Sandra Correa Suárez

Correa Suárez, Sandra

Sandra E. Correa Suárez, nace en San Juan, Puerto Rico, pero la mayor parte de su niñez transcurre en Madrid, España. En 1980 regresa a Puerto Rico para realizar estudios superiores. Más tarde se traslada a los Estados Unidos para hacer estudios de posgrado. En el año 2000, obtiene su grado de Maestría de La Universidad del Estado de Iowa con una concentración en idiomas y periodismo. En el año 2003, comienza sus estudios doctorales en la Universidad Estatal de Arizona donde se gradua en el 2010 con un doctorado en Filosofía y Letras, especialización en Literatura del Siglo de Oro Español. En la actualidad, es miembro de la Facultad de Idiomas y Literatura de la Universidad Estatal de Arizona. Por varios años ha impartido cursos de lenguas, literatura y cultura. Su interés por la investigación cuenta con enfoques transatlánticos de la literatura moderna, la cultura, la historia de España y el Nuevo Mundo, como también Cervantes, la novela picaresca española y la educación global. Sandra Correa es miembro del Instituto de Estudios Judíos de la Universidad Estatal de Arizona.

LOS JUDÍOS EN LA ESPAÑA MEDIEVAL Y LOS TERRITORIOS DE NUEVA ESPAÑA Y NUEVA GRANADA

El pueblo hebreo es, sin duda, uno de los más dinámicos de la Historia de la Humanidad, y también uno de los que mejor ha sabido aprovechar las circunstancias favorables creadas por los otros pueblos, superando en muchos casos el estatuto de convivencia que esos pueblos les impusieron (García de Proodian 3-16).

Muchos autores afirman que la relación entre españoles y judíos en la España del siglo XIII era muy buena, en algunos casos la calificaban de “asombrosa”, con respecto al resto de los países europeos.

A partir del siglo XIV y XV esta relación empezó a deteriorarse debido a la presión de las clases sociales más altas, pues tenían miedo de la competencia económica que los judíos estaban empezando a provocar. De todas formas, en Castilla durante el siglo XV, todavía había algunos ministros judíos (Weiner 1-7).

Lo que sí está claro es que la historia de los judíos está impregnada de tragedia. Hay muchas historias de distinta índole, como las tragedias de persecución, pérdida de la vida, o los períodos desconocidos de la historia judía; épocas enteras de las que aparentemente no se conservan escritos o documentos.

Después de salir de España, los judíos se trasladaron a la Nueva España sin interrupción desde 1521, pero esta inmigración ha sido episódica y no continua, excepto en ciertos períodos, como desde 1580 hasta 1640 y después de 1862. Los inmigrantes llegaron en oleadas desde distintos puntos de origen europeo y de las Islas Canarias, las Azores, y el Medio Oriente (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 15-30).

En lo referente a las conversiones de judíos al catolicismo, Stanley Hordes en To the End of the Earth: A History of the Crypto-Jews of New Mexico plantea lo siguiente:

“In the process of pursuing its conversion efforts through the thirteenth, fourteenth, and fifteenth centuries, the Church utilized peaceful as well as violent means.

The more idealistic members of the Church hierarchy thought to win Jewish converts throughout a prolonged series of debates, or disputations, which pitted theological scholars of both faiths against each other in an attempt to persuade Jews to convert or dissuade them from doing so (…) But as the anti-Jewish sentiment that was sweeping through Europe filtered southward into Spain through the mid- and late fourteenth Century, conversion efforts on the part of the Church turned increasingly violent. Jews were held responsible for a host of crimes, ranking from poisoning wells to using blood of Christian children in Passover rites to causing the Black Death” (17).

Poco a poco, lo que fue una estrecha relación entre cristianos y judíos, se transformó en un antisemitismo radical. Paulatinamente se fue obligando a los judíos a cristianizarse o morir. Los números afirman que unos 100.000 se convirtieron, mientras otros 100.000 se negaron y fueron asesinados. Entretanto, las comunidades de judíos conversos crecieron en número, relieve político y bienestar económico (Weiner 1-7).

Por otra parte, la Inquisición Española comenzó a oficializar los mitos demoniacos acerca de los judíos para aumentar la llama del antisemitismo.

Judíos y judíos conversos fueron acusados de trabajar juntos para llevar a cabo el siguiente crimen: imitar la Pasión de Cristo hasta el más mínimo detalle. Para aclararlo, fueron acusados de ser asesinos de niños y de realizar hechizos demoniacos que querían acabar con la cristiandad, y de esta forma hacerse dueños del mundo (Weiner 1-20).

Más tarde, con la Conquista de América y la transición de judíos y judíos conversos a las nuevas colonias, se pudo ver cómo el papel de la mujer fue determinante para el mantenimiento de la fe, pues mientras los hombres se dedicaban a trabajar en el ámbito público, las mujeres se dedicaban a mantener el fuego de la fe en el hogar, y de este modo, conducir servicios religiosos secretos, y en ocasiones, a hacer proselitismo (1-20).

Antes de la llegada a la tierra prometida de Nueva España, el Decreto de Expulsión de los judíos de España se firmó en Granada. A los judíos no les estaba permitido llevar consigo sus más valiosas pertenencias, como eran el oro, la plata o el dinero en sí mismo. El Decreto de Expulsión no es solamente importante por lo que declara, sino también por lo que no expresa. La principal acusación que tenían en contra de los judíos era que había judíos conversos que después de haber aceptado la Santa Iglesia Católica, todavía seguían practicando sus costumbres judías en secreto (García de Proodian 3-17).

Los navíos que salían desde España fueron directamente a parar a Italia, Turquía y el norte de África, antes del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

Los judíos que se quedaron en España dejaron de llamarse judíos. Muchos de ellos se convirtieron honestamente al cristianismo, mientras que otros lo hicieron por miedo a ser castigados si seguían practicando su antigua fe. Estos neófitos en el cristianismo recibieron diversos nombres, entre ellos: hebreo-cristianos, nuevo cristianos, conversos y marranos (palabra bastante despectiva que se utiliza normalmente para designar a un animal, el gocho o cerdo).

También, podemos hablar de la gran cantidad de judíos que embarcaron en los navíos de Colón y sus hombres, y que tomaron rumbo al continente americano, tanto al norte como al sur. Estos judíos fueron los que crearon la primera comunidad de residentes judíos en Nueva España.

Muchas de las generaciones judías que nacieron y se criaron en el Nuevo Mundo mantuvieron algunos lazos estrechos con la tierra de sus familiares (España), debido en parte al uso continuado de la lengua madre; esto se convirtió en una forma de herencia que se iba pasando de padres a hijos que jamás estuvieron en España antes.

En cuanto a la economía, es muy importante destacar el hecho de que después del siglo X, el comercio y la agricultura fueron dirigidos por los castellanos (españoles) que tenían como súbditos a los judíos y “moros” (árabes), en la Península Ibérica. ¿Por qué este hecho fue importante? Lo fue porque la esclavitud se convirtió en una señal de inferioridad para ciertas etnias, que se encontraban debajo del noble caballero español. Asimismo, esta actitud fue reflejada en el Nuevo Mundo durante el siglo XVI. Hernán Cortés, explorador español de México dijo que él había venido a Nueva España para conseguir oro, no para trabajar la tierra como un súbdito (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 37-38).

Los judíos que llegaron a las nuevas tierras de América, lo hicieron desde numerosos lugares, como por ejemplo: Leghorn, Pisa, Ferrara, Dublin, Salonica, Bordeaux, Rouen y Amsterdam. Muchos de ellos trataron de establecerse en México. Un hecho muy importante fue que Portugal trató de castigar a sus judíos exiliándolos en Brasil o en las nuevas islas indias descubiertas. Muchos de éstos también llegaron a México. Otros muchos viajaron desde la costa este de Sudamérica (desde Brasil o Argentina), a Chile o Perú, y desde ahí, emigraron hacia Nueva España. La Ciudad de México parecía ser el destino principal para muchos de los habitantes que se encontraban en otras partes del continente americano (The Jewish Diaspora in Latin America: New Studies on History and Literature 3-60).

Ahora, podemos pasar a cuestionarnos la siguiente pregunta: si el judaísmo estaba prohibido también en los territorios de Nueva España, ¿Cómo es que había judíos en América entonces? Lo primero que hay que decir es que muchos de los judíos vinieron al Nuevo Mundo desde zonas en donde la libertad de religión estaba permitida; lugares como África, Holanda y los pocos estados italianos que toleraban el judaísmo, así como de España y también otras posesiones españolas. Estas personas fueron muy valientes pues sabían el peligro que corrían viniendo a las posesiones del Nuevo Mundo. Aparentemente los inquisidores en ultramar nunca preguntaron de dónde venían, y los judíos nunca dieron una explicación extremadamente detallada (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 51).

Una gran mayoría de judíos vinieron de España con Hernán Cortés en 1521, menos de 30 años después del Decreto de Expulsión.
Un dato muy importante es que los judíos de Nueva España durante la primera y segunda década del siglo XVI eran, o bien los que habían sido expulsados de España y Portugal, o aquéllos que eran descendientes de los expulsados anteriormente de estos países (Los judíos en la Nueva España 191-352).

A continuación, vamos a pasar a hablar de ciertos aspectos de la vida de los judíos. En cuanto a los lugares para la oración, en Nueva España la sinagoga fue el principal punto de encuentro común para los judíos, como lo fue en España. El número de sinagogas fue variando según los tiempos. Durante la mitad del siglo XVI, había alrededor de quince congregaciones en Ciudad de México y sus alrededores, al menos otras tres en Puebla, otras dos en Guadalajara y Veracruz, y otra en Zacatecas y Campeche. No se sabe con seguridad, pero muy probablemente había otras dispersas por Mérida, Monterrey, Guatemala, Nicaragua y Honduras (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 57-58).

Los judíos de Nueva España no vivían en lugares apartados y particulares, sino que se congregaban en los centros urbanos y en diversas áreas rurales. Otro punto importante a tratar son las costumbres y días sagrados que los judíos tenían, y que en muchos casos siguen estando vigentes actualmente.

The Sabbath: se podría resumir como la asistencia a los servicios comunitarios que se inauguraba los viernes al anochecer y sábados. El sermón consistía en comentarios de los diferentes fragmentos de la Torah. Algo muy importante a destacar es que muchos de los judíos eran políglotas (hablaban español, portugués y una o más de las lenguas indias nativas americanas) y muchas de sus oraciones eran en portugués. La siguiente era una de sus favoritas:

Quen canta, seu mal espanta;
Quen chora seu mal aumenta:
Eu canto para espalbar
A paixao que me atormenta (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 64).

Yom Kippur: era el día más sagrado del año. El ritual para la preparación consistía en bañarse el día anterior, cambiarse de ropa totalmente, y cenar pescado con verduras. Por supuesto, la carne no estaba permitida. Toda o casi toda la ropa que llevaran ese día tendría que ser nueva. Incluso los miembros más pobres de la comunidad judía se compraban algo nuevo todos los años. Las mujeres encendían velas, que colocaban cuidadosamente sobre trapos limpios. Las velas se colocaban debajo de las mesas para evitar ser vistos desde fuera de las casas (Liebman, The Inquisitors and the Jews in the New World: Summaries of Procesos, 1500-1810, and Bibliographical Guide 13-35).

Pascua: el día de Pascua celebra la liberación de los judíos del yugo egipcio, tomando como líder a Moisés.
Esta celebración se inicia con una cena, que inaugura la fiesta. Para el judío español que vivía durante la época colonial en América, la prohibición de practicar su fe abiertamente supuso una forma de esclavitud espiritual.

La festividad de la Pascua solamente se celebraba durante siete días. Los judíos de la Nueva España no trabajaban durante el primer y el séptimo día de la Pascua. Se practicaba la abstención del pan con levadura (matzot). Algunas personas hacían su propio matzot; sin embargo, había también muchos judíos panaderos. Un caso muy curioso fue el de un doctor judío en Perú durante el siglo XVII, que recetaba matzot a muchos de sus pacientes cristianos que padecían de trastornos estomacales (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 68-69).

Matrimonio: por último pasemos a hablar ahora del matrimonio. Muchos de los judíos ricos de los territorios de Nueva España y Nueva Granada buscaron marido para sus hijas en las comunidades judías de Pisa, Ferrara, Livorno y Amsterdam. Los judíos del Nuevo Mundo no solamente querían cerciorarse de que sus hijos contraían matrimonio dentro de la ley judía, sino que lo hacían con un no-mexicano que era devoto y que seguía la fe judía de acuerdo a las tradiciones. Cuando por cualquier razón no existía la presencia de un rabino, en las colonias americanas, las familias podían elegir celebrar el matrimonio con una celebración católica. Sin embargo, más tarde, cuando un rabino estuviera disponible, tendrían que volver a celebrarla de nuevo, y esta vez, recibiendo la bendición judía (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 74-75).

Supersticiones: los judíos del siglo XVII vivían constantemente dominados por la superstición. Algunas de las más comunes eran:
– Las camas tenían que estar perfectamente hechas con las sábanas totalmente plegadas, ya que si no era así, los muertos podrían dormir en ellas y atormentar a los vivos que dormían en esas camas.
– Las mujeres jóvenes y solteras tenían que secarse el pelo totalmente después de lavárselo, ya que si no lo hacían, ningún hombre las querría ni se casaría con ellas.
– Una mujer soltera podría capturar a un hombre y hacer que se enamorara de ella dándole una poción hecha de sesos de vaca.
– Los amuletos eran usados para evitar catástrofes.

Todas estas supersticiones entre los judíos se revelaban también en los funerales.

Durante los mismos, los hombres y mujeres cubrían sus cabezas y permanecían rezándole al muerto durante una hora en silencio (Liebman, The Jews in New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 85).

Para terminar, una vez que hemos visto cómo era la vida de los judíos durante la Edad Media en España y después en las colonias americanas, así como algunas de sus tradiciones principales, vamos a hablar de un concepto muy importante de la época, que fue: el Tribunal de la Santa Inquisición.
En general, durante la época de la Inquisición, las funciones recaían sobre el obispo de cada diócesis, que a su vez era el guardián de la fe y las tradiciones católicas.

El Tribunal del Santo Oficio (o Inquisición) era único e independiente de la Iglesia Católica. Tenía muchos centros repartidos por toda España, y después del año 1571, también en la Ciudad de México, Cartagena, Lima, Santiago de Chile y Buenos Aires. El Tribunal de la Nueva España se convirtió en una “Inquisición autónoma” debido a que en numerosas ocasiones actuaba de forma independiente de la Inquisición española (García de Proodian 21-42).

Muy al principio de mi trabajo hice un inciso acerca de la mujer judía de los territorios de la Nueva España. Ahora me gustaría retomar de nuevo el tema para dar algunos datos más de las mismas, pues sin duda, tuvieron un papel fundamental en la sociedad judía del momento, como en todas las sociedades.

En primer lugar, hay que señalar que la mayoría de los que vinieron a ocupar las nuevas tierras conquistadas eran hombres, al principio. Muchos de éstos estaban casados ya, y los procedimientos por los que entraron al continente americano no fueron siempre los más seguros, así que muchas de sus mujeres se quedaron atrás. Sin embargo, es cierto que la legislación en vigor fomentaba que las mujeres de los emigrantes se reunieran con sus maridos en el plazo de tiempo más corto posible, y se les daban todo tipo de facilidades para tal empresa. “Por eso, las mujeres judías que pasaron al Nuevo Mundo, lo hicieron en proporción ínfima con respecto a los hombres de su misma religión, siendo su número prácticamente nulo. Las muy contadas que se decidieron a acometer aquella magna empresa de atravesar el Atlántico en las incómodas, antihigiénicas y lentas naves de la época con sus mil peligros, no lo hacían tras el deseo de trocar el ambiente opresor de su lugarejo natal –en el que seculares prejuicios regulaban apretadamente la vida femenina-, sino por la amplia atmósfera de libertad que se respiraba en América” (García de Proodian 240).

Como conclusión, podemos decir que los judíos del Nuevo Mundo lucharon por mantener su religión durante casi 300 años. La amenaza de tortura y muerte no les impidió seguir manteniendo su fe y transmitirla de generación en generación. Si bien es cierto que durante los años la presión a la que se vieron sometidos los judíos fue decisoria, y muchos de ellos se convirtieron al catolicismo u otras religiones, e incluso muchos de ellos dejaron de ser judíos sin adoptar ninguna otra religión nueva. Muchos de ellos todavía en nuestros días continúan diciendo que son judíos, pero con una diferencia, y es que el judaísmo para muchos, actualmente solamente tiene una identificación personal sin significancia religiosa. Los mexicanos judíos de las colonias olvidaron su pasado, y cuando el judaísmo dejó de ser un valor vital para la vida de estas personas, comenzó a desaparecer y finalmente se extinguió. La vida de los descendientes de judíos españoles en Nueva España y Nueva Granada ha quedado en el olvido, y hoy por hoy, debido a esa gran pérdida, muchas de las vidas y actividades de aquéllos que merecen ser reconocidos, nos son desconocidas (Liebman, The Jews of New Spain: Faith, Flame, and the Inquisition 299-304).

Algunos de los mártires y conquistadores judíos fueron los siguientes: el gobernador de Castilla del Oro, el conquistador Hernando Alonso, el gobernador del Nuevo Reino de León (don Luis de Carvajal y de la Cueva), Tomás Treviño de Sobremonte, Maldonado de Silva, Diego de León Pinelo, Juan Rodríguez de León, Juan Rodríguez Mesa y doña María de Castro (Lewin 275).