Justo S. Alarcón

Alarcón, Justo S.

Justo S. Alarcón nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia. Obtuvo diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y una Maestría de literatura en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y su doctorado en Literatura en la Universidad de Arizona, Tucson. Durante treinta años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló.
Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: “Técnicas narrativas en ‘Jardín umbrío’, de Ramón María de Valle-Inclán, Editorial Alta Pimería, 1990. “El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana” (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications, 1995 y “La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana de Ramón Saldívar”, Editorial Orbis Press, 1997. “Del modernismo a nuestros días” (en colaboración con el Prof. Alberto Acereda), New York, Lulu Press, Hispnaic Studies, 2011. “Crítica y metacrítica: Antología de ensayos sobre literatura chicana”. New York, Lulu Press, Hispnaic Studies, 2015. Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, Minority Voices, De Colores, Revista Chicano-Riqueña, The Americas Review y Confluencia, entre otras.
Durante varios años ha editado la revista La palabra: Revista de literatura chicana. Escribió dos novelas, la trilogía “Crisol”, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos, 1984. “Los siete hijos de La Llorona”, 1986. Y “Los dos compadres: cuentos breves del barrio”, publicados en México por la Editorial Alta Pimería, 1993. También tiene una colección de cuentos titulada “Chulifeas fronteras”, publicada por la Editorial Pajarito Publications 1981; y un libro de poesías que lleva por título “Poemas e mí menor”, 1992. Y últimamente, “Entre abuelos y nieto. Conversaciones”, New York, Lulu Press, Hispnaic Studies, 2016. Y dos libros de poesía: “Dos poemarios” y Trípticos” publicados en 2017 por Hispanic Studies, Lulu Press, New York.

TRÍPTICO: DE LAS TRES ‘EPOJÉS’

Conócete a ti mismo

–Sócrates

Yo soy yo y mis circunstancias

–José Ortega y Gasset

 

I.- PRIMERA “EPOJÉ”. EN EL ASIENTO

La vida se pasa cautiva del objeto.
Volcada hacia afuera se retrata.
El imán del yo es la circunstancia.
Y el objeto es el estuche del secreto.

Espejo reflector del exterior
y depositario del secuestrado yo.

En esto radica
el primer paso del conocimiento.
Camina hacia adentro,
me dicen. Hacia adentro.
Y entro.

Capas de ocultos y profundos estratos
se multiplican superpuestos.
Hacia adentro
y hacia abajo.
Extenuado trabajo.

En el cuarto me encierro.
Recorro las cortinas.
Apago la luz.
A oscuras me quedo.
Y el desplazamiento comienzo.

En la oscuridad cerrada
y en la soledad yerma
me encuentro.
Un historial difuso me embarga.
Difuminadas circunstancias
me asaltan.
Una por una y embrolladas.
Con una navaja
deshojo las plantas
Y con unas laminosas tijeras
despojo las australianas
ovejas
de su tupida y alba lana.

Cuando en el traqueteo del tren
en marcha
pretendió secuestrarme
una joven pareja.
Mis padres me salvaron
de la estéril coyunda.
Extrañas circunstancias
de la Naturaleza.

Me colgaban tirabuzones áureos.
Pantaloncitos grises,
calcetines blancos
y chancletas acharoladas.
Miedo a los humanos.

El fotógrafo me hizo una grabación.
Todavía la tengo.
Camisa blanca, pantalones pardos,
Lazo de corbata
Y ondas en el pelo.
Desde entonces me satisfago.

Fui repasando la cámara
de los recuerdos.
Innumerables fueron.
Subían como grillos alborotados
batiendo sus alitas rubricadas
y danzando por el suelo.
Corrían y cubrían todo mi cuerpo.

Galicia entera
se volcaba por las arterias.
Ardían convulsas
atrapando y quemando
sentimientos
e ideas.
Se derretían los recuerdos
y deslizaban las lágrimas.
Un hermoso caleidoscopio
apareció a mis ojos
en la aldea lejana.

Fragmentos brotaban amontonados
de las alcancías del recuerdo.
Poco a poco los fui sacando.
Unos eran alegres
y otros generaban miedos.

Eran de la niñez.
Juegos sempiternos.
Despreocupado del espacio y el tiempo.
Los días volaban.
No había impedimentos.
La vida se dibujaba en un eterno sueño.

Abrí los ojos. Recorrí las cortinas.
Por la ventana entró la luz.
Era ya de día.
El alma amanecía.

 

II.- SEGUNDA “EPOJÉ”. HACIA EL CENTRO

En breve me había despojado
del externo ropaje de andrajos.
Eso me parecía.
Pero seguían algunos harapos
entrelazados.

Por entre ellos
me fui depurando.
Se mostraron como obstáculos.
Pero un segundo esfuerzo
fue la regla.
El corazón vibraba.
Signo positivo era.

Me reconcentré.
El tiempo transcurrió.
Una sensación de la Nirvana
de mí difusivamente se apoderó.

Flotaba una nube tranquila y blanca.
Como el humo de un pipa cubana.
No olía, no se desplazaba.
Quieta se quedaba.

Era de noche. Se asomaba la luna.
Por entre las rendijas del nublado
me guiñaba.
Sé que me observaba. Quise dialogar.
Me quedé callado sin decir nada.

Me quedé pasmado. Ocurría algo.
Como entre columnas fláccidas
me sentí atrapado.
Eran de acero las plateadas barras.

Estriados los brazos a ambos lados
Miré hacia el cielo.
Lo vi nublado.
No me dejaba pasar la nube estriada.
Un lugar reducido
me enjaulaba.

Ni en alto ni abajo.
Me hallaba colgado.
Preparado
como un futuro decapitado.
No había viento alrededor
y nada flotaba.
Quería tocar tierra
pero estaba aplanada.

“Me encuentro circundado por la nada”.
Una voz me decía:
“Llegaste a la Nirvana”.
De ella había oído
pero nada comprendido.
Cosa extraordinaria.
Jamás me lo habían dicho.

“Pero esto no es lo que yo esperaba”,
mi voz alejada.
Me oí a mí mismo
en mi propia rimbombancia
Intermitentemente resonando
en la nube estriada.
“Esto es lo que en nuestra tierra llaman
‘Nirvana’ “.

Abrí los ojos
y no encontré los obstáculos anunciados.
Mis carnes no pesaban tanto.
Más ligero el caminar.
La dieta había surtido sus efectos.
Me sentía descarnado.
Despegado del pesado cuerpo
podía más ligero flotar.

Como una víbora
llegando la primavera
me despojé
de la caspa perecedera.
El viento azorado me cometió
con la volandera
Y el agua torrencial
se encargó de la limpieza.

Por entre las nubes desgarradas
Alumbraba alboradamente
la luz matinal.
Me sentí lentamente
transido sobre las nubes.
Era la cortina
que de la tierra me separaba.

Me sentí iluminado y sin peso.
Pero no veía lo que deseaba.
Me ocultaban el misterio.
Deseaba la unidad aleada,
plenamente ansiada.

 

III.- TERCERA “EPOJÉ”. EN LA CUMBRE

Desde la Nirvana, segunda epojé,
subí a la tercera.
No fue muy fácil.
Pero con voluntad y empeño
el alcance logré.

La cortina nebulosa me había separado.
Lo terreno abajo quedaba.
Mi ser se había transformado.
El cuerpo sutilizado
y el alma volatilizada.

Ya podía transitar
sin la gravitación pesada.
Mis ojos espiritualizados
podían ver cosas inusitadas.

La postura era siempre supina.
Siempre hacia arriba.
El trono de lo Soberano.
El tercer nivel alcanzado.

Las fibras de mi ser alado
extendidas a lo máximo
emanaban acordes extraños
al sentir de lo puramente humano.
Como las cuerdas de una guitarra
o de un violín Stradivarius afinado
mi espíritu vibraba.
Alma enamorada.

Un intenso amor apasionado
del centro emanado
cundía por la estratosfera aireada
donde los espíritus transparentes
circulaban, comunicaban, se aleaban,
y en ágapes se hallaban
unitivamente consumados

Era la tercera epojé
en unión hipostática.
El centro del “axis mundi”
era el imán potente
de dónde y en dónde
se conjugaban
las almas humanas
transustanciadas.

Había yo ya alcanzado
el supremo estado deseado.
Desde la epojé primera
hasta el tercer peldaño.

La unión del todo con el todo
en un paréntesis inmortalizado.