Manuel Lozano Gombault

Lozano Gombault, Manuel

Nació en Córdoba, Rep. Argentina. Es escritor (poeta, narrador, crítico literario y ensayista), profesor y licenciado en letras, y Doctor Honoris Causa en Educación (distinción otorgada a su brillante trayectoria, en 2004 y 2007, por el Consejo Iberoamericano de Educación, conformado por 13 universidades de España y Latinoamérica). Ha cursado estudios de literatura y lingüística en Europa. Es “Master en Historia de la Cultura Argentina”, habiendo recibido la máxima calificación (10) y la medalla “Victoria Ocampo”, por su tesis “El enigma Silvina Ocampo. La Paradoja y lo Sublime”. Concluyó, en 1998, el “Master en Comunicación”. Para ello elaboró una tesis sobre la resignificaciones de la agonía y la muerte en los mass-media.
Es autor de quince libros (que van del relato fantástico y cuasi-fantástico al ensayo y la poesía), entre ellos: “Libro de Amenemope” (Bs. As., Torres Agüero Editor, 1987), “La Línea y el Círculo” (Bs. As., Ediciones Corregidor, 1988), “Tratado sobre la Rotación de los Encantos” (Barcelona, Libros de la Isla Iluminada, 1992), “Las Caníbales”, “Jam Session”, “El Enigma Silvina Ocampo” (en edición), “Bizancio bajo las aguas” (en edición, Ed. Sudamericana, Bs. As.), “Todas las noches me traías gardenias” (autobiografía ficcional de Billie Holiday), entre otros. Su obra ha aparecido en 590 antologías de todo el mundo. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, árabe, portugués e italiano.

DESNUDEZ DEL ESPLENDOR EN LA AURORA

(Para María Rosa Caminos)

Vísperas del mar.

Vísperas de las dunas movibles
cubriendo la casa de los sueños, la casa
ígnea de la infancia.

Vísperas de todos los rostros que amé.

Vísperas de un álamo plateado
naciendo solo en la lluvia de las premoniciones.

Vísperas del anillo que colocaste en mi mano
antes de partir.

Vísperas del amor vivificante en las lágrimas,
las mismas que cayeron en el río
que es el Ródano y el Nilo y el Ganges.

Era ya el tiempo de la esplendente desnudez
de nuestras pieles en la hierba.
¿Acaso no lo sabías?

La noche había cesado.
La ternura cubría todo el orbe
y estábamos despiertos de indecible felicidad.

 

EL PEREGRINO PRODIGIOSO

¿Adónde vuela el irisamiento del águila
mientras sus crías duermen desnudas al sol?

El humo de la hoguera se aquieta en la sangre
y me sumerge en los pantanos de Lisieux
para que hable, para que gima
ante el signo.

La desolación es roja.
Todos los ídolos han caído en la inclemencia
del hacha del verdugo.
El verdugo también ha caído
como un torpe jinete en los baguales.

¿Cuándo llega el gozoso de su goce primero?
¿De qué ayeres viene el visaje del futuro?

Has caminado durante siglos, fidelísimo
a las mutaciones de tu estirpe.
Mi raza es la de uno, el escrupuloso, el solo,
el desechado.

¿Cómo mirar desde el llanto la alegría?

Sin embargo,
un prodigio incalculable me espera.
Lo leí en las pupilas de mi madre,
algún crepúsculo -claramente-
cuando me desprendí del tiempo.

14 de marzo de 2017

 

MICHEL DE MONTAIGNE, CRIATURA DE LO VIVIENTE

De todos los beneficios que nos reporta la virtud, uno de los más grandes es el desprecio a la muerte.

M.M.

(Para Justo Alarcón)

Nadie podrá enumerar las estrellas, ni las formas de la sierpe,
ni la continua fluctuación de las mareas en la noche del tiempo.
(El universo ha herido a los sentidos con su flecha dorada,
y no somos nada más que el arco tensado entre el abismo
y la luz que promete redención en las cárceles.)

Me eduqué en una torre.
Descubrí cada misterio del ánima y la piel
en el vasto espiral de la torre del castillo de Burdeos.

Sin embargo, amo los viajes cuando ignoro su destino,
y el mensaje obediente o falaz de las premoniciones.
Todo debo decirlo en palabras.
Todo puedo decirlo en palabras, aunque la esencia humana
combata con lo humano
para despedazarme, hasta despedazarme.

Escucho a los niños jugando a los dados.
Voy a escucharlos reír de este heresiarca de la razón,
del aristócrata loco encerrado en una torre.
Grabé en sus piedras amarillas, sólo con sangre,
¿qué soy?

Ahora soy el que despierta en el sueño
que trasvasa el sol y los soles
de una tierra poblada de volcanes.
Una cárcel declara la nombradía de la libertad.

¿Y qué cárcel sino mi piel, estas manos, aquellos ojos,
el sexo, el corazón y cada arteria?

La mirada es un caleidoscopio.
Ahí tiembla mi asombro y habita mi verdad,
criatura de lo viviente.

 

EXHORTACIÓN AL QUE PERSEVERA EN SU PALABRA

(A Roger Ezequiel Russo)

Llegue la dicha a quien se complace en la abundosa dicha.
La palabra ha fecundado nuestro encuentro
con esta urdimbre de párpados cerrados.
Así ves mejor, así me ves mejor
junto a la miel quemante del panal desnudo.

¿Qué células no se desangran en la quemadura?

El hambre lo sabía:
“déjate doler, déjate cubrir de sal y de cenizas,
toma mi vida que era tuya.”

Que la espuma crezca sobre la piel
abandonándote en la dorada playa de los elegidos.
Huye con el viento que buscan las brújulas.
Desentiérrame de toda sombra
y acuéstate sobre un mantel de hierbas moradas.

Que el fruto sea el fruto
en el rocío que derrama en los sueños
su bendición de lluvia prometida.
El mar está cerca y encierra un aroma inconcebible
de nardos que enloquecen
si no los robas, al alba, con tus ojos.

Capilla del Señor, 2017

 

MEMBRANAS DE UNA POIÉSIS ANCESTRAL

Ya no hay afuera ni adentro.

Me clavan una puerta en las pupilas
para que espíe las manías de Dios, ese cachorro ardiendo,
entre los matorrales de un cielo inclinado hacia la tierra.

Está sangrando.
Sangra el júbilo de la sumersión en el vuelo.

Aquí vive la raíz que gira cuando nazco.

La palabra estalla desde el amniós
que es tú en mí cuando nosotros.
No la deseches.
Protégela.
Abrázala, contra tu lastimadura, para que llore
las miserias del mundo.

No habrá pirámide ni lepra que no nombre.

Ya lo sabes:
se abrirá la tierra en grandes tajos
y todos saciarán la sed con sus membranas.

Ahora es tiempo de espera.
La fe nos dice en carne viva.

 

TODO FOSFORECE

¿Qué idioma sembraron las palabras en mí? Seguramente comenzaron con un soplo, y ese soplo se hizo viento, y el viento valiente fortaleza.

Yo corría por un laberinto de linos en flor. El celeste tatuaba mi sangre solar. Es que fui labrado en sangre, aspirado en sangre, tajeado hasta el escándalo de una iluminación. Lloro de alegría. La alegría me diluvia. Todo el después nos dice en el encuentro del ahora.

Se devela una cordillera cubierta por una selva lila.

Hay aguas para la sed. Hay una sed que nunca se sacia, la más furtiva, la clarísima en la noche.

Desde el vientre mismo de mi madre sentí crecer la palabra, la palpé, la aferré contra el corazón del corazón insaciable. Escribo desde lo amniótico. Siembro la palabra que no desecha el amor y quiebra el vértigo del miedo. Todo el universo late en mí para que sea, en este instante, el escritor.

El viento lucha contra mi cara para inscribirme un tatuaje inmortal. Viene del futuro y conmemora el amanecer.

Seré el incienso que perfuma el hacha del enemigo. Seré los ojos de la palabra. Soy la palabra que siembra.

¿Cómo inexplorar el pasado, esa gárgola cosida de hilachas, ese vestigio?

Las palabras son gacelas en la selva desesperante de los días. Si las atrapas, tal vez por un instante en el dasein; si las palpas, si las comes, entonces puedes nombrarte escritor.

Dios es, también, esa pepita ígnea caída del relámpago.

En este Dios está Shakespeare. Y fosforece en la batalla.

–Manuel Lozano Gombault