Jaekeun Lee

Lee, Jaekeun

Jaekeun Lee es un escritor coreano-argentino. En su haber cuenta con diversos cuentos en español e inglés publicados en revistas literarias de Estados Unidos. También cuenta con una maestría en estudios culturales en español de la Universidad Estatal de Arizona. Su tesis de maestría rastrea la identidad coreana-argentina y sus elementos identitarios. Actualmente trabaja en diversos proyectos de manga, tanto en español como en inglés.

AMOR FÍSICO

Recuerdo cuando nos conocimos, en el lobby del hospital. Tú esperando a tu doctor y yo a que la voz metálica de los altavoces cante mi número. Me atrajiste al instante, tu cabello, tu cuello, tus hombros, tus brazos, tu cuerpo, pues, ya te imaginas.

“Hola”.

“Hola”.

“¿Vienes aquí seguido?”

Fue una pregunta tan tonta, ¿a quién se le ocurre preguntarle a alguien si vienen seguido al hospital? Me mordí el orgullo y me preparé para recibir, para recibir la cachetada de siempre.

“Si, la verdad es que llevo seis meses internada”.

Mierda, no lo podía creer, me respondiste sin pensarlo ni poner cara de asco, como si fuera lo más natural del mundo.

“Oh, ¿en serio? Yo vengo porque tengo un resfrío. Me recomendaron un doctor de aquí que dicen que es bueno”.

“Ah, ¿si?”

No sabía de qué hablar, no me acordaba de los miles de chistes que mis amigos me enseñaron ni los cuentos de mi abuelito. Me tragué la saliva de la boca seca e intenté continuar con la conversación. No sé qué balbuceé pero te reíste. Llegó el doctor e interrumpió la orquesta de tu risa y me quedé esperando a la voz metálica otra vez.
Cantó la voz, hablé con el doctor, recibí una receta y salí a la calle prometiéndole al doctor que volvería en dos días. Obviamente volvería, pero no por el doctor, sino para verte a ti, una vez más.

Visita tras visita, te fui conociendo poco a poco. Primero, hablamos de nosotros.

“Me llamo Ricardo, tengo dieciocho años y es la primera vez que me enfermo en mi vida”.

Fanfarroneando sobre mi  buena salud y cómo nunca me había enfermado, macho hecho y derecho que ni la enfermedad me gana.

“Me llamo Raquel, tengo más de cinco años de hospital y veinte internaciones”.

Me miraste con ojos de traviesa, ocultándote detrás de ellos, sin decirme quién eras, revelando mucho pero muy poco.

Luego, empezamos de hablar de diferentes temas, al azar, sin prestar atención de qué hablamos y tú, como siempre, sin revelarme mucho sobre ti.

Desesperado por conocer más, estudié enfermería y, luego de varios sobornos, conseguí que me contrataran en ese mismo hospital donde nos conocimos. Tu en el pabellón sur, para pacientes internados por largo plazo, y yo en el pabellón norte, para pacientes de estancia corta. Con un mar llamado el lobby central entre los dos, un barranco profundo llamado la administración, que no me dejaban transferirme al pabellón sur por falta de experiencia.

“¡Hola!”

“Hola, ¿trabajas aquí?”

“Si, ¿nunca te conté? Siempre tuve un interés por cuidar a la gente (mentira, sólo te quería ver) y creo que este es el mejor lugar para mi vocación filantrópica”.

“¿Sabes que se te nota cuando mientes?”

Sonreíste con complicidad, éramos compañeros de un secreto, un nuevo vínculo entre nosotros y, para mí, una nueva razón de felicidad.

De repente, en un invierno, perdiste la vista, según tu cartilla, tus corneas habían perdido la luz del día. Ya, por fin, trabajaba en el pabellón sur, junto a ti, a sólo un corredor y tres pasos de tu cama. Luego de perder la vista, empeoró tu corazón, después tus riñones. Todos los días, en la junta de doctores, eras el tema principal de discusión pero nunca podían encontrar qué tenías.

“Me estoy muriendo, ¿no?”

No supe cómo responderte, había escuchado todo de los doctores y, según ellos, no había forma de salvarte.

“No te preocupes, yo conozco mi cuerpo mejor que nadie, aunque todos me lo oculten, estoy segura que me estoy muriendo.”

Tus manos se pasearon por mis cabellos y sonreíste levemente, usando todas las fuerzas que tenias, no podía mirarte, no conocía cómo salvarte, era un inútil.

“Mírame, no llores, cuando tu lloras, yo lloro y cuando tu ríes, yo rio. Me estoy muriendo, dame alegría por favor”.

Sonreí, nublado por mis lágrimas, pero sonreí con toda la sinceridad que pude encontrar en mi alma, sonreí para que sonrieras porque, también para mi, tu felicidad es mi felicidad.

“Gracias…”

Ese día cerraste los ojos y caíste en un sueño narcótico profundo, un sueño en el que mi voz ya no te alcanzaba.

“¡¿Encontraron una solución?!”

Sentí alegría, el nuevo doctor, que vino de no sé qué país tan avanzado medicamente, encontró la solución a tu enfermedad, un químico milagroso que podría curarte.

“Raquel… Raquel…”

Lloré y lloré por varias horas, la vacuna había funcionado pero tus órganos, tan débiles, no permitían que despertaras. ¿Por qué? Casi perdía toda esperanza de volver a verte pero encontré una luz de esperanza, agarré tu cartilla del borde de la cama y salí corriendo rumbo al pabellón oeste, el edificio de estudios, investigación y análisis.

Luego de tres días interminables, tres días largos, tres lunas, me dieron la buena noticia, era posible. Hablé con ese nuevo doctor, firmé los formularios necesarios y caí en un sueño narcótico.

***

Cierro el cuaderno y lo dejó sobre mi mesita de luz.

“Está lloviendo, ¿no?”

“¿Uhm? Pero si está soleado Raquel”.

“No, está lloviendo…”

Las lágrimas no paraban, me acuesto y hundo mi cara en la almohada con la cicatriz de mi pecho latiendo con mi corazón.

“Si tu ríes, yo rio, y si tu lloras, yo lloro”.

Idiota, idiota, ahora vas a tener que llorar conmigo, sufrir conmigo y, para siempre, tú ser yo y yo ser tú.