Javier Osorio Piñero

Osorio Piñero, Javier

Javier Osorio Piñero nació en Barcelona, el 31 de agosto de 1984. Es licenciado en Derecho y especializado en Derecho Medioambiental y actualmente estudiante de Lengua y Literatura españolas. Durante la última década se ha dedicado fundamentalmente a la educación formal y no formal, que ha compaginado con viajes y estancias lejos de su ciudad natal con el fin supremo del aprendizaje y la vivencia de nuevas experiencias.
Ganador de numerosos premios de poesía, como el Premio especial del Jurado en el 1º Premio Internacional de poesía “Guadalquivir cautivo” (Almería) con la obra Una serpiente argentina, 2011; el Primer premio en el II Premio Alcer Almería, con la obra No es fácil, 2011; el Primer premio en el 3r Certamen de poesía Pedro Hernández Salinas con la obra Somric, 2011 o el Primer premio en los Premios Literarios Grau Miró 2013 (modalidad Tanka) con la obra Antónimos, 2012, ha participado además en varias antologías literarias.
En el año 2015 publicó “EVA” con Ediciones Carena, donde combina, de un modo onírico y calmado, poesía, prosa e ilustración. Desde entonces se ha dedicado fundamentalmente a colaboraciones en revistas literarias y a seguir escribiendo.

POEMAS DE EVA

I. LA PARTIDA DE EVA

Dio media vuelta y se marchó,
sin previo aviso, como un ciclón
indómito hijo de nada;
nacido de la ausencia de nada,
de suerte plácida muriendo:
así se marchó.
Bajo el albor de un sol empañado
por renegridas nubes de trapo
fue alejándose ella, sí,
a quien llamaremos Eva.
Se hartó de ser rastro de sueños,
letargo de humo, vapor
que es sin luz, sin voz, sin besos.
Sin ruidos ni fábulas se marchó,
abandonándolo en su abismo;
a él, rostro de muertos años.
Él, ese, que era pan de cura,
alma corsaria y cenobita.
Así le abandonó.
Inmóvil, ese —yo—, en el vacío
corazón de una plaza yerma;
mirando a las afueras suyas
como erial que muere enlosado.
Llevaba aún ardiente el rostro
y su amarga esencia escocía.
Era alma herida por un rayo,
que era ella, Eva, la efímera,
calada de un fulgor feroz.
Se marchó,
suspirando, profundamente,
sí, así se marchó, dejando
olvidado en el corazón
de una plaza, que era recuerdo
turbio, mar cercado y efigie,
un beso difuminado.
Podía, incluso, oírse el
murmullo de los cuerpos ásperos
desquebrajándose.
Despacio se iban descosiendo entre
la calima las criaturas.
Despacio, como una correa
despedazada por la carga.
Unidas ya tan solo por los
débiles hilos de un querer lejano.

II.DECÍA, EVA

Decía que de hambrunas perecen almas
y sobreviven cuerpos, gentes ávidas.
Decía que gangas, gansos y grullas,
mesitos, gaviotas, palomas son,
en realidad, muecas vivas que ondean
bajo el añil del cielo;
y que las pintan dalias con su néctar.
Decía que del campo brotan estrellas;
y que los astros son lágrimas que
se cuelan sobre el suspiro del alba.
Que no es pueblo si no hay plaza, ni es plaza
si no hay niños; que no hay niño sin cama,
sin marioneta, sin límpida mirada.
Decía que un perro entiende, intuye y
recuerda; y que si duele duele y
que si place place; y nada más.
Que todo, absolutamente todo,
decía, tiene o forma, o son, o método.
Que la vida de uno cabe en la
de muchos, y su fuerza y su llanto y
el tiempo vivido; que no es más grave
que el tiempo que nos queda por vivir.
Pero tampoco menos.
Decía que la noche versa con boca de sol
y el sol con la de luna. Pero solo
los astros consiguen besar de día
los restos sin besar por la penumbra.
Decía: «un día partiré, de noche,
abandonando mi cuerpo, que es sueño,
entre las sábanas níveas olvidado.
Mi alma es una sombra ansiosa de azar;
alma que llora y quiere quejarse,
saber reír, gemir, volver a andar.
Mi alma anda».
Y aquella noche, bajo la dorada
protectora, comenzó a caminar.
Decía que hay huellas que forman sendas;
y que las nubes son hojas del cielo.
Decía ella, a quien llamaremos Eva,
que la luna bañaba el llanto en besos.

 

III. EVA

Era la ingrata, la exótica,
la mesalina y solitaria,
la ansiada sin amante
sin casa, ni fruto, ni cama.
Era la que, sin serlo, era
forastera, mujer incierta,
constante despreciada.
Ella, a quien llamaremos Eva,
efigie entre las gentes; era
en el fondo fuego y era lumbre.
Alma errática recluida.
La suya, etérea y volátil;
alma que brota; y fluye; y muda.
Era ella la de la voz incierta,
la de los amores taciturnos,
la de los labios, en fin,
que no hallaron jamás otros labios.
Era Eva, la enigmática,
oscura luna solitaria.
Pasajera de las sombras,
errante compañera de estrellas;
errante de vampiros y de grillos.
Eva la nocturna,
la eremita penitente.
Insólita de su pueblo,
alocada y licenciosa.
La que sorbía el mañana
como quien sorbe el café,
la que encendía las huellas
e incendiaba los pasos con
horas de marchas y veredas.
La de la vida descosida,
la de los sueños nebulosos,
la que un día, exhausta en la
arboleda, vio salir el sol
mientras dormía.
Utópica esencia soñadora.
La suya, la de Eva;
caminante entre las sombras,
soberbia y misteriosa.
Lucero relegado, Eva.
Perenne astro del alma,
que es alma de los montes
y es alma que trasnocha.