Francisco Martínez Bouzas

Martínez Bouzas, Francisco

Natural de Arnuide, Orense. Es docente y crítico literario. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona y en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de Roma. Completó además estudios de grado en la Universidad de Comillas de Madrid y en la Universidad Gregoriana de Roma. En la actualidad ejerce como catedrático de Filosofía. Realiza además una amplia labor como crítico literario. Miembro de la Asociación Española de Críticos literarios (AECL). Pertenece así mismo a la Sección de Crítica Literaria da Asociación de Escritores en Lingua Galega (AELG).
Como docente dirigió o coordinó distintos cursos y proyectos de formación para el profesorado, organizados por la Consejería de Educación de la Junta de Galicia. Así mismo, colaboró durante varios cursos en calidad de profesor tutor con la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Santiago de Compostela. Es autor de los siguientes títulos de su especialidad: En sociedade. Cavilemos e fagamos. Materiáis didácticos de Filosofía (1994), Reflexións sobre a vida moral (1995, en colaboración con varios autores), A ética na que vives (1995, en colaboración con varios autores), Filosofía (2000) en colaboración con Susana Abuín Chaves y Henrique Tello León.
Ha sido miembro de diversos jurados de premios literarios y en el año 2004 recibió el Premio Xerais a la Cooperación Editorial como crítico literario. Tiene y mantiene un magnífico blog que lleva el título de “Brújulas y espirales” en donde el lector puede ver y disfrutar de gran cantidad de reseñas de obras literarias. http://brujulasyespirales.blogspot.com/

MEMORIA Y DESCUBRIMIENTO DE LA MADRE

Sergio Galarza

 

 

 

 

 

 

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre

Sergio Galarza

Editorial Candaya, Avinyonet del Penedès (Barcelona), 2017, 157 páginas.

Tras la trilogía sobre Madrid (Paseador de perros, JFK, La librería quemada), una serie sobre las intemperies de nuestro tiempo, Sergio Galarza (Lima, 1976), sin cambiar de forma radical de registro, nos ofrece en Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, un libro cuyas principales características son la biografía, la autoficción y la literatura de duelo. Se ha escrito que los libros de duelo donde tocamos al ser humano y recibimos una información sentimental propia de los momentos cruciales de la vida, se avienen mal con la reseña crítica, con la contundencia de un juicio que, en ese caso, ya no parece tan importante realizar con frialdad, sino de forma solidaria. Sin embargo procuraré ser objetivo, dentro de la subjetividad de cualquier lectura, porque un libro que hable de la muerte de un ser querido puede ser un excelente o pésimo producto literario.
Si en los tres volúmenes de la trilogía de Madrid hay mucho de autobiografía que los convierte, especialmente a Paseador de perros, en versiones de  romans à clef, las focalizaciones de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre hace que la autobiografía ocupe la centralidad. Pretende ser “una novela autobiográfica” -así la define el propio escritor-, y un retrato de la fortaleza de una abogada, de una madre de familia, de una esposa en lucha constante para reflotar su matrimonio, y de una persona, Doris Puente, sobre todo en los años de las crisis económicas y del terrorismo en Perú. Y también un texto de duelo por esa madre a la que el hijo descubre muy tarde, poco antes de su muerte, y a la que le gustaría pedir perdón por tanta indiferencia que le había mostrado, por el “río turbio y rebelde” en el que, desde la adolescencia, se había convertido su vida. Ese río turbio y rebelde conforma una parte importante de la existencia del escritor, principalmente en su época limeña. El libro de Sergio Galarza es por ello también una historia de formación.
El libro se inicia con la confirmación de la peor de las sospechas: desde Seattle una hermana le informa de que a la madre le quedaba muy poco tiempo de vida. Esa madre, la vieja -expresión de cariño bruto con que la nombra hasta que ella se halla a las puertas de la muerte-, es Doris Puente. Un cáncer generalizado la está matando. Doris Puente era un ejemplo de sensatez y disciplina; adicta al orden, sin experiencias transgresoras en su juventud, amante de la justicia como abogada, capaz de compaginar las leyes con una vocación literaria que le empujó a escribir poemas y una autobiografía ficcionalizada, Al cabo de los sueños, un intento de mantener la eternidad en la memoria. El hijo no quiere parecerse a la madre. Ansía construir su propia leyenda, persiguiendo incluso todos los peligros a su alcance. Esa personal leyenda la irá dejando caer entre las líneas del relato del retrato de la madre: pinceladas sobre su adolescencia y juventud en Lima, sus problemas con los estudios en los que fracasa a propósito para mostrar su rebeldía, con el futbol en el que no supera la suplencia. Un malditismo burgués condimentado por las drogas. Su estancia en España como inmigrante ilegal, trabajando en negro, la obsesión por editar sus libros en el extranjero que le impulsa a memorizar el alfabeto de las editoriales españolas.
Cuando la madre sabe que va morir, decide visitar al hijo en Madrid. Viajan por Galicia en Semana Santa. Será en este viaje cuando Doris Puente anote en su agenda la letra de la más famosa de las canciones de Bob Dylan. No era el himno generacional ni de la madre ni del hijo, pero sí la música que contribuirá, en el epílogo de la vida de aquella, a la reconciliación madre-hijo.
A pesar de estar escrito con la máscara de la ficción, el texto de Sergio Galarza pretende ser un libro-verdad, escrito con la honestidad que la madre trató de inculcarle desde la infancia. La gesta silenciosa de la madre, que opta por afrontar su cáncer  sin comunicárselo a sus hijos, corre paralela con los años caóticos y rebeldes del hijo, tanto en Lima como en Madrid. Mas por ser autoficción, hemos de pensar que el libro de Sergio Galarza no se rige por ninguno de los pactos de lectura, sino que está escrito desde la transgresión y al mismo tiempo desde el préstamo de aspectos del pacto autobiográfico y del pacto novelesco. Es la ambigüedad que suele caracterizar a la escritura confesional, cuando pretender ir más allá de la biografía. Sergio Galarza construye un personaje de si mismo que posiblemente se ajuste con bastante fidelidad a los hechos reales. Por eso mismo, aún sin ser autobiografía en sentido estricto, su personaje se nos presenta como verosímil.
Como libro de duelo, el libro se aleja del efectismo sentimentaloide y evita los detalles truculentos. Pero no por eso deja de ser un texto muy duro que a veces hiela la sangre, especialmente cuando el autor relata los últimos días de la madre, que ya había capitulado ante la muerte y a punto de vivir solo en la memoria familiar. Un libro sin metáforas, sin grandilocuencias ni palabras inútiles. El autor sabe regular la emoción por medio de gobierno de un ritmo que pocas veces decae. Lo hace quizás en la tediosa relación prescindible de los sitios que madre e hijo visitan en Madrid, de lo que hacen o dejan de hacer, de las tarifas de los taxistas, datos tomados de la agenda materna que lo anotaba todo. En cambio, las secuencias en las que refleja los sentimientos positivos o enfrentados con la figura materna son intensamente cautivadores. Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, supera con amplitud los mínimos de verosimilitud, acertada composición y escritura que ha de exigírsele a cualquier producto literario, sin que confundamos esos mínimos con la empatía, con el dolor ajeno o con la muerte.

Francisco Martínez Bouzas

Fragmentos

 

“Aquella tarde de primavera, luminosa y asfixiante, mi equipo de futbol perdía por dos goles, y ambos habían sido cumpa mía. Durante la madrugada había chateado con mi hermana Lupe que vive en Seattle, confirmando la peor sospecha: a nuestra madre, mi vieja, como ella aceptaba a regañadientes que la llamara en una demostración de afecto bruto, no le quedaba mucho tiempo. El cáncer estaba generalizado. Y generalizado significaba que se había extendido hacia otros órganos del cuerpo, lo que se llama metástasis, sinónimo de fin. Un montón de pensamientos cruzaban por mi cabeza, pero se me escapaban como los balones que llegaban a mis pies. Me gobernaba la impotencia de no tener el control, dentro y fuera de la cancha, o donde diablos estuviera, porque  en ese momento todo me parecía tan irreal, vaporoso, como si me hubiera quedado atrapado en el entresueño. Tenía la impresión de correr a cámara lenta. Miraba hacia la grada, al banco de suplentes, y repasaba la cantidad de partidos en que la voz de mi vieja había resonado como el grito del hincha que quiere entrar al campo para salvar a su equipo”.
“Había dos razones para que mi vieja siguiera trabajando: la primera era que le gustaba su profesión, y la segunda el dinero. Como no cotizaba en la seguridad social, en el futuro dependería de sus ahorros y quizás de nosotros, porque no quería depender de mi papá. Un par de semanas antes de enfermar, mi vieja nos preguntó a sus hijos qué nos parecía vender la casa de Acobamba. A mí ya me había preguntado algo al respecto, y como le había dicho que esa casa podía reformarse me mandó un dibujo de la reforma que se le había ocurrido. Lupe se sumó a la idea de la reforma, era posible con un esfuerzo económico. Pero Daniel nos recordó que mi vieja no tendría una pensión cuando se jubilara, aunque ella pensaba trabajar hasta que fuera una anciana, y que el dinero de la venta, que no sería mucho, al menos le serviría para tener un fondo de emergencia”.

…..

“Es terrorífica la expresión que tienen los enfermos terminales, con ese rictus que a veces enseña los dientes, como si se rieran de la muerte. Pero mi madre no enseñaba los dientes, ni se reía de la muerte, su rostro era una máscara de huesos, sin arrugas u otra de esas imperfecciones que suelen delatar nuestra experiencia de la vida. Hasta eso le negaba el cáncer: el derecho a reconocerse a sí misma. Ella, que me paralizaba de miedo cuando fruncía el ceño o me felicitaba llenándome de besos mientras le brillaban los ojos, ya no tenía manera de decir cómo se sentía. Para un enfermo, quizás sea esta la primera fase de la muerte: la imposibilidad de expresar sus emociones”.

(Sergio Galarza, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, páginas 9, 47, 125)

 

LA FELICIDAD DEL MONSTRUO PEDÓFILO

LILIANA BLUM

 

 

 

 

 

El monstruo pentápodo

Liliana Blum

Tusquets  Editores México, Ciudad de México, 2017, 237 páginas.

El monstruo pentápodo

No obstante su juventud, Liliana Blum (Durango, 1974), ha frecuentado con asiduidad  y éxito la narrativa, tanto en el formato corto con siete libros de cuentos de su autoría, varios de ellos recogidos en antologías, como en el de largo aliento. Es autora de la novela Pandora (2015) y de El monstruo  pentápodo, las dos editadas por Tusquets México. El título de esta última es un préstamo, tal como la autora señala en la frase epigráfica que inaugura la novela, de Lolita  de Vladimir Nabokov (“Yo era un monstruo pentápodo, pero te quería”) y con la que se describe  a uno de los más célebres pedófilos de la literatura, Humbert Humbert, si bien el protagonista de la novela de Liliana Blum, Raymundo Betancourt, supera con creces el sórdido enloquecimiento del obsesivo amante de la ninfa de doce años de Nabokov; y nos remite a la amplísima nómina de monstruos depredadores sexuales de la vida real. En ambas piezas ficcionales, Liliana Blum agasaja al lector con algo que forma parte de sus genes como escritora; deseos oscuros, decisiones que se fraguan entre dilemas, conflictos, porque sin eso no habría novela.
El monstruo pentápodo es una pieza narrativa cuyo núcleo temático es la pedofilia y el secuestro. Pederastia por consiguiente. Pedofilia no en el interior de la familia -es la más frecuente-, sino llevada a cabo por un personaje ajeno al ambiente familiar, Raymundo Betancourt, aparentemente un hombre inofensivo, amable, un profesional responsable y solidario con el bienestar de su comunidad. Por afuera, la antítesis del monstruo, pero monstruo al fin y al cabo disfrazado con piel de cordero. Es un pederasta activo y, aunque se esfuerza en resistir a sus deseos e impulsos, ya ha cedido alguna vez con fatales consecuencias para su víctima.
Ahora tiene la cigarra dormida, pero el acecho en un colegio de niñas en Durango le permite descubrir a Ella, una niña de cinco años. Y se encapricha: su cuerpo y su alma convergen en Ella mientras mastica chicles de canela. Pero esta vez no quiere cometer los errores que lo obligaron a matar a la niña Norma. Por eso prepara convenientemente el sótano de su casa, construye en él un pequeño cubículo adornado con motivos infantiles y enamora a Aimeé, vigilante de la Academia de natación, una enana de treinta y siete años que suspira porque una voz masculina le dirija la palabra. Ella será la herramienta imprescindible para el éxito de los planes de Raymundo. E Isidro, su perro, actuará como carnaza para atraer a Cinthia. Descubre que así se llama Ella.
Su plan funciona a la perfección. Una vez secuestrada la niña, el pedófilo pederasta transforma sus días en noches pavorosas. Y el camaleón con capacidad para parecer un hombre normal vejará repetidamente a la niña que se agazapa contra la pared cada vez que Raymundo se introduce en el sótano. Todo concluirá con la crueldad más absoluta: sin que Cinthia se hubiera dado cuenta le había hecho firmar un contrato de esclavitud sexual, cuyos términos le hace repetir mientras la penetra con su pene y rompe el frágil cuerpo de una niña de apenas seis años. Un final inesperado y desgarrador clausura esta espeluznante novela de Liliana Blum que nos hiela la sangre, a la vez que nos impide dejar de leerla.
La novela es un aterrador retrato, poblado por pocas figuras, de la maldad humana, del sapiens-demens que hace cientos de miles de años bajó de los árboles. La naturaleza humana es más oscura que la reflejada en la visión optimista que nos transmite cierta antropología. Es preciso ligar al hombre razonable (sapiens) con el hombre neurótico, erótico, úbrico, destructor (demens). Esta novela, la tradición literaria que la precede y los innumerables casos de niñas y de niños esclavizados sexualmente todos los días o simplemente violados en el ámbito familiar, en colegios o en centros religiosos, nos remite a aquel “O Ridicolissime héroe” de la definición pascaliana del ser humano. La ubris, la desmesura, la neurosis de la especie alcanzan un aterrador reflejo en las secuencias de esta novela.
Sin embargo, el planteamiento diegético de Liliana Blum es sumamente sencillo: hilvana con maestría una historia y fuerza al lector a sacar sus conclusiones. Mas si algo le interesa a una de las grandes escritoras mexicanas de novela negra de nuestros días es transmitirnos las motivaciones, los deseos, las urgencias que desencadenan los mecanismos que impulsan  a los personajes a hacer lo que hacen. Y para ello es altamente eficaz su estrategia narrativa: en paralelo, la novela alterna secuencias con los diarios y cartas que Aimeé escribe desde la cárcel, con el relato en tercera persona de los hechos objetivos y los componentes subjetivos de los principales protagonistas.
Se introduce con acuidad en la psicología depredadora del psicópata pedófilo con piel de ángel. Lo que hace feliz a Raymundo Betancourt no es la satisfacción puntual por haber poseído el objeto del deseo -la anulación de una tensión-, sino la seguridad de poder tenerlo siempre a su mano. Saber que en el momento que quiera, podrá poseer de nuevo a la infantil criatura. A eso se añade la ansiedad agridulce de saber que cada día podía ser descubierto.
La enana Aimeé es un ser extremadamente vulnerable. Consciente de que su acondroplasia la arrinconará del amor y del deseo de un hombre normal, cae atrapada ante la primera palabra amable que le dirige Raymundo. Desde la cárcel, cuidando a la niña que ha tenido con él, rememora sus días de enamoramiento. Percibe que sólo fue una herramienta para los planes del depredador y confiesa que no pudo evitar unos espantosos celos cuando este se acercaba a Cinthia, pero le importaba más que “su novio” no la dejara que el horrible calvario que estaba soportando la niña.
En cuanto a la víctima, la novela muestra con crudo realismo el terror que corre por sus venas que la petrifican, le provocan espasmos en sus extremidades, más dolorosos que el cuchillo que la desgarra entre las piernas.
Susana, la madre de la niña, es una mujer divorciada y, después de meses desde el secuestro, está atascada en la desolación. En ella, sin embargo, personaliza la escritora el culpable descuido de tantos padres y madres que, en los parques o en los supermercados, pierden de vista a sus hijos indefensos, distraídos en frívolas chácharas o absortos con las teclas de los celulares, la pestosa adicción de nuestros días.
Quizás llame la atención el hecho de que, una vez más, Liliana Blum le otorgue un gran protagonismo a una mujer enana. Ya lo había hecho con la vendedora de cosméticos de uno de sus cuentos; y en su primera novela, Pandora, la coprotagonista es otra mujer sumergida en una inmensa gordura. Es un nuevo acierto de la novela. La autora juega con la dualidad semántica del concepto “monstruo”. Los enanos siguen siendo freaks, seres monstruosos que no pueden ocultarse, inofensivos generalmente. Pero a nuestro lado, conviven los verdaderos monstruos que “circulan entre nosotros con un disfraz de normalidad escalofriante que engaña a todos”.
Liliana Blum narra la historia con un veraz realismo que no rehúye las dosis precisas de crueldad -por ejemplo el relato de la violación final- para hacer creíble lo que cuenta. Pero su estética del horror jamás cae en la chabacanería o en el mal gusto. Escribe con un estilo cuidado capaz de transformar el relato de lo más sórdido y espeluznante en literatura, es decir, en una pieza artística.

Francisco Martínez Bouzas

 

Fragmentos

“Pero ese día Raymundo varió su método por primera vez en años. Se estacionó a unas cuatro cuadras del colegio y caminó hasta allá como si nada. Ya muchas madres bloqueaban la calle estacionadas en doble fila, y una cantidad considerable de tutores autorizados para recoger a los niños (abuelos y choferes de transporte escolar compartido) se apiñaban contra la reja principal. La campana de salida sonó al fin. Un minuto más tarde, las niñas comenzaron a brotar por las puertas de los salones, inundando los pasillos. Pensó en un programa de televisión en el que las termitas fluían iracundas al ver derribados sus termiteros. Las más pequeñas fueron las primeras en llegar hasta los barrotes para formarse en grupos amorfos, buscando con la vista a quien venía por ellas. Raymundo esperó. No le gustaban demasiado jóvenes: aún eran cabezonas y de extremidades gruesas y suaves, Como si no terminaran de superar la etapa de bebés. Larvas. No estaban listas todavía. Tampoco le apetecían las entradas en la pubertad.  Les empezaba a cambiar el contorno del cuerpo y no existía nada más repugnante que esos pezones con forma de cono que se levantaban debajo de sus blusas. Su tipo eran las niñas delgadas, atléticas, de facciones finas, ni muy blancas ni muy morenas. Las prefería en el rango de los cinco a los nueve años: niñas auténticas, no bebés grandes ni mujercitas en proceso”.

…..

“La verdad es que durante los últimos días en casa de de Raymundo mi vida empezó a desmoronarse. Cada día era más difícil  sobrellevar esa dualidad: estar enamorada de él y saber lo que hacía con la niña. El tener que compartirlo a él y, a la vez, ayudarlo a cuidarla. Me resistía por igual a tenerle lástima y celos a esa criatura. La confusión interna me estaba destrozando. Si llegaba a salir a la calle, todo me parecía incorrecto, fuera de lugar. La gente con sus malas caras, gordos deformes, un tráfico agresivo, sin tregua. Los edificios escarapelados y con grafitis, los baches de las calles, el polvo, el cielo de un tono lodoso y sucio. El hedor a orines de las paredes, la mierda de los perros sobre la banqueta, la basura acumulada en las calderas. La fealdad me rodeaba. Seguramente había partes de la ciudad que no eran así, pero yo sólo me fijaba en lo horrible. El mundo era un espejo en el que se reflejaba el interior de mi mente, lo que yo sabía que sucedía en mis propias narices y trataba de negar la mayor parte del tiempo”.

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“Mi novio, el amor de mi vida, era un pedófilo que tenía a una niña secuestrada en el sótano de la casa donde yo vivía con él. Ahora que hay cosas tan espeluznantes que no se pueden comprender en el momento en que suceden. Hay otras que ni siquiera se pueden concebir. Cuando pasa el tiempo, cuando quedan cenizas y todos se han ido, una se da cuenta de lo que sucedió en realidad.
Quizás eso significa «tocar fondo»: el mundo cambia a tal punto que ya no se puede volver a lo que era. Me avergüenza decir que en mi caso no fue porque quise hacer lo correcto, sino porque el más puro egoísmo me llevó  a actuar. No puedo olvidar esa tarde: yo comía galletas y navegaba en la red en busca de noticias sobre nuestro caso. Me incluía porque estaba al tanto de que había participado como cómplice. Era nuestro caso. Todos los días peinaba los sitios de noticias en busca de… ¿qué esperaba encontrar? ¿Qué la policía tenía una pista? ¿Qué había sospechosos?
Me era imposible no revisar las noticias. Con el transcurso de los meses, al parecer, la madre perdió las esperanzas, y la policía, que si acaso por la presión de los medios hizo algo al principio, terminó por abandonar la investigación. Si es que alguna vez la iniciaron, claro. A falta de cadáver, se manejaba la teoría de que la niña fue llevada al extranjero. Estaba ya en la lista de alertas de la Interpol”.

…..

“Raymundo tendió  a Cinthia sobre el suelo. Ella giró la cabeza para poder respirar y la mano de él se posó con fuerza sobre su cuello. Podría romperlo si quisiera, o si ella lo obligaba. No tenía que ponerle palabras a esta idea: estaba seguro de que ella también lo entendía así. La sangre fluyendo por la aorta infantil palpitaba contra sus dedos. La tibieza de la vida. Literalmente en sus manos.
Con la otra mano movió las piernas desnudas de Cinthia hasta dejarlas en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Notó cómo los vellitos de su espalda se erguían. El miedo se parece tanto a la excitación. Para fines prácticos es lo mismo, pensó antes de untar lubrificante entre los pliegues de la vulva y penetrarla despacio. No quería desgarrarla. Eso sería terrible. Contraproducente, sobre todo.
Una vez dentro se quedó quieto. Sentir el cuerpo de ella abrazando el suyo lo excitaba como nada. Hasta entonces se había limitado a penetrarla con los dedos, para irla acondicionando, y a masturbarse al mismo tiempo; o bien la obligaba a que le hiciera una felación. Era la primera vez que introducía su verga en aquel cuerpecito. Había valido la pena esperar: era la mejor sensación del mundo. Extendió la hoja de papel sobre aquella piel que le permitía visualizar los huesos de la columna vertebral.
-Yo voy a leer el contrato y tú vas a repetir lo que yo diga. -Ella permaneció en silencio y él embistió con su cadera hasta que su glande topó con la pared interna. La niña lanzó un chillido y un «sí» cubierto de lágrimas-.  Nos entendemos, muy bien, muy bien. -Carraspeó y se acomodó los lentes tratando de ignorar el ligero calambre en las piernas.

-To, Cinthia López Garnica…

Movimiento de cadera.

Sollozo.

-Yo, Cinthia López Garnica…

-… esclava sexual de Raymundo Betancourt…

Dedos envolviendo el cuello.

Boqueos de pez fuera del agua.”

(Liliana Blum, El monstruo pentápodo, páginas 26-27, 155-156, 157-158, 222-223)