Carlos Monti

Monti, Carlos

Carlos Montí nació en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires. Trabaja en una biblioteca rural que fundó en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Y coordinó un café literario (Los Pasos Perdidos) que fundó en el Centro Cultural de Universidad de General Sarmiento. En el año 2013 se editó su primer libro San Juan Salvamento y en el 2015 su segunda novela: Iluminados por el faro.

Posee varios libros escritos aún si publicar de cuentos, poesía y novelas. En el año 2015 participó con su novela: Un MAL Trago en la calle Olavarría en el concurso Clarín a la novela. Fue jurado en concursos internacionales y nacionales de poesía y cuento. Colaboró como redactor en la revista Guka de la Biblioteca Nacional.

Actualmente trabaja en una novela (Habitaciones Disponibles) un libro (Bitácora de un Bibliotecario) y un libro de poesía (Introspecciones).

 

LA NOCHE DE LAS CORBATAS

El faro de Mar del Plata fue centro clandestino de detención entre 1976 y 1983.

Los  testimonios:

“Esa noche de espanto y de horror, que compartí con Mercedes fue denominada  por los represores “la noche de las corbatas”, ya que casi la totalidad  de los prisioneros ingresados eran abogados…Hay mucho ruido y música a gran volumen; por momento los gemidos y gritos de los torturados superan la música. Cuando los torturados se fueron, tuve la sensación como que había quedado un tendal de moribundos. El Dr Centeno se quejaba continuamente. En un momento me sacaron de la celda para que le dé agua.

Estaba tirado en el suelo. Apenas pude subir mi capucha a la altura de mis ojos pedí que me sacaran las esposas. No le di de beber en el jarro que me alcanzaron. Con una mano subí un poco su cabeza, mojé su vestido y le humedecí los labios. No sé si fue exactamente al día siguiente, pero habían pasado varias horas. Los interrogadores dijeron: Traigan a Centeno. Volvieron a tortúralo en ése estado. Pensamos con Mercedes, su compañera de celda que no iba a aguantar. Y así fue.

Lo asesinaron. Arrastraron su cuerpo y debieron dejarlo contra nuestra puerta. Se oyó un golpe contra la madera”.

I

Corría irresoluto el año 1976 en Santo Lugares, un pueblucho no muy distante de la avenida General Paz. Sus casas achaparradas, blanquecinas, desplegaban recostadas en la avenida La Plata. A unos pasos la iglesia de Lourdes ilusionaba la vista, sus paredes grises con recovecos eran llenados por cientos de velones donde la fe cortaba la desazón.

Para esos entonces cursaba mi segundo año de bachillerato en turno mañana. Saco azul de gabardina, pantalón gris, zapatos negros, medias de vestir marca ciudadela azul y camisa blanca con corbata  también azul. A la noche había toque de queda .Tengo un vago recuerdo de mi pelo castaño engrasado y la cara cubierta de purulentos granos. Si me toco el rostro los puedo sentir ahora, a mis cincuenta y cuatro años, casi escucho las rizas de mis compañeros. Me levantaba muy temprano cerca de las seis a.m. Un despertador redondo con dos semicírculos a modo de orejas tronaban en un redoblón insoportable. Estiraba la mano y a tientas pulsaba un pequeño botón mágico y se callaba.

La leche era un paso somero a la calle, como una detención forzada. Las carpetas se acumulaban debajo de mi brazo, las ajustaba con una banda elástica blanca y pequeñas tiras en rojo y azul. El colectivo 123 pasaba a las 7.05 minutos a dos cuadras de mi pequeño departamento de la calle Wenceslao de Tata entre Pelagio Luna y la calle Sudamérica donde vivía con mis padres.

Recuerdo acostarme temprano por las noches no más de las 23hs, en general a las 22hs o 22.30 minutos. Las series televisivas eran una de las pocas distracciones. Dos tipos audaces. Dos contra el mundo. Los invasores. El túnel del tiempo. Los vengadores…y los libros, los infinitos libros que saciaban mi sed de conocer, de aventurarme, en otros mundos. El tío Ángel coleccionaba las revistas Selecciones, me regaló el Quijote que aún conservo y atesoro, con las páginas amarillas, ajadas, llenas de marcas de lápiz con sus orejas dobladas y manchas de té. Cuando uno es joven le dicen que mucho café hace mal y como un boludo hace caso. También leía Bufalo Bill, De regreso ( E.M Remarque), Salvatore Giuliano, Barba Roja, Patricio Galván. Las Aventuras de Huck Finn y Casa Tomada.

En la calle un aire pesado, iracundo, invadía las zangas y las bocas-calles….

El boleto de papel se recortaba en la maquina plateada, las monedas tintinaban en su ajetreo. Dos dados blancos se mal acomodaban dando zamarreos en el parabrisas.

Pienso en una interminable escalera rematada con bordes de acero, que una vez al subir atolondrado resbale dándome de canto contra mi canilla, sangre sobre sangre, no paró nunca y así manchado igual, di el presente.

Mi tío Emilio se fue a Mar del Plata, dice a probar suerte con un emprendimiento sobre compresores, no sé, todavía tengo mis dudas si fue así. Creo con los años…en la familia había temas que no se tocaban.  Estuvo en el “Pozo” algunos amigos que le quedan, fueron tirando líneas, puntas…, sobre lo que pasó esa noche.

A mí, en la secundaría, los días no se me pasaban nunca. Las materias eran ilusorios castigos bíblicos. Cada semana rigurosa el cura preguntaba quién no había tomado la comunión. Cuando me tocaba a mí miraba para otro lado, en realidad me hacia el tonto. Hasta cuando hice el servicio militar (la colimba forzosa) en el Centro de Instrucción de Infantería de Marina en al año 1982 en la ciudad de la Plata, escuché la misma pregunta y puse la misma cara.

Era un tránsito obligatorio, un lugar donde te lavaban la cabeza, había pedido prorroga y se cortó por el tema de la guerra. La instrucción infame, a la 5 de la mañana diana y un mísero mate cocido con pan duro y purga, no te dejaban ir al baño, si preguntabas o pedías para ir…ilusoriamente:

—El soldado se tiene que cagar encima— te decían.

Una vez estuve 8hs cuidando un calzoncillo colgado en la soga de un suboficial, pleno verano, todo vestido y con el  f. a. l. en posición de disparar… Recuerdo cuando después de una semana de venir limpiando con tierra y pasto, el plato de chapa con el que comía, no aguante más y me puse en la fila de los milicos para lavarlo con agua y ya estaba llegando,  me miraron. Desde ese momento me pegaron una cagada a baile, que hasta hoy me duelen las rodillas, de los salto rana y rodilla en tierra.

De mi tío, en Mar del Plata, tuve pocas noticias. En esa época las noticias no abundaban, en las esquinas uno no se podía reunir, a cierta hora, las calles estaban desiertas.

Una mañana plomiza estaba como siempre aburrido mirando por la ventana de la secundaria, Nuestra Señora de Lourdes, como las ratas comían las bolsas que los vecinos depositaban en el terreno baldío y escuché ruido a botas y camiones verdes desplegarse a unas cuadras sitiando la iglesia. El director en persona pasó por los cursos pidiendo calma y que no nos movamos de los bancos…pasaron las horas y nada, se veía a la lontananza uniformes verdes y se escuchó algunos tiros desperdigados como truenos en medio del silencio.

Nos miramos con Luis y este pestañó.

Yo esa noche no dormí, las balas quedaron alojadas en mi cabeza.

Dicen, el curita que paseaba con la Siambretta, era Tercer Mundista y escondía armas detrás de los santos, hasta debajo de la Señora…, no se lo vio más.

Pasaron unas semanas de aquel suceso y comenzaba a pegar un ojo. Mi primo Héctor, cinco años mayor, estaba en segundo año de medicina. A veces lo escucha charlar y repasar libros con uno de sus amigos; desde mi ventana y daba a un pequeño patio interrumpido por la escalera de cemento, me separaba de la tía Emilia. Lo podía escuchar y por la noche subía con el libro y una linterna.

Ese muchacho estudiante de medicina de voz ronca tenía un hermano menor  y juntos íbamos a la secundaría. Él viva en Santos Lugares, cerca de la casa del escritor Sábato; ahora me enteré que Sábato en ciertos momentos, se auto recluía en el sótano de su casa.

Una tarde los muchachos desaparecieron del barrio, ni rastros quedaron. Solo algunos, que llegaron hasta la puerta de la casa, me contaron y vieron, dos marcas de Ítaca hundidas varios centímetros.

II

Era otoño me acuerdo porque pateaba las hojas amarillentas y crepitantes, despedían un polvillo con aroma extraño. Doble por la Avenida la Plata faltaban unos minutos para el ingreso, ya en la esquina se veían sacos azules y pantalones grises con corbatas mal acomodadas.

Escuché a mis espaldas que alguien corría, sus pasos resonaban en las baldosas. Las persianas de los negocios estaban bajas y la iglesia tapiada con una cadena negra, angulosa y candado. En un pestañar se detuvo intempestivamente el camión y una docena de botas tronaban la parsimonia. Todo pasaba como en cámara lenta por mis espaldas, no quise o no pude darme vuelta, comencé a apurar los pasos y temblar; el muchacho me pasó a la carrera le pude ver una tez trigueña, pelos revueltos y una incipiente barba enmarcaba la palidez. Se escuchó una estampida y este  rotó contra la pared. Me quedé duro en medio de la vereda, atiné a taparme los oídos, todos dispararon. El cuerpo del muchacho se movía en espasmos y calló. Comencé a caminar y sus ojos sin vida me trasmitieron el pavor. Arrancó el camión y  subieron, el aire quedó impregnado en pólvora. Cuando llegué a la esquina no había nadie. Ese día no hubo clases. Me volví pateando hojas. Tampoco pude dormir y en mi casa no conté nada, ni a nadie.

Pasaron dos días y volví a la escuela. Me enteré por Ernesto el que se sienta en el pupitre de atrás.

—Carlos, ¿Sabes a quien reventaron hace dos días?

Giré la cabeza y pregunté: —¿a quién?—mordiéndome los labios.

—El hermano de la profesora de historia. Caño Rey. ¿No viste nada?, dicen los muchachos que eras el único que estabas en la cuadra.

Me di vuelta y giré la hoja del libro.

—Se escuchó también que la profesora dejó la cátedra y no se sabe nada de ellos.

“Pensé en su belleza, hasta le tiraba la escuadra cuando pasaba con su pollera ajustada entre las mesas, una vez se agachó y pudimos ver su diminuta bombacha en color rosa pálido”

—Señor Centeno—¿va tomar el caso de Las Luminarias, las dos  hermanas que casi hacen saltar la banca?
—Déjeme la carpeta en el escritorio y tráigame un café, por favor señorita.

El silencio en la habitación fue prorrumpida  por sonidos a botas….
El cigarrillo quedó prendido en el cenicero de chapa. Una hoja de oficio debajo del escritorio doblada en dos se dejó ver.

—¿Qué pasa?¡esto es un atropello!
—Cállate  boludo —dijo el suboficial.

Lo amordazaron, esposaron y pusieron una capucha en su cabeza.
Escuchó gritos seguido por un golpe. La señorita Mercedes desmayada y sangrante, fue arrastrada por el pasillo, tomada de los cabellos dorados.
El falcón verde ronroneaba en la puerta a metros del gran árbol.

—¡Al baúl! —ordenó uno de los milicos.

Se escuchó ruidos a chapa y burletes de goma.

—¿Creo que, me meé? —pensó el señor Centeno.

La señorita Mercedes babeaba entre espasmos.
El automóvil aceleró quemando gomas, se podía sentir el olor a caucho.
Risas inmotivadas escuchó el señor Centeno arroyado dentro del baúl…
Varios kilómetros entre barquinazos hacia el sur, lo separaban del faro, que supo dar luz en las noches de tiniebla y un hito en las vastas costas.

—¿A dónde me llevan? —se dijo.

La señorita abría los ojos en forma intermitente.

—Estos abogados de mierda, se la pasan cagando gente —atronó el que manejaba y el otro se mal acomodó el birrete.

El auto se detuvo, el aroma a salitre inundaba todo con el viento que venía desde la playa, la  mole blanca y roja ilusionaba la vista, dando una improbable paz. Los bajaron a punta de ametralladora. Les sacaron las capuchas. El resplandor segó su vistas. La mujer vomitó y se desmayó. A Centeno le pegaron con la culata y éste trastabilló.

—Ahí te dejo dos más —aseveró el milico y subió al falcón.

El infante lo miró ir. Los dos cuerpos bailoteaban con la arena, que se les impregnó en los rostros.

—Me sentaron en una silla de plástico, podía ver sus rostros, parecían personas normales. Uno de ellos subió el volumen de la radio, en la habitación minúscula los sonidos retumbaban. Me quise incorporar, todavía tenía puesta la corbata bordó con unos dibujos diminutos en blanco, creo que son flores de lis. Uno de los infantes  que me flanqueaba,me propinó un golpe con el f.a.l, encima de la rodilla derecha; sentí como si me clavaran miles de espinas, cardos. Mis piernas después de muchas horas en el mismo lugar, sin posibilidad de estirarlas, asemejaban dos columnas de concreto. Tragué saliva y me toqué la corbata.

Unos de los infante salió a orinar, escuché lo que le decía al otro.

De golpe los gritos inconfundible de Mercedes, traté de rotar la cara y me volvieron a golpear. Volví a  escuchar otro sonido desgarrador seguido de un golpe en la puerta.

Una voz gruesa masculina…

—Esa putita no se banca la picana.

Entre las voces de los otros se escuchó una risa.

—¡Agua! —grité. Retumbó en un eco que subió hasta la torrecilla.

Entró el segundo infante y prendió un cigarrillo. Por un breve momento el aroma me transportó a casa.

Las  piernas me seguían doliendo y el pómulo derecho me atronaba; el primer infante morocho y algo atlético tomó dos cables pelados y lo enchufó  a la pared, estos dieron chispazos díscolos. El primero me tocó la entre pierna, fue como un fierro caliente. Apreté los dientes y baje la cabeza, creo que por unos segundos perdí el conocimiento. El segundo, refuciló y dio directo en  mis testículos, el dolor en oleadas destruía mis momentos de razón…

Escuche gritos agudos, muchos, muchos; la radio subió el volumen al máximo.
No sé cuántas horas pasé así, ya perdí la cuenta.

—¡Agua! —grité.

La picana subió unos centímetros por mi pierna. El olor ha chamuscado sumado a grandes aureolas negras-violáceas, me desmayé.

Desperté en un charco de baba, jadeando me incorporé. Los gritos seguían  un ritmo frenético, la radio se iba y venía de dial, a cada descarga eléctrica producida por la picana. El olor nauseabundo mezcla de orines y transpiración hacía más interminable las horas, los minutos. Las ganas de mear me estaba matando…no aguante más y ahí ultrajado, vejado deje que mi próstata oficie. Me volvieron a golpear, la verdad ya no me importa, la vida perdió su valor, solo espero que termine este calvario, en este puto momento. El dial se volvió a ir…