Isabel Cristina Murrieta López LP 2

Murrieta López, Isabel Cristina

Reconocida política sonorense y promotora cultural—coorganiza eventos literarios como Horas de Junio, coproduce el programa radial El Rincón Bohemio, representa a Editorial Orbis Press en México, escribe sobre costumbres y culturas regionales.

 

El hacha partida
(Versión dos)

El panorama era desolador: Lodo, piedras, aves de rapiña se arremolinaban en aquel fétido lugar. El caballo caminaba despacio, sacudiendo la crin y resoplando agitadamente, mientras el jinete se mantenía alerta y preocupado.

¡He! Los de la casa…¿Hay alguien ahí?

Los ojos del extraño, se paseaban del charco de lodo, a la entrada de la casita, mirando todo con asombro, incredulidad, estupor y angustia. Los moradores de ese rancho, que hoy lucía abandonado, maloliente, desolado (parecía un rancho fantasma) debieron pasarla muy mal, con las terribles tormentas que azotaron la zona en las semanas pasadas. El único vestigio de vida era aquella pequeña, grisácea y endeble columna de humo, que sobresalía, de lo que algún día fue el techo y, cuyas paredes, milagrosamente se mantenían en pie.

Solo el silencio respondió a su llamado.

El vaquero, un hombre duro, acostumbrado al sol y al viento del campo, cuya juventud se escondía entre las líneas marcadas en su rostro y aquella barba sucia, que denotaba varios días de fatigoso caminar, bajó del caballo. Con dificultad, caminó entre los escombros del ranchito, haciendo a un lado los restos de trastos, troncos, sacos de alimentos que hoy, lucían nauseabundos. Tropezó con algo, que lo hizo bajar la mirada y se encontró con un tronco a medio partir, y un hacha, partido en dos. Apuró el paso y volvió a gritar:

¡HEYYY, TITAAA…! ¿ESTÁN ALLÍ?

Un débil quejido salió de entre los tablones remojados que trataban de proteger la entrada al único cuarto de adobe. Corrió hacia la entrada, quitando todo cuanto estorbaba, para entrar. Asustado, saltó hacia un lado cuando dos pequeñas figuras, corrieron a abrazarlo.
Tíooo, Tíooo ¡… mi mami, mi mami…córrele, ayúdala…corrreeee! Las dos pequeñas, (que más parecían dos pequeños mapaches) sucias, despeinadas, flacas, con los ojos llenos de lágrimas y muy asustadas, se aferraban a sus piernas, sin dejarlo caminar, mientras se competían tratando de decirle algo sobre su madre.

¡Tu madre! ¿dónde está? ¿qué le pasó?

Ven, corre…mira, allí está, le decían ambas, mientras apuntaban con sus manitas, a un pequeño bulto, envuelto en cobijas húmedas, que se encontraba, bajo las tablas de lo que había sido una cama y que hoy, recargados sobre la pared, le ofrecía un mínimo refugio, en esa soledad.

Mariano, se acercó despacio, tratando de contenerse para no gritar de angustia o de plano, para contener el llanto, al ver las condiciones en que el rancho y sus habitantes, habían quedado después del terrible vendaval, que recién había pasado. Retiró cuidadosamente los trapos húmedos, mientras le hablaba cariñosamente:

Tita, soy Mariano: ¿estás bien? Tita…háblame. ¿Estás bien?

Solo un sordo quejido escuchó de Tita, quien casi desfallecida, intentó sentarse. Mariano, ¡Bendito sea DIOS, que viniste!

Si, el río salió muy grande, no había paso. Apenas anoche logré vadear, me jui hasta el paso de Los Lobos. Allá también ‘stán muy mal. Parece que el río se llevó las casitas…la gente se hizo chozas de palma en lo alto de la loma y dicen que en Tecoriname y los otros ranchos ’stán igual. Pero, dime qué tienes… ¿‘stás enferma? No ha de faltar una pulmonía con este remojadero. Afortunadamente las niñas ‘stán bien. No te levantes, deja prender bien la lumbre pa hacerles algo de comer…pérate. Tate quieta…hay vengo.

Oigan shamacas, vengan con su má. Cuídenla mientras hago algo de comer. Un té y un caldito caliente, te van a levantar, ya verás. Orita lo hago. A ver de qué, pero lo hago.
Mariano salió y las niñas corrieron a abrazar a su madre, quién adolorida, trataba de mantenerse sentada. Con cuidado, pasó su mano por la cara y un doloroso quejido salió de sus labios. ¡Gracias DIOS mío, por permitir que alguien viniera a darnos auxilio¡ Solo tu mano poderosa, pudo haber puesto las cosas para bién…Bendito seas Sr…ahora, mis hijas estarán bien. No importa mi dolor Sr.

Mija, trai un poquito de agua y dame ese trapito, pa’ limpiarme la cara.

No mamá, te va a doler pérate mejor. Hay viene mi tío.

Pasó como una hora, cuando Mariano entró y al verla sentada, dijo: Que bueno que ya te sentates, mira: hice un caldito de gallina, te va a caer bien. Ándale, comételo mientras le doy a las escuinclas. Se acercó, para darle el tazón de caldo y como resorte, brincó hacia atrás, mirando espantado el rostro maltratado de aquella mujer, que milagrosamente estaba viva.

¡Dios mío! Tita…¿que te pasó? Que es eso…como…se tapo la boca con la mano y sus ojos se llenaron de lágrimas. Puso el plato a un lado y se acercó de nuevo.

Dime que pasó Tita… ¿tu ojo está bien? Que hago, mujer… ¡QUÉ HAGO!

Cálmate Mariano, lo peor ya pasó. Afortunadamente ya llegaste. Ya mis hijas no corren peligro y con tu ayuda, pronto estaré bien. Gracias a DIOS. Anda, dame ese caldo, necesito reponer fuerzas…he tenido mucha calentura y tirada hay, nomas hemos comido sobras que se fueron quedando. Horita te platico. Pérame…dame el plato, anda…

Mariano, le dio el plato de comida y conteniendo el llanto, fue a darles también a las niñas. Luego salió. Caminó hacia el corral, en el que no había ni un solo becerro, solo el Káiser, el perro de la familia estaba tirado, sin ánimo de levantarse…lo sintió venir y volteó a verlo. Moviendo la cola, se arrastró tratando de ponerse en pie. Mariano lo tomó en brazos y llorando abiertamente, regresó sobre sus pasos. Dejó al perro a la entrada de la casita, y limpiándose el rostro con el pañuelo, entro, se acercó al fogón y sirvió un plato de comida. Sin pensarlo, lo dejó a los ´pies del perro, quien agradeció el gesto con la mirada y el movimiento de su cola.

¡Come! le dijo mariano y se sentó junto a él, mientras le acariciaba el lomo. No supo cuanto estuvo sentado, cavilando sobre el aspecto del rancho, la cara de Tita y las condiciones generales, que dejaban ver lo terrible que debió ser la tormenta que había azotado el rancho las semanas anteriores. Se levantó cuando escuchó que Tita lo llamaba. ¡Que pasó Tita¡ ‘stás bién? Sonriente se acercó al camastro y no pudo evitar un estremecimiento, cuando vio de nuevo la cara maltrecha de Tita.

Siéntate, le dijo: te voy a platicar: hace más de un mes que pegó la tormenta. ¡Fue terrible¡ Se llevó todo, solo se miraba un cono oscuro y rugía como fiera herida. Hasta el techo se llevó. De milagro nos salvamos, porque me amarré junto con las niñas debajo de la cama, que le había puesto encima todo lo que pude. Pasaron casi 40 días Mariano y se me acabó la comida, la leña, el parque, todo y ni un alma de DIOS vino a socorrernos. Traje arrastrando las láminas del techo, que el viento, dejó tiradas en la cañada. Con ellas hice este pedacito resguardado y pude atrancar la puerta. Cuando menos nos protegía un poco, aunque me la he pasado sin dormir casi…en la noche se acercan los animales de uña y… ¡hay Mariano ha sido espantoso¡ Y pa’cabarla de amolar, hace una semana, traje unos palos del río, porque ya no había leña. Estaban muy mojados y cuando los quise partir, el hacha se quebró. Afortunadamente, el pedazo del mango que se me encajó en la cara, no me dio en el ojo, pero me fracturó el pómulo, Mariano y este bolichón negruzco que tengo, yo creo que es sangre molida. Además, debo de tener una infección muy grande, porque he tenido mucha calentura. Me duele mucho y siento muncha comezón.

Mariano no dijo nada. Solo la abrazó en silencio y después se levantó y salió. Cuando regresó, traía preparada una camilla y había logrado rescatar dos caballos de la remuda, que andaba suelta.

Vamos Tita, le dijo. Te voy a llevar al rancho más cercano, pa’que te curen ese golpe. Yo no sé que hacer y necesitas ayuda.

Pero Mariano, ¿como vamos a vadear el río? Yo no puedo cruzar… no tengo fuerzas ni para sentarme.

No te preocupes, no vamos a ir por el río. Subiremos por el Represito. Anda…vamos. Puso con cuidado a Tita sobre la camilla hecha por él y subió a las niñas en su caballo., partiendo a buscar quién curara esa herida, que a él, todo un hombre de campo, le causaba temor.

Pasaron los días y después de dos meses, Tita, pudo por fín regresar a su casa. Su cara estaba sana, solo una cicatriz en forma de cruz, sobre el pómulo derecho, quedó como recuerdo, del hacha partida.

Una historia verdadera, Rancho La Cueva Colorada, Sonora, 1959-1960

Isabel Cristina Murrieta López

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