Carmen Dorado Vedia

Dorado Vedia, Carmen

Nací en Madrid, donde vivo y trabajo. Estudié Derecho en la Universidad Autónoma. He viajado por todo Oriente Próximo, estudiando su historia, su cultura, su literatura y su lengua en distintas Instituciones Internacionales. Desde hace años asisto a los talleres literarios de Clara Obligado Mis cuentos han sido publicados en distintas antologías: Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro Imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013), La Isla (Madrid, 2014). He sido finalista, con el cuento “El último viaje”, en el III Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra (Quero – Toledo 2013) Entiendo la escritura como un modo de acercar culturas. Tras las huellas de Sherezade es mi primer libro en solitario.

UN FUNERAL DE ALTURA

 

«¡Elevamos tus sueños!» fue el eslogan que se le ocurrió a mi padre para potenciar la funeraria. Aunque el negocio no iba mal, nos dijo que había que dar un impulso a los servicios que prestábamos. Al incremento de las incineraciones se había sumado la extravagante práctica de convertir los restos de los amados en diamantes. Una competencia desleal, decía padre.
¡Cómo van a comparar un velorio donde el cadáver, bien maquillado, vestido con sus mejores galas presida el acto!, nos dijo la mañana en la que se le ocurrió la idea.

Su propuesta era elevar el cadáver. El difunto permanecería en lo alto como testigo de la ceremonia.

La puesta en marcha fue complicada. Al cadáver, lavado, maquillado y vestido había que suspenderlo en el aire. El primer intento fracasó.

El finado, enganchado a una cadena mediante un arnés, colgaría del techo. Como podíamos haber imaginado los familiares se negaron, al entender que era una profanación.

Pero padre siguió ideando distintos sistemas. Grúas, cintas elásticas, incluso pensó en una simulación virtual, tan de moda. Tampoco gustó a los familiares, daba al muerto el aspecto de un fantasma.
Fue una tarde paseando por el parque cuando, por fin, encontró la solución. Llenaría los cuerpos de helio, como hacía el vendedor de globos, aunque para ello tuviese primero que vaciarlos.
Durante meses se dedicó al estudio de la taxidermia. Cuando obtuvo la información necesaria hizo los primeros experimentos. No hubo gato, perro, ni pájaro en el vecindario que no flotara.
Ahora había que pensar en cómo lo aplicaría a los humanos. El método sería similar al de los animales. Vaciado de órganos y el posterior llenado con gas. Hizo cálculos aritméticos para establecer la relación de helio que debería introducir por cada kilo del difunto.
Ya lo tenía todo resuelto y el destino quiso brindarle la ocasión de poner en marcha su idea a lo grande. Dos días antes, un autocar repleto de jubilados había caído por un puente. Tras las autopsias llevaron los cuerpos a la funeraria.
Mi padre se aplicó en la preparación como nunca. Se levantó al amanecer y no salió de su taller hasta una hora antes de la celebración de las exequias, que se realizarían en el polideportivo de la ciudad.
El traslado de los cuerpos no fue fácil: para que ninguno se nos escapara les pusimos pesas en los tobillos, que retiramos al llegar al lugar elegido. Allí utilizamos cuerdas para anclarlos al suelo.

Cuando llegaron las autoridades, familiares y curiosos quedaron sorprendidos de la puesta en escena. A todos les gustó la idea.

Lo que padre no previó fue que a mitad de la ceremonia arreciara el viento, los nudos se aflojaron y los finados terminaron elevándose a merced del aire.

Desde entonces el cielo de la ciudad está cubierto de hombres con traje negro y bombín a la espera de que se deshinchen para poder enterrarlos.

 

© Carmen Dorado Vedia