Héctor García Armenta

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta. Nació en Guadalajara, México en 1936. Por esas sinrazones que se dan en los hogares disfuncionales de América Latina, no le fue posible estudiar en las aulas más allá del segundo año de primaria. Dice él que su cultura general ha salido del vicio desordenado de leer toda clase de libros, aunque no les entienda nada. Algunos de sus textos se han publicado en la revista “La Palabra”, gracias a que una de sus hijas presentó uno de ellos al Profesor Justo S. Alarcón y él lo consideró con méritos para ser publicado. Antes de eso, sus escritos se iban al cementerio de computadoras en los discos duros quemados que ya no tenían reparación. Él siempre ha considerado que sus escritos son sólo producto de su entretenimiento y que no tienen ninguna relevancia.

CHITO MATADURA

Los Gatos era el nombre del campo agrícola donde yo laboraba como tomador de tiempo, es ahí donde una mañana un hombre joven y extraño  llegó caminando en busca de trabajo, le apodaban Chito Matadura. Caminaba con el andadillo de Charlie Chaplin, con los pies abiertos estampando a cada pisada los trazos de la ve de la victoria en el polvo del camino. Su cabellera desaliñada, su nariz portentosa, y sus altos pómulos lo ponían en el   lado de los feos, aparte caminaba encorvado, como si llevara a cuestas un cargamento de piedras, a pesar de ello, de sus ojos y su lenguaje corporal brotaba un aura de hombre inteligente. Vestía como catrín de la ciudad venido a menos, pues su traje gris ya muy raído, aunque de buen gusto, hacía pensar que tenía tiempo bregando por los caminos de la indigencia. Lo único que no hacía juego con su atuendo era el paliacate rojo al cuello y el morral de ixtle al hombro, ajuar de los jornaleros del campo sonorense. A primera vista mi mente maliciosa de veinteañero me hizo imaginar que podría ser uno de esos fósiles de la prepa o la universidad víctimas del vicio, que migran hacia el campo o hacia cualquier submundo para ir sobrellevando la carga de la adicción; el fracaso académico,  o el fracaso total ante la vida. También pensé que podía ser un hombre discriminado por la sociedad debido a su físico rudimentario y su modo de caminar.
El hombre venía exhausto, con el hambre que brota en tres días comiendo casi nada, pero se veía contento. En caliente dio muestras de grandes recursos de supervivencia. Al primero que encontró le preguntó donde estaba el comedor, pues él sabía que en todos los campos agrícolas había uno, donde se abonaban los trabajadores solteros pagando una cuota semanal. Era miércoles y la zafra de la sandía empezaría hasta el lunes y no era seguro  que él obtuviera trabajo, por lo tanto tampoco le darían crédito en el comedor hasta estar contratado. Dinero no traía, y las tripas le gruñían como las de un oso saliendo de hibernación.
Al llegar al comedor abordó a la dueña. Se llamaba doña Trini,  señora de un genio explosivo,  directamente proporcional a su corpachón de  ciento veinte kilos. Le dijo a Chito que ahí se pagaba al contado, o a crédito cuando trajera un comprobante   firmado por el administrador diciendo que estaba contratado. Por el tono de aquella voz amarga supo que estaba perdido. Dio media vuelta y al salir del comedor se fijó que en el traspatio había una pileta llena de agua,  mesas y palanganas con montañas de trastes sucios, también había jabón, mandiles y trapos secadores, así como estantes vacíos. Casi corriendo, Matadura invadió el espacio de la pileta, se quitó el saco y se arremangó la camisa. Se puso un mandil y se amarró el paliacate en la cabeza para empezar a lavar trastes con la energía de una locomotora desbocada. Los iba dejando rechinando de limpios como nadie lo había hecho de bien en la historia de aquel comedor. Cuando doña Trini se dio cuenta, los trastes y utensilios estaban impecablemente limpios y acomodados en los estantes. La doña era de mecha corta, y por razones ya sea de celebrar o de lamentar, ella siempre se desahogaba a gritos con un vocabulario de carretonero. Al ver a matadura invadiendo sus dominios se dirigió a él amenazante. Con los ojos desorbitados,  iba preparada como un cañón de guerra, presto a disparar a la cara del intruso andanadas de improperios, pero he ahí, que cuando vio las montañas de platos limpios, secos y acomodados, sufrió una metamorfosis milagrosa. Sus ojos y su cara de sol, inyectados de bilis, se transformaron  en la imagen de un ángel en la plenitud del éxtasis. En vez de insultos, solo alcanzó a decir con una voz casi  dulce: ¡Pero mira que cabroncito tan atrevido! No sé si maltratarte o abrazarte. Por lo pronto te has ganado la comida de este día, y  creo, que si quieres, ya tienes trabajo conmigo lavando trastes. La cara  de Matadura se iluminó con una sonrisa. Desde el alma lloró lágrimas de triunfo. Sabía que con la actitud sumisa y generosa de ponerse un mandil para lavar trastes, había ganado una batalla que no se podía ganar con palabras..

La anécdota del lavador de trastes espontaneo corrió por el campo como viento en vendaval. Los trabajadores lo empezaron a mirar con respeto y apreciaban su amistad como un honor.

Un día llegaron tres jornaleros que se sorprendieron al encontrar ahí a Matadura. Al verlo lo abrazaron y celebraron emocionados lo que para ellos era el hallazgo milagroso de una aguja  en un pajar, o el encuentro feliz con el hermano pródigo: eran sus paisanos y amigos íntimos desde la niñez que no lo habían visto en muchos años; se azoraron al saber que laboraba como jornalero cosechando sandías, pues era recordado por ellos como el joven educado del pueblo que  había ido a la ciudad a estudiar teología, y una vez graduado llegó a ser pastor destacado de la iglesia bautista. Según la fama que había creado, era capaz de conmover con sus sermones  hasta la misma consciencia de las piedras.
El curso de eventos en derredor de Matadura capturó mi atención obsesivamente,  intuía yo que tanta personalidad encerrada en el aura de un humilde jornalero estaba plagada de misterios. Cuando nos hicimos amigos platicábamos largamente sobre historia, política y religión, temas que él dominaba a nivel de erudito y exponía con la elocuencia y pasión de un orador iluminado.
Con el paso de las semanas Matadura dejó de ser noticia. Hasta que surgieron nuevos rumores que lo volvieron a revivir. Desde su llegada había rechazado vivir en las barracas de los trabajadores solteros. Escogió vivir apartado a la sombra de un mezquite en la zona todavía enmontada del campo. Bajo el árbol construyó con ramas y cartones una covacha como de un metro de altura, donde entraba a rastras como un topo, ahí dormía, meditaba, y  leía la biblia en voz alta recitando escrituras y salmos. Según los testigos accidentales que por ahí pasaban, mientras leía el libro sagrado fumaba enormes carrujos de marihuana, que sahumaban generosamente el entorno de su residencia silvestre. Esa nueva faceta descubierta en Matadura fue un escándalo; dio pie a que su imagen de hombre ético cambiara de matiz, transformándola en la de un mundano que perdió el pedestal de respeto que la gente le había levantado.
Cuando terminó la zafra de la sandía, Matadura se fue como había venido, marcando en el camino polvoriento la v de la victoria con su caminadillo de Charles Chaplin. Se llevó con él la parte de su historia que nunca conocí, esa en la que bajó de los púlpitos de la iglesia bautista hasta las covachas de ramas y cartón, donde leía salmos mientras su mente hacía viajes astrales flotando en sahumerios de marihuana.

Cuento por Héctor García Armenta   10/07/2017