Marieta Alonso Más

Alonso Más, Marieta

Marieta Alonso Más. Nace en Cuba en 1949. Hija de dos culturas, vive en España desde 1971, donde se licenció en Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, en la especialidad de antropología americana. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías, como La Isla (2014), Revista Groenlandia (Córdoba, 2013), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), Revista el Humo (México, 2010), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Apenas unos minutos (Madrid, 2007) y Cartílagos de Tiburón (Madrid, 2005). Su primer libro ¿Habla usted cubano? lo publicó en abril de 2013. Entiende la escritura como una necesidad, por lo que desde hace algún tiempo lleva su propio blog.

Un gato con ínfulas

Mi gato se llama Pelusa y aunque en casa somos muy humildes, el felino, observa mi mamá, que nos ha salido pijo. Yo no sé qué quiere expresar con eso pero por el tono en que lo dice debe ser algo muy feo.

No le gustan las sardinas, ni los tejados, ni los ratones y se pasa el día en el patio recostado sobre su lomo con una pata en la cabeza, tomando el sol.

Nosotros en casa somos obreros, eso lo proclama mi papá y no podemos comprarle a mi gato el distintivo que pretende, con su nombre grabado, ni el mejor pienso, ni que el arenero, como tan fino le llama, sea de plata.

Pelusa duerme a los pies de mi cama y allí me senté para dialogar con él. No debía pedir cosas de plata, intenté convencerle y me contestó con un maullido que él no quería que fuera de plata sino de oro, si es que no nos enterábamos, el latón le daba alergia, necesitaba que fuera de un metal precioso para el bien de su salud y de su futuro porque la gata que tenía en mente vivía en una urbanización de lujo y la primera impresión era muy importante para conquistarla. Él no estaba para sufrir vicisitudes y mucho menos vivir en la miseria, me dijo mientras se lamía una pata.

Tras ese largo discurso me persuadió por completo, pero mi papá ha dado un ultimátum y ha dicho que si Pelusa no se dedica a su oficio, que es el de cazar ratones, nos tendremos que librar de él. Yo estoy en un sin vivir porque mi padre dice que de esta noche no pasa. Si no trabaja le va a poner veneno en la comida, no quiero ni pensarlo, por eso me he sentado en un rincón a llorar.

Pelusa se ha echado en mi regazo y le he explicado muy despacio que si mis padres le daban todo lo que pedía, él se marcharía con la gatita rica y yo le perdería para siempre; por otro lado, si él no aceptaba cazar ratones, mi padre se desharía de él, así que de cualquiera de las dos formas yo no podría tenerle a mi lado. Y él era lo más importante que tenía.

Mi gatico se puso en actitud pensante. De pronto, saltó por la ventana y cuando yo me asomé ya no le vi. Pensé que me había abandonado para siempre y sentí tal dolor que grité, pataleé, dije a mis padres que eran malos y que no les quería. Mi mamá me acarició la cabeza, me dio un beso, me sonó las narices pero como yo seguía gritando, me dio unos azotes en el culo y me mandó hacer los deberes.

Pelusa estuvo todo un mes fuera de casa y cuando regresó lo hizo con una bolsa pequeña de cuero llena de monedas y se la entregó a mi padre. Le dio la espalda de una forma muy digna y se abalanzó a mi cuello con sus dos patas delanteras al tiempo que ponía a descansar su cabeza en mi hombro. Yo le apretaba muy fuerte y reía. Mi padre le exigió explicaciones pero no se las quiso dar. Mi papá y mi mamá abrieron la bolsa y allí encontraron el sueldo de un mes. Tanto dinero hizo dudar a mis padres pero al fin como la taleguilla traía el nombre de una fábrica de harinas mi padre se dirigió allí para devolver lo que no era suyo.

Mientras tanto, Pelusa me explicó que había roto relaciones con la gatita de lujo y que había tomado ciertas decisiones muy importantes en su vida porque yo era el único acreedor de su cariño. Lo que dejó bien claro es que continuaría siempre con sus convicciones de no ser un esclavo de nadie y que lo mejor que podría hacer mi madre era hablar con mi padre para que le diera un puesto de relevancia en nuestra casa. Y dicho esto se atusó el bigote.

Cuando mi padre regresó traía de vuelta el dinero porque el dueño de la fábrica de harinas le había dicho que eso era el pago por los trabajos que Pelusa había realizado. No cazó a los ratones que pululaban por el almacén pero subido en un saco les endilgó una charla de maullidos tan convincente que los ratones asustados se habían ido a otra parte y no habían regresado desde entonces. Luego recostado en el mejor sillón de su oficina, había ido dando órdenes con la pata derecha al chico de los recados y el dueño asombrado no daba crédito cuando vio su fábrica tan ordenada como nunca lo había estado. Y en reciprocidad a tanta organización puso en nómina a Pelusa.

Mi padre miraba a Pelusa con respeto y mi madre tomó en brazos a mi orgulloso gato y acariciándole el lomo le decía:

-¡Qué equivocada estaba! ¡Tú no eres un pijo! ¡Tú sirves para adalid! ¡Convences sin esforzarte!

Y desde entonces, gracias a mi gato, la miseria salió corriendo por la puerta de nuestra casa y no la hemos vuelto a ver.

 

Lucas, el vampiro

-Yo, Jaime, duque de Águilas y de Frutos puedo jurar y juro lealtad al Rey de la Selva y defenderé su vida con mi espada. Nadie podrá sellar mi boca ni amordazar mi lengua cuando tenga que enfrentarme al mundo en aras de esta especie animal.

Un gran rugido tronó entre la muchedumbre.

Y Jaime se despertó sobresaltado, su corazón iba corre que te corre, hasta que comprendió que estaba a salvo en su habitación. No por mucho tiempo porque sobre su almohada estaba el murciélago vampiro que le seguía a todas partes y que aún no había podido quitárselo de encima a pesar de tener en su alforja, una rosa con espinas, un diente de ajo y agua con azufre. Ni con todo esto se iba de su lado porque según decía a un amigo no se le abandona nunca.

Hacía quince días que en una noche de niebla se apoyó en el alféizar de su ventana tiritando y pidiéndole a Jaime que le dejase entrar. Éste sintió remordimientos porque él estaba tan calentito en su cama y aquél hombre flaco, pálido, con uñas largas, los dientes caninos luengos y puntiagudos y con un aguijón en la punta de la lengua estaba temblando de frío. En su casa, en el colegio, siempre estaban con eso de que hay que compartir y un poco renuente por lo feo que era le abrió la ventana.

Por educación le preguntó su nombre y le contestó que era un vampiro con la virtud de transformarse en murciélago, o en lo que se le ocurriese.

-¿Entonces no tienes un nombre propio?

– No. Soy un vampiro.

– ¿Podría ponerte un nombre?

-Bueno, no creo que eso me haga daño.

-Entonces serás Lucas, el murciélago.

Dicho y hecho. Aquel hombre tan feo se convirtió en un murciélago vampiro. El único mamífero volador que duerme durante el día en total oscuridad suspendido cabeza abajo desde los techos. Jaime pensó que tener una mascota tan exótica le daría un gran prestigio entre los compañeros de colegio, así que le ofreció unas galletas de chocolate y cola-cao pero el murciélago despreció su ofrenda. Él era un chupa sangre.

Jaime reculó cuando le oyó. Y él sonriendo le dijo:

-A ti jamás te haré daño. No me comprometo a decir lo mismo con el resto de los humanos.

Al día siguiente Jaime escondió al murciélago en su mochila. Ya en el colegio a cada amigo le contó su secreto y a la hora del recreo se fueron a una esquina del patio, la zona más oscura que pudieron encontrar para enseñar su trofeo, pero cada vez que un amigo abría un poco la mochila el murciélago introducía su aguijón. Lo que se dice doler no les dolía el pinchazo pero a todos les quedó un agujerito en el brazo. Del susto salieron corriendo. Este fue el motivo que desde ese momento ningún compañero quiso estar al lado de Jaime.

Ya estaba harto de su nueva mascota. Llevaba dos días sufriendo “la guerra fría” de sus compañeros que ni por asomo se acercaban a él. Cuando la maestra quiso averiguar qué sucedía, por qué Jaime estaba solo en su pupitre sin nadie alrededor, él le contó lo sucedido. Ella pensó que eran imaginaciones de Jaime abrió, la mochila y recibió el aguijonazo. Se quedó un minuto pensando qué se podía hacer y enseguida sonriendo dijo que la siguieran. Todos se fueron a la capilla del colegio y ella tomando agua bendita roció toda la mochila, luego cada niño puso su gota de agua hasta que ésta quedó empapada. Con gran precaución abrieron la mochila y cuál no sería la sorpresa de todos cuando en vez del murciélago asomó la cabeza un cachorro de perro precioso que lo primero que hizo fue lamerle las manos a Jaime y darle un mordisco a la profesora.

-Lucas ¿por qué eres tan malo?

-Es mi condición. Pero si me prometes no convertirme en lagarto me portaré lo mejor posible. Yo, a cambio, te prometo que jamás te abandonaré.