Fausto Avendaño LP 2

Avendaño, Fausto

Escritor radicado en el estado de California, tiene varios libros publicados, entre prosa, teatro y crítica literaria. Recibió dos premios principales, el «Premio Nacional José Fuentes Mares» y el «Latino Literary Prize». Asimismo, escribe poesía y forma parte de «Los escritores del nuevo sol», asociación literaria con sede en Sacramento, California. Es autor de El sueño de siempre y otros cuentos, Salazar’s Gold, y El corrido de California, entre otros libros.

El buen marido

“Cuando viene la desdicha hasta la leche se torna amarga”.
(Refrán popular malgache)

“Adondequiera que vaya el afligido, encontrará funerales”.
(Refrán popular árabe)

No querías quejarte, pero llegabas del trabajo, rendida y habrías querido hallar a tu marido en la cocina preparando cualquier cosa. De la tienda venías cargando dos pesadas bolsas de alimentos que apenas aguantabas. Al abrir la puerta, manipulando llaves y bolsas, hallaste al señorón sentado a sus anchas en el sofá de la sala, con una copa de Cabernet, leyendo un libro. Tenía puesta su musiquilla clásica de la cual estabas harta. Seguramente, te había oído llegar, pero no hizo ningún intento de ayudarte, hasta que cerraste la puerta con un trastazo. Así no podía hacer caso omiso de tu presencia; alzó la vista y cerró el libro.

—¿Te puedo ayudar con algo?
¿Y te lo preguntaba? ¿Qué no veía que venías cargada?
—No… no te molestes. Ya llegué.
Lo dijiste, exasperada, al verlo tomar el libro de nuevo.

No querías darles la contra a tus amigas, las cuales te aseguraban que tenías buen marido—un hombre tranquilo que no se emborrachaba, ni andaba tras las faldas—pero ellas no lo conocían como tú, aunque tenías que concederles la razón en cuanto a su tranquilidad, reconociendo que nunca te había levantado la mano a pesar de tus pellizcos, tus empujones y, en rara coyuntura, unas bofetadas. (Desde luego que quedabas mal con esas pequeñas faltas tuyas, pero es que, a veces, ¡él te sacaba de quicio!)

Lo que ellas no sabían era que él no te ayudaba en casi nada. Lamentablemente, tu marido era un hombre inservible que no apreciaba lo mucho que tú trabajabas en la oficina, y siempre con horas extras porque al jefe se le ocurrían tareas al último momento. Por ello, tu marido llegaba a casa antes que tú, pero no podías contar con él. No preparaba nada, ni siquiera una ensalada.

—¿No me vas a ayudar?—le dijiste, pasando a la cocina.
—Sí, claro. ¿Qué quieres que haga?
—Rebana unos tomates; lava la lechuga; prepara una ensalada. Yo voy a hacer las chuletas que traje.
Tu marido se acercó y amagó con un beso, al momento que tú hacías un movimiento repentino. Te rozó ligeramente la piel.
—Saqué una bolsa de camarones del congelador. Había pensado que eso me habías sugerido anoche.
—Ya, ya… Últimamente, hemos comido mucho marisco, mucho pescado. Me apetecen unas chuletas de cerdo. Como sé que a ti también te gustan…
—Sí… las chuletas no caen mal.

Pero qué lentitud, te dijiste en tus adentros, al verlo preparar la ensalada. Tu marido era lento, lento. Eran casi las nueve de la noche y él no parecía tener ninguna prisa. Rebanaba los tomates como si estuviera creando una obra de arte. Cuando terminó de hacer todo, tú ya habías frito las chuletas, puesto la mesa y tenías el brócoli en su punto.

—¿Hay algo más?—se atrevió a decir.
—Siéntate. Bébete otra copa de vino—le dijiste, reprimiendo tu enfado.—Pronto sirvo.

Mejor quitártelo de encima, pensaste. Tu marido en la cocina era, más que nada, un estorbo. Si fuera más útil; si hiciera las cosas bien y rápidamente. En momentos como éstos recordabas que no podías contar con él cuando se descomponía algo en la casa. No sabía reparar nada. Siempre acudía a algún mozo que viniera a componer las puertas, los interruptores, lo que fuera. Pagaba por todo, hasta por las reparaciones que tú misma te sentías capaz de hacer (si tuvieras el tiempo). ¿Y del coche? Ni hablar. Casi sabías tú más que él. Tu marido siempre decía—y cómo te disgustaba—que no quería ensuciarse las manos. ¡Por Dios! Prefería pagarles a otros por tareas sencillas como echarle aceite al motor del coche.

Ese afán por cuidarse las manos era pura vanidad. De eso tenía mucho. De novios, lo juzgaste hombre normal. ¡Jamás te imaginaste que fuera un narciso empedernido! Pero pronto te diste cuenta que se pasaba largas horas en el baño, afeitándose, peinándose. En fin, arreglándose con un esmero que ni tú como mujer. ¡Qué equivocada estaba la gente! Decía que las mujeres se perifollaban excesivamente, pero jurarías que él les ganaba a todas las mujeres juntas.
De hecho, se cuidaba mucho el cutis. Sólo usaba jabones suaves que no le ajaran la piel, así como cremas para evitar las espinillas. Ya en su madurez, comenzó a untarse ungüentos para desvanecer las manchitas en los pómulos. Eso sí—y te lo recordaba—tenía buena higiene. Se duchaba todos los días y se cepillaba los dientes con frecuencia.

Todas estas manías las hubieras podido tolerar si no hubiera sido por su asiduo apego al ejercicio. Afirmaba, testarudamente, que el cuerpo, como toda máquina, necesitaba afinación constante. Claro que al principio este capricho no te desagradó del todo. No estaba mal que tu marido estuviera en forma. Sin embargo, con el tiempo te diste cuenta que tú no compartías el entusiasmo—o mejor dicho, la obsesión—que poseía tu marido. Por lo tanto, comenzaste a odiar los aeróbicos, las pesas, las máquinas para hacer ejercicio. Ibas al gimnasio por obligación, más que por gusto. En esos momentos habrías preferido ¡un hombre comilón y sedentario, con barriga protuberante!

Llegó el momento—como era lógico—que te sentiste colmada. Decidiste que un hombre maniático, tan aseado y complejo, no era tu ideal. Llegaste a pensar, incluso, que habrías preferido verlo atareado en el jardín, cortando el césped o de bruces en el motor de los coches, haciendo reparaciones. Lo habrías preferido sucio, con las manos manchadas de grasa y sudor en la frente.

Y pensar que antes te fascinaba su porte, su limpieza y aplomo. No niegas que te agradaba su conversación. Sabía tanto sobre historia, sobre literatura universal. No dejaba de citar a los filósofos de Alemania y de Francia. ¿Recuerdas? Además de atento y generoso, (para colmo) te parecía guapísimo. No podías dejar de admirar su perfil de Adonis.

Sin embargo, poco a poco, no sabes cómo ni cuándo, comenzaste a encontrarle defectos o a imaginártelos. Tal vez lo que más te empezó a irritar fue su inmutable ecuanimidad. Mientras tú te encogías en lugares desconocidos y ante gente extraña, él era dueño y señor en dondequiera. Se le trataba por el doctor tal por cual, el distinguido académico, a quien se le admiraba por su elegancia, su inteligencia, su erudición. Y tú eras—y sigues siendo—la mujer de ese gran hombre, algo que llegó a crisparte los nervios.

Te sentiste menos, como una persona muy pequeña e insignificante, ¿no es así? Tú también eras universitaria con cuatro año cursados, pero no podías compararte con el doctorado de tu marido, ni igualarle sus estudios y libros. Aunque al principio no te importaba que te superara en todo, con el tiempo, su preeminencia te comenzó a herir el amor propio. Te habías enamorado de un hombre más inteligente que tú e inicialmente estabas conforme con esa realidad, pero después, no sabes exactamente cómo ocurrió, te comenzó a irritar la idea de que así fuera. Percibiste la aparente superioridad de tu marido como un desafío.

Volviste a las aulas. Y tu marido no chistó. Te dio su bendición. ¿Te acuerdas cómo te irritó esa benevolencia que tú sentiste como afrenta? El gran señor, tan seguro de sí mismo, claro que no se oponía a que su mujer se instruyera. Así tú podrías apreciar mejor la erudición de tu marido.

Con esa amargura en el pecho era natural que las clases te desagradaran. Lo que habías creído placentero, una aventura intelectual, se tornó una carga insoportable. Era mucha lectura, mucha tarea, mucho tiempo sentada en el aula, escuchando a hombres (la mayoría) parecidos a tu marido, y todo para llegar a casa y tener que comentarlo con él. Y tu marido siempre interesadísimo, obsequioso. Quería que se lo comentases todo: lo que estudiabas, lo que aprendías. Así aprovechaba la ocasión para añadir datos e interpretar lecciones.

Tú volvías de las clases cansada a entregarte a los quehaceres del hogar, a atender a los hijos—un varón y una niña que por esas fechas entraban en la adolescencia. Tu marido te esperaba con la ensaladita de siempre, lo único que sabía preparar. Si se te escapaba una queja por lo mucho que trabajabas, siempre te callaba con una frase que te enfurecía:

—Mi amor, ¿por qué no salimos a comer? No hay por qué afanarse tanto.

Lo decía con una dulzura empalagosa. Y tú, refrenando tu natural impulso a cruzarle la cara, te negabas, alegando que no había por qué gastar dinero. Te irritaba que siempre estuviera presto con la solución. Habrías preferido que te escuchara sin decir palabra. De todos modos, se hacía la voluntad de tu marido. Los niños celebraban sus propuestas, por lo que tenías que ceder y brindarle una sonrisa, aunque por dentro te murieras de cólera.

Al término de un año abandonaste las clases, pensando que mejor sería trabajar. Al fin y al cabo ya no soportabas tanto libro. Sólo te gustaron las clases de historia universal. Gracias a ellas te diste cuenta de las razones—¡muchísimas!—por las que eras infeliz. Lo que ocurría era que el mundo estaba hecho para los hombres como tu marido. Siempre eran ellos los que acaparaban la atención. Claro, recordabas que había mujeres que se destacaban en todas las profesiones, pero aún así, eran subalternas, relegadas a papeles inferiores. ¿Y qué se esperaba del sexo femenino? A pesar de siglos de historia, la sociedad—es decir, los hombres—les daba, como papel primordial, la procreación y el cuidado de los hijos. Eran, por lo tanto, una simple vía para la propagación de la especie. ¡Y qué bien programadas estaban! Tú misma deseabas tener hijos cuando te casaste. ¿Acaso tu anhelo resultaba de un gran lavado de cerebro?

Naturalmente, llegaste a querer entrañablemente a tus hijos y nunca dejaste de ser una madre esmerada (o así lo creías); sin embargo, llegó el momento en que te comenzaste a preguntar si te habías entregado al papel materno por libre elección.

Esta duda te impulsó a preguntarle a tu marido si te habría tomado por esposa si te hubieras negado a tener hijos.
—Qué pregunta—dijo, parpadeando. Con toda probabilidad se sentía importunado.
—Contesta. Dímelo—le dijiste.
Luego explicó que él, como la mayoría de la gente, se había hecho a la ilusión de una familia.
—Me extraña que me lo preguntes—añadió.
—¿Por qué?
—Porque hablamos de esto antes de casarnos.
Según él, cuando trataron el asunto, eran de la misma opinión y que, si hubiesen divergido, aunque le hubiera dolido mucho, él habría…
—¡Me habrías rechazado!—dijiste, irritada.
—Y con ese sacrificio te habría brindado la oportunidad de buscarte a un hombre que pensara como tú.
Cómo te chocaron sus palabras. Tu marido tenía el don de lengua; rehacía los conceptos para enredarte. De todas formas, confirmabas claramente que él se había casado contigo para que le dieras hijos. Eras la vía por la cual satisfacía sus deseos, sus necesidades.

Otra cosa que te irritaba—aunque tal vez tus amigas dirían que era una exageración tuya—era su beneplácito ante todo. En las reuniones y tertulias, siempre era él quien se destacaba con sus retruécanos y agudezas; y en reuniones más solemnes, se le pedía a él su intervención. Cuando salían de vacaciones solía jugar con los niños hasta cansarse y, de noche, te llevaba a cenar o a bailar a una sala de fiestas. De todo sacaba una satisfacción extraordinaria, hasta de los pequeños obsequios que te daba: unos chocolates, un ramo de flores, unos aretes, cosas ordinarias que no te llamaban mucho la atención, pero que para él eran motivo de gran placer. Los objetos no significaban gran cosa en sí, solía decirte. Lo que contaba era el cariño que expresaban.

Y qué satisfecho quedaba. ¡Y tú tenías que agradecerle todo!

Lo único bueno de tu esposo, por decirlo así, era su indiferencia ante las mujeres. Es decir que no creías que te había sido infiel ni una sola vez. No era mujeriego porque no le daba importancia a la conquista. No obstante—debes confesarlo—una vez te encelaste ante las atenciones de una estudiante de posgrado, reclamándole a él las muchas visitas a su oficina. La mujer era una salvaje pechugona que se exhibía sin ningún escrúpulo. Estabas segura que andaba a la caza del profesor de literatura, ¡tu marido!

Tu marido, a fin de cuentas, te convenció de que no tenías por qué preocuparte. A él no le interesaba vivir la vida agitada del adúltero. No tenía el tiempo ni la energía para mantener relaciones a hurtadillas con nadie. No se ganaba nada con amores ilícitos, a no ser las vehementes demandas de la amante. Él lo había visto en otros, te dijo. Los calenturientos encuentros secretos pronto se convertían en discusiones interminables. La amante, invariablemente, deseaba ser la mujer legítima, sin importarle hijos, ni esposa, ni bienes.

Tu marido te lo explicó de forma tan clara que no pudiste dudar de su sinceridad. De todos modos, no quedaste conforme. A pesar de que la monogamia que él expresaba era supuestamente el ideal que todas las mujeres deseaban, tú no le viste mucho mérito porque, en el caso de tu marido, esa monogamia, más que resultado del amor que te tenía, era alarde de superioridad. Tu marido se proyectaba como el hombre perfecto. ¡Y tú tenías que agradecer esa perfección!

¿Recuerdas cómo te sentiste? Culpable, descentrada. En aquella ocasión habrías preferido un marido adúltero, compungido y obsequioso, vencido por la tentación. Así tú habrías podido hacerle lo mismo, sin remordimientos, reclamando la libertad que se te negó de joven, al ser conducida, si no forzada, hacia el matrimonio. De hecho, no tuviste novios en tu juventud. Mientras tus amigas contaban infinidad de aventuras amorosas en su soltería y hasta de casadas, tú callabas tu única y triste chifladura con un inexperto adolescente.

No cabía duda que tu marido gozaba de un dominio aplastante sobre ti. Lo que más te irritaba de tu relación era el derecho—vil arrogancia—que tu marido creía tener a poseerte sexualmente, estuvieras o no de acuerdo. Por lo menos así te parecía. Te repugnaba que a sus caricias tuvieras que ceder. Tú asentías por costumbre, o tal vez por siglos de opresión sexual, acaso por miedo a que te tildara de fría, una mujer incapaz de cariño. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué orden superior te inducía a tener en cuenta sus necesidades antes que las tuyas? Era cierto que él te trataba con delicadeza, nunca toscamente, y, tal vez, tus amigas lo habrían tenido por amante tierno y apasionado. Pero tú no, porque sabías que, a pesar de su suavidad, aun con sus halagos y mimos, ¡él se declaraba (sin palabras) dueño de tu cuerpo!
Llegó el día, como tenía que llegar, en que tú te negaste, dando razones diversas, a las que él—¡qué asombro!—aceptó de buena gana.

Y así pasaron los días y luego las semanas hasta que, de buenas a primeras, tu marido te dijo dulcemente, pero con una extraña firmeza, que no existía un verdadero amor en pareja sin relaciones sexuales. ¡Qué disparate! Con eso quería vencerte una vez más, deshaciendo tu triunfo. Pero tú no te diste por vencida, retándolo a algo que pensaste lo vencería.

—¿Por qué no vamos a ver a una psicóloga?—dijiste, esperando ponerle fin al asunto con su negativa.
—Buena idea—dijo, como si se tratara de cualquier cosa.

Pasmada pero decidida a no ceder, acudiste a la analista de una amiga, pensando derrotarlo. Tu marido era un árbol duro y retorcido que, entre las dos (tú y la psicóloga), enderezarían. En cuestiones del sexo, serías tú la que mandara.

Pero qué chasco te diste, ¿te acuerdas? Nada te salió como lo habías pensado. Tu marido se tornó una dulzura. ¡Tan sencillo, tan sincero, tan respetuoso! Asentía de muy buena gana a todo lo que la psicóloga le indicaba; no se rehusaba a nada, ni siquiera a las cosas que tú sabías que en el fondo lo irritaban. En fin, los dos—la psicóloga y tu marido—hicieron buenas migas. De hecho, llegaste a pensar que, en cualquier momento, ella, rebosando de ternura maternal, ¡se sacaría una teta para amamantarlo ahí mismo delante de tus ojos!

Preferiste ceder un poco en lugar de la humillación total. Temiendo que te tildaran de histérica o neurótica, le dijiste a tu marido que no había necesidad de volver al psicoanálisis, determinación que aceptó con cierto pesar.

—Está bien, aunque creo haber sacado algún provecho.
Más de lo que él se imaginaba, pensaste.

Esa noche cenaron las chuletas que tú trajiste y la ensalada que preparó tu marido. Hablaron poco. A pesar de las ideas que te hervían en el cerebro, no querías abordar ningún tema. ¿Para qué? Sabías que te saldrían muchas quejas y tú misma estabas cansada de darle vueltas a lo mismo de siempre. Al fin y al cabo, él te enredaría con sus palabras, con sus hábiles razonamientos, y tú te quedarías hecha polvo, como solía pasar. Era mejor terminar la cena y acostarte a dormir lo más pronto posible. No había más que hacer. El hombre con quien te habías casado ilusionada, ingenuamente feliz, ahora te defraudaba de la forma más cruel. Reconocías, tristemente, que él nunca sería el marido de tus quimeras.

One Comment

  1. Reply
    siglo 21 July 13, 2014

    Un cuento bastante bien escrito, aunque con algunas erratas. Lo que mas me entretuvo fue la ironia del titulo, y la aparente ceguera del “buen marido” que no se da cuenta de su autentico narcisismo. La ceguera del “buen marido” parece tener origen en el propio autor, pues parece obvio que es uno de esos hombres amargados por las, a veces, tristes experiencias de la vida…divorcios, infidelidades, etc., etc. e incapaz de aprender a superarlas. Una aparente comedia convertida en tragedia.

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