Manuel A. Simó Maceo

Simó Maceo, Manuel A.

Nació en Santo Domingo de Guzmán, República Dominicana en 1950, Manuel emigró hacia la ciudad de Nueva York en 1964 con su madre y hermanos. Al acabar sus estudios secundarios, ingresó en la Marina de Guerra de los Estados Unidos durante la era de Viet Nam, en 1968. Después de obtener honorablemente su descargo militar en 1977 se trasladó al Estado de Arizona e ingresó en la Universidad Estatal del Estado de Arizona. En 1983 obtuvo su Bachillerato en Artes Dramático y Teatro. Desde entonces ha participado con varios repertorios teatrales en varias obras de cine y televisión, al igual que en obras de teatro en Santo Domingo y los Estados Unidos. Entre medio de su trabajo de sustento desempeñó el cargo de Ejecutivo de Ventas, hasta llegar a la posición de Gerente General de la radiodifusora KVVA de la compañía Entra-visión de Phoenix. Durante todo este período en Phoenix, Arizona, participó como principal vocalista con varios conjuntos de música Afro-Cubana, en particular con “Carmela, Manny y Más”. En 1992 fue ganador como compositor e intérprete de la mejor canción de Arizona para el concurso internacional O.T.I. (Organización Televisión Iberoamericana) y representante del concurso final en Miami, Florida. Manuel ha compuesto decenas de canciones originales, además de escribir centenares de poesías, cuentos, varios guiones de película y dos novelas.

“MICHES”

(Extracto de la novela inédita “Historia de un adolescente”)

Tan pronto me subí en la cabina del camión le pregunté a Fello que cuál camino tomaríamos para llegar a Miches. Movió su cabeza de lado a lado y me manifestó como alguien muy seguro de hacia dónde iba:

“Esto no es cómo ir a Villa Mella o Las Canelas, Arturito. Éste viaje es largo. Ciudad Trujillo está en la parte suroeste de la isla y Miches está en la parte noreste. Tenemos que cruzar casi la isla entera para llegar”. Le averigüé.

“¿Nos va a tomar un buen rato, uh?”
Fello me miró, sonrió y me confirmó.
“Un largo tiempo”.

Fello estaba consciente de que a mí no me gustaba viajar en la cabina del camión y me advirtió.

“Te lo voy a decir sólo una vez. Don Emilio me dijo que tú vendrías conmigo hoy. Y me ordenó que me asegurara de decirte que viajaras en la cabina. Así es que ya yo te lo dije”.
Y sonrió.

“Lo que tú hagas, si lo tienes que hacer, hazlo con cuidado. Esa es tu responsabilidad. Pero, por favor, recuérdate que si te pasa algo tu padre y tu madre me matan. ¿Me doy a entender?”
Volvió a sonreír mientras apretaba los frenos del camión hasta detenerlo. Le devolví la sonrisa, me encaramé por el lado y me estreché sobre la lona que cubría la parte de carga del camión. Para mí esto era una odisea y deseaba verla desde el punto más alto de la travesía.

Lo que Fello había dicho me había llenado el espíritu del día. Lo que minutos atrás parecía una pesadilla, de repente se estaba convirtiendo en una bella realidad. El permiso del viejo había sido confirmado. Él le había dicho a Fello que yo vendría con él así que podía irme a mis vacaciones en calma sin preocupación de que el viejo me estaría esperando para romperme las nalgas a mi regreso.

Absorbí todo lo verde tropical que pude en la carretera. Comí de toda clase de fruta que pude arrebatar de las ramas de sus árboles y me harté de las pepitas de pan de fruta hervidas. La forma experta y suave de Fello manejar el camión por las estrechas curvas hacía el viaje aún más interesante e intrépido. Rodamos junto a innumerables siembras; de arroz, tabaco, algodón, cañas de azúcar, bananas, piñas y más, deteniéndonos sólo cuando había que descargar un pedido en cada pueblito entre medio de la ruta. Vi todas clases de árboles y sus frutos, inclusive una que no había visto nunca y que era mi bebida favorita, la del Cacao de chocolate.

Fue entretenido hasta llegar a Sánchez. Ahí la carretera era más estrecha de lo usual mientras serpentinamente recorría los lados de las montañas y las alturas de sus precipicios. Hubo algunos instantes de aprehensión al recorrer al lado de los precipicios de las montañas, que me hicieron desear estar en la cabina en vez de la lona y en la altura en que viajaba sobre el camión; entonces al llegar a la cima de la montañas y doblar su última curva, Fello sacó su mano, señaló y me gritó desde la cabina.

“¡Miches!”.

Era lo más alto que hasta ese momento había estado y la altura al igual que la vista de la belleza del paraíso en la distancia me arrebató el aliento. Desde la cumbre de la montaña me bañaba el color azul del mar ligado con el cielo y el aroma del salitre, aún más agudo al olfato que en la ciudad.

En la distancia se apreciaba la bahía entera, hasta el otro lado en las orillas de Samaná, y, de ambos lados, las trenzas turquesas de las olas se veían pacíficamente morir al arribar en las níveas y desoladas arenas. Al descender la serpenteada carretera de la montaña hasta el principio del sombreado pequeño pueblo costal, una fuente de agua en medio de un parque chiquito, situada debajo de las sombras de inmensos y ancianos árboles, nos dio la bienvenida. Era exactamente como me lo imaginaba. Igual a lo que nuestro padre me había detallado. Me pareció escuchar su voz en medio de la suave brisa que corría de norte a sur.

“Después que pasas el parque y la fuente, la carretera seguirá abrazando el lado de la costa y casi antes de llegar al muellecito de madera, a tu derecha, en medio de un copal bordeado de árboles de frutas, verás una casita blanca, como un diamante en medio de una apertura elevada del suelo por sus estantes de maderas y una terraza chiquita. Esa es la casita de Tía Huna y Tío Emilio. Ahí fue donde me crie”.Justamente una cuadra antes de llegar a la casita, Fello tocó la bocina del camión y, en cuestión de segundos, se apareció la figura esbelta y energética de mi prima Luisa, quien llamábamos Niña, abanicando sus brazos, saludándome desde la pequeña terraza fanáticamente, mientras yo hacía lo mismo desde arriba del camión. Al llegar al frente de la casa me desmonté de arriba del camión por una rama de una mata de mango y sentí la arena bajo mis pies. Fello se despidió con;

“¡Llegaste Arturito! ¡Te veo en un mes!”.
Excitado por lo hermoso y simple del lugar, le respondí:
“¡Gracias, Fello! ¡Dile a Papá que lo veo cuando me vengas a buscar!”.

Fello saludó con las manos a Niña y prosiguió su ruta. La misma que seguiría hasta llevarle la compra al último cliente y, en la que de regreso, recogería la copra seca para aceite de coco, maíz, aceite de tiburón enlatado o cualquier otro cargamento que se apareciera en el regreso que el viejo pudiera utilizar.
Al alejarse, viré mi cuerpo hacia el mar, al día empezar a perderse en la bahía, y noté los pescadores en sus yolas y su lento navegar hacia el pequeño puerto de madera. Un par de manos se posaron en mi hombro y, de tan sólo sentirlas, sabía que eran las de Tía Huna. Su gentil voz me lo verificó al decirme:

“Me alegra mucho tenerte con nosotros, Arturito”.

Sin voltearme me recosté contra ella, crucé mis brazos y, con mis manos, cubrí las de ella en mi hombro mientras silenciosamente sumergía mis ojos en la belleza natural que me rodeaba. En el atardecer el mar estaba tranquilo, como cubierto por una sábana de seda azul marina. Sobre ella, en la distancia, las diminutivas figuras de los pescadores halaban en ritmo sus remos y, la silueta de las montañas al otro lado de la bahía, aparentaban acostarse bajo el manto de las nubes sobre ellas al final de otro día.

“Vamos.” Niña me invitó. “Tío Emilio regresa de la bahía”.

Me quité los zapatos entusiasmadamente y se los entregué a Tía Huna. Ella gritó con el mismo entusiasmo que yo me los quitara:
“¡Correcto! ¡Siente la arena bajo tus pies! Eso es imposible en la ciudad”.
Nunca había conocido al único Tío de Papá. Todo lo que sabía de Tío Emilio me lo había contado su sobrino, mi padre.
“Sólo vino a la ciudad una vez”.
Me comenzó a contar una vez. Detuvo su relato con pena antes de proseguir.

“Cuando comencé a prosperar en el negocio lo envié a buscar. Era la primera vez que Tío Emilio salía del campo para venir a la ciudad. Permaneció conmigo solo tres días y aparentaba perdido e incómodo en el constante tira y jala de la gente y del mercado. Antes de marcharse, me dijo:

-“Aquí hay dinero, Emilito. Pero la vida es muy acelerada para reflexionar.”

Al contarme aquello yo sabía que aquel hombre alto y negro, con su cabeza cubierta en blanco de canas, que venía hacía mí era la figura de padre de mi viejo. Se detuvo frente a mí con la sonrisa más blanca que jamás había visto y movió su cabeza de arriba hasta abajo confirmando algo que yo había escuchado de otras bocas cientos de veces.

“Tu tía Huna tiene razón. Eres la misma figura de Emilio a tu edad. ¿Tú crees que será igual de aventurero, Niña?”
Niña me miró y esperó a que yo confirmara la pregunta de Tío Emilio, pero, antes de contestar, me preguntó directamente.
“¿Dígame usted mismo? ¿Eres igual de aventurero? “
– “ ¿Igual que quién?”
Le respondí en su mismo tono
“¡Igual que tu padre, Emilito!”

Me indicó tratando de mantener una cara seria, pero fallando en su intento. Honestamente le contesté que no sabía; que me preguntara de nuevo en veinte años y a lo mejor entonces yo le tendría respuesta. Explotó de la risa y me dijo:

“Buena respuesta, pero yo creo que sí. Ven, ayúdame con estos pescados”.

Nos pasamos el resto del atardecer ensartando pescados por la boca: Meros, bonitas, barracudas, carites y hasta un par de pequeños tiburones. Tío Emilio le insertó su puñal expertamente desde la barba de cada tiburón hasta casi la cola y el contenido de todas sus entrañas se cayeron sobre un pedazo de tela blanca que él había puesto sobre la arena.

“De aquí saldrán por lo menos cinco botellas de aceite de tiburón. Con cabecillas de cebollas es el mejor remedio para el catarro”.

Afirmó mientras cortaba el hígado. Mi cuerpo se sacudió al volver a olfatear el nauseabundo olor del aceite. Ahora descubría el origen de la medicina natural que el viejo, ligado con miel de abeja, nos hacía beber. Lo irónico del caso es que, después de tomarse dos cucharadas de la composición, el catarro se iba como por arte de magia sin contar los beneficios adicionales que descubrimos después de cierta edad cuando aún era temprano para su función. Tío Emilio cortó un pedazo de hígado y me lo puso en la mano.

“Huélelo”.

Me ordenó. Al hacerlo, las semillas hervidas del pan de fruta y las demás frutas que había ingerido en el camino comenzaron a dar molinete en el estómago, pero aguanté el vómito. Igual que su sobrino, Tío Emilio me estaba poniendo a pruebas y yo, reconociéndolo, no podía dejarle ganar la primera tan fácilmente. Para mi alivio, y primera victoria, su intento terminó al quitarme el pedazo de hígado de las manos y decir.
“Vámonos a casa”.

Al llegar, Tía Huna nos esperaba y se dirigió a Tío Emilio.
“Te dije que vendría. Emilito me dijo que Arturito iba a llegar aquí hoy con él o sin él. Me debes dos docenas de huevos de carey para enviárselos a Emilito y el Doctor Lima”.

El viejo siempre se aprovechaba de cualquier oportunidad para conseguir lo que él quería y, para él, lo huevos de carey eran una delicia insoportable de no tener. Si yo no hubiera tomado la iniciativa de venir sin él probablemente me hubiera enviado para así ganar su apuesta con Tía. De repente me di cuenta e insulté a su madre, Mama Robinson, en mi mente por culpa de él;

“¡Qué viejo más hijo ‘e la gran puta!”

Su repentino retiré hacia la parte de atrás fue una estrategia de él para que yo tomara la valentía, e iniciativa, de irme que era precisamente lo que él quería y la que me forzó a tomar para ganar su apuesta. De todas maneras me alegré por él, pero más por la ancianita que en todos sus gestos, más que nadie que yo conociera, demostraba su amor hacia nuestro padre. Al menos esta vez consiguió algo de tan sólo conocer mi audacia. Con una cruz de paciencia en su voz, Tío Emilio le contestó:

“Está bien, Huna. Llegó a buen tiempo. Los careyes están poniendo todo este mes. Uno de estos días me llevo a Arturito conmigo para buscarlos”.

Acababa de llegar y ya había tenido dos aventuras, pero al escucharle decir que me llevaría con él a buscar los huevos de carey, sabía que iba a ser algo memorable y la anticipación comenzó a picarme la imaginación y el cuerpo.

***

Desde que pisé la terraza de madera de la casita me agradó el sonido y cómo se sentía al caminar sobre ella. Tía Huna abrió la puerta y pasé al interior y a su pequeña e íntima sala. Estaba pintada de blanco igual que su exterior, aunque a esta hora del día, junto a la luz débil de los bombillos, le daba un color más crema que blanco.

Me encantó el contraste de la pintura con los muebles. Las cuatro mecedoras, que luego imitaría en mi propio hogar, la mesita bajita en medio y la que estaba en contra de la pared, donde descansaba un radio, e inclusive las patas del catre de lona verde, que sería mi cama durante mi visita.

En sus diferentes talles los muebles eran todos hechos de madera de caoba oscura, al igual que la mesa de comer y sus cuatros sillas que resaltaban, en el contraste de su tono, con el simple blanco del interior.

El interior tenía tres cortinas individuales que llevaban a tres habitaciones, cuyo frente, igual que la casa, daba vista al norte y a la playa del mar. Cada habitación tenía una pequeña ventana con persianas y era lo suficientemente grande para acomodar una cama, un armario y un vestidor.

La casita entera estaba simplemente decorada y la falta de excesos de muebles acentuaba cada pequeño y típico artículo de decoración. Todas hechas rústicamente en caoba. Igual que las piezas de muebles que Mamá Robinson tenía en su habitación.

En ese instante recordé las historias que Mamá Robinson nos contaba de sus tiempos de infancia y de “La enorme casa blanca amueblada por los muebles más finos de Caoba” de sus predecesores. No recuerdo si ella mencionó si la casa tenía letrinas como la que estaba atrás de la casa de Tía Huna, pero es probable que no, ya que si ella hablaba de su infancia, se estaba refiriendo al mediado del siglo dieciocho. Y si así fue, para ese tiempo, dudo de que existiera plomería en las casas del país.

Mamá Robinson tenía la tendencia de exagerar y de sólo decir lo impresionante. Uno de sus cuentos preferidos, cuando peinaba el pelo duro y grueso de Ernesto y el mío, era decirnos que, en su juventud,
“Yo tenía el pelo ‘Lacio’ y una mala fiebre me lo dañó”.

Lo bueno del caso era que ella lo había contado tantas veces que ella ya se lo creía. Pero me imagino que ése era el sueño de los negros de esas épocas y de toda América; el ser como sus patrones o familiares blancos.

Atrás de la casita de Tía Huna, después de la pequeña cocina y el baño de ducha, había un corral de gallinas y gallos manilos que servían nada más que para poner los huevos que ellos consumían. Árboles de frutas de casi todas las especies rodeaban la casita y desde la ventanita de mi habitación, durante las noches, y como golosinas, yo podía coger los ramilletes de limoncillos fácilmente. La única regla que Tía tenía era que, según me dijo en rima:

“Si de la mata usted los coge, usted todos se los come”.
Pensé que era una regla justa, así que yo sólo tomaba lo que me iba a comer y nada más.

A veces pensaba que Tía era socialista, porque todo en la pequeña casita era hecho colectivamente. Cada uno tenía un oficio con el propósito de ayudar el hogar. Hasta a mí, que era visitante, me tocó un oficio diario. En realidad dos oficios, pero uno de ellos me la estipuló Tío Emilio, la única vez que me reprochó algo.

Unos de mis primeros días allí, temprano en la mañana, mis ojos se posaron en un mango guindando alto y, a pesar de todos los demás mangos a mi alcance, me encapriché, precisamente, en éste. Usualmente me hubiera encaramado a la mata, pero el ramo de donde guindaba aparentaba que era frágil y temía que no me permitiría llegar hasta el mango sin peligro.

Decidí utilizar el ojo al tino de mi puntería tirando piedras para tumbar el mango y accidentalmente tumbé el nido de un ruiseñor con tres pajaritos. Afortunadamente para mi Tío Emilio había presenciado el accidente y al verme recoger los pajaritos en mis manos y ponerlos de nuevo en el nido para volver a subirlos a la horqueta de rama donde anteriormente el nido yacía me dijo:

“Ya son tus responsabilidades.”
Le pregunté que por qué y me respondió:
“Le pusiste las manos a los pajaritos. El olor de tus manos hará que los padres los abandonen y morirán a menos que tú los ayudes hasta que cojan plumas”.

Me sentí culpable con su mirada y, a partir de ese día, en un gesto idiota y de rencor infantil contra el árbol, jamás volví a probar el fruto de mango de su mata que a diario me ofreció mientras cuidé del nido que al instante se convirtiera en mi primordial responsabilidad.

Tío me enseñó a escarbar en los lugares húmedos para encontrar lombrices y alimentarlos con ellas antes de partir por la mañana y al llegar a la casita al atardecer. Al cabo de un tiempo ya solían esperarme y abrir sus bocas amarillas para aceptar las lombrices que dos veces al día, y al ritmo de “Tres maringue, dos pingue, cucara macara y títere fue”, en ellas les depositaba. Días antes de regresar a Santo Domingo, los tres comenzaron a brincar de rama en rama y, de repente, el pito de hambre de los tres que escuchaba por mi ventana al amanecer, no volvió a escucharse.

La segunda labor que me asignó tía era la de recoger en las mañanas todas las frutas que se cayeran de sus árboles y dárselas a las gallinas, a los puercos y a los mulos. A las gallinas les encantaban las cerezas y los cajuiles, los puercos no tenían prejuicios, se comían todo lo que les tiraba y a los mulos le encantaban las guayabas y las manzanas de oro y, cuando Tío regresaba de la mar, lo ayudaba a enganchar los pescados.
Décadas más tarde conocería a otra persona en la misma región que practicaba la vida y existía sólo de lo que su ambiente le ofrecía y que, por coincidencia, compartía el mismo nombre.

Cenamos pescado al horno, con rebanadas de tomate, yuca, maguey y, como merienda, un sabroso dulce de higo con pedazos de melón y papaya. Tía estaba feliz de tenerme. Siempre demostró un afecto mayor hacia mí que al resto de mis hermanos y, aunque yo le era reciproco, no entendía su motivo. Hasta que vine a Miches.
Diariamente, en un momento u otro, a la persona que la visitara, o que estuviera por su lado, le decía que verme a mí era como ver a nuestro padre con la misma edad y llegué a comprender el porqué del cariño que nuestro padre sentía hacia estos dos ancianos. Mama Robinson era su madre, pero estas dos sabias y cariñosas personas eran sus padres. Quienes lo habían criado.

Cualquiera que viera la casita desde la carretera, igual que yo, se podía imaginar que sólo donde estaba la casita era de ellos; igual que yo supuse que el no tener verjas a su alrededor era porque Miches era un campo y los campesinos dejaban la tierra abierta para dar el paso a sus vecinos. Fue un aspecto de sus vidas del cual el viejo nunca habló y después entendí por qué nunca le dio importancia. Lo descubrí por coincidencia, como una inmensidad de las cosas en mi vida.

Tío Emilio tenía tres mulos y cuando no se iba al mar, que usualmente era cuando su olfato le decía que la marea estaba recia, se iba en mulo monte adentro y siempre regresaba con yuca o plátanos o bananas o algo que no había alrededor de la casita. Lo sentí varias veces despertar a oscuras y en varias de ellas sé que notó mis ojos abiertos y fijado en él, pero no me invitó y, al no hacerlo, permanecí en silencio.
Un día nublado, al amanecer, se paró en la pequeña galería de la casita y alzó su nariz respirando profundo y dijo en voz alta, anunciando:

“Va a llover y tronar duro esta tarde. Y la marea esta rebelde.”

Al escucharlo, Tía Huna salió del interior, observó el cielo e, igual que él, tomó un buche de aire por sus narices y, después de saborear el aire, confirmó lo que tío decía.

“Bueno, sí. Parece que va a llover recio. Será mejor que encuentres otro oficio hoy.”
Tío Emilio, me guiñó un ojo y me invitó a acompañarlo. Salimos de la casita después de desayunar y fuimos a la parte del corral dónde estaban los tres mulos. Me ordenó:
“Ponga atención”.
Y empezó a ponerle la silla al mulo. Cuando acabó, me preguntó.
“¿Puso atención?”
Le respondí que lo había hecho.
“Bien. Vamos a ver. Tráigase a ese mulo y emparéjelo.”
Sorprendido le averigüé,
“¿Cómo que emparéjelo? ¿Qué es eso?”
Se fijó seriamente en mí y me volvió a inquirir.
“¿Usted no me dijo que puso atención? Póngale la silla al mulo de la misma manera que hice yo”.
Me eché a reír por la simpleza de enseñarme a ensillar el mulo. Ya estaba conociendo su forma de ser y hasta cierto punto era como su hijo o sobrino.
“Si quieres algo, tienes que ganártelo.”

Básicamente la misma filosofía del viejo. Hice exactamente lo que él hizo. Le puse el bozal al mulo y lo amarré del mismo palo. Le até las dos patas de adelante, le tiré su pedazo de tela de cubre lomo, luego la silla y, como punto final, le amarré el cinturón de lado a lado por debajo de la panza y lo sacudí para ver si la silla estaba segura en su lugar, similar a como lo hiciera él.

“Aparentemente estaba poniendo atención. Vámonos.”
Me verificó con una sonrisa en su boca. Al comenzar el camino sobre los mulos me preguntó “¿Tú padre te hizo el cuento de su mulo?”. Le respondí que no.

“¿Que no? Pues te lo voy a contar para que se lo recuerdes cuando lo vuelvas a ver. Resulta ser que yo le regalé un mulito que nació de una yegua grande que yo tenía. Él, ya un jovencito de diez años, se dedicó al mulito, le comenzó a poner peso al lomo desde chiquito y le fue subiendo el peso según crecía el mulito”.

Lo interrumpí.
“¿Cómo que le ponía el peso al lomo? ¿Para qué?”

Me sonrió medio avergonzado de esperar que yo supiera la respuesta a mi pregunta y detallada y pacientemente inició a darme mi primera cátedra en cómo domar a un caballo, mulo o burro:

“Hay varias maneras de amansar a un caballo, un mulo o un burro. Una es romperle su resistencia de inmediato, que quiere decir subiéndotele arriba y dejarlo que patalee hasta que se canse, pero esa es dolorosa para el jinete y el animal. La otra, que requiere mucho más paciencia y tiempo, es la de ponerles peso poco a poco sobre el lomo para que cuando te le subas ya conozcan el peso de la persona. ¿Me entiendes?”
Confirmé con la cabeza que lo había entendido, y prosiguió:

“Pues resulta que al igual que la yegua, al mulito le gustaba morder las piernas de quien se montara sobre él y Emilito me lo contó. Le sugerí que cuando el mulo lo fuera a morder le pusiera una papa y así el mulito mordería la papa en vez de su pierna y se le quitaría el vicio. Como a la semana, entra en la casa cojeando y me dice;

‘Tío, ahora el mulo está peor. Para poder montármele le tengo que dar papas a cada rato y hoy me mordió, porque se me olvido la papa’

“Yo y tu tía nos arrastramos de la risa y él no entendía cuál era el chiste y hasta se incomodó. Después que nos calmamos busqué una papa y la puse a calentar sobre el fogón. Cuando sabía que estaba ardiendo por dentro tomé una toallita y se la di. ‘Vamos ahora a montar el Mulito,’ le dije. Cuando te vaya a morder ponle la papa. Y así lo hizo. Cuando el mulo mordió la papa ardiendo, dio un brinco y tiró a tu padre a suelo. Desde entonces Emilito se comenzó a reír y le dijo al mulo”.

‘¿Qué? ¿Ya no te gustan las papas, mulo pendejo?’
“Tan pronto escuchamos su comentario tu tía y yo que presenciamos el acto nos volvimos a arrastrar de la risa. El mulo jamás volvió a morderlo”.

Entre ese y varios cuentos más anduvimos al paso de los mulos, por lo menos una hora, hasta llegar a un conuco de mapuey, yuca, melones, habichuelas y un montón de vegetales más. Curioso de ver el lugar le pregunté:

“¿Qué es esto, Tío Emilio?”
– “Un conuco”.
Me respondió mientras se apeaba del mulo. Me dio vergüenza de hacer una pregunta obvia y le volví a preguntar con lo que debió haber sido mi pregunta inicial.
“Lo que quise decir es que, ¿de quién es este conuco?”.
Me miró sorprendido mientras sacaba un machete del lado de la silla del mulo.
“¿Cómo que de quién? De nosotros. Toda la tierra hasta el río y del río hasta la playa es de nosotros”.

Me señaló al norte, al pie de donde comenzaba la montaña y se convertía en monte, al sur donde los coprales costeaban las playas de la bahía, al este y al oeste y según pude ver más tarde, tenían aproximadamente unas dos mil tareas de tierras y playas de mar.

“Cuando tu padre era jovencito le encantaba venir a limpiar su conuco y después entre él, Pablito y Papito se llevaban las cosechas al pueblo y las vendían”.

Me indicó que cogiera el machete al lado de la silla y que hiciera lo que él hacía. Nos pasamos el resto de la mañana limpiando alrededor del conuco y, de repente, me di cuenta que mi padre había hecho lo mismo en su infancia. Luego entendí que ésta era la forma de Tío enseñarme de dónde procedía el viejo y sentí una profunda pena por él. Era verdad lo que tía me había dicho. “Emilito”, nuestro padre no tuvo infancia. De repente Tío miró hacia el cielo y pronosticó:

“Por ahí viene la lluvia y parece que viene con truenos como esperábamos. Vámonos por la llanura que hay menos árboles y así evitamos los rayos”.

Recogimos varias clases de vegetales y melones, los pusimos en un saco y montamos los mulos en dirección opuesta a la que habíamos venido. En el camino por la llanura llovía recio, pero igual a lo que comentara él, los rayos no tocaban cerca. Le pregunté algo que hacía rato quería preguntarle cuando él lo mencionó.

“¿Tío, quién es Papito?”.
–“Ese es el hermano menor de tu padre y se tuvo que ir del país para otro lugar en Sur América, según me contaron.”

Me sorprendió su respuesta. Yo nunca había escuchado su nombre de parte de nadie en la familia.

“¿Y por qué tuvo que irse del país, Tío Emilio?”.

Suspiró profundamente, como cuando alguien está frustrado por algo que no fue su culpa y hesitando me dijo.
“Esa es otra historia y eres demasiado joven para contártela.”