Susana Valenzuela

Valenzuela, Susana

Susana Valenzuela tiene 24 años y esta en el primer año de su maestría en Saint Louis University en St. Louis, Misuri. Susana adquirió dos carreras en Arizona State University, la primera en comunicación humana, y la segunda en estudios de lingüística en español con especialización en francés. Es nativa de Nogales, Sonora, México, y su familia se instaló mas tarde en Nogales, Arizona. Dada que es multilingüe, Susana esta estudiando comunicación humana con especialización en comunicación intercultural, comunicación internacional y interpersonal. Después de recibir su maestría, Susana espera seguir estudiando para recibir su doctorado en estudios de comunicación y aplicar sus estudios en comunidades que beneficien de teoría de comunicación en la vida real. Este cuento es producto de su pasión a la literatura hispanense, y más de todo, es reflexión de su experiencia como mexicana americana.

                      En el columpio de Nogales

Todavía me acuerdo de cómo mis chinos rizos cafecitos botaban sobre mi cara, limpiándome las lágrimas mientras corría hacia el columpio de ese parque tan grandotote durante los primeros días de recreo en la escuela cuando tenía siete años. Me botaban y botaban los rizos sobre la cara, y con el ruido del chamaquerio del recreo, nadie me oía llorar, y con mi pelo tan grande, nadie veía las lagrimitas que escapaban de mis ojitos y se escondían en los rincones de mis labios. Y me subía al columpio, siempre el mismo, el último hacia la derecha, el más alto, el más cerca a la calle. Casi me caía de el cada vez que me subía, pero me subía y le daba vuelo. Empujaba mi cuerpecito pa frente, pa tras, pa frente, pa tras hasta que podía ver al otro lado del pleigraund, en donde estaban los niños de mi clase jugando a las carreras. Y le daba más recio, hasta que me ahogaba en mis lagrimas, y hacia pujidos porque ésa era la única manera en la cual podía llorar sin que algún niño me volteara a ver, si tal vez les interesara que la niña nueva estaba llorando, y porque en la casa en donde mi mami y yo estábamos, vivían otras 8 personas y no podía llorar allí, no en frente de mi mami. No en una casa sin columpio.
Después, cuando las lagrimas se desaparecían y dejaban su rumbo salado en mis cachecitos, me sentía mejor, y pretendía que yo era mi Barbie, porque ella siempre es feliz. Y miraba al cielo, sabiendo que no era el cielo de Hermosillo, queriendo darle más fuerte al columpio para que me llevara alto, alto y alto para por si me brincaba, volará mi cuerpo, y cruzaría la garita y callera en mi camita en Hermosillo.
Según lo que yo sabia, no teníamos papeles, y yo pensaba a mí misma, ¿cómo que no tenemos papeles? Tengo muchos y de colores, mi papi me los había traído del Gualgrins del otro lado. Pero me acordaba que esa expresión, de no tener papeles era algo más que yo no comprendía a esa edad. Pero, yo feliz con mis papeles rositas, rojos, blancos, amarillos y azules.
Susana, what color is this?” La maestra me miraba como si yo fuera tonta, poco sabía ella que yo le entendía perfectamente, pero yo por terca, contestaba “es amarillo”, y apuntaba al lápiz que tenia en su mano. “You need to speak in ENGLISH” me decía, enfrente de toda la clase. Y aunque ella hablaba español, que enfadosa esa maestra, me forzaba a repetir esas sílabas tan raras y esas cancioncitas sin ritmo. Cuando los niños no me volteaban a ver se me hacia raro,  porque en Hermosillo tenía muchos amigos y amigas, y no es que no les caía bien a los estudiantes de esa clase nueva, ellos eran amables, por la mayor parte. A los 7 años aprendí que era sentir la empatía de los demás. Los otros estudiantes no me volteaban a ver porque ellos sentían la vergüenza por mi, y la Güera siempre siguiendo con su bocota, “You need to learn faster”. Y yo me quedaba muda, no por miedo a la maestra, pero del odio que le tenia, no a ella, sino al inglés. Porque aunque era fácil para mí, no sé por qué, no me gustaba, pensé que con aprender a decir “I want Hot Cheetos and Hawaiian Punch” con eso sobreviviera, pero resultó que no. Mi lengua se ajustó en seis meses, los sonidos raros y extranjeros se mudaron a mi boca, y mi lengua me dolía, protestaba con las r’s o con las y’s y con las demás.
Con los años, mi español se sentía traicionado, como si le hubiera declarado guerra civil, enjaulado en una cajita que solamente habría en casa. Y aun así, mis maestros me decían, “it’s yes, not YAS”.
“Mijita, tu no te preocupes, yo sólo trabajo para darles de comer a ti ya tu hermano, tú sigue estudiando”, decía mi mamá con cara pálida, cachetes cansados y ojos arrugados como ciruelas. Me acuerdo muy bien del olor de su salsa cuando tostaba los chiles en la estufa y mi nariz rápidamente se molestaba. Para esos sabores, no tenía que “speak in english”. Y aunque se me han raspado las rodillas, las manos y los hombros, todavía tengo a mi mami. Ella quien dice “lles” como yo, ella quien nunca me vio en ese columpio. Con sus manos ella me ha cuidado, con sus fuerzas yo he triunfado, con su amor yo he vivido y con su sonrisa yo soy feliz. Y claro, con su esfuerzo, yo tengo papeles, sin importar su color.
Si sólo la vida fuera tan fácil como los días de mis aventuras melancólicas en ese columpio, tal vez todavía estuviera en ese columpio, con mis pies meciéndose pa frente, pa tras, pa frente, y pa tras. Vida jugadora, que deja que las niñas de otros países lloren en los columpios, no me robaste nada, me regalaste una fuerte chaparra con rizos que yo tengo hoy, labios rojos que se parecen a los míos. Gracias, Dios, como si  nunca me has ignorado, tal vez si le doy mas recio al columpio, vuelo a la garita, o me agarra la migra con “Hot Cheetos y Hawaiin punch”.