Mariángeles Fernández

Fernández, Mariángeles

Mariángeles Fernández (Venta del Obispo, Ávila, España). Periodista. Editora. En 1992 se incorporó al Grupo Anaya y trabajó en la editorial de Mario Muchnik. Desde 1997 ha sido editora de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Especialista en la obra de Julio Cortázar, ha publicado Lecturas de Cortázar (Del Centro Editores, 2006); “Del lado de una lectora cómplice”, en Volver a Cortázar (Diputación de Cádiz, 2008) y Borges y Cortázar. Una relación literaria (Del Centro Editores, 2016), entre otros artículos y entrevistas. Ha ofrecido charlas y conferencias y ha participado en seminarios y homenajes sobre Cortázar tanto en España como en Argentina, Francia, Italia y China. Desde 2004 coordina los talleres de lectura de la obra de Julio Cortázar en el Centro de Arte Moderno de Madrid. En 1995 publicó, con Clara Obligado, Manjares económicos. Cocina para literatos, golosos y viajeros; y en 2008, Deseos de mujer, junto a Clara Obligado, Carmen Posadas y Pilar Rodríguez.

LA FIGURA DEL PADRE EN LA OBRA DE JULIO CORTÁZAR

Abordar el tema del padre en la obra literaria de Julio Cortázar desde mi condición de entregada lectora podría parecer tanto una osadía como una traición. A pesar de ello, y transcurridas ya más de tres décadas de su muerte, me he animado a transgredir el muro que Cortázar construyó en torno a ciertos episodios de su biografía para poder abordarlos desde su obra.

Al dar ese paso encontré pertinente la afirmación de Goethe, en Poesía y verdad, de que el arte y la filosofía podrían ser considerados “fragmentos de una enorme confesión”.

Tras años de estudio de la obra de Julio Cortázar he podido encontrar sobradas correspondencias entre su vida y su arte. Es más, él mismo se encargó de revelar sin tapujos en libros de conversaciones, en entrevistas, y particularmente en sus cartas, la génesis de los temas que transitan su obra y que constituyen sus inequívocas señas de identidad como escritor. Tampoco se trata de una curiosidad impertinente por los aspectos de su vida privada, que eludió con tesón. Sin embargo, fue en el ensayo de Nora Catelli, El espacio autobiográfico (Lumen, 1991), donde hallé justificación a lo que hasta ese momento yo casi consideraba un insano interés precisamente por lo que Cortázar se había empeñado en encubrir. Catelli analiza el modo en que ciertos autores “describen la construcción del yo en conexión con algo previo (un modelo, un polo de identificación, otro yo anterior)”. En ese sentido la autora avanza sobre la idea romántica de que “la máscara del yo estuviese pegada a la piel del actor y que arte y vida fueran una sola cosa”. Catelli sostiene que la máscara “cubre una superficie que no se le asemeja” creando una “cámara de aire que en su espesor abarca lo que acostumbramos a llamar impostura. Y esa cámara de aire, esa impostura, es el espacio autobiográfico”. Igualmente me parece imprescindible tener en cuenta la fórmula de Freud según la cual las obras de arte no son asimilables a hechos vividos “sino a los sueños o a los fantasmas”, es decir “a producciones imaginarias del espíritu destinadas a satisfacer deseos insatisfechos”.

Por su parte, Cortázar, curiosamente, casi al final de su vida, en Salvo el crepúsculo (1984), afirmó que “desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida”.

En esta aproximación al tema del padre en la obra de Cortázar, que ojalá sea completada por trabajos de expertos de otras disciplinas, me gustaría apuntar que lo que alertó mi atención fue su obstinada coherencia para escatimar relaciones paterno-filiales en su producción literaria.

Parodiando al propio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos (1967), donde describe un combate de boxeo, creo que es significativa esa “ausencia perfecta a base de imperceptibles esquives, dibujando una lección de huecos”. No deseo plantear ese desajuste como un “problema” estadístico sino como una huella que ha generado en su obra un sistema de equilibrios y compensaciones donde niños y mujeres pasan a ocupar lugares de privilegio narrativo.

Baste recurrir a cuentos tan autobiográficos como “Los venenos” o “Final del juego” (Final del juego, 1964) para encontrar niños tristes y solitarios o descubrir en “Silvia”, en “Siestas” (Último round, 1969) o en “Las babas del diablo” (Las armas secretas, 1964) personajes infantiles incomprendidos y desprotegidos e incluso acosados sexualmente.

En el libro La fascinación de las palabras (1985) construido a partir de las entrevistas que el periodista y escritor uruguayo Omar Prego hizo a Cortázar entre julio de 1983 y febrero de 1984, fecha de su muerte, hizo unas afirmaciones muy reveladoras acerca de los grandes temas presentes en su obra. Y uno de ellos es, por supuesto, el lenguaje, es decir lo relacionado con las palabras, las herramientas del escritor, su maestría para moldearlo en palíndromos, glíglico o para crear situaciones fantásticas a partir de lo cotidiano. Eso es lo que nos ha quedado y nos interesa como lectores y como objeto de estudio y de placer. Pasajes, puentes, espejos, túneles, juegos, el doble, el tiempo, los animales, los sueños, la máscara, el jazz, el boxeo, el humor, constituyen un mínimo catálogo de los temas explorados por Cortázar en los que siempre está presente una cierta extrañeza acerca de lo que se entiende por “la realidad” y un deseo constante de explorar otras posibilidades, como Alicia a través del espejo.

“Yo creo –confiesa Cortázar a Prego– que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba que me dijeran que eso era una mesa o que la palabra «madre» era la palabra «madre» y ahí se acababa todo”. […] “En suma –afirma– desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Y parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”.

En el mismo libro, al tiempo que revela que “la idea de escribir una autobiografía me resulta desagradable y sé que no la voy a escribir nunca”, Cortázar insiste en que en el círculo de su familia le parecía “muy pequeño” el margen de libertad de pensamiento de los adultos. “Pero el hecho es que siendo yo precoz en el plano de las intuiciones –añade Cortázar– advertía en el vocabulario de los grandes [los adultos] (y ese vocabulario de los grandes era el reflejo de su realidad, ellos veían así la realidad pero no yo) algo así como un desajuste. Frente a ciertos lugares comunes yo tenía la impresión de que probablemente la verdad estaba en lo contrario”.

Junto a esa fisura entre la realidad y la percepción de ésta, su gran sentido del humor permitió a Cortázar el ingreso a lo fantástico como algo natural: “desde muy niño sentía que el humor era una de las formas con las cuales era posible hacerle frente a la realidad, a las realidades negativas sobre todo”.

Como se recordará, Cortázar nació en Bruselas en 1914, durante la Primera Guerra Mundial. Tras una temporada en Suiza, donde en 1916 nació su hermana Ofelia, la familia permaneció en Barcelona hasta su viaje a Argentina. A partir de entonces son confusos los datos sobre la presencia de Julio José Cortázar, su padre, que según Cortázar los abandonó cuando él tenía seis años y diez en la versión de su madre. Lo cierto es que desde su más temprana niñez no volvió a verlo nunca más. Su padre murió el 14 de julio de 1957 y él conoció la noticia casi dos meses después, mientras estaba en Argentina de vacaciones.

A su regreso de Europa, en torno a 1920, la familia en realidad se constituyó en torno a la abuela materna de Cortázar, Victoria Gabel, que ese año compró una casa en Bánfield, entonces una pequeña población cercana a Buenos Aires. En aquella casa, con un jardín que aparece reiteradamente en sus cuentos, el niño Cortázar vivirá rodeado de mujeres: su madre, Herminia Descotte, su hermana Ofelia, su abuela y más tarde la tía Enriqueta Gabel, la profesora de piano.1

Como parte de la biografía que le solicita la profesora Graciela de Sola en una carta de 4 de noviembre de 1963 resume así sus primeros años:

[…] Llegué de niño a Buenos Aires, y pasé toda mi infancia y parte de la adolescencia en Bánfield, un pueblo cercano a la capital, lleno de perros, gatos y otros animales maravillosos, terrenos baldíos, compañeros rasposos y muchísimo pan con dulce de membrillo.

En la única entrevista que concedió su madre, Herminia Descotte, en mayo de 1970, corrobora que aquellas primeras vivencias están presentes en su obra.2

[…] Suelo encontrar con frecuencia (en los relatos de Julio) cosas que existieron en nuestra vida. En el famoso cuento de las hormigas, por ejemplo [“Los venenos”] Julio hace una descripción minuciosa de nuestro jardín en Bánfield, y cuando yo lo leo es tal como si él volviera a jugar con la máquina, correteara entre el césped y las flores.

En la misma oportunidad, la madre de Cortázar se ocupó de inscribir en la novela familiar algunos de los primeros datos relativos a la ausencia del padre:

[…] Yo estoy cerca, muy cerca de Julio. Él se formó a mi lado. Yo lo crié, y creo que es por eso que está tan unido a mí. Su padre falleció hace muchos años, en Córdoba; pero yo me había separado –cuando Julio tenía diez años– y vivía con mi hijo en Buenos Aires. Tuve que trabajar para salir adelante: en la Caja Civil durante catorce años y luego otros catorce años en la docencia, repartidos entre una escuela de la calle Garay y otra de Villa Devoto. Después me jubilé.

En Territorios (1978), un libro que reúne textos dedicados a la obra de sus amigos pintores o fotógrafos, estimulado por las imágenes, Cortázar escribe sobre remotos recuerdos infantiles. En el pasaje titulado “Las grandes transparencias” aunque asume que “lo autobiográfico termina por hartarlo”, las pinturas de Leonardo Nierman desatan un “fulgurante flashback” de un pasado infantil “que a él mismo le era imposible rescatar”.

También plasmado en Territorios, de aquellos primeros años surge un recuerdo que Cortázar vuelca en “Paseo entre las jaulas”. El episodio ocurrió en Barcelona, durante la Primera Guerra Mundial, y pudo reconstruirlo gracias a su madre. Al parecer sólo fue el canto de un gallo en la madrugada pero para el niño de tres años aquella fue “una experiencia traumatizante” que inaugura “el acopio de recuerdos”, donde “la memoria empieza desde el terror”. Su relato es elocuente:

De la nada, de una lactancia entre gatos y juguetes que sólo los demás podrían rememorar, emerge un despertar al alba, veo la ventana gris como una presencia desoladora, un tema de llanto; sólo es claro el sentimiento de abandono –dice– de algo que hoy puedo llamar mortalidad y que en ese instante era sentir por primera vez el ser como despojamiento desolado, rectángulo grisáceo de la nada para unos ojos que se abrían al vacío, que resbalaban infinitamente en una visión sin asidero, un niño de espaldas frente al cielo desnudo.

Por otra parte, Karine Berriot, en Julio Cortázar L’Enchanteur (1988), reproduce quizá los dos únicos recuerdos amables con los que Cortázar haya evocado jamás a su padre. Durante una entrevista que mantuvieron poco antes de la muerte del escritor, Berriot, conocedora del pudor de Cortázar respecto a su vida privada, se vio sorprendida cuando él espontáneamente se los confió. En uno de ellos Cortázar se recordaba caminando por la calle al lado de su padre y sintiéndose orgulloso ante la mirada de los otros. En el otro se asombraba por recordarlo desnudo, bañándose, y haberlo encontrado “muy bello”.3 Después, en las contadas veces en las que lo hizo públicamente, siempre habló de las dificultades, sobre todo económicas, que tuvo que afrontar su madre al haber sido abandonada por un hombre que “desapareció” de sus vidas muy tempranamente.4

Significativa, sin duda, y digna de mención, es la reaparición del progenitor de Cortázar en su vida.5 Se produjo en julio de 1949, mediante una carta fechada en La Calera (Córdoba) –que se ha conservado– en la que Julio José Cortázar Arias le pedía a su hijo –a quien llamaba “Querido Cocó” (el apelativo familiar) que usara su nombre completo –Julio Florencio– para evitar que se los confundiera. Esto se vinculaba con que el padre había leído en el suplemento “Artes y Letras” del diario La Nación del 3 de julio de ese año, un artículo de su hijo titulado “Presencia de Rosamond Lehmann” que al parecer lo había obligado a aclarar ante sus relaciones que no era de su autoría.

La respuesta de Cortázar, fechada el 2 de agosto de 1949, es contundente. Se dirige de usted al “Señor Julio Cortázar” y le responde

[…] lamento de veras verme precisado a declinar el pedido que me hace. Si esa nota de La Nación es la primera que aparece en una publicación tan leída, yo soy conocido en círculos más especializados desde hace varios años. Con mi nombre Julio Cortázar he publicado un libro, y numerosos ensayos en revistas de B.A. Por una simple razón de mantenimiento profesional de mi nombre, sumándose a otra de eufonía que me interesa más que la anterior, no puedo incorporar mi segundo nombre, ni siquiera su inicial. […] Lamento el malentendido, pero me tranquiliza pensar que sus amigos –a quienes Ud. Ha aclarado la cosa– sabrán ahora a qué atenerse.

Para entonces Cortázar había dejado de usar el pseudónimo Julio Denis, con el que la editorial El Bibliófilo le había publicado en octubre de 1938 la colección de sonetos Presencia. El libro al que alude en la carta a su padre es Los reyes, el poema dramático que editó Gulab y Aldabahor en enero de 1949, ya con su verdadero nombre. Por tanto, podemos asumir que es a partir de entonces cuando Julio Cortázar se apropia del nombre propio que, en opinión del profesor Juan Eduardo Tesone, es una tarea de cada uno indelegable y primordial. Sin ánimo de extenderme sobre el particular, materia para otra indagación, creo interesante citar este concepto:

[…] En efecto, el nombre de pila admite ser vivido como una morada heredada que hay que hacer propia, que se reconstruye y se reapropia al mismo tiempo que se habita. Revitalizar nuestro nombre de pila es siempre una tarea inacabada.6

Después su madre formó pareja con Juan Carlos Pereyra Brizuela, de quien apenas aparecen menciones directas de Cortázar en sus escritos, a no ser la que figura en el primer verso del poema sin fecha dedicado a los cuatro hermanos Pereyra:

Ulises, Juan Carlos, Zadid, Ricardo y yo,
la mesa del póker los domingos,
los veranos con caña y mate amargo,
el póker de la noche, el
rito de color mata full, y la menor
es la mayor. […]7

Las demás referencias deben buscarse en el ámbito privado de la correspondencia.
Así, en una carta que escribe a Eduardo Jonquières, de 10 de enero de 1959, Cortázar se refiere a la súbita muerte del que podría considerarse su padrastro, acaecida la noche del 31 de diciembre de 1959.8

[…] Por lo demás yo mismo te escribo desde mi pozo personal. El primer de año se nos murió Juan Carlos, y mi casa es hoy una serie de habitaciones donde mi madre, mi hermana y mi abuela se mueven como fantasmas. Yo, el fantasma lúcido, juego a hacerme de carne y hueso, levantar el ánimo de todos, inventarle desesperadamente a mi madre un presente soportable y un futuro que la aliente.9

Después de referirse a cuestiones de organización doméstica, en una veintena de líneas –hasta ahora el único material que he conseguido localizar sobre esta relación– Cortázar elabora la pérdida de aquel hombre a quien en ningún momento menciona explícitamente como el marido de su madre, y tampoco como su padrastro, aunque esto pueda justificarse porque el interlocutor es su amigo desde la adolescencia, y por tanto conocedor de la situación familiar.

[…] Quiero decir que he bajado durante días a una región donde gentes que antes y ahora me parecían y me parecen insignificantes, se iluminan misteriosamente con algo que no puedo definir, una especie de gracia, de redención El dolor pasa por las raíces, y nuestras raíces parecen estar mucho más hermanadas que nuestros troncos y nuestro follaje. […] En cuanto a Juan Carlos [Pereyra Brizuela], hace diez años que estábamos muy cerca, después de los veinte años anteriores en que habíamos sido el polo opuesto; y también en este caso yo había comprobado que el acercamiento se hacía por abajo, en los territorios ajenos a la inteligencia y a la cultura. Nada podía aburrirme más que un diálogo con él, en el que yo tenía que renunciar prácticamente a toda mostración de lo que soy, para no humillarlo o desconcertarlo; la maravilla estaba en que ese momento mismo en que mi inteligencia y mi “cultura” se retraían, irritadas y vejadas, algo como un calor, una tibieza carnal me proyectaba hacia él, me identificaba con su gran corazón y su infinita bondad. Ya ves –y supongo que también lo sentís en tu propia experiencia–: hay que madurar para un día comprender cómo ciertas mediocridades, que tanto nos irritan en la juventud, pueden ser como esos pequeños cuadros que de golpe se comen las grandes telas de una sala, y arden con su pequeña luz y su pequeño universo que nos colma. Pero yo no sirvo para explicar estas cosas directamente; quizá trate de hacerlo alguna vez por la vía de un relato, que será también y secretamente el pago de una larga deuda a quien ahora extraño en una medida que por momentos me asombra.

Evidentemente no hay rastros de tal relato, pero esta confesión, transida aún por el dolor de la pérdida, echa luz sobre una figura a la que conscientemente Cortázar jamás llegó a adjudicar la función de padre. No obstante, siguiendo a Ernest Hemingway y a Ricardo Piglia, como el iceberg, en Literatura lo importante permanece sumergido y lo que cuenta es lo secreto. Si para Cortázar la línea que separa la vida de la literatura es indeleble… sólo hay que leer con actitud cómplice.

Otra referencia a Juan Carlos Pereyra Brizuela, aunque esta vez sin nombrarlo, aparece pocos meses después, en una carta que escribe el 30 de mayo de 1960 al escritor Jean Bernabé.10

Aquella desgracia hace que Cortázar se pregunte si en aquellas circunstancias tanto él como Aurora Bernárdez, su primera mujer, estaban “en el mismo espacio y en el mismo tiempo, o si habíamos entrado en uno de esos planos de «X-dimensiones» que tanto aman cultivar los autores de science fiction”. Una vez más apela al humor para hacer frente a la realidad y en la carta a su amigo Bernabé relata así los hechos:

[…] La dialéctica de muchos cuentos míos se cumplía rigurosa; era casi para reírse. ¿Usted imagina una fiesta de fin de año en que las dos familias están reunidas, bebiendo y festejando, y en ese momento, como un final de teatro minuciosamente preparado, alguien cae muerto en medio de las copas de champaña? Desde fuera, parece literatura; metido en el baile, lo deja a uno marcado para siempre. En dos horas vi convertirse una sala de fiesta en capilla ardiente, sacar copas y botellas y reemplazarlas por candelabros y velas. Imposible pedir más: el teatro isabelino amaba esos contrastes violentos, esas tormentas sentimentales que hacen pasar de un polo a otro y le dejan al héroe los cabellos blancos.

Me gustaría repasar brevemente algunos de los escasos textos en los que aparecen figuras paternas, aunque la mayoría significadas “negativamente”, podríamos decir. Cronológicamente, el primero de ellos es el cuento “El hijo del vampiro” que Cortázar escribió en 1937 (a los 23 años) y lo mantuvo inédito junto con otros doce hasta que aparecieron póstumamente bajo el título La otra orilla (2004). En este relato, Lady Vanda concibe un hijo de Duggu Van, el vampiro que había muerto a manos de un niño. En el cuento, de vampiros y fantasmas, apegado todavía a las influencias de autores como Poe o Maupassant, el niño en gestación “no sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda”. Ella siempre repetía: “Es como su padre. Como su padre”. Finalmente, llegado el momento del alumbramiento,

[…] el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta. Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo. Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana.

En el mismo volumen, en el relato “Llama el teléfono Delia” (escrito en 1938) aparece un padre “fantasma”: Sonny, cuyo regreso Delia espera inútilmente mientras se destroza las manos lavando ropa de otros y cuida a Babe, el hijo de ambos.

–Si él pudiera comprender el mal que nos hizo, Babe… si tuviera alma, si fuese capaz de pensar por un segundo en lo que dejó atrás cuando cerró la puerta con un empujón de rabia… Dos años, Babe, dos años… y nada hemos sabido de él… Ni una carta, ni un giro… ni siquiera un giro para ti, para ropa y zapatitos…

Cuando por fin llama el teléfono, Sonny sólo quiere saber si Delia lo perdonará.

–No, Sonny, el perdón no vale nada ahora… Se perdona a quienes se ama todavía un poco… y es por Babe, por Babe que no te perdono.

Cuando Sonny le pregunta si lo cree capaz de haberlo olvidado la respuesta de Delia es contundente:

–No sé, Sonny. Pero no te dejaría volver nunca a su lado porque ahora es solamente mi hijo, solamente mi hijo. No te dejaría nunca.

¿Debemos aceptar aquellas advertencias de Cortázar en el capítulo “Persona y Poeta”, del monumental trabajo Imagen de John Keats, escrito en torno a 1950 pero publicado póstumamente, en 1996, acerca de que “sólo los débiles (más bien, los que se sospechan débiles) tienden a afirmar lo autobiográfico, a exaltarse compensatoriamente en el terreno donde su aptitud literaria los torna fuertes y sólidos”?11

En Bestiario (1951), su primer libro de cuentos, publicado meses antes de su partida definitiva a Francia, el cuento homónimo –en el que Cortázar aborda el tema del incesto– está plagado de referencias autobiográficas y atravesado por misteriosas y ambiguas escenas protagonizadas por los adultos. La amenaza de un tigre que se pasea por la casa introduce un elemento inquietante que los niños parecen asimilar con naturalidad. Un herbario, el formicario, excursiones al arroyo, jugar a las damas… felices ocupaciones infantiles en las vacaciones estivales en el campo, frente al llanto ahogado de Rema por la noche, el silencio, “toda la casa como una enorme oreja” y “otra vez la voz de Luis: «Es un miserable, un miserable…»”. Entre los insectos capturados por los niños, hay un mamboretá “que abriga otros miedos de infancia” y que Cortázar evocará con un sentido menos lúdico años más tarde en “Paseo entre las jaulas” (Territorios, 1978):

[…] y siempre hay una tía que huye despavorida y un padre que autoritariamente proclama la inofensiva naturaleza del mamboretá, mientras acaso piensa sin decirlo que la hembra se come al macho en plena cópula. Ajeno a esos secretos de alcoba, un instinto de infancia me llevaba a rechazar la trivial contrapartida exorcisante, el que la gente llamara tata dios a la arpía indescriptible, que mis compañeros de juegos le preguntaran aplicadamente: ¿Dónde está Dios?

En la citada obra Imagen de John Keats Cortázar, curiosamente, se dedica a desmenuzar la vida del poeta –al que estudió y admiró sin desmayo–, para comprender mejor su obra y, tras apuntar que en el caso del autor inglés mamá y papá eran “gentecillas”, afirma que “hay un lado oscuro familiar en la vida de Keats, que les dejo a los proclives al psicoanálisis”. Chanzas aparte, un poco más adelante adhiere a la idea de Nietzsche de que “la existencia y el mundo sólo se justifican eternalmente como un fenómeno estético”.12

Quizá por eso mismo resulta interesante comprobar que las referencias explícitas a la genealogía de Cortázar hay que buscarlas en su poesía más que en su prosa, donde como en los cuentos antes mencionados, las alusiones son más simbólicas.

Como ejemplo me gustaría mencionar el poema “Los Cortázar” publicado en Último round (1969) y que siempre me pareció una réplica en espejo al que Jorge Luis Borges –para quien el linaje es uno de sus temas literarios por excelencia– tituló “Los Borges”, aunque también pueda ser tributario del poema “Qué lástima”, de León Felipe. Algo también notable es que podría considerarse a Borges el “padre literario” de Cortázar en cuanto a que fue quien primero publicó un texto de Cortázar.13 Fue el cuento “Casa tomada”, en 1946, en la revista Los anales de Buenos Aires y aquel hecho supuso prácticamente su habilitación como escritor y algo que Cortázar siempre le reconoció.14

A su madre, a su abuela, y a su hermana Cortázar dedica varios poemas llenos de ternura e incluso de humor. Las trenzas de Memé (Ofelia) inspiraron una de sus primeras poesías infantiles recogida también en el volumen Poesía y Poética de la Obra Completa. Su abuela Victoria es evocada como “una viejita de ojos claros” que lo espera siempre en la ventana con el mate amargo en la mano “y todo el mar en la mirada”.

Entre los poemas inéditos ahora publicados en esa misma colección, dedica uno a su madre, traspasado de inquietud:

Madre, no te muevas, los lobos
te arrancarán la lengua y el ovillo de lana,
todo es búho, todo escupe la espera de la sangre.
Cuenta siempre la apacible aventura de tu vida,
recoge a tu alrededor la lección y la fábula.
Han llamado dos veces ¿debo abrir?

En Salvo el crepúsculo (1984) en el texto La madre, Cortázar se asume como “el pedazo desprendido” del sueño de su progenitora, con la que como se ha dicho, siempre mantuvo un vínculo estrecho, cómplice y afectuoso. No obstante, hace explícita su voluntad de diferenciarse, de ser artífice de sus propios deseos:

Oh madre, tu hijo es éste, baja tus ojos para que calle el espejo y podamos reconciliar nuestras bocas. A cada lado del aire hablamos de cosas distintas con iguales palabras. […] No puedo allegarme, mamá, no puedo ser otra cosa en libertad, porque en tu espejo de sonrisa blanda está la imagen que me aplasta, el hijo verdadero y a medida de la madre, el buen pingüino rosa yendo y viniendo y tan valiente hasta el final, la forma que me diste en tu deseo: honrado, cariñoso, jubilable, diplomado.15

Más de una vez Cortázar se refirió a los entornos familiares “cursis” y claustrofóbicos de su infancia, que de alguna manera condicionaron su pasaje a lo fantástico. “Había un mundo paralelo, permeado, mezclado con el mundo de todos los días, el mundo de la escuela y el mundo de la casa, y yo me movía fluctuando entre el uno y el otro”, declara a Prego en La fascinación de las palabras. “De modo que el día que yo empecé a escribir poemas y cuentos, me parece que era casi inevitable que esa permeabilidad se abriera paso”.

Mucho antes, en Rayuela (1963), Morelli, considerado el alter ego de Horacio Oliveira y por carácter transitivo del propio Cortázar, sentenciaba en el capítulo 107: “La mejor cualidad de mis antepasados es estar muertos; espero modesta pero orgullosamente el momento de heredarla”. Pero es Oliveira quien en el capítulo 20 actúa el rechazo de la paternidad simbólica de Rocamadour, el hijo de la Maga. “El chico no entraba en mis cálculos. Tres es mal número dentro de una pieza. Andamos los tres enredándonos en los tobillos del otro, es incómodo y antiestético”. Tras la muerte del bebé, la pareja se separa, el Club de la Serpiente se desintegra y Oliveira entra en un estado caótico que desemboca en su deportación a Argentina tras ser acusado de escándalo público. Es la cesura entre “el lado de acá” y “el lado de allá”. ¿Sería posible reconocer en el “fracaso” de Oliveira las huellas del frustrado proyecto de su propio padre cuando la Primera Guerra Mundial le impidió permanecer en Europa?

En la obra de Cortázar he conseguido rescatar al menos dos figuras que suponen la excepción a la ausencia de padres en su narrativa. Uno de ellos es el señor Trejo, en la novela Los premios (1960), a la cabeza de una típica familia convencional de la clase media baja argentina, cuyos miembros se definen por su lenguaje, plagado de expresiones vulgares y de lugares comunes que recuerdan aquellos entornos familiares que tanto lo ofuscaban. La familia está compuesta por el señor Trejo, la señora de Trejo, la Beba Trejo –sin mayor protagonismo– y Felipe, el adolescente que pierde la inocencia cuando traspasa los límites de la prohibición que impide a los viajeros acceder a la popa y es seducido ¿violado? por Orf, el marinero con una serpiente azul tatuada en el antebrazo.

Otro ejemplo de padre se encuentra en el cuento “Silvia”, incluido en Último round (1969), en el que Jean Borel, “que enseña la literatura de nuestras tierras en una universidad occitana” junto a su mujer Liliane, se ocupa amorosamente de su pequeño Renaud, de dos años, si bien la tarde en la que transcurre el cuento el niño está al cuidado de Silvia. Lo cierto es que el modelo fue Alain Sicard,16 amigo de Cortázar, actualmente profesor emérito de la Universidad de Poitiers, y así me lo confió, hace unos años, durante un Congreso en homenaje a Cortázar organizado por aquella institución. Así fue como a partir del hecho cierto de que a su llegada nadie le presentó a la niñera, Cortázar imaginó un relato en el que Silvia es visible solo para el Narrador (por supuesto el álter ego del autor) y los niños.

Finalmente me gustaría referirme al poema “Negro el 10” que se editó en 1983 acompañado de diez serigrafías de Luis Tomasello, y que está recogido en el volumen Poesía y Poética. Éste fue uno de los últimos poemas escritos por Cortázar. A mi juicio contiene ya la intuición de la muerte, azuzada por el dolor ante la desaparición de Carol Dunlop, su segunda esposa, tras una penosa enfermedad. En este poema, tan simbólico como el de su admirado Mallarmé “Una tirada de dados no abolirá el azar” (1897), Cortázar retoma una vez más la metáfora de aquel gallo en la madrugada que pobló sus terrores infantiles cuando la luz, como la memoria, intentaba vencer a las tinieblas y librarlo de la pesadilla.

“EMPIEZA por no ser. Por ser no. El Caos es negro. Como es negra la nada”, escribe Cortázar. “Nace la claridad, su gallo triza el cielo, / se esponjan los colores vanidosos. / Pero el negro se ahínca primigenio. Toda luz en el carbón se abisma, en el basalto”.

Y más adelante unos versos que, aunque herméticos, resumen quizá las preguntas fundamentales de una vida:

Padre profundo, pez abisal de los orígenes,
retorno a qué comienzo,
estigia contra el sol, y sus espejos,
término de los cambios,
última estela de las mutaciones,

palabra del silencio.

El poema –prosa poética– concluye así:

CABALLO negro de las pesadillas, hacha del sacrificio, tinta de la palabra escrita, pulmón del que diseña, serigrafía de la noche, negro el diez: ruleta de la muerte, que se juega viviendo.

TU SOMBRA espera tras de toda luz.17

Julio Cortázar nació en Ixelles, Bruselas, el 26 de agosto de 1914 y murió en París el 12 de febrero de 1984. Está enterrado en el cementerio de Montparnasse.

Notas

  1. Datos pormenorizados sobre la biografía de Cortázar los proporciona Eduardo Montes-Bradley, en Cortázar sin Barba. Barcelona, Debate, 2005, donde sostiene que los padres de Cortázar pudieron haberse separado antes de regresar a Argentina
  2. “Mi hijo, Julio Cortázar”, entrevista a María Descotte, Revista Atlántida, Buenos Aires, mayo de 1970, n.º 1238, pp. 68-73.
  3. Véase Julio Cortázar. L’Enchanteur. Presses de la Renaissance, Paris, 1988, p. 58.
  4. Véase la entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo”, de TVE, en 1977 y las constantes referencias, sobre todo en Cartas 1937-1954 (2012), el primer volumen de su correspondencia, editada por su primera esposa, Aurora Bernárdez, a su decisión de abandonar la carrera de Letras y empezar a trabajar como profesor de secundaria para ayudar al sostén de su familia. Igualmente, se puede comprobar que su máxima preocupación al marcharse a París en 1951 fue asegurarse unos ingresos regulares para poder ayudar a su madre, algo que continuó haciendo hasta su muerte. Véase, por ejemplo, la carta a Fredi Guthmann, de 26 de julio de 1951, Julio Cortázar. Cartas, vol. 1 p. 321.
  5. En la carta, Julio José Cortázar Arias hace referencia a que han pasado treinta años durante los que no ha querido “deliberadamente, intervenir de ninguna forma, en ningún momento, con relación a ti ni a Memé. […] Me resigné a ser, posiblemente, condenado y resolví, en consecuencia, desaparecer totalmente, sacrificando lo que yo sólo sé”. A partir de ese dato se puede calcular que el último contacto data de 1919, lo que abona la idea de que la separación de los padres fue anterior al regreso de la familia a Argentina. Es decir, cuando Cortázar tenía unos cinco años. Julio Cortázar. Cartas. (Cinco volúmenes: 1937-1954; 1955-1964; 1965-1968; 1969-1976; 1977-1984). Edición a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, Buenos Aires, Alfaguara, 2012, Vol. 1, pp. 291-292.
  6. Véase Juan Eduardo Tesone. En las huellas del nombre propio. Lo que los otros inscriben en nosotros. Madrid, Biblioteca Nueva, 2016. Prólogo a la edición española de Luis Martín Cabré, pp. 18, 22.
  7. Aparece en la sección “Poemas inéditos” de Poesía y poética. Obras completas IV, p. 671. Galaxia Gutenberg (2005). Otro de los hermanos, Zadid Pereyra Brizuela, se casó con Ofelia, la hermana de Cortázar, y murió el 15 de enero de 1942, apenas dos años después de la boda.
  8. Véase Montes-Bradley, op. cit. En la página 26 reproduce el texto de la nota necrológica publicada en el diario La Razón, de Buenos Aires, el 2 de enero de 1960, en la que “su esposa María Herminia Descotte, sus hijastros Ofelia C. de Pereyra y Julio Cortázar participan su fallecimiento”.
  9. Cartas a los Jonquières. Edición a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, Buenos Aires, Alfaguara, 2010, pp. 403-406.
  10. Julio Cortázar. Cartas. vol. 2, p. 215.
  11. Imagen de John Keats. Madrid, Alfaguara, 1996, p. 500.
  12. Op. cit. pp. 29 y 63.
  13. En rigor, los primeros textos publicados por Cortázar hay que rastrearlos en Chivilcoy, donde bajo el pseudónimo Julio Denis publicó en 1941 el cuento “Llama el teléfono, Delia”, en el diario El Despertar de esa ciudad de la provincia de Buenos Aires donde entonces trabajaba como profesor de Secundaria.
  14. Véanse los relatos de aquel encuentro que Borges evoca en el prólogo al volumen de los Cuentos de Cortázar que incluyó como número 2 en la edición de Orbis-Hyspamérica Ediciones-Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, 1986, y Cortázar en distintos momentos pero especialmente en las cartas que envía a su editor Paco Porrúa, el 30 de noviembre de 1964 y el 15 de enero de 1965.
  15. Salvo el crepúsculo. Madrid, Alfaguara, 1985, p. 329. Véanse igualmente el poema “Hansel y Gretel”, en Poesía y poética, p. 572 y el texto “Sorpresas para Perrault”, en Silvalandia (1984), p. 22.
  16. Entre los años 1974 y 1995, Alain Sicard encabezó el Centro de Investigaciones Latinoamericanas (CRLA), donde fue anfitrión de escritores invitados como Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Carlos Droguett o Juan José Saer.
  17. Véase Poesía y poética, pp. 447-448.