Lola López Mondéjar

López Mondéjar, Lola

Tras completar su formación como psicóloga clínica y psicoanalista en Murcia, Madrid, Alicante, Milán y París, ha ejercido la docencia en las Universidades de Murcia y Sevilla (Máster de Arteterapia y Psicoanálisis), y como profesora y miembro didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid.

Como ensayista ha publicado numerosos artículos sobre psicoanálisis y creatividad, violencia de género, adolescencia y sexualidad, en libros y revistas especializadas (Revista de la AEN, Aperturas Psicoanalíticas, entre otras).

Durante cinco años colaboró semanalmente con el diario La Opinión de Murcia con una columna de periodismo literario. Desde 1998 hasta 2009 coordinó el programa literario La mar de letras, dentro del festival internacional de músicas del mundo La Mar de Músicas (Cartagena, España). En 2005 creó los Talleres de Escritura Creativa de la Biblioteca Regional de Murcia, que coordina desde entonces.

Libros publicados: novelas Una casa en La Habana (Editorial Fundamentos,1997), Yo nací con la bossa nova (Editorial Fundamentos, 2000), No quedará la noche (Tres Fronteras, 2003), Lenguas vivas (Ediciones Gollarín, 2008), Mi amor desgraciado (Editorial Siruela, 2010). Novela finalista del XXI Premio de Narrativa Torrente Ballester, 2009, La primera vez que no te quiero (Editorial Nuevos Tiempos, 2013), Cada noche, cada noche (Editorial Siruela, 2016); relatos El pensamiento mudo de los peces (Editorial Páginas de espuma, 2008), Lazos de sangre (Editorial Páginas de espuma, 2012), La pequeña burguesía (Grupo de Literatura “La Sierpe y el Laúd”, Cieza, 2013). Algunos de sus relatos han sido publicados en antologías y revistas literarias (20 Voces nuestras, A renglón seguido, Escrito con Hierro), Psicoanálisis y creatividad: el Factor Munchausen (CENDEAC, 2009). Página web: http://www.lolamondejar.com/ .

El hermano gemelo – (Parte II)

Los trámites para repatriar el cadáver de mamá me han llevado toda la mañana. Cuando regreso al hotel me dejo caer sobre la cama y me duermo unos minutos. El frío es reconfortante, te estimula, me siento más activa que allá abajo, en el calor, pero hoy me he levantado demasiado temprano y estoy cansada.  Intento sostenerme a mí misma sin desmayo, sin caer en algo que se está abriendo bajo mis pies y que amenaza con succionarme. Yo creía que el frío me paralizaba y no es así. Desconozco mi propia naturaleza.

Me resisto a hacer turismo en Oslo. Estoy de duelo. No sé por qué me he prohibido recorrer los lugares que de modo natural me interesaría conocer. Me parece descortés. Un insulto a su memoria. En el restaurante del hotel la comida es insípida e hipercalórica. Desde que estoy aquí no tomo ensaladas. Echo de menos la dieta casi vegetariana a la que me acostumbré con mis tortugas. ¿Cómo andarán por allí? Oscar me ha respondido. Me consuela pensar que no les causa problemas mi ausencia. He comenzado a leer Orgullo y prejuicio. Una historia de mujeres que esperan ser elegidas. De mujeres que esperan.

El cuerpo de mamá podrá viajar dentro de un par de días en el mismo vuelo en el que yo dejaré el país. Todavía no he visto salir el sol, y ya lo echo de menos. Una neblina lechosa cubre el cielo desde el amanecer hasta el atardecer, la misma luz, la misma sensación plomiza. Sólo el maravilloso blanco de la nieve alegra la mañana. Me permito, eso sí, largos paseos por el parque cercano, donde la nieve luce inmaculada, haciéndome daño a los ojos, y donde grupos de simpáticos educadores sacan a pasear a unos preciosos niños, rubios o de pelo ensortijado, de diferente color de piel. Los futuros hombres y mujeres noruegos.

Thomas me ha dicho que puedo llamarle si necesito algo, pero no necesito nada.

Cuando regreso al hotel tras mi paseo de después de comer, el recepcionista me dice que alguien me ha telefoneado. Una hora después suena el teléfono de mi habitación.

  • Buenas tardes…

Es la voz de un hombre joven. Habla en inglés con el mismo acento que Thomas.

  • … No me conoce, pero yo sé muchas cosas sobre usted.
  • ¿Cómo es eso?
  • Ana, yo conocí a su madre. Tiene usted su misma voz.

Hemos quedado. No podía aguantar la curiosidad. ¿Y si era él? Si era él la persona que estuvo con mamá hasta el final quiero conocerle. Tal vez debería llamar a Thomas, su tarjeta está sobre el televisor, pero decido no hacerlo. Mi madre está muerta, no hubo violencia, no creo que el desconocido sea peligroso para mí. Ahora sabré más cosas que mi detective vikingo.

Prefiere que nos veamos lejos del hotel, en una cafetería del centro de la ciudad. Yo accedo, sería capaz de ir a verle hasta el Polo norte. Perseguirle como el doctor Frankenstein persigue a su monstruo sobre los hielos; él tiene cosas que decirme, y yo quiero escucharlas.

Se llama Terje, pero no sé si ese es su verdadero nombre. Dice llamarse Terje y tiene mi misma edad, veintiocho años. Y una belleza extraña, discreta, que crece a medida que le observas. No puedo dejar de mirarlo. La cafetería que ha elegido está decorada con colañas de madera, estilo nórdico, rural, no creo que le importe mucho la decoración. Está llena de gente joven como nosotros que entra y sale sin parar, quizás eso haya sido lo más determinante; aquí no llamamos la atención. Habla un inglés fluido.

  • Con su madre hablaba francés.
  • Ya, nunca aprendió bien a hablar inglés. Cosas de su generación.
  • Lo comprendo.

Terje estudia medicina, pero trabaja en lo que va saliendo para pagar sus estudios. Me lo dice con naturalidad, como si yo tuviera derecho a saberlo. Tiene una voz agradable; no hay nada desagradable en él.

  • ¿Dónde la conoció?

Parece incómodo con mi pregunta. Quizás pretendía ir más despacio, pero yo tengo mucha prisa. No soporto que hombres desconocidos sepan de mi madre más que yo misma.  Es mi madre, la conozco toda la vida. Qué obviedad. Terje vacila.

  • Era una mujer muy decidida. Ya lo sabe.
  • Sí.
  • Pero también temerosa. A veces parecía estar a punto de romperse, le sucedía en cosas insignificantes. ¿No cree?
  • ¿Cómo qué?
  • No sé, a veces no encontraba el momento exacto para cruzar la calle. Parecía una niña asustada. Delicada, fuera de este mundo. Luego, en otras circunstancias, no le tenía miedo a nada.
  • ¿Tanto la conoció?
  • La acompañé durante sus últimos quince días de vida.
  • ¿Estuvo con ella hasta el final?
  • Así es.

No supe qué pensar. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué lo había elegido mamá?, y, sobre todo, ¿para qué?

  • Le parecerá extraño… Es extraño. Pero durante quince días su madre y yo fuimos muy buenos amigos.
  • ¿Así, sin más?
  • ¿A qué se refiere?
  • ¿Se hicieron amigos y decidió ayudarla a suicidarse?, ¿la conoció y decidió acompañarla a morir abandonando durante quince días su propia vida para comprometerse peligrosamente en los asuntos de una mujer desconocida?
  • Acompañarla formaba parte de mi trabajo. Ella me contrató.
  • Le pagó.
  • No más de lo acostumbrado.
  • Pero usted habla de amistad…
  • Fuimos buenos amigos. No hubiera hecho lo que hice de no haber sido así.
  • No me importan sus razones, sólo quiero saber por qué mamá se suicidó –he levantado el tono de voz y la pareja de la mesa de al lado me mira con ojos escandalizados. Mi madre se suicidó; acaban de entender lo que he dicho.

Terje me mira a los ojos, sin asombrarse, con calma. No tiene vergüenza, no se reprocha nada, en los suyos leo una tranquilidad que invita a confiar en él. Por unos instantes comprendo a mi madre.

  • No fue un suicidio, fue eutanasia.
  • ¿Cómo?
  • ¿Nunca le habló de él?
  • Dios mío, ¿de quién? Hable claro, por favor. Creo que voy a volverme loca.
  • De su hermano gemelo…

Nunca me habló de él, y Terje lo sabía todo al respecto. Su hermano gemelo. Hacía sólo seis meses que no veía a mamá y aparecía ante mí como una completa desconocida. En apenas un par de días se me presentaba como alguien ajeno, diferente a todo lo que yo creía saber sobre ella. Mi madre había compartido con Terje confidencias que nunca me hizo a mí, lo que me producía un sentimiento de animadversión hacia él que intentaba mantener a raya, sin lograrlo. Él, sin duda, lo percibía.

  • A los siete años, a su madre le extrajeron del abdomen un pequeño manojo de pelos, huesos y piel, los restos de un abortado hermano gemelo que nunca llegó a desarrollarse. Desde niña sintió que su cuerpo no le pertenecía por completo, que alojaba algo indefinido, que finalmente pudo concretarse en esa operación. Pero, según me contó, la sensación de estar invadida por una presencia ajena no desapareció entonces. En realidad, no desapareció nunca.

¿Qué me estaba diciendo? Mamá jamás me contó nada de esto. Terje tomaba un té con cardamomo, olía a Las mil y una noches. La palabra cardamomo es hermosa. Le digo a Terje.

  • Cardamon en español se dice cardamomo.

Creo que mamá hubiera dicho lo mismo, incluso sin el artículo.  Hubiera dicho hermosa, sin más, como si fuese una larguísima explicación. Le da un sorbo y continúa.

–  Cuando le diagnosticaron el cáncer de estómago, su madre soñó con ese hermano varias noches; soñó que venía a reclamarle lo que era suyo, el lugar donde había vivido y del que lo extirparon en aquella lejana operación de los siete años. Lo soñó como una presencia inhumana que se alojaba en su interior, una presencia que pretendía acabar con ella, cobrarse su venganza. Dijo que tenía miedo de él.

  • Nunca me contó nada. Por supuesto, la acompañé en todo el proceso del cáncer hasta su completa recuperación, pero no me dijo ni una palabra de lo que usted me está contando.

–   Lo sé, su madre estableció con él un diálogo permanente. Se lo imaginaba como a un varón con sus mismos rasgos, y empezó a sentirse acompañada por él. Desde que le extirparon el tumor decidió tomarlo como un aliado y  dejar de tenerle miedo. No volvió a considerarlo como una presencia invasiva sino como un compañero interior. Un alter ego reflexivo que la consolaba, aunque, en algunos momentos, volvía a ser para ella una presencia maligna, un pus informe. Lo que ella llamaba pomposamente: El principio del mal.

– No comprendo porqué no me lo contó nunca. – En aquel preciso instante odiaba a mamá; mi ignorancia sobre lo que le había preocupado me humillaba. ¿Cómo se había atrevido a compartir con un desconocido aquella historia? Terje no se dejaba intimidar por mi tono irritado. Quería a toda costa transmitirme lo que sabía. Como si hubiera estado esperándome para compartir conmigo ese secreto. Como si reconociera también él que tenía derecho a conocerlo.

–   Le costó aceptar la enfermedad. El cáncer era una espada de Damocles que pendía sobre su cabeza, imperceptible a veces, como una amenaza absoluta cuando se sometía a las sucesivas revisiones médicas. Pero finalmente la aceptó, y con ella vino una sensación de provisionalidad que nunca había conocido. Le pareció que cada día era una especie de regalo que había que disfrutar golosamente. Me contó que se levantaba más contenta que nunca. Entonces, después de pensarlo durante algún tiempo, dejó la enseñanza y montó la galería de arte. No quería morir sin hacerlo. El cáncer la decidió. Poco al poco comenzó a agradecerle a la enfermedad su nueva capacidad de elección, de afrontar riesgos que antes no habría asumido. Esto ya lo sabe usted, Ana, sin el cáncer, tal vez, envuelta en la multitud de tareas cotidianas que la docencia y la vida le exigían, tal vez, insistía una y otra vez, no habría tenido el coraje y la fortaleza de dejar su vida anterior. El mal la eximía de pensar demasiado, aliviaba las responsabilidades, la confrontaba directamente con la finitud. ¿Qué más daba un nuevo error?

  • Se la veía feliz, es cierto. Fueron unos años preciosos para ella. Acababa de divorciarse de papá. Estaba rejuvenecida, era independiente. Viajamos bastante juntas. Los recuerdo como los mejores años de nuestra relación.

No le cuento, no le importa, que hace dos años que no veo a papá, que tengo dos hermanos de ocho y seis años, que su nueva mujer sólo tiene siete más que yo. Mamá se sintió aliviada cuando él encontró a Lucía, menos culpable de haberlo dejado solo, pero yo no. Fue una traición, papá abandonó a su familia y construyó otra apenas seis meses después de su divorcio. ¿Pensó alguna vez en mí? Pero me reprocho estos pensamientos, como si no tuviera derecho a tenerlos.

  • Ella también los recuerda así. La quería mucho. Siempre la tenía presente.
  • ¿Entonces por qué decidió matarse?
  • El cáncer volvió.
  • ¿Cómo?, ¿cuándo?
  • Hace un par de meses. No era una metástasis del cáncer previo. Lo que le sucedió es algo que sólo se da en un porcentaje insignificante de casos, algo muy excepcional. Desarrolló un nuevo tumor, un tumor cancerígeno del tamaño de una canica que se instaló en la base de su cerebro, y que comenzó a crecer. Al parecer, los médicos con quienes consultó coincidían en que era muy extraño que apenas tuviese algún síntoma de su presencia; ni dolores de cabeza, confusión mental pasajera, desorientación, vómitos o pérdida de movilidad.
  • ¿No sufría nada de eso?
  • En absoluto, pero el tumor era incompatible con la vida.

Se lo encontraron en una revisión rutinaria, continuó Terje, y no quería pasar de nuevo por el proceso que ya había sufrido durante el cáncer anterior. Al parecer, el tumor se encontraba en el tronco encefálico, un lugar extremadamente sensible. Había invadido ya el cuerpo calloso que une ambos hemisferios, y estaba muy diseminado por el resto del cerebro, por lo que la cirugía se hacía impracticable.

  • ¿Cuál fue exactamente el diagnóstico?
  • Se trataba de un tumor cerebral primario, un glioblastoma multiforme que había crecido a partir de los tejidos que rodean las células nerviosas, invadiendo muy rápidamente el tejido cerebral. Era muy invasivo, los médicos lo calificaron de grado IV.

En ese tipo de tumores, me contó, la cirugía es imposible, y la quimioterapia y la radioterapia, aunque podrían mejorar su vida o alargarla –aunque no por demasiado tiempo – , tendrían que ser muy fuertes, y se negó a que se las administraran. Podían quedarle entre tres y cuatro meses de vida.

– Estaba desahuciada –continuó Terje – . Recuerdo que pronunciaba la palabra con gula. Decía que  desahuciar, en su idioma, es cuando a alguien le quitan la casa porque no pagó la hipoteca o el alquiler. Ella estaba desahuciada porque no había pagado no sabía qué deudas con su cuerpo, bromeaba. Entonces decidió hacer las cosas que le interesaban antes de que los síntomas se lo impidiesen. Su madre no estaba dispuesta a que su vida dependiese en ningún caso de nadie.

  • Eso ya lo sabí Se propuso no ser nunca una carga para mí. No tenía a otra persona que no fuese yo y no deseaba que mi vida cambiase a causa de su enfermedad. Pero jamás pensé que llevase tan lejos su propósito.
  • Estaba convencida de que era lo mejor. Le obsesionaba la insistencia del cáncer en ella. ¿Por qué dos tumores?, era una pregunta que no dejaba de hacerse. Había leído todo lo que se ha publicado sobre el tema: el aumento de los tumores craneales, las posibles causas, y no podía entender lo que pasaba con sus células, por qué se volvían contra ella. ¿Por qué sus células inútiles se negaban a morir? Hasta que encontró la respuesta en una supuesta vinculación de los tumores primarios, como el suyo, con restos ectópicos de tejido embrionario.
  • ¿Restos embrionarios?
  • Se trata de restos de células fetales que acaban formando tumores, benignos o malignos.
  • Su hermano gemelo.
  • Eso fue lo que pensó.
  • Dios mío, se volvió completamente loca…
  • En absoluto, no he conocido a ninguna mujer más cuerda que ella. Yo diría que se trataba de una locura poética, un esfuerzo por darle sentido a esas preguntas sin respuesta: ¿por qué el mal insiste dos veces en el mismo cuerpo? No es fácil de aceptar. El hermano gemelo era una explicación tolerable, la dejaba más tranquila.
  • ¿Sufrió?, quiero decir mientras le llegó la muerte.
  • En absoluto, estaba completamente sedada. Murió durante el sueño.
  • No entiendo, ¿para qué entonces expuso su cuerpo al frío?
  • Fue una excentricidad de Carlota – era la primera vez que Terje la nombraba por su nombre. Como si hasta ese momento no hubiese querido hacer prevalecer su relación, los privilegios de un vínculo que todavía no sabía en qué había consistido, sobre nuestro parentesco, se había referido a ella como su madre. Ahora, de repente, era Carlota. El nombre de mamá, pronunciado por un desconocido, se me antojó distinto –. Se le ocurrió que ella no sufriría, pero que el frío le haría sufrir a él. Fue una pequeña e inocente venganza. Su madre se había propuesto hacer hasta el final lo que le viniera en gana.
  • Y lo hizo.
  • Era una mujer libre.

Aquella noche, en el hotel, la sensación de irrealidad no me abandonó. Había perdido la noción del espacio y del tiempo. Me resultaba extraña hasta mi presencia en aquella ciudad extranjera cubierta de nieve. ¿Dónde estaba? Descorrí las cortinas de la habitación para observar el mundo físico, para anclarme en una realidad que se me hacía cada vez más confusa; allí estaban la iglesia americana de la acera de enfrente, sus tejados en pronunciada pendiente, como el gorro de una bruja chiflada, el autobús treinta y uno, rojo, que paraba regularmente bajo mi ventana. Estaba separada de mi vida, como si la vida de mamá, la persona misma de mamá, estuviera invadiéndome a mí como a ella la invadió su letal hermano gemelo. Tenía mil preguntas que hacerme, y otras tantas que hacerle a Terje, alguien a quien apenas conocía, pero que se había convertido en una persona tan importante para mí como lo fue para ella. ¿Me estaba volviendo también yo loca?

Lo llamé por teléfono.

  • ¿Fue ella quien le ordenó que me contase todo esto?
  • Sí. No quería que sufriera innecesariamente.
  • ¿Y no había otro modo de hacerlo?… Yo… hubiera preferido que usted no existiera.
  • Lo sé, pero Carlota no quería morir sola. No era tan fuerte como crees. Ella… necesitaba que alguien la abrazase en algunos momentos.
  • ¿Sólo eso?
  • ¿Qué quiere decir?
  • ¿Sólo quería que alguien la abrazase?, ¿qué relación tenía exactamente con ella? – Acabo de darme cuenta que desde que estoy en esta ciudad, la palabra exactly es la que más utilizo, todo es tan vago que busco como una desesperada algo de certeza –. ¿Cuál es su trabajo, Terje?
  • No voy a contestar a esas preguntas, creo que pertenecen a la intimidad de su madre y a la mía.
  • ….
  • Me gustaría ir a la cabaña mañana.
  • No está lejos. ¿Quiere que le acompañe?
  • Mi vuelo sale por la tarde, no tendría tiempo de ir hasta allí sola, no conozco el lugar. Se lo agradecería.
  • Muy bien, la llevaré.

La ropa de mamá es cálida, protectora. Con ella, el frío está ahí, enrojeciendo la punta de la nariz y las mejillas, pero no penetra en el resto de mi cuerpo. Me visto tal y como supongo que ella se habrá vestido cualquier día, cómoda y abrigada, y tomo un taxi hasta la puerta de la Biblioteca Nacional, de cuya fachada cuelga un cartel en blanco y negro que anuncia una exposición de un fotógrafo noruego del que nunca he oído hablar.  Hace un sol espléndido, el cielo está despejado, sin una sola nube. La ciudad luce diferente bajo su luz. Más alegre, más  liviana. Llevo conmigo todo el equipaje porque no tendré tiempo de volver al hotel antes de la salida de mi vuelo.

Esta mañana, después del desayuno, he descubierto el misterio de las huellas de mi balcón. Un par de operarios retiraban la nieve de los aleros y ventanas del edificio subidos en una grúa hidráulica. Uno de ellos la manejaba desde el camión, mientras el otro se acercaba a la fachada metido en una especie de cubo oscilante y barría la nieve tirándola hacia abajo. Sus botas son tan grandes como las pisadas de mi supuesto vampiro. Supongo que habrán sido ellos. De haberlo visto entonces le hubiera invitado a entrar. Los vampiros necesitan ser invitados para chuparte la sangre de por vida. Los operarios también, supongo. El que manejaba la grúa era joven. En la selva donde vivo hay vampiros cuyas alas miden casi medio metro. De noche revolotean ciegos entre las copas de los árboles, con sus bocas abiertas y voraces, tragando todo tipo de insectos.

Terje aparece puntualmente con un coche casi nuevo, que parece de alquiler. Instala mi maleta y las de mamá en el maletero y nos dirigimos hacia la salida este de la ciudad.

La nieve, a ambos lados de la autovía, está sucia, ennegrecida por el humo de los coches. Vuelvo a mirarlo como ayer, parece que hace siglos que nos conocemos, y me resulta todavía más hermoso que la primera vez que le vi. ¿Qué tiene este hombre que produce tanta confianza? Su hermosura me intimida.

  • ¿Cómo me encontró?, todavía no me lo ha dicho.
  • Carlota me dio su móvil, pero me comentó que primero intentase localizarla en el mismo hotel donde se había alojado ella. Creía que usted querría saber dónde estuvo, y que podría encontrarle allí. Y acertó.
  • Es curioso. No podía imaginar que mamá me conociese tanto, y yo a ella tan poco.
  • Pasa con los padres, ¿no?, siempre nos produce sorpresa saber qué o quienes son en realidad, quiero decir, al margen de nosotros.
  • Es cierto. ¿Tiene hijos?

Una vez que salimos de la ciudad, lo que se me antoja inusualmente rápido, tal vez porque es sábado y la mayoría de la gente está descansando, el paisaje se pinta de un blanco resplandeciente. La nieve luce limpia, inmaculada, cubriendo los campos y los árboles hasta donde llega la vista.  Su resplandor me hiere los ojos; me pongo las gafas de sol. No hay demasiado tráfico, Noruega es un país poco poblado. En el interior del vehículo se está bien, huele a limpio, a recién estrenado. Me desprendo de la bufanda, del abrigo y de los guantes, y escucho una música suave, hipnótica.

  • ¿Quién es?
  • Fink – jamás he oído ese nombre, pero hace mucho tiempo que estoy fuera del mundo y no me sorprende.

Fink nos mece, melancólico, mientras recorremos los escasos doce kilómetros que separan la cabaña donde mamá murió de Oslo. Terje  conduce suavemente, y el coche no hace ruido. La sensación de irrealidad no me abandona.

Cuando dejamos la carretera del pueblo para internarnos en un bosque helado, apenas hemos intercambiado ninguna otra palabra. La nieve cubre el camino, en el que se distinguen vagamente huellas de otros coches. Terje tiene una cualidad extraña, su silencio y su conversación son igual de acogedores. Detiene el coche a cincuenta metros de una construcción de madera idéntica a otras dos que hemos ido dejando atrás. La fachada sólo tiene una puerta y una ventana. Delante de la puerta, un pequeño porche cubierto recorre el perímetro de la construcción, a un metro y medio sobre el suelo. Contemplamos la cabaña desde el interior de nuestro coche durantes unos instantes, luego me envuelvo con el abrigo, la bufanda y los guantes, y salgo al exterior. Llevo un gorro color tabaco que me cubre el pelo, imagino que antes protegió la cabeza de mamá. La lana conserva su perfume. La nieve está intacta, no hay huellas en el trayecto. Parece que nadie haya vuelto a alquilarla desde que lo hiciera ella. La última nevada ha cubierto las señales de su paso, y todo resplandece, impoluto. Una superficie mórbida y fría, en la que mis pies se hunden unos diez centímetros, cubre completamente el suelo, apenas horadada por lo que me parecen pisadas de pájaro, y otras distintas, de algún pequeño roedor. Camino despacio hacía el porche, escuchando el agradable sonido de mis pasos, y subo los seis escalones. A la izquierda, a los pies de un abeto, hay un cubo de basura abierto en cuyo borde curiosea un cuervo encapuchado. Tiene el cuerpo negro y gris, y baja y levanta nervioso su cabeza sin reposo; luego me mira unos instantes y emprende el vuelo. Estalactitas de hielo translúcidas decoran la cornisa como una puntilla efímera. El silencio es tal que puedo advertir la caída de cada una de las gotas que, regularmente, se desprenden de la punta de la aguja más larga y se congelan más abajo, sobre la barandilla de madera. Corto un trozo de hielo y me lo llevo a la boca.

Terje me observa desde el coche. Un par de mecedoras de lona cubiertas con unas pieles, cuyo uso ya he advertido en la ciudad, amueblaban, solitarias, uno y otro lado de la ventana, que está cerrada, con las contraventanas protegiendo el cristal.

  • Podemos entrar, sé dónde está la llave. ¿Quiere? – Terje ha llegado silenciosamente, y sacude sus botas en el último escalón.

Asiento. Quiero ver el interior.

Encima de la puerta hay a un pequeño soporte de madera que pasa fácilmente desapercibido sobre el que se encuentra la llave. La introduce en la cerradura y abre la puerta. Yo no me muevo. Espero a que abra también la ventana, cosa que hace de inmediato, como si intuyese que yo no puedo entrar en la habitación sin que el aire me anteceda y la renueve. A través de la ventana contemplo el interior. Todo es sencillo y agradable. La cama, amplia, cubierta con un edredón en patchwork de colores alegres, la chimenea con su leña elegantemente colocada a un lado, una pequeña cocina con una barra que hace las veces de mesa, otra mesa bajo la ventana, dos sillones confortables cubiertos por sendas mantas… recupero mi talante enumerador de inmediato, al enfrentarme al escenario del crimen. Sonrío. ¿Cómo puedo conservar aún la ironía? Terje sale hasta la puerta invitándome a entrar.

En esta habitación ha convivido con mi madre. ¿Han dormido en la misma cama? Él podría ser su hijo, podría ser mi hermano. Al fondo, a la derecha de un pequeño pasillo que, supongo, conducirá al baño, hay un diván y una cesta con revistas. Pudo haber dormido allí, quiero pensar. Aunque, en última instancia, ¿qué me importa? La sexualidad de mamá es cosa suya. Pienso en mi abstinencia de meses, absorta en la reproducción de las tortugas baula. Mi piel está seca, hace tiempo que he perdido la costumbre de pensar en mi cuerpo.

No sé por qué me tumbo en la cama. Me dejo llevar por una curiosidad impúdica, y me tumbo allí. Mientras, Terje me mira desde la puerta. Cierro los ojos e imagino lo que pudieron ser sus últimos pensamientos. Transcurren unos minutos antes de que él hable. No sé lo que siente, su calidez es una oferta, pero no transmite sus emociones, él también parece olvidarse de sí mismo para pensar en el otro, su reserva produce un vacío en el que te alojas.

  • Estaba sedada. Triplicó la dosis de somníferos y analgésicos que le habían aconsejado tomar si comenzaba a sufrir de insomnio o tenía dolor, y se tumbó en la cama como tú estás ahora. Estaba muy tranquila. Habíamos hablado durante muchas horas y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Poco a poco, sus ojos se fueron cerrando y sus manos, que mantenía entre las mías, se relajaron completamente.

Habla con voz monótona, como si hubiese aprendido de memoria lo que tiene que decir. Es una voz agradable que adormece.

  • Apagué la calefacción, abrí la ventana y llevé mi equipaje hasta el coche. Cuando volví, Carlota dormía profundamente, revisé que todo estaba como ella quería y salí de aquí dejando la puerta abierta. Luego desaparecí. Ella no quería que me relacionasen con lo que había pasado, no quería causarme ningún problema.
  • Me gustaría que me dejase unos minutos sola. Por favor. Salga y deje la puerta y la ventana abiertas tal y como hizo entonces.

Terje me mira, quizás sorprendido, pero no dice nada. Se comporta como deseo que haga, entre él y yo no hay que hacer ninguna aclaración, todo es sencillo, fluido. No sé cómo lo consigue. Sus movimientos son delicados. Es el frío, pienso, la nieve que amortigua la brusquedad y el sonido, es su manto muelle que lentifica la vida.

A los pocos minutos, el frío es lo único que percibo. La inmovilidad acrecienta su percepción, lo siento en cada milímetro de mi cuerpo, cubierto en su totalidad por la ropa de abrigo. No puedo imaginar cómo sería morir congelada. Saber que mamá estaba dormida ha supuesto un alivio inmenso. Entre la ventana y la puerta se establece una corriente de aire que circula sobre la cama. Una sensación de humildad ontológica me invade. La misma que experimento día tras día allá abajo, en el otro lado del mundo frente al poder de una naturaleza que despreciamos. El hermano gemelo de mamá sintió cómo sus células se iban congelando una a una hasta quedar completamente helado, hasta morir una vez más. Tres veces había intentado asesinarlo sin conseguirlo. Pero esta vez fue la definitiva. Mamá era realmente ingeniosa. De alguna manera, había vencido el cáncer. Era como un gladiador victorioso, que muere sonriendo tras dar muerte a su rival.

Durante unos momentos siento la atracción de la nada; dejarse llevar, abandonarse a un cansancio infinito y no despertar nunca. ¿A quién le importa realmente que yo viva, ahora que mamá no está? Pienso en la indiferencia del mundo, sin mí. En mi insignificancia. ¿A quién le importará la muerte de mamá si yo muero?

Sin embargo, no lo aguanto más. El frío congestiona mi cabeza, hiere el interior de mis fosas nasales, cuyas paredes siento resecas. Me incorporo y salgo. Terje sigue en el coche y, al verme, viene hasta donde estoy y me abraza en silencio. Su cuerpo caliente aumenta de inmediato la temperatura del mío. Es una sensación reconfortante a la que no me abandono casi nunca. Carlota no es tan fuerte, necesita sentir que alguien la abraza, me dijo cuando le conocí.

  • Vámonos.

Cierra la cabaña, lo deja todo tal y como estaba, mientras yo, protegida en el interior de su vehículo, recupero el calor que he perdido. Me gustaría llevarme a Terje conmigo. Lo pienso un instante. Morir junto a él, como hizo mamá. Con su mano acogiendo la mía. Podría amarlo infinitamente, fundirme con él como el sudor de mi cuerpo se confunde con la humedad del aire en el trópico, y no saber nada del mundo. Ser una tortuga baula que sigue un patrón natural escrito en sus células desde hace miles y miles de años, y unirme a él indefinidamente, en una cópula muda. Pero no puede ser, mi alma está congelada y temo que su belleza la descongele.

El tráfico ha aumentado y circulamos a menor velocidad que a la ida. Terje vuelve a poner una música envolvente, pero distinta a la de esta mañana. Me mira y, como si supiera que voy a preguntarle de nuevo de quién se trata, me informa, casi deletrea:

– Roi Nu.

Afuera, el paisaje sigue tan ajeno a nosotros como le es propio.

– La conocí en el cementerio de la ciudad, delante del memorial de Edvard Munch. –Comienza suavemente a contarme, en uno de esos monólogos correctos y desapasionados a los que ya me tiene acostumbrada. Cierro los ojos y le escucho – . Vivo cerca de allí y suelo pasear a mi perro por el cementerio a la caída de la tarde. Es un sitio muy concurrido. Solemos atravesarlo cientos de personas cada día, camino del trabajo o de vuelta a casa. No es un lugar solemne, se lo aseguro, más bien un paseo cotidiano. Las meadas de los perros tiñen de amarillo la nieve que rodea las tumbas sin que ni los muertos ni los vivos se sientan ofendidos. Rufus es un Golden retriever, un cachorro juguetón. Cuando la vi por primera vez, Carlota introducía sus botas en la nieve en mitad de una explanada. Parecía encantada de hacerlo, absorta como una niña. Me imaginé el placer que podía sentir porque yo lo he experimentado muchas veces, ese crujir sordo de los cristales de hielo, la delicada resistencia de la capa de nieve bajo tus pies… Rufus se le acercó sin que pudiera impedirlo, y la olfateó, y ella, en lugar de asustarse, lo acarició de inmediato. Ça va, tu es mignon, le dijo en francés. Seguramente asoció la lengua extranjera que conoce con el hecho de estar en un país que no era el suyo. Sucede con frecuencia. Yo me disculpé también en francés, y seguimos caminando un trecho junto a Rufus.

Cuando llegamos a la verja de salida, Carlota se detuvo y me miró directamente a los ojos. Me dijo: Joven, ¿le apetecería tomar conmigo un café? Y le dije que sí. Eso fue todo. Me propuso que le acompañara a la cabaña, que estuviera con ella durante esos últimos quince días, y volví a aceptar.

Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. No sé, quizás alguien más ducho pueda adivinar por qué acepté lo que me proponía. Yo no. El caso es que lo hice, y que he llegado hasta aquí. Y, sobre todo, que no me arrepiento de nada.

  • ¿Le gustaba mi madre, Terje?
  • Sí. En cierto sentido sí.

Vuelvo la cabeza hacia la ventanilla, ruborizada. El aeropuerto está a unos cincuenta kilómetros de donde nos encontramos, Terje y yo no volvemos a hablar durante el resto del trayecto.

El vuelo ha salido a la hora prevista. He tenido tiempo de despedirme de Oslo, de dejar atrás sus bosques nevados, fantasmales, el enigmático paisaje del mar congelado de su fiordo. Cojo el bolso de entre mis pies, donde lo dejé obedientemente al sentarme, debajo del asiento del pasajero de delante, lo abro y saco mi móvil. El avión se desliza por la pista de despegue acelerando los motores. En esos momentos, mamá y yo solíamos darnos la mano hasta que el aparato se estabilizaba a cientos de metros sobre el suelo. En nuestro último viaje, cuando ya tenía veintidós años, volvimos a hacerlo, pero retiré la mía demasiado pronto, avergonzada de nuestra intimidad. Ahora, su cuerpo viaja en la bodega de este avión en un ataúd de metal sellado.

Me dirijo a un país que una semana antes no tenía pensado pisar hasta pasados un par de años, y en el que habré de permanecer contra mi voluntad durante algunas semanas porque todavía tengo importantes cosas que hacer en él. Entre ellas, llamar a papá y comunicarle la noticia.

Busco en la agenda de mi teléfono el número de mamá, selecciono el icono Más, reviso las opciones que me ofrece y, cuando el cursor colorea en azul Eliminar contacto, pulso decididamente el botón central.

Luego repito la operación con el número de Terje, mientras el estrépito de los motores anuncia el despegue.

El hermano gemelo Parte I