Ricardo Reyes

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció. A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Universidad Estatal de Arizona, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la Universidad Malaya, en Malasia. Actualmente radica en Phoenix y se dedica al trabajo social y a la literatura. Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a otras actividades, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

Justo por pecadores

Solo cuando converso con él y veo el brillo de sus ojos a través de los bifocales, es que llego a entender la magnitud de su premura. Luego de una larga vida colmada de pasiones; dígase, por ejemplo, su afán por arrebatarle al olvido y a la desidia de sus coterráneos los tantos documentos valiosos que desea regalarle al mundo, su vehemencia por que trasciendan y ojos frescos se deleiten en algún momento con crónicas del pasado, poemas del presente y sueños del futuro. Entonces es que reflexiono y llego a la conclusión de que no hay vida lo suficientemente larga como para sentirnos satisfechos con lo que hayamos logrado en ella; no tenemos otra alternativa sino que ser cuidadosamente selectivos. Solo un ser apasionado y, por qué no decirlo, obsesionado con el saber, aspira a dejar tras de sí semejante legado a la humanidad.
Un hombre de origen andaluz que llegó a conocer, estudiar y propagar la cultura hispanoamericana, viajador empedernido que vio y se deleitó con muchas vivencias a su paso por el mundo, estudioso voraz, coleccionista de títulos académicos, gran activista defensor de los derechos humanos, catedrático ilustre cuyo propósito principal fue siempre el de inculcar la necesidad de dudar, de cuestionarse lo que para muchos está escrito en piedra, de desafiar lo tomado como verdad absoluta, de aplicar el pensamiento crítico y la curiosidad innata que a veces dejamos adormilada en todos los aspectos de nuestras vidas, y así ver con otros ojos todo cuanto nos rodea y deleitarnos con ello, y por su propio peso descubrir, deducir y aprender.
Los vientos lo llevaron al nuevo mundo y pronto creció raíces profundas que lo dejaron anclado en éste. Se ha convertido en un ser que ha logrado amalgamar las masas dispersas, que ha sazonado la insulsa vida de muchos con su arma más poderosa: la cultura. Esa palabra a la que, justo ahora que la pienso, a menudo no se le hace justicia. Y pues bien, enhorabuena que sus padres le dieron tan justo nombre, pues para justiciero nadie lo supera, ya que ha redimido el mal trato que se le ha dado siempre a dicha palabra, la que en muchos casos queda limitada a páginas de enciclopedias que ya nadie lee, olvidándose de los múltiples vehículos por los que la cultura puede ser presentada y transmitida a quien la necesite, que al fin y al cabo somos todos. ¿Y cómo disparó este arma formidable, se preguntarán? Lo hizo con una gama de municiones muy amplia, que abarca desde un pensamiento filosófico breve pero cuya profundidad es equiparable a la de los océanos, hasta los delicados pétalos de una flor estampados en una acuarela; desde una sinfonía maestra de Beethoven hasta la dulce melodía solitaria de una zampoña andina; desde un poema barroco contundente hasta “de lo bueno poco”, para saciar el gusto de la gente. Lo hizo y lo continúa haciendo, desde el canto de los gallos hasta que sus ojos cansados le piden tregua, siempre breve, siempre cargada de culpabilidad por robarle tiempo a su labor de cultivar mentes, aunque sabe que solo algunas semillas lograrán brotar y, aún en un número menor, crecer. Pero eso no lo desmotiva, ni mucho menos lo vence….muy por el contrario, me atrevo a pensar que le inflama la fiebre de compartir su pasión, de difundir la sapiencia como su única misión, de alegrarnos la vida con su tierna canción.
Y todo aquello me lleva a meditar sobre esa sensación de premura que sus ojos comunican, a ese deseo de trasmitir que se le cuela entre cada palabra y que ya no se molesta en disimular o controlar…. y con toda la justa razón del mundo, cabe destacar, pues de lo contrario solo sería un apoteósico desperdicio sin perdón de Dios. Y así es como justos pagan por pecadores, a este gran justo varón le ha tocado pagar por los pecados de la ignorancia y de la negligencia ajena, por la herejía de quienes no sopesan el valor de sus opciones y eligen los caminos más fáciles de recorrer, y por la blasfemia de a quienes simplemente no les importa un comino partido por la mitad lo que sucede frente a sus ojos. Absolver a tanta gente, tarea faraónica tanto de valientes como de orates, una faena inconmensurable que lleva a cabo en plena carrera contra el escurridizo e implacable tiempo, un desafío monumental… uno de tantos, tantos de muchos. Y si definimos el propósito de nuestra existencia misma como la suma de los granos de arena que vamos depositando en nuestro camino para que éste le resulte más blando a quienes vienen detrás, nuestro justiciero ha creado playas enteras de arena fina y blanca, mullida para algunos pie y para otros anca, que para todos hay, me atrevo a afirmar con palabra franca, hay tanto para quienes reciben con la palma abierta, como para quienes presentan su mano manca.
Anidado entre mezquites y saguaros, este búho legendario ha confeccionado un cómodo nido en el desierto, una fuente de agua pura para aquellos que deseen beber de ella y saciarse con este manantial hasta quedar enajenados por el estupor que causa la iluminación del conocimiento. Tanto lo repite, que debe ser cierto, y por tanto el apuro, y en la evidente urgencia con la que disemina su filantropía cultural, me atrevo a pensar de que llega al veredicto de que quizá solo hacia adelante volar deba, y que quien tiene sed, bienvenido está, y de sus manos beba.
Invoco al responsable de la longevidad para que sea generoso en sus porciones y tengamos hombre justo por mucho más tiempo, para que de ese modo no sienta tanto la prisa de trasmitir sus nociones, y le reste mucho tiempo para que disfrute la sonrisa de nuestros corazones.