Robert Lemm

Lemm, Robert

Ensayista e hispanista holandés. Además de numerosos ensayos sobre escritores del idioma español, se le debe una biografía de Borges (traducida al español con el título de “Borges como filósofo”); una “Historia de los jesuitas”; una “Historia de España”; una “Historia de la Inquisición española”. Otros ensayos sobre León Bloy, Juan Pablo II, Benedicto XVI, así como dos obras sobre “La Señora de Todos los Pueblos” y las apariciones mariales de Ámsterdam. También ha realizado una importante obra de traductor: Octavio Paz; Pablo Neruda; Alejo Carpentier; Jorge Luis Borges; Luis de León; san Juan de la Cruz; Miguel de Unamuno; Leopoldo Marechal; Juan Donoso Cortés; Nicolás Gómez Dávila. Otros autores traducidos por él son: Joseph de Maistre, Léon Bloy, Giovanni Papini y René Girard.

CÓMO SE EVAPORA UN EJÉRCITO

Según Borges, un gran escritor crea a sus propios precursores. Así en la lectura de Kafka, como lo demuestra el ensayo “Kafka y sus precursores”, de 1951 (“Otra Inquisiciones”), se recrea o se revive, por ciertas características: – el “continuo desconfiar de Dios” y el “no llegar nunca” convertido en “no poder salir nunca” – cierto lado de Kierkegaard y uno de los cuentos descorteses de Léon Bloy. Algo parecido ocurre con la lectura de Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez en relación a Cómo se evapora un ejército, de su compatriota Ángel Cuervo, escrito a finales del siglo diecinueve y cuya historia transcurre entre el año 1860 y 1861. El lugar de la acción es Colombia. Y si no me equivoco, en lo que allí pasa se cifra un rasgo reiterativo de la vida pública, sobre todo en América Latina de no hace tanto tiempo.

Fernando Vallejo, autor colombiano nacido en 1942, que prefiere vivir en el exilio, define la patria como ‘un cuento de ambiciosos y demagogos que buscan el poder’. Harto de su tierra natal, solicitó la nacionalidad mexicana. Al único colombiano que respeta, y hasta venera como santo, es Rufino José Cuervo, hermano de Ángel, santo también. Ambos hermanos descansan bajo una piedra modesta en el cementerio Père Lachaise de París. Aunque el gobierno colombiano anunció trashumarlos para ser enterrados en suelo patrio, como consta en la tapa de una edición de Cómo se evapora un ejército, de 1969 (Biblioteca Victor M. Londoño), bajo auspicios del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá (fundado en 1942), continúan todavía en el cementerio parisino. Allí los visitó Fernando Vallejo, bien entrado el siglo veintiuno, como consta en su libro El cuervo blanco, de 2012, título que quiere realzar a Rufino José por ser el único blanco entre los cuervos negros que deshonran a Colombia, inclusive Miguel Antonio Caro, pilar gemelo del prestigioso instituto a que debe Santa Fe de Bogotá su reputación de Atenas de las Américas.

En el año 1830 se desintegró Gran Colombia, el anterior Virreynato de Nueva Granada, en tres repúblicas, a saber Colombia (que aún incluye Panamá), Ecuador y Venezuela. Unas décadas más tarde el país se ha convertido en una confederación dividida en ocho estados. Uno de éstos, el Gran Cauca, lo gobierna Tomás Cipriano de Mosquera. El que gobierna la Confederación, el presidente de la República, es Mariano Ospina. Desde 1858 es vigente la constitución que implantó el sistema federal. El señor presidente, que es del partido conservador, aspira a la hegemonía y para lograrla ha nombrado a intendentes de su camarilla en los diferentes estados. En este gesto Mosquera ve una violación de la constitución que debería garantizar la autonomía de los estados, y por consiguiente se rebela en contra del gobierno de la República. Mosquera es de los liberales, cuyo partido invoca la supremacía del Estado sobre la Iglesia – oficialmente separadas desde 1824. Tenemos pues en 1860 un presidente conservador, apoyado por la Iglesia, que dice defender la legalidad y la Constitución de 1858 frente a un gobernador rebelde, apoyado por los liberales, que representa los intereses federalistas. Por encima de las causas y los intereses se asoma la lucha por el poder entre dos prohombres que se creen llamados a guiar la nación. El mismo año estalla la guerra civil. El presidente considera al gobernador del Cauca como un insurgente que hay que detener vivo o muerto. Para socorrer a la Constitución y la legalidad convoca un ejército bajo el general Joaquín París, el intendente que representa el gobierno nacional en el Cauca y que es leal al presidente Ospina. El general París tiene la tarea de sofocar la “revolución” desencadenada por Mosquera. Pero ‘mientras el gran general Mosquera trepaba con sus hombres por las breñas de la cordillera central, y cuando el general París creía encontrarle en los llanos del sur, atravesó de un salto el río Magdalena para situarse frente a la sabana de Bogotá. La guerra estaba perdida para el gobierno’, concluye Joaquín Tamayo en su apología intitulada Tomás Cipriano de Mosquera (1936).

El desencuentro de los dos ejércitos es el tema de Ángel Cuervo. Para comprender su enfoque hay que tener en cuenta que él y su hermano Rufino José estaban del lado de los conservadores. Su padre, prócer perteneciente a la segunda generación de los criollos desde la Independencia, había sido vicepresidente del pais y era un hombre con un “sentido español para el orden”, según Rufino José en su prólogo a Cómo se evapora un ejército. El orden se rompió por primera vez en 1860. Intentonas anteriores no tuvieron éxito, lo que por su aparente establidad distingue a la así llamada Confederación de Nueva Granada de casi todos los otros países latinoamericanos, donde los pronunciamientos y dictaduras eran bastante frecuentes. En su prólogo de 1899 dice el hermano menor de Ángel: ‘La época a que se refiere mi hermano es acaso la más grave y crítica de nuestra historia de nación independiente. Antes nunca había triunfado una revolución’, y a propósito de 1860 asegura en 2012 Fernando Vallejo que fue ‘la única sublevación que ha triunfado en la historia de Colombia’ (op.cit). O sea que ni en el siglo veinte hubo jamás un régimen ilegítimo o revolucionario en el país. Este hecho puede explicar la existencia en su territorio de la guerrilla más larga del continente americano, si no del planeta entero. Pero también en este caso, sin triunfar.

El triunfo de la “revolución” de Mosquera, el único, fue para los hermanos Cuervo un desastre definitivo y una de las razones para luego, en los años setenta – después de explotar con hermanos mayores una mina de sal en los llanos y de fundar una fábrica de cerveza en la ciudad – establecerse en Europa, el continente civilizado. ‘Nuestra política’, escribe Rufino José, ‘ha llegado a ser poco menos que de salvajes; el vencedor niega al vencido el fuego y el agua y el vencido espía un descuido de su dominador para derribarle; o aguarda que un agravado se le entregue por traición. Los que apellidan “libertad” no han sabido hacerla efectiva, y los que claman “autoridad” no han logrado hacerla respetable.’ La vida parisina les sirvió a los Cuervo para con vistas a una regeneración futura de su patria lejana en plan de ‘vivir sometido a las leyes y dar ejemplo de moralidad y laboriosidad, sin que haya un divorcio entre el trabajo de sembrar el campo y el cultivo fecundo de las letras’. Y sobre todo a las letras se dedican los hermanos en París; Rufino José a la laboriosa y larga composición en ocho tomos de su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, obra filológica apreciada por los especialistas europeos que empiezan a llamarse “hispanistas” en esa época; y Ángel, a la escritura de ensayos sobre varones ilustres del viejo continente, amén de un libro sobre las curiosidades de la vida americana para parisinos, y una guía para americanos que quieren hacer el “grand tour” por las capitales de Francia, Bélgica, Inglaterra, Alemania e Italia con el fin de ilustrarse y sacar ideas en beneficio de sus países nuevomundistas. Y aparte de unas novelas por entregas en revistas francesas terminó Ángel poco antes de su muerte en 1896, el manuscrito de Cómo se evapora un ejército, que póstumamente publicará Rufino José.

A principios de 1861, teniendo veintitrés años, Ángel se alistó como capitán en la sexta división del Ejército de la Confederación bajo el mando del futuro presidente Julio Arboleda y el general París. El presidente Ospina acompaña la marcha militar, y Ángel se pregunta por qué. ¿Sospecha de los militares? En vez de arrostrar a los enemigos, los defensores de la Constitución y el régimen legítimo se demoran en algún lugar que nada tiene que ver con un campo de batalla. De pronto se proclama un armisticio que Bogotá define como una victoria de los nacionales, mientras que el rebelde Mosquera lo celebra como éxito de los federales. Ángel comenta a propósito del ejército defensor de la Constitución de 1858 que ‘no cree que en los anales de nuestras guerras civiles se registrara una retirada con más peligros y mejor dirigida que lo que nosotros hicimos’, estando Mosquera enfadado por ‘habernos dejado escapar’. ¿Cómo no pensar en los desencuentros militares y armisticios inútiles entre los azules (conservadores) y los rojos (liberales) relatados con ironía en Cien años de soledad por García Márquez? ‘Toda revolución’, aclara Ángel, ‘necesita un pretexto para autorizar sus gestos; comunismo ha sido entre nosotros tomar como arma de defensa y ataque las palabrotas “sociedad”. “moral”, “libertad”.’ No obstante muestra cierta admiración hacia el coraje de los revolucionarios y un profundo desprecio por los defensores de la Legalidad: ‘¿Qué vale la ley cuando sus sostenedores son incapaces de hacerla imperar?’ Que la división sexta se niegue a perseguir a los revolucionarios, es según Ángel porque les faltó un héroe que justificara las fuerzas armadas de la Confederación. Al final el arzobispo de Bogotá acude al campamento del general Mosquera para salvar la unidad del país, mientras que ‘en nombre del humanitarismo y el honor’ los embajadores de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Perú procuran evitar que Mosquera fusile a los partidarios del destituido presidente Ospina. Con todo, concluye Ángel Cuervo, ‘la legitimidad fue la palabra que iba a desaparecer de nuestro canon político’. De ‘nuestro ejército’, comprueba, ya no quedó nada. Y con un ‘corramos un velo sobre esta página repugnante de nuestra historia’ se despide del lector.

La historia de Colombia ha sido una sucesión inagotable de guerras civiles, pero el gobierno de la nación estaba siempre en manos de los conservadores o de los liberales, que juntos representan la misma elite de la alta burguesía. Las FARC, oficialmente nacidas en 1964 y ya operando a partir del “bogotazo” de 1948, cuando se frustró la elección de un presidente populista y se desencadenó la Violencia, tampoco consiguieron romper con la tradición vigente desde la Independencia de Nueva Granada. La presidencia de Mosquera de 1860 a 1867 sigue siendo el único trecho de ilegalidad debido a la evaporación de unas fuerzas armadas que un día fueron convocadas para salvar el orden oficial.

Debemos la edición en 1906 de Cómo se evapora un ejército a Rufino José Cuervo que se murió en 1911 en París, donde tres años antes lo fotografió su primo Carlos Cuervo Borda como informa Fernando Vallejo. Este primo funcionó entonces como embajador de Colombia ante la Santa Sede en nombre del, según Vallejo, ‘infame general y presidente Rafael Reyes’. En la foto, explica, se parece Rufino José a un santo de Zurbarán. Y confiesa el autor de El cuervo blanco que ‘sólo quise saber de él tal vez para saber de mí’. Otro exilio por propia voluntad, habrá pensado, que es la única salida que le queda a un colombiano sincero. Y esto sea dicho a pesar de que los Cuervo eran profundamente católicos, lo que no es precisamente una preferencia del autor nacido en 1943. Pero ‘los cuervos me fueron guiando hacia su tumba, una tumba humilde, a ras del suelo. Cubierta de maleza y musgo. Entonces fueron apareciendo su nombre y el de su hermano.’ Y allí, en el Père Lachaise, se arrodilló Fernando Vallejo, ‘cargando con Colombia y llorando por él.’ Por los dos. Así termina El cuervo blanco, libro admirable de 380 páginas sin capítulos en que reviven los hermanos Cuervo, ejemplares no sólo por lo que aportaron, lejos de Macondo, a las letras, sino sobre todo por sus virtudes cristianas.

P.S. A propósito del libro de Fernando Vallejo me escribe en una carta Felicitas Casavalle: Será que me gusta leer a un autor vivo, latinoamericano, contemporáneo, actual, ya que uno anda siempre en la querida compañía de los que ya se fueron, y la verdad es que, para mi sorpresa, leí el libro hasta el final con mucho interés, algo que no me ha pasado casi nunca en estos últimos diez años, excepto con los ensayos de Álvaro Abós, que también vive.

¿Qué es Vallejo? ¿Un volteriano avant la lettre, un misántropo, un anarquista conservador como Borges se definió alguna vez, un discípulo ferviente de Diógenes, Jesús cuando sacó a latigazos a los mercaderes del templo?
También su estilo, su uso del idioma castellano, que ama, sus conocimientos – yo diría su erudición – de historiador, filólogo, literato, los clásicos, una mordaz lucidez ¿a lo Quevedo tal vez? (podría decir Cioran, pero éste era demasiado europeo). En fin, el colombiano escribe un castellano – que es toda una lección de idioma (con sus hijosdeputa y todo), de prosa literaria y de ética.

No sé si te parecerán disparatadas estas apreciaciones, pero con vos puedo permitírmelas. “Porque sí, por caprichos del idioma, porque ese idioma es alma de españoles, que hacen lo que se les da la gana”, F.V.