Antonio de Herrera y Tordesillas

De Herrera y Tordesillas, Antonio

Antonio de Herrera y Tordesillas (Cuéllar, 1549 – Madrid, 28 de marzo de 1626), cronista, historiador y escritor del Siglo de Oro español, autor de la Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano que llaman Indias Occidentales, conocida como Décadas y considerada una de las mejores obras escritas sobre la conquista de América.

Fue Cronista Mayor de Castilla durante los reinados de Felipe II y Felipe III, y también de Indias. Cristóbal Pérez Pastor le atribuyó el sobrenombre de “Príncipe de los historiadores de Indias”.1 Está considerado el historiador más dilatado de su época, y su obra está compuesta también por una Historia General del Mundo, una de Portugal y una Descripción de Indias. También destaca en su obra la traducción de diferentes obras del italiano o el latín al castellano, e incluso se atrevió a traducir su obra “Descripción de las Indias Occidentales” al holandés.

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CAPITULO VIII

De la navegación de los navíos que envió el Marqués del Valle a descubrir por la costa de Poniente (1540)

El Marqués del Valle, don Hernando Cortés, viendo que el Visorrey don Antonio de Mendoza en ninguna manera quería dexar la conquista de aquellas grandes provincias que el Padre Fray Marcos de Niza decía que había descubierto, con promesas de grandes tesoros en aquella parte que llamó de San Francisco, cuando tomó posesión por esta Corona sobre aquella gran ciudad de Cíbola (que nunca pareció), hallándose con muchos navíos en orden; fundado en su derecho de Capitán General de Nueva España y en el asiento que tenía hecho con el Rey para descubrir por aquella mar de Nueva España al Poniente, determinó de despachar tres navíos, y por Capitán de ellos a Francisco de Ulloa, natural de Mérida, y con esto se vino a Castilla. Eran los tres navíos, “Santa Águeda”, “Santo Tomás” y “La Trinidad”, de porte de doscientas toneladas abaxo, los cuales salieron a veinte y ocho de julio del año pasado de mil quinientos y treinta y nueve del puerto de Acapulco, siendo la nao “Santa Águeda” la capitana; y porque les sucedió tan gran fortuna que la capitana rompió el árbol, -convino entrar en el puerto de Colima, y adobado en veinte y siete días ¬que allí estuvieron, salieron a veinte y tres de agosto, y a los veinte y ocho se levantó una borrasca, con que corrieron hasta Guayaval, en la costa de Culiacán. Y habiendo perdido la nao “Santo Tomás”, que nunca más la vieron, tomaron el puerto de Santa Cruz, de donde salieron los otros dos navíos a los¬ doce de septiembre, y continuaron su navegación, y corriendo por la costa, desde el río de San Pedro y San Pablo, descubrían muchos ríos y lagunas y tierra apacible, hasta llegar a ponerse en veinte y nueve gra¬dos y tres cuartas, adonde llamaron Cabo Roxo.

Y navegando por tramontana, entraron en un buen puerto, adonde hallaron redes de pescar y cabañas de pescadores con mucho pescado y vieron algunos indios, y tomaron posesión por la Corona de Castilla. Y caminando adelante, llegaron a un cabo que llamaron de las Llagas; pasado este cabo, hallaron la mar blanca como cal, cosa que los puso grande admiración, y más adelante hallaron la mar turbia y negra, empantanada, y por esto, hallando cinco brazas de fondo, se acercaron a tierra, y allí dieron fondo, y la noche oían correr la mar la vuelta de tierra con grandísimo ímpetu, y de la misma manera volver el refluxo, que notaron ser de seis en seis horas, y desde las gavias descubrieron toda la tierra arenosa y muchas islas; y pasando adelante con vientos escasos y algunas calmas, descubrían la tierra con sierras altas peladas; y de noche algunos fuegos. Más adelante vieron que se hacía un grande puerto, con una isla dentro de la mar a tiro de ballesta, y allí se descubrieron muchos ríos que entraban en el puerto. Mandó el Capitán que se echase un batel con doce hombres, y llegados a tierra firme reconocieron los ríos, que baxaban de las quebradas de las sierras, y que en la isla había multitud de lobos marinos, de los cuales mataron algunos para comer, y por el buen tiempo que había salió el Capitán en tierra y halló doce indios que pescaban en una balsa. Y aunque huyeron, se tomó uno, que no se pudo entender, desnudo; y porque lloraba mucho, el Capitán le dió un bonete y anzuelos y le dexó ir. Pasados algunos días de navegación, hallando unas veces la costa alta, otras baxa y seca, y por haber visto de noche algunos fuegos, salieron las dos barcas en tierra y hallaron en unas cabañas dos indios de grande estatura, los cuales huyeron con tanta ligereza, que no les pudieron alcanzar, y en un puerto allí junto surgieron, al cual llamaron de San Andrés, y tomaron posesión por el Marqués del Valle en nombre de la Corona de Castilla.

Del puerto de San Andrés tomaron su caminó entre la tierra firme y una isla a una y a dos leguas de tierra, que juzgaron tendría de circuito ciento y ochenta leguas; tres días fueron navegando con vientos escasos, pareciendo la tierra firme apacible y vistosa y veían en ella algunas señales de fuegos, y aquí refrescó el viento, de manera que fue menester quitar la boneta a la vela mayor. Domingo, doce de octubre; se hallaron cerca de tierra firme, que era más fresca y más verde que la de atrás, y de noche descubrían algunas poblaciones; y al amanecer vieron que iba bogando una canoa de cañas la vuelta del navío; y aunque los indios hablaron, no fueron entendidos, y con esto se volvió la canoa. Volvieron luego a salir de tierra otras cinco canoas, y llegaron a tiro de mano de la nao y hablaron, y aunque se les hizo señas que se acercasen, no quisieron, y al punto que daban la vuelta; fue tras ellos la barca de la capitana remando con gallardía, y alcanzó una canoa y la embistió. El indio se echó al agua y los castellanos sobre él, y cuando pensaban tomarle, se zambullía, y aunque usaron de mucha diligencia, fue imposible, porque al punto que con los remos y palos le tenían casi preso, cuando echaban la mano se hundía, metía debaxo de la barca, y de esta manera se salvó.

CAPITULO IX

Que los navíos del Marqués del Valle continúan su descubrimiento (1540)

Habiendo navegado pocos días, unas veces con vientos escasos- y otras con viento largo, a vista de la misma tierra descubrieron otra más agradable, adonde salían a la mar algunos ríos. Salió el Capitán a tierra con seis hombres y vieron huellas de gente y muchos árboles de fruta, y a diez y seis de octubre se hallaron cerca de una punta de sierras, altas, y este día caminaron poco, pero después refrescó el viento y pasaron adelante, y llegaron al puerto de Santa Cruz, adonde entraron a diez y ocho de octubre, y allí estuvieron ocho días tomando agua y leña y descansando. Salieron doce soldados en tierra: y se emboscaron en el pozo de Grijalva, y allí aguardaron a ver si parecía algún indio; y, volviéndose, descubrieron dos que estaban escondidos en un cañaveral, debía de ser espiando, pero eran tan ligeros que no los pudieron tomar.

A los veinte y nueve del dicho quisieron salir del puerto de Santa Cruz, y en la canal, por ser el viento escaso, dió en seco la nao “Trinidad”, y con trabajo la sacaron, y encaminándóse a la mar con vientos contrarios, lluvias y relámpagos con gran oscuridad, no pudieron salir en ocho días, estando en muy gran peligro por estar cerca de tierra. En este grandísimo trabajo vieron sobre la nao “Trinidad” una candela que relucía mucho, y los marineros dixeron que era la luz de San Telmo, a la cual dixeron sus cantares y oraciones. A los siete de noviembre quiso Dios que abonase el tiempo, y caminaron al luengo de la costa, descubriendo tierra muy deleitosa, con hermosas llanuras y algunos bosques, y de noche descubrían humos, de manera que parecía tierra poblada; y a los diez de noviembre, continuando siempre la hermosura de- la tierra, se hallaron a cincuenta y cuatro leguas de la California, pareciéndoles siempre que aquella tierra era muy poblada; y toda esta costa es muy profunda, porque en cincuenta y cuatro brazas no hallaban fondo, y mostraba ser costa brava y que había gran refluxo, como se veía en el arena.

Desde los once de noviembre hasta los quince no navegaron más de diez leguas, por los vientos contrarios; aquí se apartó la nao “Trinidad”, que en días tres no la vieron, y volviendo a buscarla la descubrieron que iba la vuelta de la capitana, y dixeron que una gran corriente los había apartado de ella. A diez y seis de noviembre, por los Nortes no pudieron navegar, y la tierra era de sabanas. con mucha verdura, y de noche pocos fuegos descubrieron, y un indio en una canoa los estuvo mirando, pero nunca se acercó a los navíos; y mirando la carta hallaron que podían estar setenta leguas del puerto de Santa Cruz, y no habiendo podido navegar hasta los veinte y seis, que refrescó el Norte y fué causa que otra vez se desapareciese la nao “Trinidad”, pero el siguiente día la vieron surta a dos leguas, y habiéndose juntado con mucha alegría, no cesaron los Nortes; padecían grandísimo frío.

Llegaron a una punta para tomar agua, pero refrescando el Norte, convino salir a la mar, y se entretuvieron hasta los veinte y nueve, temporizando de manera que ya pudieron tomar el reparo de unas sierras media legua de tierra, adonde salió el Piloto Mayor Juan Castellón con seis hombres, y halló cuatro indios, grandes de cuerpo, que huyeron como ciervos, y a los dos de diciembre se tomó agua, y anduvo el Capitán algo por la tierra y le pareció montuosa, pedregosa y con muchas cuevas. Y siendo ya las dos horas después de mediodía, dieron sobre los cristianos dos escuadras de indios, tan secreta y calladamente que las centinelas ni los sintieron ni los vieron, comenzaron a pelear con flechas, piedras y lanzas con grandísima rabia. Hirieron al Capitán, a Haro, soldado valeroso, y a Gabriel Marqués, y mientras se peleaba de esta manera (haciendo cosas maravillosas tres perros bravos que llevaban los marineros) cargaban el agua, y porque los indios, bailando y gritando, se habían cargado de piedras y armado sus arcos, iban la vuelta de los castellanos, Francisco Preciado dixo que aquellos indios se ensoberbecían, viendo que no los acometían y que sería bien hacerlo. El Capitán le díó licencia, y diciendo: “Santiago, y a ellos”, con su espada y rodela los acometió, siguiéndole Terrazas, Haro, Espinosa y Montaño con una ballesta, y después el Capitán, aunque coxo de su herida, con otro compañero, un negro y los perros, los acometió y ellos se fueron¬ a la otra escuadra de los indios y se estuvieran quedos, haciendo fuego por el gran frío.

 

CAPITULO X

Que prosigue la navegación de Francisco de Ulloa al Poniente, con los navíos del Marqués del Valle (1540)

Queriendo anochecer, los indios, tomando cada uno un tizón encendido en la mano, se fueron, y los castellanos se volvieron a sus navíos, y otro día acabaron de hacer el agua, y el piloto mayor fué a reconocer la boca de una gran laguna que parecía de treinta leguas, y la boca era de una legua, y hallaron de tres hasta diez brazas de buen fondo; y descubriendo unas cabañas; el piloto mayor las quiso reconocer, pero salieron a él tantos indios, que convino que se retirase y embarcase. Pasaron navegando con razonable viento y a diez leguas hallaron el puerto de San Abad, que era muy bueno y de buena tierra, y hasta los nueve de diciembre fueron descubriendo tierra graciosa y apacible de verduras, cerros vistosos y llanos con ríos, que entraban en 1a mar; y demás de esto, las mañanas había en la nao grandísima escarcha, y a los diez se levantó tan gran tormenta, estando surtos, que las dos natos rompieron las velas y perdieron dos áncoras y hubieron de ir al puerto de San Abad y cesando el viento acordaron de tomar agua y acudieron más de doscientos indios empenachados, con arcos y flechas, por lo cual no pudieron tomarla aquella tarde. Otro día madrugaron mucho, y teniendo casi llenas las botas, acudieron algunos indios, que por señas rescataban rosarios que los castellanos les daban por plumajes y conchas de la mar, y con esto se entretuvieron hasta que hecha el aguada se embarcaron todos. Y porque los indios pedían rescates, y no se curaban de ellos, gritaban y volvían las nalgas con menosprecio, y tiraron muchas flechas a los marineros, que iban a levantar las áncoras, por lo cual se les mandó encarar dos mosquetes y por el ruido y por haber muerto a uno, los demás se fueron huyendo, habiéndose notado que estos indios no entendieron al intérprete que los castellanos llevaban, natural de la isla de California.

A los diez y siete de diciembre; tomada el agua, se acercaron a la punta de la Trinidad, por ser contrarios los vientos, y habiéndose holgado allí tres días comenzaron a navegar, y jueves, día de Navidad, les acudió un viento fresco, casi en popa, y hasta los veinte y siete era la costa llana y apacible, con sierras la tierra adentro. Navegaron hasta el día de año nuevo de este de mil quinientos y cuarenta, cuarenta leguas¬ por cerros y revueltas y sierras altas, algunas peladas y otras no; y caminando hasta los cinco de enero, hallaron la tierra alta y aquí tuvieron muy gran frío y les pareció que el invierno en aquella región era natural, como en Castilla, y aquí se hallaron en altura de treinta grados. A los trece de enero salieron a tierra muy áspera y pedregosa, para tomar agua; hallaron pisadas de hombres, espantados que anduviese gente por tan mala tierra; siguiendo su camino hasta los diez y ocho, descubrieron mejor tierra y muchas canoas de indios, que se paraban a mirar los navíos, como espantados, y luego les sobrevino un Norte que hizo apartar la nao “Trinidad”, pero a la tarde la vieron, y a los veinte acabaron de costear la Isla de los Cedros, y con razonable viento caminaban, y por la necesidad de agua, se hubieron de acercar a su tierra, y, echados los bateles, salieron. Acudieron algunos indios tirando piedras para defender el salir a tierra; y aunque Francisco Preciado quisiera matar a uno, diciendo que con esto huirían .todos y podrían tomar el agua, no quiso el Capitán, pero como habían hecho hondas para tirarlos, huyeron y soltaron los perros, que asieron a dos y los prendieron, y el Capitán los soltó y los díó zarcillos y rosarios, y aquí se halló en una cueva un indio tan viejo que casi tocaba la barba con las rodillas y allí se le dexaron. Tomada el agua, apenas estuvieron embarcados, que se levantó un Norte que los volvió a la isla de los Cedros, y allí estuvieron muchos días, hasta los ocho de febrero, que no pudieron salir por serles aquel viento muy contrarío y muy frío, y aunque hicieron toda la fuerza posible por no volver atrás, vista la grande fuerza de los vientos, no se pudo excusar, y por consejo de los pilotos se hubo de tornar a la isla de las Cedros adonde cuatro o cinco veces habían vuelto por los vientos contrarios.

En esta isla de los Cedros hallaban buena agua y leña y algún pescado y el reparo con que se consolaban, Y a los veinte y dos de febrero, salieron a caza, y tomaron un venado y algunos conejos y a los veinte y tres redorzó el tiempo y los trabajó mucho hasta los veinte y cuatro; de manera que pensaron perderse, por lo cual, los pilotos quitaron la jarcia. y entendieron en deshacer la cámara de popa, y echar abaxo los árboles, para estar más seguros; y a los diez de marzo, estando de esta manera surtos en la misma isla, a media noche sobrevino tan gran ímpetu de viento Norte, que rompieron las gumenas, y si no fuera por la diligencia de los pilotos en dar las velas del trinquete y la mesana, se perdieran. Cobraron con grandísimo trabajo las áncoras, y quiso Dios que mejoró el tiempo, y deseosos de salir de aquel puerto comenzaron a navegar con vientos escasos y muy temerosos de los contrarios; y apenas se apartaron de la isla, que comenzó poco a poco a crecer el viento contrario y convino quitar las bonetas de las velas y amainarlas todas, y, finalmente, se hubieron de volver a donde habían salido. Estando allí sin remedio de pasar adelante y con mucha necesidad de cosas que ya faltaban en las naos para navegar, y de esta manera estuvieron hasta los veinte  y cuatro de marzo, en cuyo día se comenzó a tratar, que pues las naos estaban tan maltratadas, que no se podía pasar adelante, y faltas de todas cosas, sería bien volver a Nueva España. Francisco de Ulloa no quiso dar oídos a este parecer, por lo cual se acordó que pues la nao “Santa Águeda” en ninguna manera podía ir adelante, que se aderezase muy bien “La Trinidad”, y que con ella el Capitán siguiese la navegación, y la otra, con los que pareciese, se volviese a Nueva España. Esto acordado, hallando un lugar muy aparejado para ello, en cinco días se aderezó muy bien la nao, y con muchas lágrimas se despidieron los unos de los otros, y la nao “Santa Águeda”, llevando el batel por popa, llegó a trescientas leguas del puerto de Colima, y después, con viento próspero, cerca del puerto de Santa Cruz, adonde parecieron infinitas ballenas, que los dieron cuidado; pero siendo el viento fresco no podían hacer mal a la nao. Llegó esta nao a Nueva España a salvamento, y Francisco de Ulloa pasó adelante, y nunca más se supo de él.

 

CAPÍTULO XI

De la entrada que hizo desde Culiacán adelante, hasta Cibola y Quivira, Francisco Vázquez de Coronado (1540)

Determinado don Antonio de Mendoza de saber la tierra que se hallaba de la otra parte de Culiacán, habiendo despachado al Padre Fr. Marcos de Niza para el descubrimiento que queda referido, quiso que con un mediano exército, por tierra, entrase descubriéndola Francisco Vázquez de Cornado, Gobernador de la Nueva Galicia, y que poblase adonde conviniese, y también por mar envió navíos que hiciesen lo mismo, todo a su costa, en que gastó más de sesenta mil ducados. Y como esta jornada era del Vísorrey, muchos caballeros y personas principales quisieron hallarse en ella, y tanto más se animaron, cuanto la relación del Padre Fray Marcos daba esperanzas de grandes bienes. Teniendo, pues, Francisco Vázquez de Cornado ciento y cincuenta soldados de a caballo, que muchos los llevaban doblados, y doscientos infantes, bien armados, con bastante munición y algunas piezas de artillería, con gran provisión de puercos y carneros y otra vitualla, salió de Culiacán a donde se había juntado el exército, por el mes de mayo del año pasado de mil quinientos treinta y nueve, y a cuatro jornadas halló el río de Petatlán y a los indios de paz. Desde allí pasaron al río de Cinaloa, otras tres jornadas; adonde mandó el General que diez caballos doblasen las jornadas a la ligera, hasta llegar al arroyo de los Cedros, y que entrasen por un abra, que las sierras hacían a mano derecha del camino, y viesen lo que por ellas y detrás de ellas había y que aguardaría en el arroyo de los Cedros. Yendo caminando estos diez caballos, no hallaron cosa de consideración, sino indios pobres, hasta el arroyo de los corazones, nombre que le pusieron Orantes y Cabeza de Vaca, por un presente que allí los hicieron los indios de corazones de animales.

En esta tierra tienen los indios maíz, frisoles y calabazas para su mantenimiento. Desde aquí pasaron al valle de Sonora, que es de la misma tierra y población; los indios de este valle al principio estuvieron de paz y después apellidaron gente de la comarca, y con la yerba ponzoñosa que usan mataron algunos cristianos. Vueltos los diez caballos con la relación de lo que hallaron, comenzó a caminar el campo algunas jornadas, pasando despoblados hasta un arroyo dicho Nexpa; caminóse dos jornadas por este arroyo abaxo y dexándole a mano derecha al pie de una cordillera dos días de camino, pasada la cordillera, fueron a otro arroyo hondo y cañada y hallaron agua y yerba para los caballos y en tres jornadas fueron al río de San Juan, al cual dieron este nombre por haber llegado a él este día. En otros dos días llegaron al río de la Balsas, y porque fué necesario hacerlas para pasarlas, le llamaron así; en otro día fueron a un arroyo dicho del Pinar, llevando tanta necesidad de comida, que los hombres se mantenían con yerbas; y por haber comido algunas no conocidas, murieron Espinosa y otros soldados. En dos días de camino fueron a otro arroyo que llamaron Bermejo, con la misma derrota que llevaban, que era menos que al Nordeste, y aquí se vieron dos indios que, según apreció después, eran de la primera población de Cíbola, adonde mataron a Estebanico de Orantes y, en esta provincia, se vieron cinco pueblos de a doscientos vecinos, con casas de azoteas y piedra y lodo. Es tierra fría, y como lo mostraban sus casas s, y las estufas que tenían, pareció tener abundancia de comida, de maíz, fríxoles y calabazas. Están estos pueblos en circuito de seis leguas; la tierra es algo arenisca y no muy solada de yerba; los monntes son de sabinas; visten los indios cueros de venados, muy bien adobados, y de vaca también, y con ellos se cubren a manera de bernias, y también tienen mantas de algodón, y las mujeres las traen puestas por el hombro, a manera de gitanas, y ceñidas una vuelta sobre otra. Estando Cíbola el rostro al Nordeste, un poco menos, a cinco jornadas está una provincia que llaman Tucayán, que tiene siete pueblos de azoteas, más abundantes que estos otros, y visten de la misma manera. y estas debieron de ser las siete ciudades que entendió Fray Marcos de Niza. Todas las aguas que se hallaron hasta Cibola, corrían a la mar del Sur, y dende adelante a la mar del Norte.

Algunas jornadas se anduvieron por esta tierra, y en el camino hallaron un pueblo en un fuerte sitio de tierra, y peñatajada y todos estos indios recibieron bien a los castellanos, sí no fueron los de el primero pueblo de Cibola. Llegados al río de Huex hay por él, en distancia de veinte leguas, quince pueblos de casas de azoteas de piedra y tierra, a manera de tapias, y en otros arroyos, que se juntan con él, hay otros pueblos muy de ver para lugares de indios con casas de dos altos, con frixoles, maíz y calabazas, y el vestido como los otros y ciertos pellones de pluma, que tuercen y texen y hacen buenas mantas para abrigarse y tienen: sus estufas debaxo de tierra muy abrigadas, aunque no polidas, y cogen algún poco de algodón; y este río va del Norueste corriendo como al Sudeste, de lo cual se conoce que entra en la mar del Norte. Otras cuatro jornadas anduvieron al Nordeste, y en otras tres jornadas fueron al río de Cicuique y a otras cinco jornadas comenzaron a entrar por los llanos adonde andan las vacas, y habiendo en tres jornadas hallaron infinidad de toros, se hallaron entre innumerable cantidad de vacas, toros y becerros. Aquí vieron indios que hacen, sus chozas armadas con palos atados arriba, y apartados abaxo, cubiertas de cueros de las vacas, que son su vida, porque de ellas comen, visten y calzan, y tienen grandes perros, en los cuales, cuando se mudan, cargan su menaje.

Anduvo el campo ocho o diez días en aquellas aguas que hay entre las vacas, y la guía, que había dado nuevas de grandes riquezas, no se sabe si por malicia suya o ajena, llevó a los castellanos a estas campañas fuera de la derrota que habían de tener, porque gastasen la comida y pereciesen ellos y sus caballos. Quiso Dios que otro indio de la misma tierra, que iba en: el campo, dixo que le cortasen la cabeza si aquél era el camino, y habiendo caminado veinte días esta derrota, dieron en otra ranchería de indios que vivían como los demás, y hallaron un indio ciego y viejo, barbado, y por señas dió a entender que había visto otros cuatro cristianos, que se presurnió que eran Orantes y sus compañeros. Francisco Vázquez de Coronado, viéndose en esta confusión, juntó a los capitanes y personas de quien solía tomar consejo y se acordó que el exércíto volviese, adonde había salido y que treinta de a caballo fuesen en demanda de aquella rica tierra que el indio había dicho, que fue causa de tantas jornadas, como se anduvieron en balde; pero el indio que advirtió del yerro del camino ofreció de guiar muy bien, pidiendo en premio de ello que le dexasen en su tierra y que el otro indio no fuese con él, porque le reñía y le iba en todo a la mano; y estos dos indios se habían hallado en Cíbola.

De los treinta caballos quiso ser uno Juan [Francisco] Vázquez de Cornado, pues quedaría persona que gobernase el exércíto con cuidado; y aquí me place decir que los Capitanes de estas Indias eran como los romanos, que comían, vestían, trabajaban y peleaban como cualquiera particular soldado, sin diferencia ninguna. Los veinte y nueve escogidos fueron con Francisco Vázquez caminando al Norte treinta días, aunque no de grandes jornadas, sin que les faltase agua, y siempre por entre vacas, de manera que el día de Sao Pedro y San Pablo fueron a dar en el río, que así nombraron. El indio le conoció y dixo que era aquél el que se buscaba. Pasado por la otra banda, fueron por él abaxo, volviendo la derrota al Nordeste, y andadas tres jornadas hallaron indios que andaban a caza de vacas para llevar a su pueblo; en descubriendo a los castellanos se comenzaron a alborotar y huir y llevar algunas mujeres que tenían consigo. El indio que era guía los habló y sosegó, y aposentados, tratándose con los indios amigablemente, vista la buena tierra que era aquélla y la relación que este indio hacía de la manera con que se gobernaban en una provincia más adelante, llamada Harae, y juzgándose que era imposible que allí dexase de haber algunos cristianos perdidos del armada de Pánfilo de Narváez, Francisco Vázquez acordó de escribir una carta y la envió con el indio fiel de aquellos dos, porque el que había de quedar siempre le llevaron de retaguardia porque el bueno no le viese.

 

CAPITULO XII

Que prosigue la jornada de Francisco Vázquez de Coronado (1540)

Enviada la carta, dando cuenta de la jornada que hacía el exército adónde había llegado, pidiendo aviso y relación de aquella tierra y llamando aquellos cristianos, si por acaso los hubiese, o que avisasen de lo que habían menester para salir de cautiverio. Los treinta caballos fueron en busca de la tierra poblada, y hallaron buenos pueblos, fundados junto a buenos arroyos, que van a dar, al río Grande, que pasaron. Anduvieron cinco o seis días por estos pueblos, llegaron a lo último de Quivira, que decían los indios ser mucho y hallaron un río de más agua y población que los otros; y preguntando que si adelante había otra cosa, dixeron que de Quivira no había sino Harabei y que era de la misma manera en poblaciones y tamaño que aquello que vían. Envíóse a llamar al Señor, el cual era un hombre grande y de grandes miembros, de buena proporción; llevó doscientos hombres desnudos y mal cubiertas sus carnes, llevaban arcos y flechas y plumas en las cabezas. Visto lo sucedido y lo poco que adelante se esperaba de hallar, fué el común parecer que, pues ya era en fin de agosto, y treinta caballos eran pocos para quedar allí, antes que el invierno, con las crecientes de los ríos cerrase el paso, se volviesen a invernar al exército, y después volver para acabar de descubrir aquella tierra. El indio malo, entendida la vuelta de los castellanos, apellidado toda la tierra para que los matasen, y sabiendo el caso, el General le mandó matar y volvieron atrás cuatro jornadas, adonde se proveyeron de maíz y otras cosas, y poniendo allí una cruz, con letras que decían que llegó allí Francisco Vázquez de Cornado, caminaron la vuelta del exército.

Toda esta tierra tiene mejor aparencia que ninguna de las mejores de Europa, porque no es muy doblada, sino de lomas, llanos y ríos de hermosa vista y buena para ganados, pues la experiencia lo mostraba. Halláronse ciruelas de Castilla, entre coloradas y verdes, de muy gentil sabor; entre las vacas se halló lino, que produce la tierra, muy perfecto, que, como el ganado no lo come, se queda por allí con sus cabezuelas y flor azul; y en algunos arroyos se hallaron uvas de buen gusto, moras, meces y otras frutas; las casas que estos indios tenían eran de paja, muchas de ellas redondas, que la paja llegaba hasta el suelo y encima una como capilla o garita, de donde se asomaban. Y adonde se levantó la cruz pidió el indio que le dexasen quedarse, como se le había prometido; y el General por lo bien que lo había hecho, le cumplió la palabra, y porque fué el que descubrió el trato del otro, le dió un buen presente, con que quedó muy contento, y ofreció deservir en otras ocasiones, siempre que se le mandase; llevó otros seis indios que le guiasen a las casas de azotea, y caminaron por buena tierra por entre vacas. Llegados al exército, cayó Francisco Vázquez de Coronado de un caballo, y por un golpe que recibió en la cabeza, dió muestras de volver a Cualiacán y a la Nueva Galicia, sin que se lo pudiesen estorbar los requerimientos que le hicieron algunos capitanes; y no fué tanto el mal que no se sospechase que hubo artificio en la vuelta, por deseo de ver a su mujer.

Acordada la vuelta, pesando a muchos que no se poblase y que holgaran de quedar en aquélla tierra, el Padre Fray Juan de Padílla, de la Orden de San Francisco, con un compañero lego, llamado Fray Luis de Escalona, hombre de santa vida, quiso quedar en aquella tierra con celo de servir a Dios y ver si con la predicación podría servirle, y sobre ello (si necesario fuese) recibir martirio, y no quiso otra cosa, sino un esclavito de un capitán para su consuelo y para que aprendiese la lengua; y también por amor del religioso, se quedaron con él en esta tierra de las azoteas algunos indios de Mechoacán, cristianos y dos negros, el uno con su mujer y hijos. Entendióse que el Padre Fray Juan porfió en volver a Quivíra; y demás de los dichos fueron con él Andrés de Campo, portugués y otro negro que tomó hábito de fraile;, llevó ovejas, gallinas. y mulas y un caballo y ornamentos y otras casillas; visto que tantos iban con él, ¬al cabo le mataron y no se entendió si fue por quitarle lo que llevaba o por otra causa; súpose que fueron parte para ello los indios que truxo Coronado por guías de Hihuex; los que volvieron con la nueva, fué el portugués y un indo mexicano, llamado Sebastián, que se escaparon por otra derrota más cercana de la¬ que llevó el exército, y el portugués aportó a Panuco, y dixo que después de se haber salvado una vez, le cautivaron otra, y que con una cruz que llevaba en la mano, en todas partes le hacían reverencia y daban de comer. El exército a la entrada caminó trescientas y treinta leguas, y a la vuelta, trayendo más derecho camino, no anduvo más de doscientas. Está Quivira en cuarenta grados; era el andar por los llanos tan peligroso como por la mar, por ser tan llana, y no haber camino sino de vacas; y así, en perdiendo de vista al- exército, se perdían los que salían a caza de vacas y no atinaban en tres ni en cuatro días. Dos naciones de gentes viven entre estas vacas, enemigos unos de otros, bien hechos y de buenos miembros y todos¬ andaban pintados.

La adoración de estas gentes es al Sol, y otra religión no se les conoció; los cueros de vacas y de venados bien curados y adobados, rescatan por maíz con los comarcanos. En fin, habiendo pasado dos inviernos en el río de Ciquique, con muchos fríos, nieves y grandes hielos, y helado el río porque la tierra es más fría que Quivíra, aunque está más al Norte, se hizo la retirada, de que recibió disgusto el Visorrey don Antonio de Mendoza, y todos dixeron que por ver a su mujer se volvió Francisco Vázquez; y que, aunque no había en aquella tierra plata ni oro; poblaran en ella de buena gana y de no haberse hecho peso mucho al Visorrey, y quisiera que Francisco Vázquez tuviera menor afecto a sus cosas.

 

CAPITULO XIII

De lo que hizo por la mar Hernando de Alarcón, que con dos navíos andaba por la costa por orden del Visorrey don Antonio de Mendoza (1540)

Ya que don Antonio de Mendoza se determinó de emprender el descubrimiento de aquellas riquísimas tierras, que refirió el Padre Fray Marcos de Niza que había, ordenó que también se fuese descubriendo por la costa, procurando de socorrer el exército de Francisco Vázquez de Coronado; y habiéndolo cometido a Hernando de Alarcón, salió de Acapulco a nueve de mayo de este año, con dos naos, la una llamada “San Pedro” y la otra “Santa Catalina”, y caminando la vuelta del puerto de Santiago de Buena Esperanza, tuvieron tan gran tormenta que los de la nao “Santa Catalina” echaron a la mar nueve pie-zas de artillería, dos áncoras y una gumena y otras muchas cosas necesarias para la navegación. En el puerto de Santiago se rehicieron de cosas que les faltaban y tomaron gente y fueron en busca del puerto de Aguayaval, caminando por la costa para reconocer los puertos; y llegados a los baxos, adonde estuvo Francisco de Ulloa, los pareció que tenían delante la tierra firme y que eran muy peligrosos, y todos querían que se hiciese lo que hizo el dicho Francisco de Ulloa; pero habiendo el Visorrey don Antonio de Mendoza ordenado al Capitán Alarcón que llevase entendido el secreto de aquel golfo, ordenó que Nicolás Zamorano, piloto mayor, y Domingo del Castillo con los bateles, llevando la sonda en la mano, fuesen buscando la canal para que entrasen las naos; y pareciendo a los pilotos que podían seguir las naos, a poco trecho se hallaron con las naos en el arena, de manera que unos a otros no se podían socorrer por las grandes corrientes; pero quiso Dios que estando en punto de perderse, creció la marea, y las naos nadaron; y yendo, volviendo la proa a una y otra parte buscando la canal, dieron en un río de tanta corriente, que apenas podían navegar por él, por lo cual el capitán, con el veedor Rodrigo Maldonado y el contador Gaspar de Castillejo, en un batel bien armado, subió por el río este día, que eran veinte y seis de agosto, y otro día descubrieron cabañas de indios, los cuales, hasta cincuenta, llevaron lo que en ellas tenían al monte y volvieron amenazando y diciendo a los cristianos que se volviesen río abaxo; y porque Hernando de Alarcón mandó que ni los hablasen ni hiciesen mal, ellos se fueron poco a poco amansando y acercando.

Estaban en otra parte hasta trescientos indios armados de arcos y flechas y con banderas, que en viendo que el batel se acercaba a tierra, acudían a se lo defender, y siempre acudían más indios armados, y Alarcón dexó caer la espada y la rodela y hizo otras señales de paz, y tomó una bandera y la abaxó y hizo que su gente se abaxase, y los mostró las cosas de rescates que llevaba para darlos; pero nada bastaba, hasta que huvido gran ruido entre ellos, se apartó uno y díó ciertas conchas en un palo al capitán, el cual le volvió cuentas de colores y sartarles, y con ellas se fué a los otros, y habiendo hablado entre ellos, algunos volvieron, y Alarcón los hizo dexar las armas y las banderas y a todos daba alguna cosa; y acudieron tantos, que pareciendo al Capitán que no estaba seguro, los dixo que se apartasen, y lo hicieron, no quedando más de diez, y por esto saltó en tierra; pero viendo que salían diez o doce castellanos, se alteraron, y Alarcón los sosegó; y porque el intérprete que llevaba no los entendía, los señaló que quería comer, y le llevaron maíz, y le pidieron que disparase un arcabuz, y lo hizo, y todos huyeron, salvo algunos viejos, que reñían a los otros porque huían; y queriéndolos aplacar el Capitán, tomaron las armas y levantaron las banderas, y uno de estos viejos llegó a Alarcón y le, díó con el codo en el pecho y fué a tomar sus armas, por lo cual acordó de volverse a su -batel e ir río arriba, de que pesaba a los soldados; y los indios siempre seguían por la ribera, diciendo que saliese fuera, que le daría comida, y algunos entraban en el agua, llevándola a la barca, y ya serían en todos como mil indios.

Iban estos indios desnudos, tiznados; llevaban en las cabezas cueros de venado, a manera de celadas, con plumas; sus armas eran arcos y macanas; eran de cuerpos grandes y membrudos; tenían consigo mujeres y muchachos; traían horadadas las narices, colgando alguna cosa; traían los brazos labrados de hierro; los cabellos de delante cortados, los demás largos hasta la cintura; también las mujeres andaban desnudas, salvo que para cubrir sus vergüenzas traían delante y detrás muchas plumas, y los cabellos como los hombres. El siguiente día oyeron gran ruido en las dos riberas. y descubrieron muchos indios armados, aunque sin banderas, y corno no entendían al intérprete, señalóseles que dexasen las armas; hiciéronlo; salió Alarcón y se metió entre ellos; dábales cuentecillas de vidrio de colores; ellos le daban maíz y cueros bien adobados, y de esta manera vino a ser con ellos muy doméstico; y habiendo echado de ver el Capitán Alarcón que estos indios adoraban el Sol, les dió a entender que venía de donde estaba, y desde entonces le tuvieron en gran reverencia, y le presentaban, servían y acudían sin armas y con tanto res-peto, que era maravilla, y él los daba de lo que tenía; y si hubiera de dar a todos, no bastara cuanto había en Nueva-España. Y habiendo hecho muchas cruces de papel y de palos; se las daba, dándoles a entender que era cosa celestial, y ellos las tomaban y besaban y se las ponían al cuello. Vista tan buena voluntad de esta gente, con una cuerda que echaron a la barca comenzaron a subir el río, porque de otra manera, por ser grande la corriente, no pudieran, y los indios de muy buena gana la tiraban.

 

CAPITULO XIV

Que prosigue la navegación de Hernando de Alarcón por la mar del Sur (1540).

Procuraba siempre Hernando de Alarcón que su intérprete hablase recio, para ver si era en-tendido, y uno respondió; y parada la barca, le llamó y mandó a su intérprete que no hablase sino lo que le mandase; habiendo hablado este indio a aquella gente, con gran furia todos se juntaron, y el indio decía al interprete: Qué gente era aquélla, adónde iba, si había salido del agua o de la tierra o caído del cielo. Y ya se había juntado mucha gente, y el indio los hablaba en diferente lengua que el intérprete no entendía. Y preguntando quién los enviaba, respondió el intérprete que eran christianos y enviados del Sol. Replicó: Que cómo aquello podía ser, que siempre iba por alto, sin parar, y nunca tales hombres habían visto ni jamás otro tal el Sol había enviado. Respondió Hernando de Alarcón: Que era verdad que el Sol no paraba y que iba por lo alto; pero que bien echaba de ver que al salir el Sol y ponerse se acercaba a la tierra, a donde tenía su asiento, y que siempre le vían salir de un mismo lugar, y que él se había criado en aquella tierra de donde salía adonde otros muchos se habían criado, que enviaba a diversas partes, y que entonces te había enviado a él a ver- y visitar aquel río y a la gente que en él moraba para hacerles sus amigos y los diese de lo que no tenían y díxese que entre ellos no tuviesen guerras. Tornó a preguntar el indio: Que por qué el Sol no le había enviado antes, para sosegar las guerras antiguas, adonde muchos eran muertos. Respondió: Que no había venido antes porque era muchacho. Preguntó al intérprete: Que si le llevaban contra su voluntad tomado en guerra. Respondió: Que no, sino que iba de buena gana y con buena compañía. Repreguntó: Que por qué no llevaban sino a él solo, que le entendía y por qué no entendían todos los otros, pues eran hijos del Sol. Respondió: Que también el Sol le había Mandado a él y le había dado lengua para poderle entender, y al Capitán, y a todos los otros; y que bien sabía el Sol que ellos vivían allí, pero que porque tenían otras muchas cosas que hacer y ser muchacho el Capitán no le había enviado antes. Y luego se volvió a él, y le dixo: Sal tú acá, para que seas nuestro Señor. Respondió: Que no quería salir para ser Señor, sino hermano, y darles de lo que tenía. Volvió a preguntar: Si le había engendrado el Sol, como a los otros, si era su pariente o su hijo. Respondió¬: Que era su hijo. Preguntó: Que si los otros castellanos eran también sus hijos.. Respondió: Que no, sino que se habían criado con él en una misma tierra. Entonces, gritando, dixo: Pues que nos haces tanto bien y no quieres que tengamos guerra y eres hijo del Sol, te queremos por Señor. Y volvíóse a la gente, y dixo: Que era hijo del Sol, que le tomasen por Señor. Espantados todos los indios de esto, se acercaban a mirar a Hernando de Alarcón. Hizo el indio otras preguntas y acercándose la noche, procuró el Capitán de meterle en la barca, y aunque se recataba mucho, al fin entró, y le preguntó lo siguiente:

La primera cosa que Hernando de Alarcón preguntó al indio fué: Si había visto antes otros hombres como él. Dixo: Que no. Que si tenía noticia de una tierra llamada Cibola y de un río dicho Tonteac. Respondió: Que no. Y viendo que no le podía dar noticia de Francisco Vázquez de Coronado, le preguntó: Si creían que había un solo Dios, criador del cielo y de la tierra, o si tenían algún ídolo en que adoraban. Respondió: Que al Sol tenían en toda veneración, porque los calentaba y procreaba cuanto comían, y que de todo lo que cogían le echaban un poco en el aire. Preguntó: Si tenían Señor. Dixo: Que no, aunque entendían que había un gran Señor, pero que no sabían a dónde estaba; y dixo1e Alarcón, que estaba en el Cielo y era el Sumo Criador. Preguntóle: Si tenían guerra. Dixo: Que sí, y por ligeras causas. Preguntóle: ¿Quién mandaba? Dixo: Que los más viejos y más valientes. Preguntóle: ¿Qué hacían de los muertos en batalla? Respondió: Que los sacaban el corazón y lo comían, y a otros quemaban, y ya estaban con ánimo de no guerrear más, sino de seguir ¬la paz, que él los aconsejaba; y que una generación que estaba detrás de una montaña, los hacía a ellos mucha guerra. Respondióle el Capitán: Que no temiesen, porque no la harían más, y si la hiciesen, él los castigaría. Replicó el indio: Que cómo podía ser aquello, llevando tan poca gente. Y porque ya era tarde y el indio se cansaba, le dexó ir.

El día siguiente fué al batel el principal de aquellos indios, llamados Naguachato, y dixo al Capitán que saliese a tierra, que le querían dar de comer; salió, y fuego pareció un viejo con tortas de maíz y calabazas, y dando un poco al Sol y otro poco a él, le dio cuanto llevaba, y lo mismo hizo a todos los castellanos, diciendo en voz alta, a los indios primero, cuando ofrecía al Sol, una palabra, y éstos respondiendo, otra; dioles las gracias por ello, y dixo que si querían ir con él el río baxo a las naos, los daría de lo que tenía. Quiso darlos a entender cuál era la señal de la Cruz, y de un gran madero se hizo una, y la puso en buen lugar, con mucha devoción, y los dixo que la tuviesen en gran reverencia, y que cada mañana, cuando se levantase el Sol, de rodillas la adorasen, porque aquella señal era santa y los libraría de todo mal, y ellos acudían con gran deseo de saber cómo la habían de adorar, cómo habían de poner las manos, y cómo habían de estar de rodillas, y otras cosas; y entrado el principal del lugar en el batel, prosiguieron el río arriba.

De la otra parte del río había mayor número de gente que llamaban al Capitán para darle avitualla, por no dexarlos descontentos, se acercó y un viejo le ofreció de lo que tenía, y con gran respeto le habló y, volviendo a la gente, decía: Este es nuestro Señor ya sabéis que nuestros antepasados decían que había en el mundo gente barbada y blanca y nosotros no creíamos; sirvámosle, pues que nos quita la guerra y tiene ojos y boca y habla como nosotros. Dióles algunas cosillas, y hizo hacer otra Cruz y se la dexó como a los otros; y caminando el río arriba, dixo el Principal indio, que adelante se hallaría gente que entendiese a su interprete, y que eran 23 lenguas diferentes las que había en aquel río, y que más arriba había una nación que tenía casas de piedra y vestían cueros y baxaban con ellos a rescatar maíz. Preguntó el Capitán a este indio: Quanto a los casamientos, ¿qué orden tenían? Respondió: Que no podían tener más de una mujer, y que el padre la llevaba adonde había gente y decía que la quería casar; y si la pedía alguno, se la daba con algún presente, y que con esto quedaba hecho el matrimonio, cantando, bailando y comiendo; y que no se casaban los hermanos con las hermanas, ni con parientes; y que las mujeres, antes de casar, no trataban con hombres, sino que se estaban en casa trabajando; y que eran tenidas por malas mujeres las que no eran castas; y a los adúlteros mataban; que quemaban los muertos, y los viudos estaban seis meses o un año sin casarse; y que de los muertos creían que se iban al otro mundo y no tenían pena ni gloria; que su mayor enfermedad era echar sangre por la boca, y que tenían médicos que curaban con soplar y decir palabras; sus viandas eran maíz y calabazas y cierta simiente como mijo, tenían piedras de moler y ollas para cocer; y porque no osó pasar adelante el intérprete, diciendo, que eran sus enemigos los de adelante, se volvió. Caminando, pues, por el río arriba, halló mucha gente, y otro intérprete; y luego, estando fuera del río, le llegó un indio que le dió un golpe en el brazo, y le mostró dos escuadrones de gente armada que salían de un bosque, y por no dar ocasión de alguna desorden, se entró en el batel con todos los que con él estaban, y entendió que estos eran sus enemigos. Preguntó Hernando de Alarcón al intérprete, si sabía de Cibola. Dixo que estaría de allí camino de un mes, y que tenían casas de piedra y las armas que ellos usaban, y andaban vestidos y tenían Señor, y las mujeres eran blancas y andaban todas cubiertas, y que traían muchas piedras azules que sacaban de una peña, y que cuando se enterraban, ponían cuanto tenían con ellos.

 

CAPITULO XV

En que se acaba el descubrimiento que hacía Hernando de Alarcón por orden de el Visorrey don Antonio de Mendoza (1540).

Caminando siempre el río arriba, bien visto y recibido de todos, llegó a una tierra adonde obedecían a un solo señor; el intérprete, viendo platos para comer, dixo que el señor de Cíbola se servía con aquéllos, sino que eran verdes, y que otro, sino el señor, no los tenía; y porque vió un perro que llevaba Alarcón, dixo que el señor de Cíbola tenía otro tal, que le hubo de un hombre negro, que el dicho señor (según había oído) hizo matar, y aquí se le despidió el intérprete. Y habiendo caminado una jornada halló un pueblo deshabitado, adonde le salieron 500 indios armados, con aquel señor Naguachato, que le llevaron un presente de conejos y yucas; más adelante salió mucha gente, de ciertas cabañas, con un viejo delante, al cual entendía el intérprete de Alarcón, y le¬ hicieron reverencia, y presentaron de lo que tenían, y con ellos hizo el mismo oficio de la Cruz que con los de abaxo; éstos tenían algodón, pero no lo texían. Y prosiguiendo su camino, halló mucha gente sentada en tierra, que le aguardaba, y allí le ofrecieron comida; mandó llamar al señor, y luego acudió, y Alarcón le vistió una camisa y dió otras cosas, con que quedó contento. Con esta nación y con otras del río arriba, procedía de la misma manera, y los dexaba las cruces y enseñaba cómo las habían de adorar y cómo habían de pedir misericordia, y lo que habían menester; y uno le dixo, que se maravillaba del Sol, cómo los dexaba andar desnudos, sin darles paños para vestir como a otros. Alarcón le dixo, que le daría remedio para ello, de que quedó muy contento.

El día siguiente, no era bien amanecido cuando se dieron voces de tres o cuatro pueblos que habían dormido junto al río aguardando; y en llegando, derramaban con la boca maíz y otra simiente, diciendo que, aquél era el sacrificio que hacían al Sol y le dieron de aquella comida y fríxoles, y ofrecían de olvidar las cosas pasadas, ni hacer más la guerra; y preguntando de las cosas de Cíbola, refirieron también la muerte de Estebanico el negro, y de los platos verdes que tenía el señor, de Cíbola, que se los tomaron a Estebanico, y el perro, al cual dixeron que también¬ mataron; y preguntando, ¿qué jornadas habría  de allí a Cibola?, respondieron: Que pasado un despoblado de diez, no había mucho camino, y quiso enviar persona a Cíbola, porque dixeron que allí había cristianos, y nadie se atrevió. Y navegando el río arriba, halló las mismas costumbres que en las demás naciones de abaxo, salvo que andaban mujeres desenvueltamente entre los hombres, y le dixeron que aquéllas eran libres y deshonestas; y pasando más adelante, haciendo instancia por ver a los que referían que habían estado en Cíbola, le llevaron a uno, que dixo haber visto muchos hombres que se llamaban cristianos, con barbas, y que llevaban ciertos animales grandes, y otros pequeños negros, y armas de fuego, como las que le mostraron; y con estas y otras señales que le dieron, diciendo que aquellos habían castigado al señor de Cíbola porque había muerto a un hombre negro, conocieron que era el exército de Juan Vázquez de Coronado. Quisiera mucho Hernando de Alarcón pasar adelante o, enviar persona, pero ni hallando quien quisiese ir ni acompañarle, determinó de volver a los navíos.

Determinado de tornar a la mar, anduvo en dos días lo que agua arriba navegó en quince; veía mucha gente en las riberas, que decía que por qué se iba y los dexaba, siendo su señor, con quien esperaban de vivir en paz; que si alguno le había ofendido, se lo dixese, que tomarían venganza. Vuelto a los navíos halló que estaban todos buenos, aunque las corrientes los habían fatigado; y dando cuenta de lo que había hallado en el río, y la luz que había tenido de Juan Vázquez de Cornado, acordó (aunque con gran contradicción de todos) de volver por el mismo río a juntarse con él mandó aprestar todas las barcas, en la una puso los rescates, trigo y simientes, gallinas y gallos de Castilla, y otras cosas; y habiendo mandado que entretanto hiciesen los que quedaban en los navíos una capilla, con el nombre de Nuestra Señora de Buena Guía, y que el río se llamase de Buena Guía, llevando consigo al piloto mayor Nicolás Zamorano, para que tomase las alturas, volvió el río arriba a los 14 de septiembre, y el día siguiente llegó a los primeros indios, que le recibieron bien, y dió semillas, y mostró cómo se habían de valer de ellas. En los segundos halló al primer intérprete. En los terceros estaban 6.000 hombres, sin armas, y el señor, con 200, con vitualla y gente que iba delante, abriendo camino; llevaba una ropa de diversos colores, larga, hecha de cortezas de bejucos, y en llegando a la barca, los indios, en brazos, le metieron en ella, y el Capitán le recibió bien, y dió de comer cosas de azúcar, y habiéndoles encomendado la adoración de la Cruz, y su veneración, que no tuviesen guerras, que entre ellos fuesen amigos, ni se hiciesen mal unos a otros, ni se tomasen lo que tenían; y que si algunos de sus enemigos los quisiesen hacer guerra, los díxesen que él los dexaba mandado que estuviesen en paz; y que si extranjeros pasasen por sus tierras, los diesen de comer, y los tratasen bien; dexóles simientes y gallinas y dixoles cómo las habían de criar, y pasó adelante, llevándose algunos indios de aquellos consigo. El siguiente día llegó a Coano, y por llevar diferentes vestidos, muchos no le conocían; pero en conociéndole, hicieron con él grandísimas alegrías, y los daba de lo que llevaba, como a los otros, y muchos se le quexaron porque no los había dado la Cruz, como a los otros, en cuya reverencia le decían lo que hacían y ¬querían que se la viese adorar, para que si no lo hacían bien, los enmendase; y navegando por el río arriba,  rogó a un indio viejo que llevaba consigo que en una pintura, conforme su usanza, le pusiese todas las tierras y habitaciones que había en la ribera de aquel río, y holgó de hacerlo, como Hernando de Alarcón le diese pintada la tierra de su propio nacimiento, y así se lo prometió.

Habiendo llegado a ciertas montañas: adonde el río se estrechaba mucho, supo que un encantador andaba preguntando por dónde había de pasar, y habíendo entendido que por el río, puso, desde una ribera a la otra algunas cañas, que debían de ser hechizadas; pero las barcas pasaron sin daño; y habiendo, llegado muy arriba, preguntando por cosas de la tierra, para entender si descubriría alguna noticia de Francisco Vázquez de Coronado, le informaron de muchas diversidades de gentes que había el río arriba, el cual subió mucho más de lo que había andado, y que su principio, por venir de muy lexos, no le sabían, y que otros muchos ríos entraban en él.

Viendo Alarcón que no hallaba lo que deseaba, y que había subido por aquel río 85 leguas, determinó de volver a las naos, mostrando los indios muy gran sentimiento porque los dexaba; y estando para navegar, oyeron los gritos de una mujer que se echó en el agua y metiéndola en la barca, se puso debaxo de un banco, de donde nunca la pudieron sacar, diciendo que en todo caso se había de ir con los cristianos, porque su marido la dexaba y estaba con otra, de la cual tenía hijos, y Alarcón, por no darla descontento, mandó llevarla con un indio, que tampoco quiso quedar en su tierra, el cual siempre anduvo muy contento y alegre y fué buen cristiano. Las naos prosiguieron su viaje, costeando y saltando en tierra; muchas veces la reconocían, y consideraban sus calidades, y tomaban toda la razón y luz que podían, buscando nuevas de Francisco Vázquez de Cornado, pero, no hallando ninguna luz de él, por muchas y muy grandes diligencias que se hicieron, enviando castellanos e indios muchas leguas la tierra adentro, y habiendo hecho muchos autos posesionales, y todas las demás diligencias que en los descubrimientos tales se acostumbran, y habiendo pasado cuatro grados más adelante de lo que pasaron las naos del Marqués del Valle, acordaron de volverse a Nueva España.

(De: Antonio de Herrera y Tordesillas, “Historia de los hechos de los castellanos” o “Las Décadas”)