos son, de hecho, animales y que comparten muchas características, si no es que con la mayoría, con creaturas del mundo entero, incluso las de esos lugares distantes como los bosques, y hasta otros pueblos. No, no le gustaba para nada escuchar esas cosas. Todo eso lo dejaba muy pensativo en las reuniones de la Sociedad Científica Progresista, a las cuales asistía sólo para asegurarse de que no estuvieran hablando de él.

Claro que jamás diría nada de eso. Parecería una locura y él no estaba loco. Él era todo lo contrario y todo mundo podía confirmarlo nada más con ver todos los diplomas y reconocimientos en la pared de su despacho. Él era todo lo contrario.

Todas estas distracciones por parte de Ubaldo eran obvias para Ignacio, quien dijo de nuevo, “¿Don Ubaldo?”.

“Sí, disculpe. Estaba pensando en un caso importante, un pequeño detalle. Usted sabe. Ahora, veamos, ¿usted tiene cinco asuntos para mí?”. Eso estaba muy bien. Especialmente si eso significaba que sólo podría trabajar en un caso a la vez, ya que había que hacer todo como es debido. Eso era lo primero que tenía que decirle a su nuevo cliente. De no ser así, tendría que encontrar algún momento adecuado para decírselo, dentro de unas semanas, cuando el primer indicio de queja se hiciera presente, y tendría que hacerlo con mucho tacto. Ubaldo no alcanzaba a hacer mentalmente las cuentas de lo que significaban las palabras de aquel hombre. Ese tipo de trabajo o trabajos podrían llevar mucho tiempo. Cinco trabajos, con muchas partes cada uno, seguramente. De seguro también, debía quedar por sentado que cada parte debía quedar muy bien formada. Lo cual, obviamente, lleva tiempo.

Aunque, por otra parte, “¡Cinco trabajos!”. A Ubaldo no le gustaba mucho la idea. Sonaba a determinación. Sonaba a progreso, a industria, casi a una corriente. En realidad, ¿Qué se traía entre manos este Ignacio?

“Bueno, le voy a ser muy sincero, Don Ubaldo, ahorita tengo un trabajo para usted. Pero tengo intenciones de utilizar bastante sus servicios y quería que usted viera que yo vengo en serio. Quiero que sea usted el abogado de la empresa, así que esos otros cuatro trabajos, vienen más adelante, eso es seguro. Yo conozco la reputación de su padre a través del mío, y sé que es usted quien debe hacerse cargo de esto”.

Este hombre seguramente llegará a ser muy pronto alcalde del pueblo, pensó Ubaldo. El señor quería que las cosas se hagan puntualmente, hasta quería hacer las cosas que todavía no se han hecho. La idea era interesante, nada nuevo, naturalmente, pero dicho con firmeza. El futuro ofrecía razones para considerarlo.

A pesar de toda esa plática, el visitante parecía no haber escuchado ninguna de las cosas que Ubaldo consideraba, los problemas del pueblo.

“Don Ubaldo, usted tiene las palabras, yo tengo la energía”.

Ubaldo asintió con la cabeza. Pero no sabía si eso era un insulto o no. Ubaldo recorrió su silla hacia atrás y dirigió la atención del señor a los diplomas y reconocimientos, todos enmarcados y cuidadosamente colocados en la pared. “Bueno, como usted verá…”.

“Tal como su padre, Don Ubaldo. Él estaba muy orgulloso de usted, estoy seguro. Yo también me siento orgulloso de conocerlo”.

Ubaldo se limpió la garganta, este hombre le caía bien.

“Tengo una empresa, bueno, creo que tengo una empresa, pero las autoridades del pueblo no la reconocen aun. Primero necesito registrar mi empresa en el pueblo, y ver qué más hay que hacer. Quiero que mi negocio sea como los demás negocios establecidos y respetados en este pueblo. Ha de ser cosa sencilla, supongo”. Ignacio hablaba con una determinación y honestidad tal, que a Ubaldo le resultaba difícil creerlo.

Ah, pensó Ubaldo. Entonces, este señor no sabe nada. Eso era un alivio. Ignacio no sabía nada de esto. Ni Ubaldo sabía siquiera, si había que hacer algún trámite, si había que interponer algún documento. Lo que sí se manifestaba seguro era que, definitivamente, todo esto tenía que investigarse. Lo más seguro es que Ignacio estaba en lo correcto. Sería algo sencillo, pero de seguro también habría requisitos que cumplir, documentos razonables y prudentes que presentar, sellos que obtener y trámites que generalmente tardaban meses. Si se hacían como debiera ser, por su puesto. Ubaldo invertiría tiempo durante las próximas semanas para comenzar el proyecto.

En ese momento, Ubaldo se dio cuenta que, después de todo, Ignacio y él se convertirían en buenos amigos. Lo mejor de todo eso era haber comprendido que así era como debía ser. No había manera de sacarle la vuelta a esa conexión. Así era como le convenía a Ubaldo. La dificultad desaparecería de la noche a la mañana. No había tiempo para los muchos años que deberían transcurrir para lograr una relación de ese tipo. Los dos señores tenían conocidos en común, eso prácticamente los hacía mejores amigos. Así de sencillo. Pero sencillo de verdad.

-“Bueno, claro, cuando se trata de tribunales y asuntos del gobierno de la ciudad, no hay nada sencillo, pero eso ya no es problema para usted. Eso déjemelo a mí”.

-“¿Entonces acepta el trabajo?”

Si en algún momento Ubaldo se distrajo, pensando en Miguel Torres y sus problemas, su atención se hallaba ahora totalmente centrada en Ignacio.

-“Don Ignacio, quédese usted tranquilo que yo comienzo a trabajar en ello. Mañana, a primera hora”.
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–Traducción del inglés a cargo de Marcela García Abner.

One Comment

  1. Reply
    Profe March 4, 2014

    Muy estiamada Marcela. No sabes lo mucho que aprecio la traducción del cuento Licenciado Ubaldo Dos Santos, del conocido professor y escritor hispano Alberto Ríos. Has puesto gran empeño y te salió muy la version al castellano. Otra vez = MUCHAS GRACIAS.

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