Gabriela Dongo-Arévalo

Dongo-Arévalo, Gabriela

Gabriela R. Dongo-Arévalo es una estudiante del Tercer año del Doctorado del programa de Español de la Universidad Estatal de Arizona (ASU) en las especialidades de Literatura y Estudios Culturales. Recibió un primer MA en E/LE (Enseñanza del Español como Lengua Extranjera o L2) en la Universidad Antonio de Nebrija de España, y un segundo MA en Español en la Universidad de Ohio, Athens. Su área de investigación principal es la literatura infantil y juvenil desde la perspectiva de la ecocrítica. Otros intereses académicos incluyen el cine latinoamericano, la adquisición de segundas lenguas y la pedagogía.
Gabriela nació en Lima, Perú. Obtuvo la Licenciatura en Educación en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha tenido la oportunidad de laborar en distintos niveles educativos: elemental, secundario y universitario. Fue la co-fundadora de la Escuela de Español – El Sol de Lima. En Estados Unidos se desempeñó como Foreign Language Assistant en el College of the Holy Cross en Worcester, Massachusetts; como Visiting Scholar en la Universidad de Wisconsin – La Crosse (UW-L) y, actualmente, se desempeña como Spanish Teaching Associate en la Universidad Estatal de Arizona (ASU).

¿Quién enseña a quién?

Según la RAE, refugiado significa: “persona que, a consecuencia de guerras, revoluciones o persecuciones políticas, se ve obligada a buscar refugio fuera de su país”.

A través de los medios de comunicación nos llegan casi a diario imágenes desgarradoras de miles de personas que viven en situaciones extremas de violencia, que luchan día a día por sobrevivir en su lugar de origen, que a pesar de las circunstancias, se aferran a la esperanza de que algún día podrán rehacer su vida a pesar del dolor. También, nos llegan imágenes de aquellos que lo dieron todo, que ya no tienen cómo luchar y ven que no existe futuro en su tierra y, por ello, muy a su pesar y con la ilusión de retornar algún día, deciden embarcarse en un viaje que tiene un inicio claro, pero que el trayecto y el final es una incógnita. No les importa, no tienen nada que perder.
Estas personas se ven en la terrible decisión de tener que elegir qué miembro/s de la familia viaja, a dónde, cuándo y cómo. Usualmente, son los hombres jóvenes quienes se atreven a la aventura, pero también hay quienes deciden viajar con la familia, todos juntos, adultos, niños, mujeres y hombres. Muchos llegan a su destino después de pasar por múltiples peripecias, otros no tienen esa suerte. Unos son acogidos con calidez, otros son tratados como una plaga indeseable. Unos encuentran descanso, consuelo y esperanza; otros, maltrato, angustia e incertidumbre. No obstante, todos comparten algo en común: el desarraigo, el no sentirse parte de su nuevo presente, pero al mismo tiempo, los une el férreo deseo de salir adelante porque nada puede ser peor que lo que dejaron atrás.
Por esta razón, cuando me invitaron a ser voluntaria en el programa COAR (Community Outreach and Advocacy for Refugees) de la Universidad Estatal de Arizona (ASU) para trabajar con niños pertenecientes a familias refugiadas de la escuela primaria Crokett en Tempe, no lo dudé un segundo, y acepté. Estaba deseosa de ser parte del cambio positivo en la vida de estos niños y, por añadidura, de sus familias. Mi labor es apoyarles en su trabajo académico fuera del horario de clases. El grupo es diverso, hay niños provenientes de distintos países, mayormente, de África y Centro América, por lo tanto, su mayor obstáculo es la lengua. Recién están aprendiendo el inglés dentro de un sistema educativo monolingüe. Esto genera que tengan dificultades en todas las asignaturas.
Nunca olvidaré mi primer encuentro con los pequeños. Por alguna razón, tenía la idea de que sería un grupo parco, introvertido, con cierta renuencia al estudio por sus continuas frustraciones; pero me di con la sorpresa de que era todo lo contrario. Me recibió un grupo alborotado y colorido. Los niños, sin aún conocerme, me dieron la bienvenida con una amplia sonrisa, como si llegara la amiga de siempre, me rodearon, e incluso, algunas niñas me tomaron de la cintura y me condujeron a su aula. Todo esto en medio de gran algarabía y sin dejar de hablar, en inglés. ¡Fue una sorpresa! En el poco tiempo que llevaban en Estados Unidos ya habían aprendido un inglés cotidiano, lo hablaban con fluidez, aunque con muchos errores gramaticales y lexicales, pero ¡a quién le importaba!
Han pasado algunas semanas y la energía es la misma, la simpatía es la misma, las ganas de aprender es la misma. Es un grupo, cuyos miembros llegaron de distintos lugares, portadores de diferentes historias, unas más tristes que otras, pero que ahora le sonríen a la vida con esperanza y entusiasmo porque se sienten seguros, sienten que son importantes. Son personas que a su corta edad han desarrollado una gran capacidad para adaptarse, tienen nuevos amigos y los aceptan sin importar su color de piel, su religión, ni su lugar de origen. Están dispuestos a brindar afecto si se les trata de la misma manera.
Yo fui a la escuela con la intención de enseñarles inglés, apoyarles en lecto-escritura y las operaciones básicas; sin embargo, todo esto pasó a segundo plano. Son ellos quienes cada día me dan lecciones. Me dan lecciones de respeto a la diferencia, de resiliencia, de no perder el entusiasmo a pesar del cansancio, de concebir como un potencial amigo a todo aquel que ingrese a mi vida, a sonreír, a reír de lo simple, y a ver cada día como una nueva oportunidad para ser mejor.
Yo fui con la intención de enseñar, pero son ellos quienes me enseñan. Soy muy afortunada de tener a mis pequeños maestros en mi vida y espero con ansias la llegada de cada martes y jueves para encontrarme con ellos.