Carolina Olivares Rodríguez

Olivares Rodríguez, Carolina

Nació en Santander (Cantabria) el día 1 de diciembre del año 1971. Está afincada en Madrid desde hace más de veinte años, y pertenece a la asociación de escritores de Madrid (A.E.M.) con cargo: “Adjunta a la Junta Directiva; Directora de Coordinación de Redes Sociales y Comunicación.
Actualmente administra la página de facebook de su creación: Mundo de Fantasía. Trilogía/Saga de cuentos infantiles. (Y durante un tiempo fue administrado de la página de facebook Sociedad Internacional de Escritores).
Ha publicado cuatro libros: Primer libro o novela: La estrella negra, la noche que soñé contigo: 24 horas en una vida (1999), bajo el seudónimo de Penélope Carlos; El diario del alma (2002); Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo, publicado con la editorial Internautis (3 ediciones – 2014, 2015, 2015); Raorau y el gran Alerbo (2016).

El únco que sabe cómo late tu corazón

No era nada, y de repente, he iniciado el camino con el objetivo de convertirme en un todo.
Me estoy multiplicando sin cesar. El lugar que me acoge es acuoso y cálido.
Me gusta, es agradable para mí estar aquí.

Estoy dentro de un micro mundo, estoy creciendo, poco a poco al principio.
Aquí parece no haber tiempo porque no soy capaz de distinguir entre el día y la noche. Tampoco sé si fuera hace frío o calor… No me importa.

Voy formándome, ajeno al dolor y al placer. No puedo ver los colores; sin embargo, a veces percibo luces. Y oigo voces.
En concreto, hay una voz… Es mi favorita. Pertenece a la persona que me acompaña. Ella siempre me guarda.

Hace un ruido… Es un sonido rítmico; constante. Me proporciona seguridad.
Continuo en el interior. Y mientras voy desarrollándome más y más rápido cada vez tengo menos espacio.

Soy una criatura grande y fuerte. Ya estoy preparada para afrontar la vida…
Un instante de angustia… Para caer rendido a tus brazos. Llantos y suspiros…
Ahora que estoy aquí, deja que duerma.

Quizá, en cualquier momento -cuando no lo esperes- te confiese un secreto. Y es que, solo yo… Sé cómo suenan los latidos de tu corazón.

 

COGE EL TELÉFONO, POR FAVOR

Gritos de desesperación y el estridente sonido del claxon era lo que se oía dentro del coche de Alberto.

Tras varias hileras rectas de vehículos -de los que no podía precisar el número exacto- el suyo era el último de su fila.

¡Píiiiii! Pitaba, ya no solo su coche, sino decenas más. ¡Pí! ¡Pí! !Píiiiii!!!!!
Alberto sacó la cabeza por la ventanilla; se veía barullo y confusión. Pero ¿Qué ocurría? Todo era incertidumbre y a aquel padre de familia le estaban consumiendo la angustia y los nervios.

Como cada día, de lunes a viernes, las prisas le acompañaban eternamente en el recorrido que va desde la puerta de su trabajo -al otro lado de la urbe caótica, contaminada y ruidosa en la que residía- hasta la entrada del centro de enseñanza donde cursaba los estudios de primaria Eduardo.

Eduardo tenía ocho años de edad y era su único hijo.
Y allí mismo, a la vuelta de la esquina, estaría esperándole.

Era viernes, y hacía más de treinta minutos que Alberto había salido de su oficina. Procuraba llegar siempre a tiempo, más que nada porque no quería hacer esperar a su hijo a la salida del colegio. Era pequeño, y de no llegar a la hora, cabía la probabilidad de que no tuviera la capacidad de comprender por qué de la tardanza del padre. Y aquel día no llegaría de forma puntual a recogerle.
De camino, un atasco descomunal e imprevisto le mantuvo retenido cerca de diez minutos. Y ahora, esta segunda retención -a escasos pasos del destino- solo lograba que la ansiedad y un sentimiento de culpabilidad se apoderaran de él.-Y si me bajo del coche y voy al colegio y le recojo…-Pensó-. Ya sí, pero… ¿Y si justo en ese momento se restablece la circulación? -. Se preguntó-. Lo mejor es llamar por teléfono a su madre y decirle lo que está pasando. Quizá a ella le den permiso en su trabajo y pueda acercarse a por el niño.
Sin dudarlo Alberto marcó en el móvil el número de su mujer: “tututú – tututú.”
-Mierda. Comunica-. Volvió a marcar, esta vez probó suerte con el número fijo-. A lo mejor aún no ha salido de casa… Aunque me extraña… No sé, tal vez se haya entretenido… -. Tras varias señales saltó el contestador automático: “en estos momentos no le puedo atender. Por favor, deje su mensaje después de oír la señal.” Impotente, de nuevas marcó el móvil de su mujer:
-Coge el teléfono, por favor.- Musitó. Entremedias su teléfono sonó, entraba una llamada. En la pantalla se podía leer “número oculto.” Malhumorado dio al botón de colgar:
-Para llamadas ocultas estoy ahora yo-. Balbuceó. Y dando a la rellamada al móvil de su mujer, esperó: “el número al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos.” Una segunda locución le impedía comunicarse con la madre de su hijo.

Y la angustia de Alberto se acrecentó.

Al fondo se distinguía un par de patrullas policiales, y más allá, se escuchaba la sirena de una ambulancia. El hombre se apeó del coche, dejándose olvidado el móvil en el asiento del copiloto. Y preguntándole a un señor si sabía lo que estaba pasando fue cómo se enteró que la congestión tenía una razón de ser bastante grave: la zona estaba cortada al tráfico durante un tiempo ilimitado porque una moto había atropellado a una persona.

-Señor ¿Puedo pedirle un favor?
-Sí, dígame.

-Necesito ir a buscar a mi hijo pequeño-. Le dijo Alberto con extrema preocupación; y le explicó-. Tiene que estar muy asustado.
-Sí, sí, por supuesto, descuide. Esto parece que va para largo. Vaya a por el niño-. Contestó.
Mientras Alberto corría en dirección al colegio su móvil sonaba: su mujer -rota de dolor- le llamaba… Otra vez. Sin embargo, nadie respondía:
-Coge el teléfono, por favor-. Suplicó ella.

Rosa, la mamá de Eduardo, trataba de contactarle. En el primer intento el móvil de su marido comunicaba. Luego, por quedarse sin batería, le había llamado desde un terminal privado. Y ahora marcaba desde el suyo.

Antes de salir de casa para ir al trabajo había recibido una llamada al teléfono móvil: era la directora del colegio de su hijo. El niño, tras esperar unos minutos a su padre y ver que no llegaba, había cruzado la calle, próxima al centro escolar, y, desafortunadamente, una motocicleta le había atropellado y matado.

Eduardo, parado en seco, no podía creer lo que tenía frente a la vista. Sus ojos estaban fijos en el cuerpecito que yacía, sin vida, en la carretera.
Y perdiendo la conciencia, cayó desplomado al suelo ante la atónita mirada de la gente.