Héctor García Armenta LP 2

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta jubilado. Nació en Guadalajara México en 1936. Al cumplir cinco años su hermana Carmen le enseñó las primeras letras. En 1943 una monja franciscana le enseñó a escribir en el colegio Renacimiento, y él nunca más pisó las aulas de ninguna escuela. En 1944 unos vecinos que se mudaban le regalaron 50 kilos de libros viejos que se llevó a su casa en una carretilla que le prestó un albañil, los terminó de leer 20 años después. Se enamoró de el Lazarillo de Tormes; El Quijote; Historia de la Vida del Buscón; Periquillo Sarniento, y de muchos autores que fueron apreciados el siglo pasado, de los cuales ya nadie se acuerda. Compró como seiscientos libros a lo largo de su vida, de la mitad de ellos no captó nada porque no los entendió o no le gustaron, los de la otra mitad le intoxicaron el cerebro llenándoselo de alucinaciones, tanto, que un día se puso a escribir como loco para archivar sus escritos en el cesto de la basura. Una hija de él le informó de su locura al profesor Justó S. Alarcón, y él quiso rescatar un cuento por curiosidad, lo leyó, y decidió publicarlo, tal vez para ejemplo de cómo no se debe escribir. A Héctor le agradó el gesto, pero teme que el profesor Alarcón pueda ser linchado por el gremio de verdaderos escritores que se enteren del caso.

La princesa triste y el chamán
para María do Carmo

La princesa Madoc de Amazonía estaba triste porque había perdido el objeto de su amor. En vano lo buscaba otra vez por todas las rutas de la tierra. No encontraba en ningún reino al hombre idóneo que la supiera hacer feliz.

No dormía nunca, porque su corazón no soportaba una vida vacía sin un príncipe a su lado. Sin ella saberlo su aliento y sus lágrimas creaban una corriente de brisa enamorada, que se filtraba hacia el cielo por las rendijas de las ventanas como el aroma de las flores, e impregnaba las nubes y los vientos viajeros que iban de la selva hacia la antípoda, donde están los valles desérticos del mundo.

En un desierto desolado de la antípoda, el último chamán había encendido su última fogata, para leer en las llamas y las cenizas cuál sería su destino final. Sentado sobre una piedra, invocaba con cantos tristes al gran espíritu. En sus cantos preguntaba si aún había una razón que justificara su existencia.

De pronto, el cielo se nubló, dejando llegar a la tierra solo un rayo de luz, que venía del origen del universo hasta la hoguera del chamán. Cegado por la luz, el anciano cerró los ojos. Inclinó la frente con el corazón estremecido, y fue entrando en el plano donde el hombre habla con la fuente de su creación. Entonces, preguntó la razón de su existencia, y por qué había heredado una soledad eterna, donde no había entrado nunca la esencia viva del amor.

La voz del gran espíritu bajó del cielo envuelta en truenos de tormenta, y dijo al chamán en un tono de pena: Te he negado el amor en el pasado para templar tu espíritu, pero te compensaré hoy con poderes, para que puedas dar y recibir amor sin límites. Te diré en donde está una princesa sagrada, a quien podrás alcanzar en tus sueños. En viajes fantásticos la visitarás, la amarás, y ella te regalará todos los tesoros que encierra su corazón. La luz de su sonrisa y de sus ojos será tuya, y al recibir tú su aliento y al tocar su cabello, conocerás el amor, que ningún hombre sobre la tierra ha conocido.

El gran espíritu calló. El chamán sintió gotas de lluvia sobre su frente. Al abrir los ojos el rayo de luz se había ido. La lluvia continuó y el perfume de la tierra mojada y el despertar de las flores silvestres, se transformó en la esencia profunda del amor, y de la tierra seca surgieron en el acto rosas y claveles, y en lo alto de los cactus nacieron orquídeas multicolores. El feudo sediento del chamán floreció como tierra selvática mojado con lágrimas de la princesa amazónica, que las nubes viajeras habían traído al desierto convertidas en lluvia.

Desde entonces, al meterse el sol, el anciano llegaba a las cenizas de su última fogata. Entonaba cánticos sagrados y entraba en un trance que lo transformaba en el príncipe joven y fuerte que una vez había sido. Al conjuro de su palabra, su caballo negro se convertía en un Pegaso de plata que se hincaba dócilmente a su lado. De las obscuras montañas bajaban doce águilas gigantes que posaban en su derredor, entonces el príncipe chamán con vestiduras de oro y penacho de plumas preciosas, montaba el Pegaso, y levantaba el vuelo por la ruta misteriosa donde no existe el tiempo ni la distancia, seguido por doce aves majestuosas.

En la relativa paz de la noche amazónica, la princesa Madoc yacía en su lecho, sufriendo el insomnio que causa el vacío del amor. Su corazón enfermo y sus ojos cansados de llorar, marcaban el principio de la agonía. De pronto, en los jardines reales, una turbulencia de alas que bajaban del cielo, sacudió las flores y los árboles. Doce águilas descendieron sobre los muros de palacio, y un príncipe chamán, montado en un Pegaso de plata puso pie bajo la ventana de la princesa. Él se hizo columna de humo tenue y entró por ósmosis por la ventana hasta su lecho. Al ver la increíble belleza de la niña agonizante, quedó estupefacto. Sus piernas temblaron y su espíritu sintió que caía en un río de amor incontenible. Con la suavidad de un pétalo de rosa le besó la frente, el pelo, y las manos. Hincado en el suelo, con la ternura de un rayo de sol en la mañana fría, se abrazó a su cintura y lloró largamente sobre su pecho. Luego sacó de sus ropajes bálsamo sagrado. La ungió delicadamente en todo su cuerpo entonando cantos chamánicos. El rictus de tristeza fue cambiando en el rostro de la princesa por una expresión de paz. Entonces el corazón del chamán explotó de alegría. La princesa despertó y abrió los ojos sonriendo graciosamente. El Chamán recordó la promesa del gran espíritu. Tomó a la princesa entre sus brazos y la besó interminablemente, cobrando en un solo beso el amor que le había sido negado toda su vida. En ese momento, la princesa y el chamán sellaron sus vidas en un pacto eterno, y ella jamás dejó de ser feliz.

Se dice que la princesa Madoc y el príncipe chamán ya no son lo que fueron. Ahora, lo mismo pueden verse convertidos en dos águilas enamoradas que surcan el cielo de los grandes desiertos. Otras veces, ella es una mariposa de oro y él un cuervo que habla, y juntos vuelan sobre los copos de los árboles amazónicos probando la miel de todas las flores.

Algunos privilegiados dicen que han visto a una princesa y a un chamán, montados en un Pegaso de plata que cruza el cielo en parvada con doce águilas gigantes en las noches de luna. Y por donde esto se ve, todos los seres vivos contraen la enfermedad fabulosa y terrible, del amor.

Héctor García Armenta. Abril de 2013

2 Comments

  1. Reply
    maria barcellos March 4, 2014

    La mas pura sensibilidad expressa en el lindissimo cuento de Hector!

  2. Reply
    maria barcellos March 4, 2014

    La mas pura srnsibilidad expresa en el lindissimo cuento de Hector Garcia

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