Silvia Peraza Sánchez

Peraza Sánchez, Silvia

Nací en Costa Rica, pero viví casi diez años en Argentina, viví por un tiempo en México; hace poco retorné a Argentina donde actualmente resido. Estudié ingeniera en sistemas, pero siempre me ha gustado leer y antes de los quince años devoraba libros, hasta el punto que mi papá me restringía el número que podía comprarme al mes. Leía lo que me encontrara, incluso libros viejos a los que les faltaban páginas, muchas veces el final; y cuando no tenía más que leer, los volvía a leer. Las historias y el lenguaje siempre me han atraído.

El año pasado inicié como prueba escribir, y resultó que me gusta. ¿Por qué me gusta? Me abstrae, me conecta con una parte de mí tal vez un poco olvidada.

Dado que mi formación académica no está relacionada con las letras, he  realizado cursos de escritura creativa en el Museo Marco, bajo la dirección de Mariana Garza Luna, y en la Fábrica Literaria de Felipe Montes, con Sofía Segovia, con la idea de aprender todo lo que me hace.

LO QUE SE DECÍAN

A pesar de llevar media hora manejando, no recordaba los giros hechos, las calles transitadas ni los altos que la habían detenido. Iba pensando las palabras a usar, y cómo no desviarse del foco durante la conversación. Muchas veces había querido introducir el tema, y por miedo y consideración con el resto, decidía dejarlo para la próxima oportunidad. En ese semáforo ya tenía clara la manera en que lo haría.  Se distrajo brevemente cuando frenó de golpe por una niña que salió corriendo desde la acera, y un hombre, que podría ser su padre, la agarró con firmeza del antebrazo. Él le mostró la palma de la mano en señal de gracias. Las bocinas atrás la presionaban a avanzar. Pero esperó a que llegaran al otro lado, sanos y salvos. Después continuó.

Cuando entró al barrio sintió una sensación contradictoria, como si lo conocido estuviera visto con los ojos de un extraño.  En cada retorno, ese mundo físico se le mostraba empequeñecido: el parque de juegos, donde solía correr hasta el cansancio, hoy iría de punta a punta en tres zancadas; los espacios entre las casas, antes corredores que servían de ciudades enteras donde los espías colectaban pistas, hoy eran un pasillo con un caño partido a la mitad para guiar el agua a la alcantarilla. En sus recuerdos todo era enorme, lleno de colores y brillos, pero la realidad contrastaba con tonos opacos, calzadas angostas y techos de menos de dos metros.

Estacionó al frente. Al apagar el motor cerró los ojos y respiró fuerza. Salió del auto y aseguró las puertas. Su reflejo en el vidrio de la ventana le mostró la expresión de una cara diciendo: “¿Qué vas a hacer? ¿Estás lista?” Nunca iba a estarlo, nadie nacía con la capacidad de manejar este tipo de situaciones, ilógicamente iba a estar preparada después de haberlo hecho. Abrió con la llave de emergencia.

—Hola papá. ¿Está mamá?

Él no le respondió. La miró con extrañeza, por el día y el horario no la esperaba. El lugar estaba tranquilo, solo la luz de la sala estaba encendida. Daba igual. Desde la última foto que su padre le había enviado por WhatsApp, no había podido de dejar de pensar, tenía que hacerlo ya. ¿Se la habría mandado por equivocación, o se dio cuenta de su error después de enviarla?

—Necesito saber algo. Escúcheme.

—¿Con qué anda ahora, qué cosa rara se le metió en la cabeza, o se la metieron? ¿Quiere hablar con su mamá?—dibujó una sonrisa para restar importancia.

—Mire, no se lo tome a mal. Busco la verdad. No remordimientos, ni perdones—apartó una silla de la mesa y se sentó en la de adelante.

—Cuando eran chicas quise irme, y no lo hice, por ustedes me quedé. Hoy ya nada me ata.

—Siempre lo decía, pero por algo sigue aquí.

—¿Le sirvo café?

—¿Entonces sí está mamá, o lo dejó preparado?

—Bueno hable, porque es raro verla un viernes a la mañana por aquí. No me diga, ¿la echaron del trabajo, y ahora qué va a hacer?

—No me despidieron. Me tomé el día libre para venir—se paró y revisó las dos habitaciones contiguas. Olía a remedios, a soledad y a húmedo—¿A qué huele?

—Es el olor de los años y el abandono. Dígame lo que me tiene que decir.

Ella no supo qué contestarle. Y entonces entendió: nunca podría preguntárselo, para eso, los dos deberían estar a salvo y un poco más sanos, en otro lugar.