Alejandro Chanes Cardiel

Chanes Cardiel, Alejandro

Nací en Segovia y vivo en Madrid. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Diplomado en Sociología por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Redactor responsable de la Sección de Ciencias Económicas en la “Enciclopedia de la Cultura Española”, colaborando, asimismo, en la confección de diversos artículos para la misma. Desde hace años, asisto a los Talleres de Escritura de Clara Obligado. Mis cuentos han sido publicados en distintas Antologías: Historias para viajes cortos (Madrid, 2003); Un lugar para vivir (Madrid, 2005); Apenas unos minutos (Madrid, 2007); Jonás y Las palabras difíciles (Madrid, 2010); Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011); Futuro imperfecto (Madrid, 2012); Y usted de qué se ríe (Madrid, 2013); La isla (Madrid, 2014); Olas (Madrid, 2016). Para mí, el escribir es adentrarme en otros mundos.

AL SONAR LAS HORAS

En la torre de la cercana iglesia, el reloj hace sonar la hora. El hombre sentado en un banco del parque, vuelve de su ensoñación. Es joven y echa la mirada a su alrededor donde los niños juegan entre gritos, una pareja de ancianos charla a la sombra de un álamo y hombres y mujeres pasean sin prisa. El sonido del reloj lleva su memoria a un tiempo muy cercano y que a él le parece ya lejos.

Es profesor de historia; a diario se dirige al Instituto, y justo cuando el carillón del Ayuntamiento da las nueve, cruza el puente sobre el río. En el transcurso de los días, ha observado que, de manera invariable, a esa misma hora, una chica muy joven hace el mismo camino. Al principio se miraban para, más adelante, intercambiar sonrisas y después palabras triviales sobre el tiempo o el trabajo. La chica le dice que va a clase de diseño en una escuela pública. Transcurren los días y poco a poco, las conversaciones se hacen más largas y se establece una afinidad entre ellos.

Una mañana, el hombre se propone avanzar en la relación. Cuando vuelve a sonar la hora, llega al puente y ve que, puntual, por el otro extremo, aparece la joven pero esta vez, del brazo de un chico más o menos de su edad. Él se detiene y deja que pase la pareja al otro lado. Los ve marchar mientras siente cómo los celos le atenazan. Al otro día, al sonar la hora, aparece la chica sola, mira a uno y otro lado pero él no acude, ella sigue su camino y por otra ruta el hombre se dirige al Instituto.

En la torre de la iglesia otra vez vuelve a sonar el carillón. Alrededor del banco la vida sigue su curso, los niños juegan, la gente pasea y los enamorados se abrazan. Él sigue preguntándose: ¿Qué habrá sido de la chica? y ¿quién sería su acompañante? Sin respuesta ya va a levantarse, cuando siente una mano en su hombro y oye su voz: ¿Me esperabas?

UN DIA DE PRIMAVERA

Ya se han disipado las últimas nieblas de un invierno prologado en exceso. El sol, al incidir en la nieve asentada en las cimas de las montañas, forma regatos que descienden, unas veces mansos y otras tumultuosos, hasta las tierras llanas. Es el renacer de la naturaleza.

Una mujer, con una sombrilla en su mano y a la que hace girar de vez en cuando, avanza lenta hundiendo sus pies en la hierba, aún húmeda por el rocío. La mañana es radiante bajo un cielo azul, con algunas pinceladas de nubes blancas. Tiene el semblante alegre, a tono con aquella explosión de paz y belleza que la rodea. De vez en cuando se agacha, arranca una flor y aspira su aroma.

Sigue su marcha hasta llegar al lindero del bosque. Se detiene y cierra la sombrilla. La luz solar penetra entre las ramas de los árboles, creando dibujos en el suelo. Poco a poco se interna en la espesura y balancea la sombrilla con la que, a veces, golpea los matorrales a su paso.

El silencio la envuelve pero hay un momento en el que, al detenerse para cortar la rama de un laurel, oye unas pisadas sobre la tierra seca. Con voz potente se dirige al invisible andador. Nadie le responde e, intranquila, reinicia la marcha y se esconde tras un seto. Oye cómo el tenue chasquido sigue avanzando. Inquieta, mira a uno y otro lado hasta que, al volver la cabeza, ve la figura siniestra de un hombre con barba de varios días, ojos de mirada oscura y lasciva, y sonrisa de ironía malévola. La mujer da un grito y trata de huir pero aquella temible visión la persigue y al llegar a un calvero, la alcanza y la derriba. Ella vuelve a gritar pidiendo ayuda pero solo la escucha la soledad que les rodea. El hombre trata de echarse sobre ella y al acercar su cabeza, la mujer llena de miedo, percibe con repugnancia su aliento a vino y a sudor. Tras un forcejeo hay un momento en el que la mujer le arroja hacia atrás, entonces empuña la sombrilla y cuando él vuelve de nuevo, ella con un impulso la clava en su ojo derecho, con tal fuerza que penetra hasta el cerebro a la vez que, de la boca, sale un tremendo alarido que asusta a una bandada de estorninos que salen volando. El hombre queda inerte con el asombro en su otro ojo abierto.

La mujer se levanta, sacude las hierbas de su vestido, arranca la sombrilla de aquel ojo hueco y lava la contera en un arroyo próximo. Después se arregla el pelo y, despacio, sale de la espesura. Entorna los párpados, ante la luminosidad de la mañana, abre la sombrilla y, con la frente altiva y dureza en la mirada, inicia el camino de vuelta. En el bosque, la sombra de un roble cubre el cuerpo que yace a su pie.