Robert Lemm

Lemm, Robert

Ensayista e hispanista holandés. Además de numerosos ensayos sobre escritores del idioma español, se le debe una biografía de Borges (traducida al español con el título de “Borges como filósofo”); una “Historia de los jesuitas”; una “Historia de España”; una “Historia de la Inquisición española”. Otros ensayos sobre León Bloy, Juan Pablo II, Benedicto XVI, así como dos obras sobre “La Señora de Todos los Pueblos” y las apariciones mariales de Ámsterdam. También ha realizado una importante obra de traductor: Octavio Paz; Pablo Neruda; Alejo Carpentier; Jorge Luis Borges; Luis de León; san Juan de la Cruz; Miguel de Unamuno; Leopoldo Marechal; Juan Donoso Cortés; Nicolás Gómez Dávila. Otros autores traducidos por él son: Joseph de Maistre, Léon Bloy, Giovanni Papini y René Girard.

Adán y Adriana

Buenos Aires

Leopoldo Marechal (1900-1970) y Macedonio Fernández (1874-1954). El último podría ser padre del primero, pero ambos se destacan como individuos éticos en sus respectivas novelas Adán Buenosayres y Adriana Buenos Aires. Las dos historias abarcan los años 1921, 1922, 1923. Sus protagonistas, Adán y Eduardo, son de pocos recursos materiales y viven en una pensión modesta. Eduardo tiene cuarentaycinco años, Adán es un joven en sus veinte. Los dos escritores rompen con la forma de la novela tradicional del siglo diecinueve, tal comol lo hizo James Joyce en su Ulysses (1922). Pero estos argentinos llaman la atención por vivificar la metafísica, por su visión espiritual. En este sentido se distinguen de la modernidad de los novelistas posteriores del “boom” latinoamericano de los años cincuenta en adelante, cuyos protagonistas son más bien sartrianos desencantados, revisionistas, extraviados o conformistas de mala gana. Estos novelistas, como en sus ojos la sociedad tiene demasiados defectos, se estiman  exentos de mantener un perfil moral. Adán Buenosayres fue publicado en 1948, con una introducción (en una edición posterior) de Julio Cortázar. Adriana Buenos Aires apareció póstumamente en 1974, con una introducción de Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio.

Adolfo de Obieta fue también uno de los escritores que ayudaron al polaco Witoldo Gombrowicz con la traducción al español de su novela Ferdydurke (1937). El polaco se había exilado en Argentina para evadir la ocupación de su país por los nazis. En Buenos Aires se sentía aislado del gremio literario a causa de su desconocimiento del idioma, y por su condición de europeo en un pais nuevomundista. Su Diario – referente a los años 1953-1956 – incluye opiniones intrépidas sobre la vida porteña. Prefiere a los de abajo por encima de la burguesía, y en los artistas de la capital denuncia la imitación de modelos europeos y el culto de París. A Argentina la define como masa que aún no llegó a ser torta. Argentina – escribe – es un país despoblado y sin drama. En cambio, le fascina la herrmosura de las muchachas y lamenta que, por falta de conciencia de su atractivo, se dejan seducir por el primer poetastro que pasa para terminar en los brazos del comerciante con éxito.

“Las amadas en flor” son precisamente la meta de los protagonistas de las novelas de Macedonio y Leopoldo. Sin embargo, Adriana y Solveig resultan tan inalcanzables para Eduardo y Adán como lo fueron Beatriz y Dulcinea para Dante y Don Quijote. Adriana, pobre y huérfana, está enamorada del necio Adolfo; y Solveig, belleza virginal que se mueve en las capas altas de la sociedad, cae en manos de un médico cínico, enemigo de Adán. Adolfo es de la misma edad que Adriana, mientras que Eduardo – hombre solitario y con dos hijos – procede como una especie de padre para ella, como un mentor que le escucha y le aconseja en sus cavilaciones que se concentran únicamente en su amado. Él presiente que Adolfo no la hará feliz, pero se abstiene de estorbar la ilusión de Adriana, en tanto que pacientemente sigue abrigando la esperanza de conquistarla alguna vez cuando se aclare la deficiencia del amado psicótico. Al final, el destino los desengaña a los tres. El amor es el gran perdedor, y para el autor de la novela esa pérdida equivale a ser vencido por la vida mediocre y transitoria. Porque el amor es la única fuerza capaz de superar a la muerte.

Adán, lo mismo que Eduardo, no sólo cultiva el amor cortés, sino también se mueve en una tertulia de amigos que son como sus espejos. Reflejan cada uno de ellos cierta característica del arquetipo intelectual. Adán se distingue por un idealismo generoso y un fervor por la esencia escondida en las formas aparenciales. A la vez se interesa por el pueblo y el país cuya historia a través de las generaciones sucesivas, revela un proceso degenerativo que lo lleva a Adán imaginar un infierno donde se castigan los vicios más propios de la urbe con sus, por entonces, dos millones de habitantes. La novela termina con el entierro del protagonista y la promesa de una futura salvación en otra novela que va a ser El banquete de Severo Arcángelo (1966) – especie de arca de Noé –  para completarse en Megáfono o la guerra (1970). En esta última parte de la trilogía el héroe libera a la Mujer Pura – la Argentina tal como fue en su inocencia original – del castillo del Dragón que representa los lados perversos de la vida moderna. Luis Alberto Sánchez (Historia comparada de las literaturas americanas, 1976) señala la influencia de Macedonio Fernández en la novela de Leopoldo Marechal.

Como Adriana Buenos Aires – “última novela mala” según su autor –  en cuanto a su forma es una ruptura con el arte narrativo tradicional vale la pena fijarse en las observaciones y digresiones que interrumpen la trama . Esta última es precisamente la parte “mala” del libro. Pero ¿qué decir de la filosofía de Macedonio? Por ejemplo: “Soñar con los ojos abiertos, en toda luz, obstruyendo el ingreso del mundo exterior, tornándolo fantásmico y sin poder, desatendido por el alma, es una de las agilidades exquisitas y significativas del espíritu”. O: “sólo por el amor se puede salir definitivamente de la individuación”. El “yo” y su supresión forman lo esencial. “La única virtud, la única belleza, el único asunto ético-estético de las cosas es el altruísmo, el amor, la ruptura del ‘yo’”. “Sólo logramos que la realidad nos vea y presencie cuando nuestro yo se alegra en el yo-otro. El altruísmo es el asunto de alegría de las cosas.” “Yo me paso varias horas diarias en meditar el concepto de causalidad, en negar el tiempo, el yo, la materia”. Aquí es como si escucháramos a Jorge Luis Borges, que formaba parte de las tertulias de Macedonio. “La triste posición del espíritu que se llama agnosticismo me repugnó desde la juventud; el materialismo es más metafísico y más sana que el enfermizo agnosticismo.” En cambio aquí encontramos más bien a Leopoldo Marechal.

Porque en Adán Buenosayres se supera al agnosticismo, que es la posición frecuente entre los intelectuales y filósofos, como también en el caso de Witoldo Gombrowicz y muchos autores europeos. Se trata de un ateísmo más o menos declarado entre los que se fían de un humanismo – propagado explícitamente por Gombrowicz – que inevitablemente llevará a desilusiones. El Adán de Marechal al contrario, aspira a lo Absoluto, al Grial, a Dios. En una especie de arrobamiento místico se encuentra con un Hombre que le muestra a la Amada anhelada y predestinada para él. En otra ocasión se siente levantado por el Pescador, el Cristo de la Mano Rota en una iglesia bonaerense. Adán presiente que su visión tiene que ver con un futuro que no tiene cabida dentro del ámbito de la historia. Este futuro no es personal, sino que afecta a todos. El infierno que en su novela amuebla y denomina Cacodelfia, contrasta con una Filodelfia entrevista que sería como la restauración de la Edad de Oro soñada por Don Quijote. Si la literatura debe aspirar a la intensificación de la vida espiritual, como sostiene Gombrowicz en su Diario en 1953, tenemos en Marechal un ejemplo argentino por excelencia.

Volvamos al amor. Macedonio escribe: “Únicamente Dante ha comprendido el amor y únicamente el amor es asunto de tragedia. Porque no está en Beatriz bellamente entrevisto, sino en la Francesca pintada en el solo rasgo de que es ella la que habla frente al Infierno que la espera. El dolor que ella crea a Dante, sin mayor valor literario en sí, es, sin embargo, testimonio del supremo momento de su genio, genio vicioso tristemente ocupado en estúpidas tareas de juez. El desmayo de Dante ante la valentía de amor de Francesca, abrazada al mudo acobardado Paolo, salvan a Dante de una sentencia de estupidez ante el cúmulo de necias venganzas y justicias con que se regala toda la obra.” O sea que Dante no se atrevió a admitir su amor por ella. Borges añade en sus Nueve ensayos dantescos (1982) que Francesca y Paolo, aunque en el Infierno por adulterío, al menos se tenían una al otro, mientras que Dante todavía tuvo que ver si alguna vez iba a alcanzar a Beatriz. Macedonio concluye: “El amor puede ser ventura y puede ser tragedia: ninguna otra cosa puede dar ventura ni tragedia en la vida ni en el arte”.

En Del sentimiento trágico de la vida (1913) escribe Miguel de Unamuno:”El amor espiritual nace del dolor. Todo lo cual se siente más clara y más fuertemente aún cuando brota, arraiga y crece uno de esos amores trágicos que tienen que luchar contra las diamantinas leyes del Destino, uno de esos amores que nacen a destiempo o desazón, antes o después del momento o fuera de la norma en que el mundo, que es costumbre, los hubiera recibido. Cuantas más murallas pongan el Destino y el mundo y su ley entre los amantes, con tanta más fuerza se sienten empujados el uno al otro y la dicha de quererse se les amarga y se les acrecienta el dolor de no poder quererse a las claras y libremente. Y ponen su amor fuera del mundo, y la fuerza de ese pobre amor sufriente bajo el yugo del Destino les hace intuir otro mundo en que no hay más ley que la libertad del amor, otro mundo en que no hay barreras porque no hay carne. Porque nada os penetra más de la esperanza y la fe en otro mundo que la imposibilidad de que un amor nuestro fructifique de veras en este mundo de carne y apariencias” (Cap. 7). Podría ser el caso de Romeo y Julieta, pero Adán y Eduardo sufren ya en este mundo por sus amores no correspondidos. Lo trágico consiste en que sus amadas se entregan a quienes no las merecen. Pero se consuelan con “el otro mundo” indicado por Unamuno, que serían la Filadelfia de Leopldo Marechal y la declaración de “la inmortalidad del alma” de Macedonio Fernández. “Sólo puede lograrse la plenitud del amor entre los que han conocido mutuamente sus infancias”, concluye su protagonista Eduardo, “y sólo hay tragedia en un pleno amor por cesación del amor y no por la muerte.”  Lástima que las infancias de Eduardo y Adriana no han corrido parejas. Así que “no se realiza aquí la Tragedia, porque no tuvo su momento de reinado del amor ni olvido intrínseco, sino por estorbación y desacreditamiento desde afuera”.