Alejandra Yáñez González LP 8

Alejandra Yáñez González

Nací en Monterrey, Nuevo León. Una parte de mí está en México y la otra en Estados Unidos, países donde he vivido y me han regalado la oportunidad de recolectar experiencias y alimentar mi alma.

Comunicóloga y diseñadora, más que de título, de corazón, pues el gusto por expresarme me ha llevado a la búsqueda de formas para hacerlo, incluyendo y, sobre todo, la escritura.

DERRUMBE EMOCIONAL

Ya no quería caminar, me sentía exhausta de tanto turistear, me punzaban los pies y mi cara estaba roja del sol. Me subí al metro con destino a la estación de Serrano para llegar al hotel donde me hospedaba. Sentada, esperando mi parada, veía los selfies que me había tomado ese día con mi celular, cuando se escuchó una fuerte explosión. El vagón en el que viajaba se detuvo bruscamente a mitad del túnel, causando temor en los pasajeros y un caos difícil de controlar. Se había colapsado el techo del edificio a causa de un corto circuito. Mientras todos se empujaban por salir primero, yo tardé en hacerlo, me había lastimado el cuello y batallaba para mantener la respiración, el ambiente estaba tan lleno de egoísmo como de humo imposible de inhalar.

En mi camino a la salida, vi a lo lejos a un hombre tirado en el piso, casi inconsciente. Las personas pasaban por encima de él sin intención de ayudar, y como pude, me acerqué para salvarlo. Me rechazó un par de veces moviendo sus brazos mientras se tapaba la nariz con la corbata, aún así, lo llevé conmigo como pude. Cuando por fin huimos del peligro, se apoyó en mí para sentarse en el piso y yo caí desmayada al suelo.

Desperté dentro de una ambulancia estacionada, en una camilla a un lado de la suya. Estábamos lastimados, pero nada grave. Me dio las gracias y se acercó a mí para darme el beso en los labios más largo, inesperado y disfrutado de mi vida. Mi corazón se aceleró tanto que olvidé mi dolor de cuello. Después de eso, no volvimos a interactuar. Al salir de ahí, cada quién tomó su rumbo como los dos extraños que éramos. Me quedé intrigada de quién era él y por qué me había besado si con un gracias hubiera sido suficiente para esta mexicana mojigata, ¿será que los españoles agradecen con besos?

Llegué al cuarto y mi marido seguía despierto, pero acostado, y a pesar de que llegué tarde, impregnada y manchada de humo, no se inmutó por mi presencia ni cuestionó qué me había pasado. Me acosté a su lado, dándole la espalda, deseando que alguien me salvara a mí también de este derrumbe emocional.