Ricardo Reyes

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció. A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Universidad Estatal de Arizona, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la Universidad Malaya, en Malasia. Actualmente radica en Phoenix y se dedica al trabajo social y a la literatura. Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a otras actividades, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

Dionicio

Y ahí va él, empuñando siempre su vara de palo retorcido y gastado por las muchas décadas de uso; siglos rumorean algunos. El paso del inexorable tiempo ha formado en ella la huella de su diestra de modo que cada dedo, cada callo y cada grieta de su piel encuentran su propio lugar y encajan en ella como si fuera ésta una extensión de su propio cuerpo maltrecho. En el extremo superior de la vara lleva atados tres cascabeles que van anunciando su llegada, y un trapito sucio en el que envuelve algo redondo del tamaño de una naranja; algo sobre lo que nadie se ha atrevido a indagar. El viejo no tiene pasado; lo perdió en el momento en que perdió todo lo demás y decidió internarse en esta tierra tan verde donde ya empieza a asomarse la Amazonía, para convertirse en el misterioso hombre ermitaño que todos conocemos como Don Dionicio. De vez en cuando se le ve andando, descalzo y sin prisa, por los senderos polvorientos de la campiña, los que inevitablemente desembocan en el centro de Oxapampa. Siempre saluda a los agricultores y ganaderos, y ellos le devuelven el saludo tocando el ala de sus sombreros, a la distancia, aunque nunca antes hubieran cruzado palabra alguna con él; ya se había convertido en una especie de hábito. Nadie entiende cómo sus piernas alcanzan a sostener lo que le queda de cuerpo, mas no obstante, cuando no está en su cueva, detrás de la cascada, no hace otra cosa que caminar. Se detiene constantemente durante sus paseos y observa las plantas a la vera de los caminos; las acaricia, sonríe, toma algunas hojas, las deposita en su bolsillo derecho y continúa caminando. Hubo quien se atrevió a preguntarle sobre su origen, y al parecer esto fue el génesis de tantas leyendas que giran a su entorno, aunque evadió la pregunta y dejó que el pueblo le dé rienda suelta a la imaginación… se sabe que es una manifestación humana de la madre naturaleza; se especula que es un pastor sin rebaño en busca de ovejas; se asegura que es un curandero que hace limpias poco ortodoxas a quienes nadie se atreve a someter; se insinúa que es el único sobreviviente del residuo de incas que se estableció en la ceja de selva después de la caída del imperio; se murmura que es el último ejemplar de una especia extinta que alguna vez habitó aquella región y que sucumbió ante una hecatombe global de proporciones comparables solo al gigantesco meteoro que cayó sobre la península yucateca. Y creo que esto último empezó cuando doña Gertrudis confesó haberlo visto un día muy caluroso, dormido sobre la banca de un parque, agitado y balbuceando en una pesadilla supina, que había que correr porque llegaban los dinosaurios. Nadie puede corroborar esa historia, pero fue una de esas cosas que se extiende como reguero de pólvora. El pueblo lo respeta; quien sabe hasta lo quiera, y no habría por qué no hacerlo, ya que el viejo es un alma buena que regala sonrisas a manos llenas. Cuando sus patas de gallina reumática lo llevan hasta el pueblo, todos lo saludan, otros le regalan fruta; resulta una gran alegría oír sus cascabeles, anunciando su llegada, cubierto muchas veces con bolsas de plástico para no mojarse con los fuertes chubascos amazónicos, que cuando en temporada de lluvia suelen ser diarios. Envuelve con otra bolsa la esfera que lleva atada al final de su vara. Lleva la barba poblada de sal y pimienta, lo que lo hace lucir aún más viejo de lo que en realidad es.
Hace alrededor de un mes que un grupo de niños curiosos se aventuró a ir en busca de la caverna donde se dice que vive Dionicio. Caminaron por varias horas siguiendo las fauces del río, en busca de alguna caída de agua que pudiera albergar dicho lugar. El mayor de ellos iba al frente, sujetando en su puño derecho una vara e imitando los ademanes del viejo, ya bien aprendidos y ensayados luego de tantos años de observarlo, hacerle burla y, por qué no, de valorar a su manera sus excentricidades. Detrás de él había cuatro muchachos más; dos que se la pasaban lanzando piedras planas sobre el agua con el objeto de hacerlas brincar sobre su superficie, uno que iba con los audífonos puestos y escuchando música pop en si i-pod, y por último el menor de ellos, quien había decidido seguirlos solo para probar su valentía y, quizás así, ganar la aceptación y respeto incondicional de este grupo de jóvenes al que él tanto admiraba. En la manera en que se movilizaban podía notarse que existía un sistema jerárquico implícito y bastante fijo, aunque no faltaban las instancias en las que algunos intentaban que las reglas cedan y abran camino a sus ambiciones y a sus ímpetus pueriles.
Preguntaron a cuantos vieron en su camino, y la respuesta siempre resultó ser la misma: lo vemos pasar por aquí, pero nadie sabe dónde vive. Algunos se quedaron reflexionando por un momento cómo era posible que un tipo tan simpático y atento nunca haya invitado a nadie a conocer su casa, pero también recordaron que nadie lo había invitado a él, y ya no le dieron demasiada importancia al asunto. Los muchachos continuaron su marcha siguiendo la topografía caprichosa del camino y sin perder de vista el río, que más que río era un pequeño arroyo, aunque siempre oyeron decir que era uno de los tributarios del coloso Amazonas. Encontraron algunas cascadas donde el agua quedaba suspendida en el aire por un par de metros, pero en vano se detuvieron a inspeccionarlas; el líder del grupo usaba una caña larga para atravesar el líquido alborotado de cada cascada y comprobar que detrás solo había la dureza de una roca. Los dos que iban detrás de él lanzaron piedras contra el salto de agua solo para confirmar con sus rebotes lo que la caña ya había descubierto. El que iba detrás le bajó el volumen a su artilugio por un instante para oír lo que sucedía, y luego lo volvió a subir para sumergirse nuevamente en el hechizo de la música. Estaban internándose ya en una zona de selva tupida; la densidad de los árboles era mucho mayor y podían oír los sonidos que emitían algunos animales silvestres. No había llovido en cuatro días y el terreno estaba seco, por lo que pudieron continuar caminando sin percance alguno.
Ya era el mediodía y Dionicio estaba sentado en una de las bancas de la plaza central, comiendo algo que traía envuelto en hojas de plátano y bebiendo agua de lo que parecía ser una cantimplora de piel hecha por él mismo. Para esa hora, los muchachos habían alcanzado un espacio donde el río abría su cauce en una especie de estuario amplio y circular, al que le llegaban corrientes de agua provenientes de acequias y riachuelos. Era como un punto de recaudo a partir del cual el río aumentaba su volumen y ya merecía ser llamado río, propiamente dicho. Era la primera vez que los chicos se adentraban tanto en la selva, y por lo tanto la primera vez que veían esta gran poza de agua. Anduvieron chapoteando en el agua por una buena media hora y, luego de secarse la ropa sobre una peña tibia, se calzaron los pies y se dispusieron a regresar. Fue en ese instante en el que el menor de ellos notó algo peculiar en los reflejos del agua. Entre los centelleos que le arrancaba el sol, se llegaba a distinguir un objeto grande y dorado. Parecía un bloque envuelto en papel metálico que alguien había dejado caer en el fondo de esta convergencia fluvial. Parecía estar muy profundo y no pudieron alcanzarlo ni con las cañas que llevaban consigo. Ya debía de ser como las cinco de la tarde y decidieron… bueno, mejor dicho el líder del grupo decidió que mejor regresarían otro día más temprano para investigarlo, o de otra manera no llegarían a casa con luz. La batería del i-pod ya se había bajado por completo y el par de lanza piedras ya estaban cansados de lo mismo, así que viraron y emprendieron su camino de regreso a casa cuando de pronto se encontraron cara a cara con un Dionicio estupefacto, quien luego de un momento de silencio, empezó a agitar su vara y a gritar a los niños cosas que ellos no entendieron. Su sorpresa se había convertido en furia, y los muchachos salieron de aquel lugar corriendo, quebrantando toda regla de jerarquía y de poder, siguiendo un orden únicamente dictado por la velocidad de sus pies.
No vieron al viejo en el pueblo por varios días, y en sus reuniones vespertinas al lado de la iglesia abandonada conversaron sobre lo ocurrido, intentando darle algún tipo de sentido. Decidieron que quizá sería mejor seguir al viejo de regreso la próxima vez que lo vieran en el pueblo buscando contacto humano, y así retomar la empresa de dar con su vivienda. Sabían que en cualquier momento iría al pueblo por suministros, pues era sabido que intercambiaba fruta silvestre por pan, y la piel seca que mudaban las serpientes silvestres por camisetas de algodón. Y así fue, lo vieron nuevamente en el pueblo, sentado en una de las bancas del parque comiendo pan recién horneado, con los ojos cerrados, disfrutando cada bocado… lo partía por la mitad, soplaba la miga aún caliente y se deleitaba con el aroma. Cuando no visitaba el pueblo, buscaba en la selva frutos maduros del árbol del pan y los cocía dentro de una pila de carbón al rojo vivo… los gozaba casi con la misma intensidad con la que gozaba los de la panadería de los hermanos Robles. Compartió algunos pellizcos de su última pieza de pan con las palomas del parque y se puso de pie. Se despidió de Doña Soledad, quien vendía sus helados de granadilla en una esquina mientras se abanicaba los calores menopáusicos que la traían loca. Saludó con una venia a Don Pascual, a quien se le notaba sumamente concentrado en la lectura del periódico del día anterior,  y por último, como era costumbre ya, se detuvo frente a la iglesia del Sagrado Corazón y murmuró un no sé qué de cosas mientras agitaba su vara, atrayendo la atención de los transeúntes con el sonido de sus cascabeles. Terminaba su acto ceremonial y casi litúrgico enfocando su vista en la esfera que siempre llevaba atada al final de su vara, envuelta en un pañuelo sucio, tan sucio como su propia ropa, lo cual parecía importarle muy poco, y luego vieron que se aprestó a emprender su regreso. Pero esta vez no estaría solo al detenerse para acariciar las flores y recolectar yerbas en sus bolsillos, ni para cuando se detuviera a observar e imitar el canto de los pájaros posados en los árboles. Los muchachos ya conocían el camino y pudieron seguirlo a una distancia prudente, pues sabían que el anciano tenía los sentidos altamente desarrollados y no sería tarea fácil pasar desapercibidos. El líder del grupo prohibió arrojar piedras o escuchar música esta vez, y en completo silencio siguieron los cascabeles hasta la convergencia de aguas desde la que Dionicio los echó unos días antes. Se ocultaron tras unos arbustos y a continuación fueron testigos de fenómenos inexplicables que justificaron los tantos mitos y rumores que existían sobre este misterioso personaje. El viejo desenvolvió la esfera que pendía del extremo de su vara y levantó con la palma de sus manos, a manera de ofrenda, un artefacto circular dorado que parecía tener inscripciones a su alrededor, aunque a la distancia no llegaban a distinguirlas bien. Dijo en voz alta lo que podría interpretarse como una oración, aunque no pudieron estar seguros, ya que no la enunció en castellano. De pronto, una de las vertientes del río cesó de fluir y dejó al descubierto una fosa angosta por la que era posible descender. Fue en ese instante en que se oyó el chillido agudo de un ave,  y entonces el viejo volteó y fijó su mirada en los arbustos que ya no pudieron continuar dando guarida a los jóvenes, y sus ramas de pronto se abrieron como los pétalos de una flor madura y mostraron lo que ocultaban.
Cuando despertaron, no fueron capaces de reconocer dónde estaban. Había anaqueles llenos de pomos, algunos ámbares y otros transparentes, todos llenos de sustancias viscosas que parecían contener en suspensión diferentes tipos de materia orgánica. Podían oír el flujo de aguas, pero no lograban verlas; solo el musgo que recubría las paredes rocosas y los helechos que colgaban de ellas. La humedad era abrumadora y casi palpable, la temperatura era fresca y así, uno a la vez, los muchachos fueron saliendo del estupor en que se encontraban. No atinaron a decir palabra alguna, pero tal y como guiados por una curiosidad incontenible, se dirigieron hacia un espacio abierto contiguo desde donde escuchaban un sonido de cascabeles que les resultó muy familiar. Y entonces pudieron verlo, sentado sobre una formación rocosa y agitando con una mano los cascabeles al extremo de su vara de madera retorcida, y con la otra, sujetando la esfera dorada que siempre llevaba envuelta en harapos sucios. Recitaba en voz alta un discurso irreconocible y tenía los ojos fijos en una caja grande y dorada, abierta de par en par y dejando ver en su interior un cetro de oro. Los muchachos quedaron perplejos y en silencio, solo observando lo que sucedía ante ellos, llegando incluso a darse cuenta de que este espacio estaba iluminado por los rayos del sol que se filtraban a través del caudal del río que corría sobre sus cabezas. Es el cetro del hijo del sol, llegaron a entender en algún momento que ya no pudieron distinguir de los otros… es el cetro que nuestro primer inca, junto con su mujer, obtuvieron del Titicaca y dejaron caer sobre lo que sería un gran imperio. Es el cetro que ha pasado de mano en mano, de inca en inca, esperando el momento adecuado para nuevamente dejarlo caer sobre tierra blanda y empezar un nuevo imperio. Éste es el último gran misterio de mi gente, y lamento mucho tener que decirles que hicieron mal en seguirme, pues debo proteger con mi vida este secreto. Cualquiera que se interponga en esta sagrada misión que me ha sido encomendada, tendrá que ser sacrificado al gran Inti.
Al día siguiente Dionicio estaba de regreso en el parque, compartiendo sus migajas de pan con las palomas y observando, buscando siempre ese momento adecuado, tan enfocado en su tarea que casi no se percató del barullo de un pueblo sumamente preocupado en la búsqueda de unos niños desaparecidos.